Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosCincuenta años después del final del segundo gran conflicto bélico, aún estamos lejos de su satisfactoria roturación historiográfica.
1 Jun 1995 - 4 min.
Los primeros síntomas que se atisbaron en el horizonte de la celebración del medio centenario de la segunda conflagración mundial no auguraron, ciertamente, una conmemoración volcada hacia la reflexión serena y el estudio profundo de las numerosas zonas que aún permanecen fuera de la jurisdicción del historiador.
Tal vez no podía ser de otra manera, dadas la trascendencia y extensión de las fuerzas y de los destinos que se ventilaron en la pugna. La naturaleza demoníaca del nazismo; la interpretación cabal del drama judío, afrenta y mancha imborrable de la civilización contemporánea; el análisis de los ciegos y revanchísticos tratados de Versalles; la investigación del papel representado por los Trusts financieros y comerciales norteamericanos en el enfrentamiento de los Estados Unidos con el Japón; el esclarecimiento de muchos enigmas diplomáticos de los pródromos de la contienda; y, en fin, la puntualización acerca de no pocos episodios y capítulos de la lucha, a la manera, por ejemplo, de la barbarie asiática desplegada por las tropas rusas en algunas de sus acciones o el cinismo descarnado de Churchill a la hora de plantear estrategias y tácticas: éstas son algunas de las múltiples cuestiones que esperaban —y, en buena parte, esperan— a la labor responsable y meticulosa de los profesionales de Clío para entregar parte de sus secretos.
Se ha entrojado hasta el momento —primavera de 1995— una buena cosecha; pero estamos lejos de haber llegado a una satisfactoria roturación historiográfica.
La gravedad de los temas citados —y otros innumerables de la misma índole— determina, obviamente, que el historiador no pueda patrimonializar su estudio, expulsando de su territorio a otros científicos e investigadores atraídos por la sustancia e interés de una materia que se ha convertido en obligado marco y objeto de referencia para muchos destinos colectivos e individuales. Políticos, periodistas, guionistas, documentalistas, coleccionistas, eruditos de diverso pelaje y laya han buceado y bucearán en las diferentes capas del magno conflicto a la búsqueda de una parcela que sirva para iluminar el camino de las generaciones de este fin de siglo. A ninguno podrá negársele el derecho a contribuir con su esfuerzo al mejor conocimiento de aquella inmensa pira funeraria que fue también, como sucede con todas las grandes catástrofes bélicas, el punto de partida esperanzado para nuevos logros y conquistas del hombre. En la bibliografía más solvente y firme en torno al gran acontecimiento figuran títulos debidos a plumas no especializadas, ni pertenecientes al gremio de los historiadores, pero no por ello menos documentadas y perspicaces.
Empero, si no se tiene una clara idea de la jerarquía intelectual —en este caso la historiográfica—, si no se deja a la llamada historia académica el control de la situación, es muy posible que ésta se desborde, con escaso progreso de la ciencia y, por ende, de la verdad y la exactitud. Si los nacionalismos imponen su ley; si las manipulaciones y mixtificaciones ejercen su oficio con la eficacia demostrada en las visiones estereotipadas de ciertos «eriales» televisivos y fílmicos e, incluso, en algunos tratados seudocientíficos, el esfuerzo de los historiadores se verá impotente para contrarrestar los efectos de las máquinas propagandísticas que algunos estados y sociedades están siempre tentados a utilizar.
Para la convivencia internacional y la verdadera solidaridad de los pueblos resultaría imprescindible que el mundo se adentre en el siglo XXI sin la asignatura pendiente del conocimiento cabal de todos los grandes envites y factores que se dieron cita en la inmensa tragedia de 1939-1945. Sólo a través de esta vía podrían auténticamente superarse sus secuelas más nocivas.
Países como España, que no llegaron a integrar ninguno de los bandos enfrentados, pero que por su importancia histórica y real vivieron con apasionamiento todas sus incidencias, tienen contraída, sin duda, una responsabilidad particular con esta gran apuesta de la humanidad de fines de la actual centuria. Sus investigadores y estudiosos pueden aportar el interés, a la vez comprometido y desapasionado, con las causas que en ella se dirimieron.
Por lo demás, no hay que afanarse con exceso en la búsqueda de títulos de legitimidad para recalar en el proceso histórico de mayor entidad de todo el novecientos. Ningún tejido vital de nuestra patria quedó sin ser afectado y todos sus habitantes advirtieron con nitidez la trascendencia de unos eventos contemplados con angustia y comprometida curiosidad. Apenas salidos de la mayor tragedia de su historia, los españoles intuyeron claramente que al término de la conflagración mundial, el punto de inflexión marcado por la guerra civil, no haría sino reforzarse, marcando en sus vidas, al igual que en las de todos los pobladores del planeta, una línea de cesura como la humanidad no había conocido hasta entonces. Ambos conflictos constituyen las auténticas señas de identidad de las generaciones hispanas de los últimos decenios, cuyo modelo de convivencia presente responde en buena parte a la reflexión suscitada en la conciencia colectiva por uno y otro fenómeno. Creencias, pautas de organización económica y social, diálogo institucional, discurso literario, normas culturales… todo fue diferente a partir de aquella fecha y en su onda aún nos desenvolvemos, a pesar de que ya empiezan a vislumbrarse, conforme al diagnóstico de algunas mentes avisoras, los signos de un nuevo orden, dentro de la inagotable dialéctica de la historia. Celebremos, pues, sine ira et cum studio, una de las páginas del inmediato pasado más grávidas de enseñanza y aleccionamiento.