El ejemplo de Newman

Rafael Gómez López-Egea

Título: «Newman: 1801-1890».
Autor: José Morales Marín,
Editorial: Rialp, Madrid 1990, 375 páginas. Precio: 2.800 pesetas.


John Henry Newman, el impetuoso anglicano, catedrático de Oxford, próximo al calvinismo, convertido al catolicismo y cardenal de la Iglesia, muere a los 89 años en Birmingham, entre el amor de sus seguidores y el respeto de los contrarios, un 11 de agosto de 1890. Gran parte de su existencia (había nacido en la City de Londres el 21 de febrero de 1801) transcurrió durante la llamada «época victoriana», cuando el Imperio Británico señoreaba mares y continentes dominando el comercio mundial al amparo de su impresionante flota.

Fue la suya una vida apasionante, de principio a fin. Y no por su carácter espectacular o aventurero, sino a causa de la búsqueda incesante de su camino profesional, intelectual y humano, siempre dirigido a la visión trascendida de la existencia. Abordar la biografía del cardenal Newman supone tanto como adentrarse en el proceso interior que le fue guiando a través de los años, en esfuerzo coherente hacia la verdad y el amor. Por eso no fue fácil tarea seguir la evolución del espíritu y la mente de Newman y hacerlo con fidelidad al estilo del personaje. Y no es que interesen menos los datos históricos, bien conocidos en sus líneas precisas, sino porque en Newman la razón, la inteligencia y el alma desempeñan un papel primordial. Todos estos aspectos han sido recogidos en la excelente biografía elaborada por José Morales Marín, que ha logrado acercarnos a John Henry Newman y hacernos comprender el impulso que le animaba a proseguir un combate difícil y arriesgado. Todo ello en el clima intransigente de la Inglaterra que hacía del anglicanismo una cuestión, más que religiosa, patriótica, de honor nacional frente a la Iglesia Romana.

El movimiento de Oxford

En este ambiente nació J. H. Newman, y en él vivió sus primeros años de infancia, adolescencia y juventud. Aparte de la brillantez en sus estudios, realizados en la Universidad de Oxford, donde ganó considerable y merecido prestigio, el joven inquieto, razonador, infatigable que era Newman percibía dentro de sí una fuerza desconocida que le empujaba en un determinado sentido: la dimensión trascendente de la existencia. El autor, José Morales, reconstruye en forma documental, a través de escritos publicados por Newman, cartas particulares a su familia, colegas universitarios, la evolución intelectual del personaje y las preocupaciones de su conciencia.

Dotado de una percepción muy fina para las cuestiones del espíritu, Newman no tarda mucho en decidir el planteamiento de su vida. Por un lado, como miembro del Colegio de Oriel, en Oxford, dedica grandes esfuerzos a la formación de los universiatarios. Por otro, se ordena como diácono primero y presbítero después de la Iglesia Anglicana. Se muestra, naturalmente, receloso y contrario a la Iglesia Romana, de acuerdo con los prejuicios y enseñanzas del ambiente que le rodea. Es fascinante seguir paso a paso, con total sinceridad, la transformación de su alma hacia un cristianismo cada vez más exigente, más puro y desprendido.

El joven Newman no está solo. Un grupo de compañeros y profesores de Oxford le acompañan en su aventura. Son la base del que será llamado «Movimiento de Oxford», que se desarrolla, por el momento, sin mayores dificultades. Pero la lógica es implacable. Newman, como tutor del Colegio de Oriel (1826) y párroco de Santa María, de Oxford (1828), está ya lanzado a una gran empresa tan comprometida y sincera, que le lleva claramente hacia su fin: la práctica de un cristianismo que se parezca lo más posible al mensaje de Jesús en el Evangelio. El «Movimiento de Oxford» supone un decidido propósito de coherencia espiritual y honradez personal…, con sólo un problema grave para aquellos universitarios de Oxford, buenos súbditos de la Corona británica: Roma se encuentra al fondo.

Durante casi 10 años Newman y el «Movimiento de Oxford» intentan lo imposible: conciliar sus creencias anglicanas con las tendencias romanas, sin que a su alrededor arda el bosque. El libro refleja los sufrimientos de aquel puñado de hombres brillantes y sinceros. A pesar de la incomprensión general, de ser considerado un traidor a la patria y a la historia británica, John Henry Newman da el último paso de su camino hacia «Roma» el 9 de octubre de 1845, al ser recibido como simple fiel en el seno de la Iglesia Católica. Algunos de sus amigos le siguen. Otros le abandonan y le combaten. Pero el tiempo va serenando los espíritus, toda vez que Newman se muestra hombre sosegado, pacífico, dispuesto a perdonar y amar a «todas las criaturas» humanas.

Cardenal de la Iglesia

Como era de esperar, la conversión de Newman al catolicismo no acabará con las dificultades, pero sí le va a dar la fuerza interior que tanto necesita para dar cima a sus proyectos y cumplir la misión a la que -con ayuda de Dios- se siente llamado. Su ordenación sacerdotal en Roma y su adscripción a la obra de los Oratorios de San Felipe Neri, que se inicia en Birmingham el año 1849, son los cauces que le sirven a Newman para volcar su sabiduría y experiencia espiritual hacia los demás. Llegan los momentos de madurez de su actividad, que le hacen merecedor al título de doctor en Teología, conferido por S. S. el Papa Pío IX.

No faltarán dificultades, tensiones ni luchas en el nuevo camino emprendido. Todas fueron superadas por Newman, de quien recelaban, de un lado y de otro, personajes intransigentes. Las dudas se resuelven al ser nombrado cardenal de la Iglesia Católica por el Papa León XIII, cuando contaba 78 años. Recibe la confirmación de la honradez de sus actitudes y la solidez de su doctrina, frente a los que se mostraban desconfiados con el «antiguo anglicano». Sus escritos, homilías y numerosas publicaciones avalan una actitud intelectual y teológica de gran profundidad, brillantez y sentido común. Sermones y escritos teológicos muestran todavía hoy perenne actualidad, además de una visión anticipada de problemas religiosos y morales que saldrían a la luz en nuestro siglo XX. A su muerte, el cardenal Manning -antiguo contradictor de Newman- reconoce su valor y termina su homilía con estas palabras: «La historia de nuestro país recordará desde ahora el nombre de John Henry Newman entre los más grandes de nuestro pueblo, como confesor de la fe, maestro de hombres y predicador de la justicia, la piedad y al compasión».