El compromiso de los intelectuales

J. M. C. T.

Título: «Pequeña crónica de grandes días»
Autor: Octavio Paz.
Editorial: Fondo de Cultura Económica. Madrid 1990. 172 págs.


Última troje de artículos, breves ensayos y, en definitiva, trabajos menores del prolífico autor. Pese a tal naturaleza, el volumen resulta, aparte de muy grata lectura por su perfección formal, de indudable interés por la agudeza de ciertos planteamientos y la serenidad con que se abordan algunas de las cuestiones más controvertidas en estos años finiseculares.

Concluido poco antes del estallido de la crisis del Golfo, la temática de Pequeña crónica… viene a enmarcarse en la etapa de calma chicha transcurrida entre el desmoronamiento del sistema comunista y la reaparición, con toda virulencia, del magno problema del Próximo Oriente. Con mucha vida a sus espaldas, el autor de El ogro filantrópico no se deja arrastrar por la fuerza propagandística del «fin de la historia» ni por el reverdecimiento de utopías y ensueños pacifistas. Con penetrante escalpelo llega a afirmar que la historia «siempre está encinta de accidentes, infortunios y catástrofes» en la que nada «es durable y permanente. Aceptarlo es el comienzo de la sabiduría».

No por ello, claro está, se alinea en el coro de los catastrofistas a ultranza, abogando por un progreso alcanzado con pasos humanos, y en el que el hombre logre establecer su equilibrio y diálogo con la naturaleza, aspecto éste, el ecológico, de primacía absoluta en el pensamiento vertido por Octavio Paz en la obra ahora glosada. Por otra parte, abundan en ella las tomas de postura valientes y, a las veces, arriesgadas en torno a temas menos generales y teóricos. Así, por ejemplo, la evolución reciente de la política mexicana y, en particular, de su partido hegemónico, es objeto de un esclarecedor análisis en el que se disecciona con gran perspicacia la identidad profunda del PRI, de las fuerzas conservadoras por cuya revalorización se rompe una oportuna lanza, así como de los sectores de la izquierda que aspiran a recoger la herencia cardenista, apuntándose respecto a éstos consideraciones muy oportunas sobre la actual vagorosidad de sus modelos de gobierno. Otro tanto ocurre con relación a la tensionada evolución de la Nicaragua de nuestros días, donde también la aproximación de Paz se hace a pecho descubierto y sin demasiados eufemismos en las calificaciones.

Por último, tendría que subrayarse de manera singular los juicios del último de los Premios Nobel en lengua castellana en punto a los condicionamientos del oficio literario en el umbral del III Milenio, del valor eterno de la poesía como máxima expresión del espíritu creador, del verdadero compromiso de los intelectuales y de su papel en una cultura mediática, y otros extremos de semejante índole y apasionante interés.

Una gran parte de dichas reflexiones se encardina en torno a la figura de Mario Vargas Llosa y a la actuación de los intelectuales frente a la guerra de España, uno de cuyos episodios capitales, el famoso Congreso de Valencia, es rememorado con pluma estremecida por la efusión nostálgica, pero también por un alto sentido de la responsabilidad del hombre de letras tanto en aquella hora como en la presente. Contribución, en fin, breve pero muy sustanciosa al desenmascaramiento de la gigantesca impostura que ha constituido en gran tramo del siglo XX parte de la visión «progresista» de la historia, cuyo coronamiento quedará reservado a los estudiosos de la próxima centuria como tarea prioritaria para su adecuada instalación intelectual, factor de singular trascendencia para la formación de una sociedad armónica y vertebrada.