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Ron Paul, congresista por Texas, candidato presidencial, anunció recientemente el fin de la Reserva Federal de los Estados Unidos, el equivalente al Banco Central Europeo. ¿Por qué ese pronóstico?, se pregunta Tho Bishop (editor) en el prefacio de «Anatomía del colapso. La crisis financiera de 2020» (de momento solo disponible en inglés: Anatomy of the Crash.The Financial Crisis of 2020). Su respuesta resumida: porque la Reserva Federal ha tensado demasiado la cuerda de la creación del dinero de la nada. El «hágase dinero» sin respaldo, al margen de cualquier comprensión racional de lo que significa esa palabra, «dinero», nos aboca al desastre.

En 2008 se conmovió el mundo. En 2020 se vuelve a tambalear y de forma más temible. Si nos circunscribimos a lo económico, argumenta Bishop, habrá que convenir en que ya no convencen las explicaciones al uso de casi todos los políticos (Ron Paul es una excepción) y de la mayor parte de la prensa financiera sobre lo que está aconteciendo.

El coronavirus ha servido como catalizador para que se manifieste una pésima política económica (también desde 2008), según Bishop. Pero más alarmante (añade) es que la respuesta que están dando los banqueros centrales, los gobiernos y las instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional no hará sino empeorar la situación. Conseguirán, afirma, que «el dolor sea mucho más intenso», porque los que toman las decisiones son «individuos solo versados ​​en las mismas ideologías fallidas que nos han llevado a donde estamos ahora».

La primera sección de Anatomy of the Crash es una mirada histórica a las decisiones de política económica hasta 2020 desde una perspectiva global. Se critican no solo las medidas de la Reserva Federal, «sino también las de sus colegas en el Banco Central Europeo, en el Banco de Japón y en otros lugares». Los ensayos en este apartado son de los economistas Ryan McMaken, Daniel Lacalle, Brendan Brown, Thorsten Polleit, Alasdair Macleod, Philipp Bagus, Ronald-Peter Stöferle y Mark J. Valek. Estos autores ponen de manifiesto, según Bishop, «el intento coordinado de los banqueros centrales de todo el mundo para tratar de impulsar los mercados ocultando el riesgo financiero subyacente, que solo ha servido para que se multiplicara la fragilidad de la economía global» y se apuntalaran «las burbujas financieras».

En la siguiente sección, Arkadiusz SierońJoseph T. Salerno y algunos de los autores anteriores, analizan los últimos movimientos y los movimientos en ciernes de los bancos centrales. Finalmente, en la tercera y última parte de Anatomy of the Crash, ensayistas ya citados a los que se unen Claudio GrassJeff Deist tratan sobre la fracasada economía del «neoliberalismo».

En la «Introducción», Jeff Deist insiste en que el colapso de 2020 ha sido precipitado por el coronavirus, pero «empeorado por las decisiones enloquecidas de los gobiernos de todo el mundo», que ya eran especialistas en la promoción de «demasiada deuda, demasiada mala inversión y muy poco honestidad en los precios de los activos y de las tasas de interés».

El presidente Nixon, en 1971, eliminó la posibilidad de convertir dólares en oro. Menos de veinte años después, en octubre de 1987, el Black Monday se llevó de por medio el 20 por ciento de las valoraciones del mercado de valores de EE.UU. El entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, prometió a Wall Street que tal cosa nunca volvería a suceder. Pero sucedió con el colapso de las acciones tecnológicas en 2000. La Reserva Federal siguió creando más dinero de la nada. Nueva crisis en 2008, con Ben Bernanke.

Ahora se da otra vuelta a la tuerca. Escribe Deist: «De hecho, cualquier artículo sobre la Reserva Federal se vuelve obsoleto en pocos días, ya que anuncia nuevos programas, líneas de crédito y compras a un ritmo vertiginoso. En las últimas seis semanas, la Reserva Federal ha anunciado 700 millardos de dólares en nuevas rondas de compras de activos de los bancos, hasta el punto de que la prensa financiera ha perdido la cuenta de la “ronda” de flexibilización cuantitativa en la que nos hallamos». Como resultado, «el balance de la Reserva Federal ha subido a más de 6 billones de dólares a mediados de abril de 2020».

Continúa Deist: «Por supuesto, ni el Congreso ni la Reserva Federal pueden poner en orden las cuentas de la nación, sin importar cuánto impriman ni gasten. De hecho, el déficit federal de 2020 se estima en 4 billones de dólares, lo que representaría más del 100 por ciento de los posibles ingresos fiscales… El efecto en cascada en los negocios minoristas y restaurantes, los propietarios y las compañías hipotecarias, la industria de viajes y los ingresos fiscales locales será abrumador».

Deist advierte que hay que estar atentos primero a la hiperinflación, y cuidado, también desde 2008 «ha habido una inflación de precios significativa en una gama de activos». En segundo lugar, hay que fijarse en «la voluntad de la Reserva Federal de comprar bonos del Tesoro, a los bancos comerciales, en grandes cantidades». Pero si la Reserva Federal compra «activos a un precio determinado, sin importar lo que hagan los mercados, no “invierte”, más bien adquiere un activo con ventaja garantizada y pérdidas socializadas: cada desventurado tenedor de dólares se convierte en una garantía de facto para el Tesoro de los Estados Unidos».

¿Qué sucederá, por ejemplo, si los compradores extranjeros, que poseen casi el 40 por ciento de la deuda de los Estados Unidos, ya no compran más deuda, porque ya no confían en que el despilfarrador Gobierno de los Estados Unidos sea capaz de poner en orden su contabilidad, ingresos y gastos?, se pregunta Deist. Subirían los intereses de la deuda. «Eso también enviaría una señal al mundo, y una mala señal. El aumento de las tasas de interés de la deuda del Tesoro sería una calamidad para el presupuesto del Gobierno Federal, ya que incluso las tasas históricamente promedio superiores al 5 por ciento aumentarían el servicio de la deuda por encima del billón de dólares anualmente. Todo el programa inflacionario, que utiliza el estímulo monetario para apuntalar la demanda decreciente, depende por completo de un mercado estable para la deuda estadounidense, que paga intereses casi nulos. De Keynes a Krugman, este es el programa».

Se supone que la Reserva Federal tiene un balance ilimitado, capaz de proporcionar a los mercados financieros “liquidez” según sea necesario, en cualquier cantidad y por cualquier periodo de tiempo. «Pero la liquidez no es más que dinero listo para la inversión y el gasto. En el entorno actual es un eufemismo para liberar el maná del cielo. Es dinero “gratis”, no ganado, que no representa un aumento en la producción o la productividad. No tiene respaldo ni “se puede redimir” [por oro, por ejemplo, como hasta Nixon]. Y no solo no hay nuevos bienes y servicios en la economía, hay muchos menos debido al bloqueo».

La Reserva Federal, concluye Deist, «ya no persigue ninguna política pública identificable que no sea la simple conveniencia política… Sirve como una línea de crédito ad hoc extraña para el sector financiero de los Estados Unidos, completamente abierta, sin verificación del crédito, sin límites de crédito, sin requisitos de garantía, sin pago de intereses y, en algunos casos, sin ningún tipo de reembolso. Es el prestamista de último recurso, una especie de casa de empeño inversa que paga buenos dólares por activos que disminuyen rápidamente en su valor. La Reserva Federal es ahora el Banco Infinito. Está dirigido por teleevangelistas, no por banqueros».

El razonamiento de Deist para la Reserva Federal, los Estados Unidos y el dólar se puede aplicar, incluso endureciéndolo, para el Banco Central Europeo, los gobiernos de los Estados del euro y el propio euro como moneda. Daniel Lacalle es en esto uno de los paladines.

Los procedimientos arriba expuestos, por lo demás, son la actualización de una constante universal, en todo tiempo y lugar. Un ejemplo:

Julio Camba, en Sobre casi todo (Austral, Madrid, 3.ª edición, 1961, pp. 71-73), un libro publicado en 1946 que recopila columnas suyas de los años veinte, dice en el artículo titulado «Sobre los duros falsos»:

«Según Alfonso Ródenas, la plata falsa de los duros auténticos es mejor que la plata auténtica de los duros falsos. Toda moneda acuñada por el Estado “esté hecha con lo que esté hecha —dice el señor Ródenas—, es buena, y toda la que no salga de allí, sea el que sea el metal que la constituya, es mala”. “Un duro que el Estado fabrique, aunque sea de cartón, es legítimo y vale cinco pesetas, y, en cambio, un duro fabricado por un particular con el mejor metal y la mejor ley, es falso y no vale las cinco pesetas”».

[Alfonso Ródenas era entonces un alto cargo del Tesoro en España. La peseta, la moneda española, en principio convertible, equivalía a 4,500 gramos de plata. Un duro eran cinco pesetas. Y había auténticos duros de plata en circulación.]


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