El nuevo catecismo

Bíblico, litúrgico y humanista

José Luis Illanes

Las palabras castellanas catequesis y catecismo provienen de un verbo griego, katejeo, que significa enseñar, instruir. Aunque el verbo katejeo tenía en griego, como sus equivalentes en castellano, una significación amplia, las primeras generaciones cristianas tendieron a acudir a otra palabra, el verbo, keriso, que significa anunciar, para referirse a la proclamación de la fe cristiana dirigida a los paganos, reservando el término catequesis para la instrucción en la fe de quienes estaban preparándose para el bautismo o eran ya cristianos. Este uso se ha conservado hasta nuestros días, hasta llegar al presente Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por Juan Pablo II, mediante la Constitución apostólica Fidei depositum, del 11 de octubre de 1992, y dado a conocer solemnemente en Roma a través de una serie de actos, académicos y litúrgicos, que tuvieron lugar los días 7, 8 y 9 de diciembre. Estamos, pues, ante una exposición de la doctrina católica dirigida, primariamente, a quienes ya poseen esa fe, aunque, en un segundo nivel, se piense también en el resto de los hombres, a los que, a través del Catecismo, se les presenta y da a conocer la fe cristiana.

Si bien la instrucción catequista es, como acabamos de decir, tan antigua como el cristianismo, en los primeros siglos se impartía mediante instrucciones orales, que en ocasiones se recogían por escrito, pero conservando las huellas de su versión original. La costumbre de componer y editar libros —catecismos— que constituyeran como un compendio de la fe y la moral cristianas es más reciente: comienza a fines de la edad media y se consolida en plena edad moderna, en el siglo XVI, cuando, al romperse la unidad religiosa de Europa, católicos y protestantes sienten la necesidad de expresar su fe en síntesis, amplias o breves, que la imprenta, recién inventada, se encargaba de difundir. De esa época data la distinción entre dos tipos de catecismos: unos, más amplios, designados con el apelativo de catecismos mayores, en los que la doctrina cristiana no sólo se recoge, sino que se expone con detalle, incluyendo citas, glosas y comentarios; otros, más breves, calificados de catecismos menores, en los que, frecuentemente mediante el sistema de preguntas y respuestas, se aspira a una exposición muy sintética, fácil de memorizar.

A raíz del Concilio de Trento, cuando la reforma protestante había desembocado ya en una serie de confesiones cristianas separadas definitivamente de Roma, los Romanos Pontífices procedieron a la elaboración de un catecismo mayor que, sin excluir la existencia de otros catecismos locales, tuviera como ámbito la Iglesia universal, facilitando de esa forma la manifestación de la unidad católica. Surgió así el llamado Catecismo del Concilio de Trento, promulgado en 1566. Este catecismo es el antecedente inmediato del que ahora acaba de aparecer, ya que en los cuatro siglos pasados desde la época de Trento hasta nuestros días, no se consideró necesario elaborar y promulgar un Catecismo de la envergadura del tridentino.

¿Qué razones han llevado, en este último tercio del siglo XX, a pensar en un nuevo catecismo mayor dirigido a la totalidad de la Iglesia católica? Lógicamente, en respuesta a este interrogante, podrían decirse muchas cosas, ya que, como toda decisión de gran trascendencia, también ésta presupone un amplio trasfondo; podemos, no obstante, limitarnos a señalar los dos motivos, que nos parecen fundamentales: en primer lugar, la conciencia de encontrarnos en una situación cultural nueva, distinta de la de épocas pasadas; en segundo lugar, la celebración, hace poco más de dos décadas, de un Concilio, el Vaticano II, que aspiraba precisamente a relanzar la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia.

Todo catecismo, en la medida en que está destinado a resumir la fe, a ofrecer las señas de identidad de la condición cristiana, es, por su propia naturaleza, un texto tradicional, que resume lo que la Iglesia católica cree y vive. Y así el Catecismo de la Iglesia Católica —como decía Juan Pablo II, en el discurso que pronunció el 7 de diciembre— recoge, sintetiza y trasmite esa riqueza incomparable que, a través de veinte siglos de historia, no obstante dificultades e incluso contrastes, ha llegado a ser patrimonio, siempre antiguo y siempre nuevo, de la Iglesia. Pero todo acto de trasmisión mira no sólo al pasado, a lo que tiene que ser trasmitido, sino también al presente: a aquellos a quienes se desea hablar, y con los que es necesario entrar en conexión cultural y psicológica, si se quiere que, realmente, reciban el mensaje que se les destina. Nada cambia en la doctrina católica de siempre, continuaba diciendo Juan Pablo II, para añadir inmediatamente después: y, sin embargo, el tesoro vivo del pasado viene aclarado y formulado de manera nueva, con vistas a una mayor fidelidad a la verdad integral de Dios y del hombre, de manera que el Catecismo pueda ser, verdaderamente, un instrumento que permita a la Iglesia cumplir su misión en el hoy de la humanidad. Ambos aspectos, tradición y modernidad, marcan de hecho, profundamente, el Catecismo.

Tradicional y de hoy

El Catecismo del Concilio de Trento exponía la doctrina distribuyéndola en cuatro partes: la fe (el Credo), las fuentes de la vida cristiana (los sacramentos), el comportamiento o modo de vivir (los mandamientos), la oración (el Padrenuestro). El Catecismo de la Iglesia Católica sigue ese mismo esquema, que refleja un uso muy antiguo, y responde a los dos interrogantes fundamentales que la humanidad se formula: ¿quiénes somos? y, en consecuencia, ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, o sea ¿cuál es nuestro destino?, a lo que responde el Credo; y, supuesto lo anterior, ¿cómo actuar?, ¿cómo caminar de manera que ese destino se haga realidad?, a lo que responden las tres partes sucesivas.

La tradición gobierna, pues, la estructura del Catecismo, pero esa estructura, y el contenido que a través de ella se trasmite, se han representado con una metodología y un estilo que, junto al deseo de fidelidad a la verdad cristiana, presupone constantemente esa orientación hacia la evangelización del mundo contemporáneo a que antes nos referíamos. Tres rasgos resultan, a este respecto, decisivos: el carácter bíblico, litúrgico y antropológico de toda la exposición.

Un catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y santas de la Iglesia, se lee en la Constitución Fidei depositum. A esa declaración programática se ajusta de hecho el Catecismo, que recoge abundantes citas de los documentos del Concilio Vaticano II y del magisterio pontificio, así como de los grandes representantes de la tradición cristianas (entre ellos, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz), y, sobre todo, se inspira constantemente en la Biblia, no sólo mediante citas, sino, más profundamente, procurando seguir el ritmo de la predicación evangélica. De ahí un texto que mantiene la precisión del lenguaje, pero incorpora a la vez la fuerza vital e interpeladora que poseen unos textos, como son los bíblicos, nacidos de la experiencia concreta de Israel y de quienes, como los Apóstoles, convivieron con Cristo.

El Concilio Vaticano II, tratando de la teología y de la predicación, recordó que la reflexión cristiana debía tener siempre conciencia de que versaba sobre una realidad viva: Dios y su amor a los hombres; de ahí que no podía limitarse a glosar los acontecimientos pasados (la vida y la muerte de Jesús), sino que de una u otra forma debía mostrar cómo esos acontecimientos —y el amor divino del que proceden— siguen presentes en la Iglesia, y concretamente en las acciones litúrgicas, en las que se renueva la entrega de Jesús y se comunica su vida a los hombres. Los redactores del Catecismo han tenido muy en cuenta esta orientación, tanto al hablar de los sacramentos como, en general, a lo largo de toda la exposición, que orienta así la atención hacia la existencia cristiana, entendida precisamente como vida vivida en relación con Cristo y, en Cristo, con Dios.

Orientado hacia el hombre

Biblia y Liturgia nos sitúan, cada una a su modo, ante ese encuentro entre Dios y el hombre que es la esencia del cristianismo. Y ahí radica precisamente el tercer rasgo que, a nuestro juicio, caracteriza al Catecismo: la orientación antropológica. Todo el libro responde, en efecto, a una convicción de fondo: el valor de la persona humana. El hombre no es un mero producto de la evolución, ni un ente efímero, condenado a desaparecer sin dejar rastro; sino un ser dotado de valor, más aún, de destino y de destino eterno. De ahí la inquietud profunda del corazón humano y su aspiración a un amor que sea más fuerte que la caducidad y la muerte. La fe cristiana acoge esa aspiración, mejor dicho, muestra su verdad y su fundamento: el hombre, todo hombre, ha sido creado por Dios y es llamado por Él a participar de su eternidad. La entera exposición del Catecismo se estructura, en consecuencia, en torno al concepto de vocación o llamada, es decir, de la invitación que Dios dirige al hombre: de esa invitación hablan de fe y el Credo y a ella remiten la liturgia, los sacramentos, los mandamientos y la oración. A partir de ese centro, el texto irá reflejando la existencia humana, con especial atención —sobre todo en la parte tercera, dedicada a los temas éticos— a los ideales, afanes y problemas de la sociedad contemporánea.

Nos encontramos —se encuentra la humanidad entera— ante una de las encrucijadas decisivas de su historia; al menos, así nos lo parece a quienes nos ha tocado vivirla. Las grandes revoluciones sociales, políticas y tecnológicas de siglos y décadas pasadas han incidido profundamente en la realidad dando vida a una humanidad más hondamente unificada que en siglos anteriores, e impulsan a pensar en nuevas etapas, simbolizadas por el comienzo de ese ya próximo tercer milenio, que se cuenta precisamente a partir del nacimiento de Cristo. En este contexto, y al servicio de esta humanidad, se sitúa el Catecismo. Los años futuros dirán si las esperanzas puestas en él por Juan Pablo II, y el conjunto de la Iglesia católica, llegarán de hecho a realizarse. Ahora sólo podemos decir que su calidad intelectual, cultural y teológica, permiten confiar en que efectivamente así sea.