En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid durante dos meses (7 de marzo a 6 de mayo) se celebra esta exposición, a cargo del profesor Nicola Spinosa, superintendente de bienes artísticos e históricos de Nápoles, como consecuencia del convenio cultural entre España e Italia, que ha dado origen a otras exposiciones de distinta índole en los dos países. Se exhiben alrededor de 225 objetos artísticos. Casi la mitad se reparte entre pinturas y porcelanas, pero hay también dibujos arquitectónicos, esculturas, tapices, cerámica, armas, piedras duras, muebles, platería, monedas, medallas, condecoraciones, ceras, miniaturas, objetos de pequeño mobiliario, marfiles, tejidos, libros y belenes, en su mayor parte llegados de Italia. Son muchas las reflexiones que suscitan exposición y catálogo, que procuraremos resumir en las siguientes observaciones.
- La exposición es una muestra reducida, pero significativa, de la celebrada en 1979-1980 en Nápoles (Civiltà del ‘700 a Napoli). No de la que se celebró en 1984 (Civiltà del Seicento a Napoli), con la que se confunde un conocido crítico madrileño, dando lugar a absurdas comparaciones y que, evidentemente, nada tiene que ver con la del Arqueológico.
- Nos parece un rotundo acierto la reunión de obras artísticas de muy diverso carácter, según se acostumbra a hacer en los países culturalmente más desarrollados, y no en España -salvo para el arte contemporáneo- donde el montaje de una exposición se limita a colgar de la pared un número mayor o menor de cuadros. Paradójico resulta, pues, que algunos influyentes comentaristas hayan opinado que la exposición es anacrónica, «turístico-recreativa» y demás epítetos burlescos, mostrando al respecto unas ideas cuanto menos prehistóricas sobre la Historia del Arte.
- Aunque se haya atacado a la Dirección General de Bellas Artes y a la política española sobre exposiciones, en realidad, el mérito -para mí- o demérito corresponde a Italia, que es quien ha ideado la muestra.
- La instalación es bastante acertada e incluso en su género una de las mejores de los últimos decenios. Hasta se ha cuidado -como debe ser- la luz sobre libros y miniaturas. Si algo ha fallado también ha sido culpa de los italianos: la suciedad de las obras grandes de plata y, lo que es más grave, la carcoma de algunos muebles, que ha puesto en guardia a la Dirección del Museo Arqueológico Nacional.
- Uno de los puntos más negativos ha sido que para montar esta exposición haya habido que retirar todos los fondos modernos del ala derecha del museo. Esta precisión -a la que nos tiene acostumbrados el Museo Municipal de Madrid y desde la pérdida de Villahermosa- el del Prado, contagia ahora al Arqueológico. Empieza a ser intolerable que, para hacer una exposición en Madrid, el Ministerio de Cultura deba cerrar medio museo o llevarla al Jardín Botánico. Esto requiere una solución inmediata.
- El catálogo, redactado con la colaboración de numerosos especialistas, entre los que destacan Spinosa y Alvar González-Palacios, es una extraordinaria puesta al día sobre el arte napolitano del siglo XVIII. Incluye estudios introductorios a cada arte y comentarios a cada una de las piezas. Quizá con un tono demasiado científico para lo que aquí se acostumbra y que muchos no han podido digerir. No sabemos si pudo pedirse alguna mayor ilustración sobre algunos monumentos arquitectónicos o pictóricos no transportables, aunque debemos considerar que esas obras se estudian en libros de fácil consulta. A cambio se presentan obras inéditas y atribuciones nuevas que no figuraron en la exposición de 1979-80.
- Resulta criticable, en cambio, la ignorancia y absoluto desprecio hacia la bibliografía española, pues apenas se reseñan diez títulos, ninguno de los aparecidos en los últimos doce años, y varios, además, enteramente obsoletos. La falta se hace más grave cuando se realizan incursiones en el arte español (no ya napolitano) bajo Carlos III, pues parece que leemos comentarios de hace un siglo.
- Debería haberse cuidado la traducción, no tanto del italiano cuanto del inglés. A modo de ejemplo: «vicerreyes», «San Francis Borgia», «Tuscany», «santos cartusianos», «San John Francis Regis», «ángel guardián» (por «de la Guarda»), «altar» (por retablo), «artesanos» (por artífices), «jarras» (por ramilleteros) y «floreros» (por «salvas con pie»).
- Sin necesidad de comprar el catálogo -aunque un folleto barato de mano no hubiera estado de más- el espectador puede hacerse idea de lo variado de la producción napolitana bajo los borbones Carlos y Fernando, del carácter ilustrado de las empresas promovidas por la Corona, de la paradójica persistencia de lo barroco y rococó al tiempo que se realizaban las precursoras excavaciones de Herculano y Pompeya, que estimularon el espíritu artístico neoclásico, del aspecto religioso y laico a la vez de las artes y dentro de éste, la importancia de lo áulico pero también la atención a lo cotidiano.
- En fin, una exposición agradable e instructiva para los aficionados, reconfortante y renovadora para los profesionales si se muestran dispuestos, en su caso, a salir del pozo de la ignorancia. Por eso es extraño que críticos conservadores la hayan contemplado con displicente benevolencia, y pseudoprogresistas mimados por el poder la hayan aprovechado para denostar a los rectores de la política cultural española de los últimos cinco años. ¿Alguien lo entiende?