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Ver productos1 Jul 1992 - 9min.
En un lugar paradisíaco de Sudamérica —copas entre el mar y la piscina, palmeras, tucanes capaces con una pasada airosa de quitarle a uno el pan de la mano, clima atroz para mí e idílico para los nórdicos— asistí hace año y medio a un simposio de política internacional. Excuso decir que no faltaba tiempo para la charla amena después de las ponencias y debates formales. En uno de esos ratos de cháchara, sentados en la cubierta de un barco de recreo, fui testigo del siguiente diálogo platónico entre un carcamal reaccionario y un joven laborista británico, uno de los que más habían influido en la modernización de su partido. La discusión fue más o menos así:
Socialista moderno: Por poco me quedo sin venir aquí. Mrs. X, que como saben ustedes manda mucho en mi partido, me reprochó el propósito de ir a una reunión junto a una ciudad donde la policía mata niños.
Carcamal: ¿Se refería a las cacerías nocturnas de niños maleantes organizadas por policías de paisano?
Socialista moderno: Sí. Tuve que explicarle que eso era un problema residual, y que ahora que se ha restablecido la democracia y se está liberalizando la economía tenemos el deber de apoyar la nueva situación. No pareció del todo convencida. A veces el ala izquierda del partido laborista es poco realista.
Carcamal: Eso último es cierto. Pero no sé si en este caso andaba tan descaminada Mrs. X.
Socialista moderno, con ironía: ¿Y eso me lo dice usted?
Carcamal: Sí señor, yo que soy una hiena reaccionaria le digo que cazar niños a tiros es una abominación, un contradiós en cualquier régimen o época y con cualquier ideología. Es más, le diré lo que hubiera hecho ante esto un déspota ilustrado como el buen Marqués de Pombal. Pombal hubiese enviado a un visitador, destituido al virrey, colgado en la horca al alguacil jefe y encargado a un centenar de frailes feroces la fundación de orfelinatos para meter en cintura —a palos— a los jóvenes hampones y enseñarles ebanistería.
Socialista moderno: ¿Y usted cree que esos… expeditivos remedios arcaicos… son hoy posibles?
Carcamal: No, yo creo que no son ya posibles. Y por eso también creo que nuestro modelo de civilización moderna está agotándose. Ustedes los modernos —de izquierdas, de derechas y de centro— han ideado en un par de siglos media docena de sistemas políticos, desde el liberalismo rousseauniano hasta el consumismo capitalista, pasando por el marxismo y el fascismo. Todos tenían su lógica teórica y aun práctica. Pero todos estaban desprovistos de sentido común. La prueba es que ninguno desde la revolución industrial ha sabido resolver el problema del proletariado…
Socialista moderno, interrumpiendo: …Y ahora me va usted a decir que la solución es la democracia orgánica o el corporatismo.
Carcamal: No, yo no digo tonterías. Esos refritos se intentaron y también fracasaron. Yo tan sólo le aconsejo que lea a su compatriota Toynbee en lo referente al proletariado interno y al proletariado externo. Entonces comprenderá cómo, cuándo, y por qué nuestra civilización moderna se derrumbará. Igual que todas.
Si la caída del muro de Berlín deslegitimó el pensamiento marxista, incluida la noción de la dictadura del proletariado, la revuelta de Los Ángeles parece mitigar el optimismo capitalista y reforzar el relativismo toynbiano, incluida su teoría del doble proletariado.
Mucho he pensado, desde aquella bochornosa tarde tropical, en los niños alimañas; en la creciente dificultad de conjugar libertad y dignidad, o economía y ecología, o belleza y eficacia; en Toynbee y en la alienación completa de los dos proletariados, el interno y el externo. Si la caída del muro de Berlín deslegitimó el pensamiento marxista, incluida la noción de la dictadura del proletariado, la revuelta de Los Ángeles parece mitigar el optimismo capitalista y reforzar el relativismo toynbiano, incluida su teoría del doble proletariado.
Arnold Toynbee considera factores decisivos en la desintegración de las civilizaciones las acciones simultáneas del proletariado interno y del externo. Respecto al primero escribe en A Study of History que «la verdadera marca del proletario [interno] no es ni la pobreza ni la cuna humilde sino la conciencia y el resentimiento que tal conciencia inspira— de haber sido desheredado de su lugar tradicional en la estructura establecida de una sociedad, y de ser independiente en una comunidad que en último término es orgánicamente inseparable de ella». Para apoyar su tesis, Toynbee evoca de nuevo el caso de la civilización helénica —más comúnmente llamada grecolatina o clásica—, recuerda los movimientos de masas dentro del Imperio Romano, por levas militares, por deportaciones, por cautiverio o por esclavitud. Señala cómo pueblos enteros fueron desposeídos de sus culturas tradicionales, sufriendo la consiguiente miseria espiritual del desarraigo y no sólo indigencia material. Pero la violencia esporádica al estilo de Espartaco o de Judas Macabeo no fue la única reacción de los oprimidos. Toynbee ve en la expansión inicial del Cristianismo una respuesta pacífica a la injusticia imperial; una respuesta a fin de cuentas más revolucionaria, tajante y eficaz que la rebelión armada. El historiador inglés termina, pues, coincidiendo con Nietzsche —el Cristianismo es una moral de esclavos— pero aprecia en ello no sólo un signo de decadencia de la civilización clásica sino el germen de un avance espiritual hacia un nuevo mundo.
Lo difícil no es encontrar paralelos entre la situación histórica descrita u otras similares y la actual; lo difícil sería cerrar los ojos ante tan inquietante parecido.
El otro factor que precipita la desintegración de las civilizaciones es el proletario externo o conjunto de pueblos limítrofes con la civilización en crisis. En sus períodos de auge y plenitud, una civilización no sólo conquista por las armas a sus vecinos sino que suscita en ellos una mímesis cultural: seduce a la vez que subyuga. Se crea una periferia de estados feudatarios, una clientela militar y económica pero sobre todo cultural, voluntaria. Tarde o temprano, empero, llega la decadencia de la civilización hegemónica y su modelo cultural deja de cautivar a los vecinos. La hostilidad se ahonda y, en palabras brillantes de Toynbee, «el limen o umbral, que era una zona, es substituido por el limes o frontera militar, una línea con longitud pero sin anchura». Los bárbaros, sintiéndose ya ajenos (es decir alienados desde fuera, como los proletarios se sienten alienados desde dentro) ante la civilización oficial, embisten contra las líneas de defensa en el Rin o en el Danubio. Al final la civilización otrora hegemónica ha dejado de creer en sí misma, los marginados externos terminan atacándola, y el fruto podrido —fermentando por dentro y apretado por fuera— se deshace.
Lo difícil no es encontrar paralelos entre la situación histórica descrita u otras similares y la actual; lo difícil sería cerrar los ojos ante tan inquietante parecido. Los millones de negros americanos, descendientes de esclavos, las multitudes de moros en Francia, de turcos en Alemania o de paquistaníes en Inglaterra se consideran todos ellos —unos con más razón que otros, pero eso no hace al caso— víctimas de la prepotencia occidental y son unos desarraigados de sus respectivas culturas vernáculas. Igual ocurre con los «salvajes expulsados de sus selvas o desiertos y convertidos en maleantes urbanos, rotas las estructuras familiares y sociales que daban sentido a su vida. La colosal máquina de producción moderna —no necesariamente capitalista— es insaciable de mano de obra… hasta que a veces deja de necesitarla y la abandona a su suerte, parada, inútil y resentida.
Aun sin inmigración extranjera, hay movimientos de población tan bruscos y masivos que desgarran el tejido social de cualquier país. En tan sólo quince años, entre 1960 y 1975, uno de cada cinco españoles pasó de vivir en el campo a vivir en la ciudad, con el inevitable y súbito desarraigo traumático. ¿A qué extrañarnos después de la delincuencia juvenil o de la droga?
Tanto da aplicar a cierto sector de la población de los países ricos el término marxista de Lumpenproletariat como el toynbiano de internal proletariat. En rigor no son la misma cosa, pero su origen es el mismo —la desesperación— y su efecto —la debilitación de la sociedad que las margina— es idéntico. Si a esta situación se añade la presión del proletariado externo —en nuestro caso la presión del Tercer Mundo— la tesitura actual no parece muy distinta de la del siglo III. Con una diferencia, sin embargo. No se ve qué doctrina nueva podría desempeñar un papel comparable al del cristianismo primitivo. El marxismo, destinado a ser el credo moderno de los desheredados, se ha hundido. El mahometismo, aunque ya es la segunda religión en Francia, no se muestra capaz de convertir a los europeos, por muy decadentes que sean. Quizá una renovación cristiana lo consiga.
La sociedad contemporánea es a la vez descreída y crédula. Los periódicos no suelen ya publicar los horarios de las misas pero sí un horóscopo. Flaubert decía que cuando el pueblo deja de creer en el Espíritu Santo se pone enseguida a creer en el espiritismo.
O acaso surja algo todavía imprevisible. La sociedad contemporánea es a la vez descreída y crédula. Los periódicos no suelen ya publicar los horarios de las misas pero sí un horóscopo. Flaubert decía que cuando el pueblo deja de creer en el Espíritu Santo se pone enseguida a creer en el espiritismo.
Pese a lo dicho, cualquier paralelo entre el presente y el pasado tiene un límite. Hasta hace poco los hombres podían destruir civilizaciones, pero no la tierra entera. Ahora el aumento vertiginoso de la población humana, la destrucción ecológica y la proliferación de los arsenales nucleares están haciendo cierto el dicho de H. G. Wells sobre la Historia como una carrera al galope entre la civilización y el desastre. Por desgracia ahora la civilización —nuestra civilización consumista— parece estar a favor del desastre. Y los bárbaros tampoco parecen proponer alternativas viables, lo cual bien mirado es natural.
A este discurso supuestamente pesimista suelen oponerse dos objeciones. Una alega que la democracia moderna permite mediante las urnas corregir las injusticias. Eso sería verdad si el proletariado interno constituyese, como el proletariado marxista, una mayoría. Pero el verdadero proletario de hoy, los desesperados —parados perpetuos, drogadictos, inmigrantes ilegales, delincuentes habituales— no suponen ni la cuarta parte de la población y además no votan. Como acaba de recordar Galbraith en su último libro, los países ricos son ya propiedad de vastos electorados de clase media, sólidamente asentados en su «culture of contentment». En cuanto a la otra manera (predemocrática) de corregir injusticias, el despotismo ilustrado, queda claro que está descartada por cambio de modas, ya que no conceden atención a su innegable eficacia.
La segunda objeción, más filosófica, es determinista. Ya se sabe, «lo racional es real y lo real es racional». Aunque de Hegel, es perogrullada. Y perversa, además. Por muy convencidos que en el fondo estemos de la inevitabilidad de cuanto ocurre, aunque contemplemos la Historia como una tragedia griega de curso atroz e insoslayable, habrá que olvidarse del fatum y nadar a diario contra viento y marea. La única obra alternativa es cruzarse de brazos y ahogarse. O sea, ver indiferentes cómo en nuestro mundo —tan ufano de modernidad, tan ebrio de democracia— se cazan niños de noche y empiezan a arder ciudades millonarias. Y si alguien pide cuentas, alegar que un buen liberal progresista no tiene derecho a meterse en la vida del prójimo, y que de todas formas «la mano invisible» terminará arreglando las cosas. Es tanto como contestar con la vieja pregunta cainita: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?».