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Ver productos1 Nov 1990 - 3min.
En política, lo mismo que en el amor y la guerra, nunca debe darse a nadie por vencido, ni tampoco entonar himnos de victoria antes de llegar al final. Cualquier cosa puede ocurrir y cualquier situación prolongarse, justo en el momento que parece más inesperado.
Hace meses que comentaristas y críticos han decretado la «muerte política» del vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra. El problema es que don Alfonso no está por esa labor y, como consecuencia, no se muere. Y no sólo es que no se muere, sino que aparece más vivo y poderoso que nunca. En lo sucesivo, habrá que tener más cautela a la hora de vaticinarle desastres al vicepresidente, y más ojo al valorar su notable instinto político de supervivencia.
No parece importar demasiado considerar que el Estado, en su actividad creciente, no produce riqueza, sino improductividad.
Veamos, si no, la maestría de una de sus últimas jugadas que tuvo como escenario la sevillana ciudad de Carmona, en acto organizado para clausurar el homenaje a Julián Besteiro. No conviene engañarse al respecto: el protagonista de la jornada no fue el bueno de don Julián, sino el -quizá- menos bueno de don Alfonso Guerra. Durante la intervención lució con su mejor aire mesurado y doctoral, inspirado tal vez por la sombra de Besteiro, atreviéndose con todo y contra todos, como es habitual en su peculiar estilo discursivo.
Según costumbre, lanzaba los consabidos ataques a izquierda (PCE) y derecha (PP), sin alterársele la color. De repente, y para sorpresa de muchos, pronunció unas palabras poco habituales en el repertorio del vicepresidente. Refiriéndose a una auténtica política económica socialista, consideraba que… «no puede dejarse llevar por la ley del mercado, ya que hay que poner el énfasis en la intervención del Estado para conseguir corregir los desfases del capitalismo».
Ahí queda eso, para quien lo entienda. Es preciso reconocerle a don Alfonso Guerra una considerable dosis de frescura para referirse en esos términos a la economía de mercado, único sistema entre los conocidos capaz de alcanzar el desarrollo y la prosperidad que las sociedades modernas exigen. Y esto ha dejado de ser una verdad retórica al verse gradualmente incorporada a la estructura de los países europeos llevados al desastre por la excesiva intervención del Estado «corrector» de los desfases del «capitalismo».
Hoy, cuando los hechos han demostrado el miserable resultado del intervencionismo del Estado, cuando la economía libre de mercado se impone en las naciones que aspiran al bienestar, a la libertad y a la democracia, cuando la economía española ha de afrontar el reto de la crisis petrolífera, y camina a la integración en la CEE -capitalista y de libre mercado-: en España… empieza a amanecer… otra vez la famosa «Revolución pendiente».
No parece importar demasiado considerar que el Estado, en su actividad creciente, no produce riqueza, sino improductividad. No es eficiente, sino lento, ineficaz, romo. Cuando el Estado interviene, los servicios se deterioran, la calidad desciende y el progreso se detiene. ¿Dónde habrá estudiado economía el señor Guerra? ¿Cómo habla ahora de economía estatalizada, intervencionista, cuando acaban de caer los sistemas políticos basados en tales principios?
Aunque produce cierta alarma comprobar las atrasadas teorías económicas de Alfonso Guerra, a uno siempre le queda el consuelo de pensar que -tal vez- se trate de una de sus graciosas y abundantes bromas, que tanto prodiga en periodos electorales. Si las tomamos en serio… sería como para echarse a temblar. Nuestro futuro podría desembocar en las situaciones de miseria material y moral en que viven los restos del paraíso socialista en la última década de este asenderado siglo XX.