El Ministro del Tesoro, Michael Portillo, leyó la conferencia que publicamos con ocasión de la reciente conferencia del Partido Conservador Británico celebrada en Blackpool entre el 6 y el 9 de Octubre de 1993. Se trata de una reflexión sobre los principios y valores conservadores después de más de una década de hegemonía política e ideológica del partido tory
en el Reino Unido.
Michael Portillo es uno de los ministros rebeldes
euroescépticos que han cuestionado el proceso de centralización de un superestado federal con sede en Bruselas. Portillo es un firme candidato a suceder a Major al frente del Partido tory
. De padre español (Luis Gabriel Portillo) y madre británica, nació en 1953 y se graduó en Historia, Master of Arts, en Cambridge. Después de una breve experiencia en la empresa privada pasó a trabajar en el Departamento de Investigación del Partido Conservador (76-79) iniciando una carrera política muy clásica en la tradición del Reino Unido: del gabinete de investigación a la asesoría parlamentaria y ministerial para obtener posteriormente un acta como diputado en el distrito de Enfield, Southgate. En 1988-90 fue nombrado por Thatcher Ministro de Transportes; 90-92 Ministro de Administración local y en la actualidad ocupa el Ministerio del Tesoro, antesala del de Hacienda, en el cursus honorum habitual de los Primeros Ministros.
La conferencia El horizonte azul
es una reflexión que va más allá de la preponderancia de las ideas liberales y conservadoras del presente fin de siglo. Plantea el rearme moral, la necesaria vigencia y reivindicación de los principios y valores conservadores.
- No se puede pretender que nuestro gobierno y nuestro partido estén muy contentos. Mi jefe, Ken Clark, dice que nos hallamos en un horrible agujero. Si estamos en un agujero, desde luego que no estamos solos. Según las encuestas de opinión hay una desilusión generalizada con el gobierno y los políticos británicos. El noventa por ciento de los entrevistados por Gallup recientemente, dijeron que no creen en sus líderes políticos. Los cínicos podrían decir que la cifra más sorprendente es la del diez por ciento que dice creer en ellos.
- Pero para los políticos el hecho de haber caído tan bajo en la estima del público no es una cuestión de risa. Pagamos un precio muy alto la última vez que esto ocurrió. En los setenta, la gente empezó a sentir que los problemas de la nación nunca se iban a solucionar. La sociedad entonces empezó a resquebrajarse. Las huelgas y las crisis económicas se hicieron frecuentes. Así pues, las cosas mal hechas hicieron que muchos líderes políticos aceptaran realmente que estábamos condenados al ocaso nacional. Nuestro estado fue descrito, aquí y en el extranjero, como el
mal británico
.
- Los conversaciones en el parlamento eran que el país se estaba haciendo ingobernable. Estas conversaciones, normales entre los políticos de todos los partidos por entonces, eran mucho más un reflejo de los fracasos de los políticos que de las pocas ganas que tenían los Británicos de ser dirigidos, como demostró la Sra. Thatcher. Cuando ella pasó a ser Primer Ministro estas conversaciones desaparecieron. El nuevo gobierno Conservador estaba equipado con una política económica convincente y efectiva. Y lo que es igualmente importante, dirigió su atención hacia el malestar social de Gran Bretaña.
- La gente volvió una vez más a respetarse a sí misma y a los demás y hubo un incremento claro y perceptible de la moral nacional. Paulatinamente se empezó a demostrar, a pesar de lo que la Izquierda estaba diciendo, que la gente prefería concentrarse en trabajar para sí misma y su familia que ir a la huelga o depender del Estado para su manutención.
- La caída de nuestros líderes políticos en la década de los setenta provocó que una serie de peligrosas percepciones públicas echaran raíces. La gente llegó a creer que el Estado podía curar todos nuestros males tirando el dinero de los contribuyentes sobre nuestros problemas. Y, como consecuencia, estas personas seguirían traspasando al Estado, de forma creciente, la responsabilidad de su bienestar y del de los demás. El buen Samaritano fue olvidado. La compasión personal, la más maravillosa de las virtudes humanas, se arrinconó cada vez más, mientras el Estado extendía el alcance de la asistencia social en el proceso de confiscar más responsabilidad a los individuos.
- Incluso comenzar a cambiar estas percepciones públicas llevó años. Años de lucha para deshacer las falsas suposiciones colectivas, una tras otra. Años de enfrentarse y rechazar poderosos intereses creados con muchos amigos situados en posiciones elevadas, particularmente en los templos de la teoría económica. Años de ataques de aquellos que en las iglesias dejaron de hacer peticiones espirituales a sus fieles, realizando a cambio peticiones materiales al gobierno. Años de explicar pacientemente que la destrucción de los sesenta debía reemplazarse por una nueva construcción.
- En la década de los ochenta, guiado por un enérgico gobierno conservador, el país empezó a animarse de nuevo. Reconocimos la realidad de los problemas que habían atemorizado en los setenta, en particular el poder de los barones sindicales, y el inflado poder del Estado con su insaciable apetito por el dinero de otra gente. La venta de viviendas protegidas, privatizaciones, desregulación y recortes en los impuestos directos, fueron reformas fundamentales que proporcionaron enormes beneficios tanto al país como al partido.
- También logramos a mediados de los ochenta llevar las finanzas públicas a una posición segura. Esto requería buena voluntad para resistir varios años de restricción del gasto público y altas tasas de interés, así como un importante aumento de los impuestos en 1981. Sabíamos entonces, como sabemos ahora, que un endeudamiento excesivo es:
- Inmoral, porque obliga a nuestros hijos a pagar mañana para que nosotros vivamos hoy por encima de nuestras posibilidades.
- Debilitador, porque pretende, contrariamente a lo que dicta el sentido común, que el Estado moderno puede realizar un milagro y seguir gastando hasta que vuelvan las vacas gordas.
- Peligroso, porque hay que pensar que gobiernos que se enfrentan a gigantescas montañas de deudas tengan interés creado en una inflación futura. No debe haber ninguna duda de que la conservación de una moneda solvente es la primera responsabilidad económica del gobierno.
- El restablecimiento de unas finanzas públicas saneadas en los ochenta no se logró de la noche a la mañana. Hubo algunos que no tuvieron entereza para mantener la disciplina necesaria durante un periodo de varios años. Resulta fácil olvidar cuán dividido se hallaba el Partido Conservador al inicio de los ochenta.
- Lo que llevó al éxito fue la fijación de un objetivo. El restablecimiento de unas finanzas públicas saneadas anuló todas las demás ambiciones, incluso cuando en 1981 nos vimos obligados a subir los impuestos en contra de nuestros instintos más arraigados. Entonces reconocimos que no había espacio para eslóganes superficiales imitación de los de George Orwell en La granja de animales:
Recorte del gasto público, bueno. Incremento de impuestos, malo
.
- Era necesaria una contención del gasto público, año tras año. Esto requería algo mucho más enérgico que gritar frases hechas. Tuvimos que cambiar las expectativas de la gente para convencerlas de que cuando volviera el crecimiento económico los beneficios serían para las personas y que el Estado no se apropiaría de ellos. Esa hazaña fue prodigiosa. Mantener la disciplina durante tantos años y modificar las actitudes de las personas, exigió mucha fuerza de voluntad y habilidad política.
- Si un gobierno cree que una política es buena para el país, debe entonces seguir esa política, incluso si ello es impopular. Si hacemos cosas que son impopulares no es porque no reconozcamos que a la gente no le gusta. Las hacemos porque creemos que son de interés nacional. No hace falta ser un genio para determinar que el IVA, del fuel y la energía serán impopulares. Pero hacer solo lo que es popular no es gobernar. Elegir los elementos del programa de gobierno que apoyarás es cenar a la carta: un lujo que un partido en el gobierno no puede permitirse. Y pretender que los eslóganes proporcionan la forma de resolver nuestros problemas de la noche a la mañana es puro escapismo.
- Un gobierno que eluda las decisiones difíciles y no ofenda a nadie podría ser considerado como más amable. Se podría pensar que un gobierno que parece que escatima esfuerzos y proporciona premios fáciles sería popular. En realidad un gobierno de ese tipo es de lo más ofensivo, ya que demuestra que no le importa nada más que su propia popularidad. Demuestra que está preparado para engañar a la gente mientras retrasa la cura. Cuando, por fin, se ve obligado a actuar, el problema generalmente ha empeorado con lo que la cura es más dolorosa. Sobre todo, un gobierno de este tipo, al dejar sin hacer todo lo que se debería haber hecho, perdería la facultad de gobernar y no podría convencer a los votantes para que le apoyaran de nuevo. Nosotros seguiremos con firmeza las políticas que consideremos justas y apropiadas.
- Alguno piensa que los ideales políticos y la política son sólo otros productos que se pueden vender a un público ansioso por gastar sus votos, que las técnicas de los minoristas con éxito las puede utilizar un partido político para cosechar favores electorales. Shirley Williams dijo hace poco tiempo que
debemos escuchar a la gente… y debemos actuar de acuerdo con sus deseos
. ¿Significa esto que ella está ahora a favor de reintroducir la horca? Los británicos, desde luego, lo están. El suyo fue el comentario típico que se esfuerza por serlo todo para todos los hombres, incluyendo, desgraciadamente, ser racista cuando se piensa que convendrá a los estrechos fines políticos locales, como ha ocurrido recientemente en la Isle of Dogs
- Pero un énfasis excesivo en la popularidad electoral a corto plazo nunca trae beneficios permanentes, ni al país ni al partido. El hombre de estado gobierna de acuerdo con sus principios y presenta sus logros al electorado. No compromete sus creencias con la esperanza de ir en un viento electoral favorable.
- Nuestra democracia está demasiado madura y la gente es demasiado lista como para sentirse satisfecha con políticas a corto plazo, diseñadas para conseguir una breve aprobación electoral, cuando saben que lo que el país necesita son soluciones a problemas a largo plazo. Lo que la gente quiere de sus líderes son políticas sensatas sustentadas en principios firmes.
- La gente quiere entender la dirección en la que guiamos el país y la filosofía política que subyace a nuestras políticas.
- La gente está preocupada por lo que nuestra sociedad ha llegado a ser. Muchas de nuestras viejas convicciones están siendo cuestionadas o han sido destruidas. Todas nuestras grandes instituciones -el gobierno, el parlamento, la monarquía y la iglesia- han sido sometidas a duras críticas y ahora imponen menos respeto. La autoconfianza nacional ha disminuido. La gente se siente desorientada en una sociedad que ha descartado muchos valores tradicionales para reemplazarlos a menudo, tan solo por egoísmo y conducta anti social. La gente espera que el gobierno tome el mando.
- Los gobiernos pueden dirigir, pero no pueden hacer sociedades. Sus poderes son, gracias a Dios, limitados. Los valores de una sociedad provienen de sus personas y aquellos que dirigen esa sociedad en una u otra dirección proceden tanto de la iglesia como de los negocios, de los medios de comunicación como de la política. Pero las acciones de los gobiernos tienen consecuencias. Tanto si un gobierno se sube pasivamente a la ola de la opinión de moda, como si mantiene sus principios en contra de la moda, influirá en los valores de la sociedad.
- Desde 1960, el llamado pensamiento progresista ha ridiculizado los logros y los éxitos y los ha incluido en el mismo saco que la codicia y el privilegio. Alabar los méritos sobresalientes ha sido atacado por ser injusto y divisivo. La competencia ha sido atacada por injusta o incivilizada. El supuesto interés por el menos exitoso nos ha llevado a sentirnos desconcertados respecto a si debemos alabar a aquellos cuyos esfuerzos les llevan a destacar.
- Está claro que la idea de diferenciar a un tipo de persona de otro tipo de persona ha sido condenada. De acuerdo con estos pensadores progresistas, los juicios sobre las personas y sus conductas deben envolverse en una niebla de relatividad moral. Mantienen que lo que la gente hace o lo que consigue se debe a la educación, a las oportunidades o a las condiciones sociales, a cualquier cosa menos a una decisión individual o una responsabilidad personal. Nadie tiene la culpa, sólo la sociedad.
- La
corrección política
no es sino la última manifestación este pensamiento. Se utilizaron eufemismos para hacer a todos los individuos unisexuales y uniformes. Pero, algo aún más siniestro, describe la conducta humana sin referencia a las cualidades humanas. Para lo que es políticamente correcto
no existen el bien y el mal, lo bueno y lo malo; no hay colores puros en el espectro de la conducta. Todas las acciones son relativas. La corrección política
subvierte los juicios de valor. Se abusa del lenguaje para abolir el estigma. Aquellos que realizan juicios de valor son políticamente incorrectos
, el único estigma que queda en un mundo políticamente correcto. El movimiento se disfraza con un cierto propósito liberal. Pero, desde luego, su intolerancia con otras formas de pensamiento es totalitaria. En esto como en muchas otras cosas se parece al socialismo. Al buscar la abolición de las distinciones pretende, al igual que el socialismo, imponer una pseudo-igualdad.
- Los conservadores realizan juicios de valor. Para nosotros hay una diferencia entre el bien y el mal. Premiamos al individuo que se esfuerza por sacar el máximo provecho de su talento, que muestra un sentido del deber hacia la familia y la comunidad, que se estima a sí mismo y a su país.
- Quizá esta sea la razón por la que algunos tachen a la filosofía conservadora de ser demasiado individualista. Por otra subversión del lenguaje está asociada al egoísmo y la codicia. Al contrario, el conservadurismo respeta y valora al individuo, pero mientras se esfuerza por aumentar los derechos de este, también acentúa sus responsabilidades. El insidioso logro del pensamiento progresista y la
corrección política
ha sido hacer creer a la gente que puede dejar la compasión a la acción colectiva del Estado. Habiendo despersonalizado primero la conducta humana, lo políticamente correcto continúa con la despersonalización de las relaciones humanas. Finalmente, llegan a puerto cuando le han quitado la personalidad al individuo y le han convertido en otra figura entre la multitud, un número entre millones de números.
- El pensamiento progresista y la
corrección política
han impregnado nuestras instituciones hasta sus cimientos. ¿Cómo si no se puede responder de los sin sentidos que de vez en cuando se escapan del Departamento de Educación y del de Interior, a pesar de los esfuerzos de los ministros conservadores por controlarlos? Durante gran parte de nuestra etapa en el Gobierno, una absurda oposición a la comparación y los exámenes ha dominado nuestro sistema educativo. Y a veces ha parecido que la simpatía y comprensión por los criminales estaban más próximas al corazón de nuestro sistema penal que la necesidad de castigo y penalización.
- En nuestras políticas sociales, además, el Estado ha adoptado una actitud de estudiada amoralidad. Nuestro sistema benéfico tiene poco en cuenta si la gente ha llegado a necesitar la ayuda del Estado como consecuencia de una política que fue razonable o irrazonable, responsable o irresponsable. Hablar hoy del pobre digno y del indigno garantiza el estremecimiento de la gente: una señal del triunfo de la
corrección política
. Como en Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, si puedes desterrar las palabras podrás prohibir los pensamientos. Así que nuestro sistema tiende a tratar igualmente a los desgraciados y a los casquivanos, a los ahorrativos y a los manirrotos. En consecuencia, mina al previsor y desmoraliza al trabajador.
- Estamos decididos a seguir devolviendo poder al individuo y queremos que, en respuesta, él adquiera mayor responsabilidad. Nosotros resaltamos la moral y los beneficios materiales de la libertad empresarial, el libre mercado y el libre comercio, y esgrimimos que es el deber de todo individuo tomar tanta responsabilidad como pueda para sus propios asuntos. Así transferimos poderes y elecciones a los individuos. Cada vez hay más de ellos que tienen sus casas en propiedad, cada vez conservan más de lo que ganan, compran acciones y tienen derechos dentro de sus sindicatos.
- Mayor poder y más elección conllevan mayores responsabilidades. Ya que reducimos el campo de acción del estado podemos pedir a la gente que adquiera nuevos deberes a cambio de sus nuevos derechos.
- La recesión ha sacudido la confianza nacional y ha colocado a la gente, una vez más, mirando al gobierno para que solucione todos los problemas. La gente ha sido animada por la iglesia, por los medios de comunicación y grupos especialmente interesados, por todos aquellos que creen que no hay ningún otro lugar al que mirar.
- Vivimos en una sociedad violenta, muchos temen al crimen. ¿Lo ha causado el gobierno? Bien, si hay un retraso en la justicia, sí. Si la justicia es incierta, si las penas son demasiado suaves, si la ley se muestra neutral entre el criminal y la víctima, sí.
- Pero, ¿qué hay de los otros elementos que contribuyen al crimen? ¿Qué hay de las actitudes inculcadas por los padres a sus hijos, qué de la moral enseñada en las escuelas, qué hay de los valores propagados por televisión, qué de los ejemplos mostrados por los líderes, qué hay de la indiferencia mostrada por muchos y de la tolerancia mostrada por otros?
- Mientras la gente crea que el crimen es sólo una cuestión del gobierno, el crimen continuará siendo una epidemia. Cambiar esto llevará muchos años porque significa un cambio de actitudes. Pero sólo progresaremos si las normas de nuestra sociedad y nuestras políticas hacen al individuo responsable de sus acciones.
- La responsabilidad personal ha sido minada por un Estado que da demasiado. Cuando el Estado da demasiado, reduce y confisca responsabilidades. No puedes aumentar el papel del Estado sin disminuir el campo del individuo. Este traspaso altera profundamente la forma de trabajo de las comunidades. Si la gente cree que cuidar de sus vecinos es deber de otros, serán peores vecinos. Si la gente cree que es deber de las escuelas enseñar a sus hijos a diferenciar el bien del mal, abandonará su propia responsabilidad. Si la gente cree que es deber del Estado cuidar de sus familiares más viejos, los lazos y deberes familiares se romperán.
- La excesiva protección del Estado puede tener unas consecuencias funestas.
- La gente que se encuentra en dificultades y es incapaz de ayudarse a sí misma deberían poder contar en primer lugar con el apoyo de su familia y de sus amigos. Estas son las unidades naturales de la sociedad. Ellos pueden ofrecer un apoyo cariñoso y personal. Ellos pueden proporcionar guía, consejo y compasión. Si por otra parte, la gente pasa directamente a las manos de las agencias del Estado, aún con la mayor voluntad del mundo, la ayuda que reciban será impersonal. La base de esta ayuda será el derecho. Necesitamos mantenernos más allá del derecho para restablecer y nutrir las relaciones personales que pueden ayudar a la gente antes de que se encuentre en serias dificultades.
- Si los políticos llegan a hablar y actuar sin respetar al individuo, los ciudadanos devolverán el cumplido y despreciarán a los políticos. Se crea un círculo vicioso que debilita a la sociedad y finalmente a la democracia misma.
- Pero si un gobierno con sus palabras y sus hechos demuestra su respeto por el individuo, recibirá a cambio respeto. Se crea un
círculo virtuoso
.
- Crece el respeto de los ciudadanos hacia sí mismos y aceptan que hay unos límites claros sobre lo que el Estado debe hacer por ellos. Entonces aumenta el apoyo a un Estado pequeño y a las medidas necesarias para poner y mantener las finanzas públicas sobre una base sólida.
- Mientras el Estado se reduce y las finanzas públicas permanecen bajo control, hay un campo para la reducción permanente de impuestos, un incremento de la competitividad internacional y recompensas para el esfuerzo individual.
- Cuando la gente muestre y obtenga mayor respeto, cada vez querrá realizar más elecciones responsables sobre la educación de sus hijos, el cuidado sanitario de sus familias, y la provisión de su vejez. Detestarán la irresponsabilidad, el crimen y el desorden social.
- En los noventa, la gente pretende de los políticos algo más que buena administración. Le interesa el estado de nuestra sociedad y sus valores. Debemos despreciar las décadas de farfulleo ofrecidas por los sociólogos. Es el momento de regresar al lenguaje llano y a los valores tradicionales.
- La gran mayoría de nuestra gente es decente, trabaja duro y respeta la ley. Valora la independencia personal. Quiere quedarse con una parte justa de lo que gana y si gana más espera quedarse con más. Conoce cual es el valor de la familia y de la comunidad y quiere que la sociedad y el gobierno también lo valoren. Conoce la importancia de la disciplina. Enseña a sus hijos a diferenciar el bien y el mal. Quiere escuelas que refuercen este mensaje tanto como que enseñen a sus hijos a leer y escribir. Quiere ver cómo los jóvenes y los ancianos pueden salir a la calle sin miedo. Quiere saber que su propiedad está segura. Desde luego, quiere ayudar a los necesitados. Sin embargo, no quiere ayudar ni a los que estén mejor situados ni a los que no hacen ningún esfuerzo por sí mismos. La gente cree que estas diferenciaciones importan. Para la gente decente, desde luego, importan. Está orgullosa de sus logros y quiere estar orgullosa de su país. quiere que sus hijos hereden un estilo de vida nacional del que también ellos puedan estar orgullosos.
- Esta mayoría de Británicos decentes pone, su mirada en el gobierno para que le defienda y le saque del malestar actual. Ningún otro partido puede ni debe. Los Conservadores deben aceptar el desafío. La mayoría decente es una mayoría Conservadora.
(Traducción de Sonsoles Pastor)