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Cuando comience el curso próximo, el llamado «proceso de Bolonia» se deberá considerar concluido en la universidad española. Concluido al menos en lo que se refiere a la propuesta definitiva de titulaciones de grado, y por lo tanto con todas ellas iniciadas. Y siendo así, cabría acercarse a la conclusión de que siendo este un proceso de europeización de las universidades, este mismo fenómeno se estará viviendo en el resto de las universidades europeas, pues no. Una vez más nuestro original modo de ser europeos nos dejará prácticamente solos con la obligatoriedad y la universalización del proceso en todas las universidades públicas, privadas y adscritas. Y es que ya estamos cogiendo la costumbre de ponernos delante de la manifestación, llevar la pancarta, y cuando miramos hacia atrás comprobamos que nadie nos sigue…

En estos últimos veinte años a los que Nueva Revista ha dedicado multitud de reflexiones a la universidad, en España se han creado casi el noventa por ciento de las universidades que existen hoy.

Los once distritos universitarios que se mantuvieron inalterables durante más de seis décadas, se han convertido hoy en cerca de un centenar de establecimientos que expiden títulos de licenciados con reconocimiento estatal, y una infinidad de títulos propios, tan variados como efímeros en la mayoría de las ocasiones. Pues bien, a partir del curso 2010-2011, todos sin excepción tendrán a punto las diferentes titulaciones de grado, con las que en unos años (¡temblad, europeos!), invadiremos el mercado laboral del viejo continente, lo cual me hace pensar que nuestro prestigioso Instituto Cervantes se deberá marcar el objetivo de que toda Europa hable castellano en ese tiempo, porque me temo que nuestros graduados seguirán con la vieja asignatura de los idiomas pendiente.

En estos últimos veinte años a los que Nueva Revista ha dedicado multitud de reflexiones a la universidad, en España se han creado casi el noventa por ciento de las universidades que hoy existen.

Pero vayamos por partes. ¿Qué es exactamente el «proceso de Bolonia»? ¿En qué consiste ?, ¿Cómo va a mejorar -si es que mejora- la universidad con su aplicación? ¿Quién lo inicia y por qué? Y sobre todo, ¿si es necesario financiarlo, quién lo va ha hacer en estos momentos? Son demasiadas preguntas que desde luego no pretendo responder, no resultaría adecuado en un artículo de estas características, pero su formulación me permitirá al menos compartir con los lectores de Nueva Revista una breve reflexión sobre la institución universitaria.

Comienzo por reconocer mi condición de universitario, mi dedicación a la universidad, actividad que he mantenido a lo largo de toda mi vida adulta, y de mi gran amor a una institución que en los momentos actuales seme antoja imprescindible e insustituible. Partimos además de la experiencia acumulada en los últimos ochocientos años y de la infinidad de consideraciones, reformas, adaptaciones, intentos de manipulación, de instrumentalización, de colonización, de control, de vejaciones y desprecios que ha sufrido la universidad sin que por eso haya sucumbido, por lo tanto mi diagnóstico siempre será optimista. Ahora bien, el nacimiento del llamado Espacio Europeo de Educación Superior, que surge como idea en la ciudad de Bolonia, tiene poco que ver con el invento -también europeo- medieval. Se da una diferencia extraordinariamente determinante, y es que en el siglo XII ese nacimiento está motivado por el ayuntamiento espontáneo y voluntario de alumnos y profesores en los antiguos Hospitia parisinos, mientras que ahora han sido los ministros de educación de los diferentes países europeos los que tomaron la iniciativa a instancias del propio gobierno de la Comunidad. Una vez más los políticos metiendo la mano en la educación, nunca ha resultado un buen comienzo.

Hace más de seis años, exactamente el 27 de marzo de 2003, tuve la oportunidad de conocer en un almuerzo a la entonces comisaria europea de Educación y Cultura, madame Viviane Reding. Durante la comida, y antes de que ella interviniese de un modo más general, pude conversar en privado con la comisaria, que me adelantó pormenorizadamente lo que se plantearía más tarde como la gran reforma de la universidad europea, al definir el Espacio de Educación Superior. Salí algo turbado porque casi toda la filosofía de la reforma se basaba en un argumento principal que debería convertirse en el motor del cambio: la universidad europea tendría que imitar a la norteamericana, si nuestro tejido laboral y profesional quería en el futuro competir con el suyo. De modo, que le tocaba el turno de las reformas a la universidad, intentando hacer de ella un instrumento más útil para la sociedad europea.

Podría parecer que se trataba de establecer mecanismos correctores en las desviaciones que se hubieran podido producir en lo que podríamos llamar «Responsabilidad Social de la Universidad», así al menos se ha presentado la filosofía de esta reforma. La alma máter se habría ido separando del resto de la realidad social, y se hacía necesaria una rectificación para hacer de la institución secular algo más útil, más apropiado para el mercado, las relaciones mercantiles y la modernidad.

Ahora bien, si analizamos con rigor la misma idea de «responsabilidad social corporativa», llegaremos a la conclusión de que la primera respuesta que toda institución debe a la sociedad es la de aportar su propia identidad institucional, ser lo que se debe ser y no otra cosa, porque entonces en lugar de una reforma se debería plantear una sustitución. ¿Y que es la universidad? Después de escuchar a madame Reding me asaltaron multitud de dudas y me fui a repasar autores que me reforzaran la idea primigenia que tenía sobre lo que debe ser la universidad.

La sociedad necesita más que nunca a la universidad, pero pidiéndole algo más que en los siglos anteriores, una nueva misión que Ortega intuía, pero no supo definir, la de servir de faro en la sociedad de la información.

Para encontrar la esencia de la institución universitaria, resulta del todo imprescindible bucear en sus orígenes incluyendo los antecedentes remotos por los que el pensamiento humano se vincula a determinadas metodologías de búsqueda y transmisión de la verdad. La universidad así contemplada tiene algo sustancialmente permanente a pesar de la constante transformación de los modos. Estaríamos ante un fenómeno similar al de la creación del universo salvando las correspondientes distancias, y así como la materia una vez creada no hace más que transformarse, sin que se vuelva a crear ni a destruir, la inteligencia humana, el genio del hombre, su pensamiento libre, su amor a la verdad, viven en permanentes transformaciones, apareciendo con más o menos fuerza, más o menos rutilantes. Así, la materia termna evolucionando hasta formar estrellas cuya aparente inmutabilidad enmascara la permanente situación de cambio, su continua evolución. En el cielo están constantemente naciendo y muriendo estrellas, pero nadie duda que nos acompañarán mientras exista el universo. De la misma manera, una vez que el modo de gestionar el pensamiento humano ha logrado definir la institución universitaria, ésta evolucionará de modo continuo, aparecerán y desaparecerán universidades, pero lo más lógico es pensar en su permanencia como institución.

Si ciframos lo esencial de la universidad en el «amor a la verdad», resulta del todo lógico que la institución universitaria tenga necesariamente que ocuparse en su búsqueda a través de la investigación y en su transmisión, en su enseñanza. Ahora bien, en la sociedad actual la investigación y la docencia tienen que ver también con la verdad práctica y por lo tanto con las aplicaciones de las que debe beneficiarse el resto de la humanidad. De ahí que resulte igualmente necesario formar a los profesionales que van a de sarrollar su actividad utilizando su inteligencia, y que se produzca una permeabilidad de todos los saberes expertos en el conjunto de la sociedad.

Pues bien, ninguno de los documentos que desarrollan la reforma actual y que definen el llamado Espacio Europeo de Educación Superior toca para nada estas cuestiones, no se cita ni una sola vez la palabra verdad, pero constantemente se están haciendo referencias a la necesidad de adquirir destrezas, de ejercitar habilidades, de aprendizajes y…, lo que a mí al menos me lleva indefectiblemente a la imagen de las focas manteniendo diferentes pelotas de colores en el hocico mientras bailan.

Desde que la universidad hizo su aparición en plena síntesis teológica se convirtió en una institución de referencia social indiscutible y de indiscutible liderazgo intelectual. Los conocimientos se integraban en los saberes en una perfecta y extraña simbiosis entre los últimos descubrimientos de las diferentes ciencias y la sabiduría tradicional decantada por el tiempo y sometida a la cultura popular. Así, cuando se dice que la universidad debe cubrir fundamentalmente sus dos principales funciones de docencia e investigación, se está haciendo referencia a la bidireccionalidad de la misión orteguiana tantas veces citada. Por una parte crea, profundiza, mantiene, justifica, consolida y orienta los diferentes conocimientos especializados, como una auténtica punta de lanza que con paciencia, humildad y perseverancia erosiona la roca de la ignorancia, horada los muros de las diferentes mentiras interesadas y nos permite acercarnos a los arcanos de la verdad cuidadosamente envueltos por los mil y un laberintos cubiertos de velos que nos alejan de ella. Por otra parte, enseña y transmite esos conocimientos a los diferentes servidores de la sociedad que a través de las profesiones consolidadas y reconocidas aplica esa ciencia y esa técnica para que rinda sus frutos de forma universal y solidaria.

Es cierto por otra parte, que la Ilustración, sorprendió a la universidad sumida en un excesivo embelesamiento aristotélico. La ruptura con la síntesis teológica, supuso no sólo una pérdida de visión global, sino un alejamiento de la realidad social en la que se inscribía de una forma ejemplar la universidad medieval. En determinadas ocasiones el avance científico eligió caminos heterodoxos e inhóspitos, pero la universidad tampoco supo reaccionar, y lo que comenzó siendo una falla de dimensiones aceptables, terminó a finales del XIX, convirtiéndose en un abismo. Ninguna de las ideas o acontecimientos científicos que marcaron la cultura del siglo XX, tuvo su origen en la universidad; ninguna de las personalidades que protagonizaron esos cambios lo hizo desde y para la universidad. Marx, Einstein y Freud son tres ejemplos suficientemente representativos que avalan esta tesis. El modelo de la universidad fue desdoblándose hasta llegar a una bipolarización excesiva entre la universidad europea de corte estatalista y especulativo, y la universidad especializada y pragmática de los Estados Unidos que rompió definitivamente con el modelo de los saberes universales.

En estos momentos, la sociedad de la información nos coloca ante nuestras propias contradicciones con una nueva expectativa de síntesis cultural que resulta cada vez más acuciante. Las instituciones más obligadas a mantener los sistemas de valores han entrado en el torbellino de un utilitarismo rampante y del reconocimiento de una utopía imposible de aprender y de fijar en coordenadas humanas. La sociedad se mantiene estructurada en torno a centros de poder, donde la única verdad tiene que ver sobre todo con los resultados a corto plazo, mientras la autoridad se pierde por los vericuetos del pragmatismo. Es probablemente la época en la que la humanidad ha logrado distanciar más dramáticamente la potestas de la auctoritas, haciendo de los valores éticos una moneda a punto de ser retirada de la circulación.

Pese a todo, son muchos los que parecen atisbar un cuadro lleno de contrastes, capaz de establecer mecanismos regeneracionistas que nos hagan transitar por el tercer milenio con un profundo cambio de actitudes. Desde la universidad se buscan conexiones eficaces e indiscutibles, útiles para la sociedad. Desde la sociedad, por su parte, se busca esa referencia estable y coherente que sin dejar de ser antropocéntrica devuelva al hombre su sentido más auténtico, sin necesidad de caer en el reduccionismo inmanentista al que nos abocó el racionalismo cientifista del positivismo que rompió con la síntesis teológica.

Y eso necesariamente hay que hacerlo por y desde la universidad, desde una universidad europea que nos identifique con nuestras propias raíces. No sé, sinceramente, si esta reforma nos servirá para conseguir ese objetivo, pero de momento, como dirían los taurinos, no se ve que apunte maneras.

Si se trataba de poner a la institución universitaria frente a su responsabilidad social, se tendría que haber empezado por analizar los mecanismos de conexión entre universidad y sociedad, pero respetando sobremanera en primer lugar la propia identidad corporativa universitaria. Si no es así, se termina por defraudar a ambas por llegar a identificar como algo diferente eso que al principio tan sólo comenzamos a llamarlo de modo diferente.

Hace tiempo que las reformas legislativas en materia de enseñanza universitaria buscan procedimientos y organismos que puedan resolver el alejamiento social de la universidad sin conseguirlo, pero en lugar de reconocer los errores y tratar de evitarlos parece que se ha elegido el camino de la pérdida de identidad, exactamente el que puede producir mayor desconexión y mayor irresponsabilidad social. Porque la sociedad necesita hoy más que nunca a la universidad, pero pidiéndole algo más que en los siglos anteriores, una nueva misión que Ortega intuía pero no supo definir, la de servir de faro en la sociedad de la información.

Por lo tanto, las misiones tradicionales de la universidad de búsqueda y depósito del conocimiento y transmisión de ese conocimiento para el ejercicio de las profesiones tituladas, habría que añadir hoy otra de enorme trascendencia, la de la prescripción social y el liderazgo, justo en el momento en el que, a través de la red, todo parece saberse.

¿Y cómo plantear en el conjunto de estas relaciones universidad sociedad, una auténtica responsabilidad social?, ¿con Bolonia?, ¿es por eso por lo que surge Bolonia?

DESCRIPCIÓN DEL PROBLEMA

Al analizar las relaciones de la institución universitaria con la sociedad, no podemos limitarnos a establecer las clásicas propuestas que tradicionalmente imponen las estructuras internas de los órganos de gobierno. Así, en la actualidad parece que resolvemos esa cuestión admitiendo un vicerrectorado específico que trate de abordar esa relación, y al que se le suele denominar extensión universitaria o también más recientemente relaciones institucionales. Ambas denominaciones a veces coexisten y tratan de atender aspectos muy concretos de esa relación. Pero hoy, la universidad que tenemos que plantear es diferente, y probablemente no son del todo válidas las estructuras de gobierno con las que contamos para tratar de cubrir esas relaciones. La llamada extensión universitaria, ha servido más para atender determinadas necesidades impuestas por la masificación universitaria y se ha referido sobre todo a la atención cultural y deportiva de la propia comunidad universitaria a sus estudiantes. Por su parte, las relaciones institucionales han perseguido, a veces de modo poco profesional, la gestión del patrocinio y las relaciones con el mundo empresarial. Estos dos departamentos se han considerado además siempre como añadidos a los tradicionales de la ordenación, investigación, alumnos, internacional, etc., en los que básicamente radicaba el gobierno universitario.

Por otra parte, en un momento determinado se vio la necesidad de establecer otro tipo de mecanismos para garantizar esa relación entre una universidad endogámica y distante y una sociedad cada vez más exigente con sus universidades, y se trató de dar a los consejos sociales un protagonismo, como propuso en su día la Ley de Ordenación Universitaria. Estos consejos sin embargo parecen haberse planteado más como mecanismos de control social que como elementos de conexión con la sociedad, a la que se sigue viendo cada vez más alejada de la alma máter.

Las fundaciones de las respectivas universidades, por su parte, tampoco han sabido ofrecer interfaces eficaces de relación con la sociedad, más preocupadas por el corto plazo y por los problemas presupuestarios de carácter doméstico para poder atender las enormes demandas económicas de sus universidades matrices.

Con este panorama, nos encontramos por una parte que desde la universidad fallan los mecanismos con los que entrar de modo más eficaz en el tejido social y, por otra, la sociedad va tomando distancia y se separa cada vez más de los ámbitos universitarios en los que no se reconoce, no los necesita y los considera cada vez menos suyos. Es cierto que esa relación viene deteriorándose desde hace ya bastante tiempo, pero quizás en estos momentos sea especialmente crítica y reclame y necesite de urgentes e imaginativas soluciones.

Esta reflexión trata de poner de manifiesto la necesidad que tiene la sociedad de hoy de encontrar respuestas auténticas y desinteresadas a sus demandas, a sus numerosas inquietudes, desde instancias que no respondan básicamente a planteamientos económicos o políticos y que posean el conocimiento experto adecuado, de tal modo que si hoy no existiera la universidad, sería muy conveniente inventarla. Ahora bien, como ya está inventada, lo que deberíamos proponer es reinventarla, haciéndola eso sí mucho más permeable con la sociedad a la que debe servir y consciente de su responsabilidad social. Si no, otras instancias tomarán su lugar e intentarán suplantarla poniendo otros intereses en juego, tanto a la hora de asumir la misión de prescripción y de autoridad moral ante cualquier problema, como a la hora de dar respuesta a las demandas de un mundo profesional y empresarial extraordinariamente cambiante y exigente. La incoherencia de las llamadas «universidades empresariales o corporativas» sería un ejemplo de ello.

Pero donde esta suplantación tiene un efecto más dramático y pernicioso es en la labor de las fuentes informativas expertas en los procesos de la comunicación de masas, dejando sin atender una de las funciones básicas de los medios de comunicación, la función pedagógica, o lo que es peor, inundando los flujos de la comunicación de visiones interesadas.

Resumiendo, podríamos definir el problema de la falta de relación eficaz de la universidad con la sociedad en los siguientes puntos:

1. Falta de respuesta universitaria adecuada y ágil a las demandas cada vez mayores y más vertiginosas en el tiempo del mundo profesional y empresarial.

2. Necesidad social creciente y acuciante de que la universidad asuma su compromiso de liderazgo social y su responsabilidad con toda la sociedad.

3. Riesgo de ensimismamiento académico, especialización y aislamiento en las universidades actuales, alejándose cada vez más de los problemas reales de nuestra sociedad.

4. Necesidad en los medios de comunicación de masas de atender la demanda creciente de contenidos y de contar con fuentes solventes e independientes.

5. Desproporción e inadecuación de los instrumentos actuales para abordar esa relación con una mínima esperanza de éxito. Los vicerrectorados más cercanos al ámbito del problema quedan en la actualidad bastante lejos de las soluciones, limitándose a acciones puntuales con personal de la propia universidad, sobre todo alumnos, o a intentar institucionalizar unas cuantas relaciones con el mundo exterior.

6. Falta de adecuación en determinados aspectos de los consejos sociales, que pueden caer también en esa misma falta de eficacia por su nivel de burocratización, politización o sindicalización y su actuación reducida en muchas ocasiones a temas internos de la propia universidad.

7. Necesidad de generar instrumentos ágiles de penetración universitaria en los tejidos productivos, empresariales y sociales, sin que por ello haya que reducir el nivel de autonomía y los mecanismos de control y democratización interna de la institución.

PROPUESTAS ALTERNATIVAS

Con este diagnóstico, el problema de las relaciones entre la universidad y la sociedad no parece fácilmente subsanable con una propuesta concreta y simple. No se trata de aportar la sugerencia de un nuevo departamentoo una nueva función dentro del conjunto administrativo o académico actual, o de sus órganos de gobierno, pero tampoco se trata de dar a los estudiantes un barniz de formación útil y de imponer criterios de instrumentalización como parece apuntar la reforma de Bolonia. Se trata más bien de asumir una nueva mentalidad que permita recuperar por una parte los principales componentes de la identidad universitaria y por otra reflejarlos a la sociedad de un modo rotundo, eficaz e innovador, con instrumentos propios de la nueva sociedad de la información. Esa nueva mentalidad empaparía todos y cada uno de los departamentos actuales, proyectándoles hacia su entorno inmediato y hacia el conjunto de la sociedad.

En lugar de intentar modificar la criatura desde fuera, podríamos entonces partir de la necesidad de una nueva concepción universitaria en los órganos rectores, un cambio de paradigma en la cultura corporativa y una nueva política de comunicación que permita la acción de los instrumentos eficaces de modo profesional y riguroso para conseguir llevar esa nueva cultura hasta una más auténtica identidad corporativa y una más fidedigna imagen corporativa. Veamos algunos procedimientos.

1. FOROS UNIVERSITARIOS

Se definirían como instrumentos para el debate público del conocimiento especializado de los saberes expertos universitarios.

Estarían concebidos como escaparates interactivos al servicio de toda la sociedad, fundamentalmente a través de los medios de comunicación. Deberían procurar llevar de forma continua los conocimientos y las reflexiones universitarias a todos, haciendo de los contenidos especializados de los medios de comunicación un vehículo permanente de conocimiento social, atendiendo así de forma innovadora al deber de responsabilidad social que tiene hoy la universidad como institución

La universidad debe liderar de nuevo una síntesis cultural, que ya no podrá abrirse camino hoy sin la concurrencia y la utilización de los medios de comunicación a través de su función pedagógica. El interés periodístico de los acontecimientos debe enraizarse y progresar en el interés real de los expertos, de ahí el programa que aportó el Foro Complutense, que en su presentación ya proponía «hacer interesante lo importante, poner de moda la verdad, introducir en el ruido cotidiano de la comunicación de masas una reflexión pausada, independiente y honesta de los que dedican su vida a la investigación». De este modo, se trataría de ofrecer una solución a dos importantes problemas de los diagnosticados en la relación sociedad-universidad, la falta de presencia social de la auctoritas universitaria y la crisis de contenidos y de superficialidad por la que atraviesa todo el fenómeno mediático.

2. DEPARTAMENTOS DE COMUNICACIÓN

La existencia de los departamentos de comunicación de las universidades podría ofrecer una excelente vía de solución para lograr la interconexión universidad-sociedad, salvando los problemas derivados de la exigencia de una mayor profesionalización de los mismos. Habría que considerar la figura del Dircom de un modo más rotundo, y su labor de diseñador y gestor de estos departamentos de forma mucho más innovadora. No basta ya con establecer meros gabinetes de prensa o redacciones de órganos periodísticos internos o externos, esta función y esta figura deben gestionar toda la comunicación de la universidad, tanto en su vertiente interna, con una adecuada gestión de la cultura corporativa, como externa, de gestión social del conocimiento experto. De ahí que haya que considerar de otro modo a estos departamentos, tanto en la estructura orgánica, como en su función en el equipo de gobierno de las universidades.

3. CENTROS ACREDITADOS

Se trata de replantear la relación de la universidad con centros de titularidad pública o privada que aporten nuevas funciones a la sociedad y alguna especialización en ámbitos académicos del máximo nivel. Los tradicionales «centros adscritos» darían paso así a otro tipo de relación con centros que aporten a nuestras universidades mayor valor añadido.

Sin dejar de contar con universidades grandes, y bien dotadas en todos los sentidos, el resto de la sociedad civil podría estar presente en la propuesta universitaria sin necesidad de competir con esas universidades, ofreciendo propuestas académicas especializadas, a través de unos centros que hoy lamentablemente nadie considera.

Los centros adscritos han dejado de ser simples incubadoras de universidades que querían nacer al cobijo de otra universidad conocida y pública, alcanzar a su sombra la masa crítica suficiente y poder caminar sola, y esa figura atraviesa en estos momentos una clara crisis de identidad.

Nuestra propuesta es la de establecer una nueva relación de centros acreditados con universidades grandes y de larga trayectoria académica, para conseguir diversos objetivos de interés mutuo. Estos centros, tendrían que orientarse por alguna especialización que les permitiera actuar con una especificidad y aplicaciones metodológicas de inerdisciplinariedad viable, es decir, definir ámbitos de conocimiento especializado en áreas temáticas como las ciencias humanas, sociales, de salud o experimentales, y aplicar allí modelos multidisciplinarios realistas en cuanto a su aplicación.

Su tamaño y características les permitirían tener una enorme agilidad y capacidad de llegar a lugares y situaciones de difícil acceso para universidades grandes a la hora de establecer acuerdos con empresas o instituciones a las que ofrecer determinados servicios universitarios. Sería algo así como disponer de lanchas rápidas desde un gran portaaviones con difícil acceso a determinados lugares.

La relación, asimismo, posibilitaría la ejecución de programas de investigación conjunta a los que ninguno de los dos socios por separado podría acceder.

La acreditación, por otra parte, debería exigir un mayor rigor que la adscripción y podría basarse en el resultado de una relación anterior previamente establecida y unas propuestas creativas e innovadoras.

En definitiva, la propuesta es la de considerar la creación de un nuevo modelo de relación con Centros Universitarios de Aplicación Especializada, a los que se podría aplicar el modelo anglosajón de acreditación universitaria, al estilo de la London School of Economics and Political Science, uno de los centros especializados en ciencias sociales de mayor prestigio del mundo.

He aquí tres propuestas concretas que podrían plantearse como instrumentos básicos de acercamiento entre universidad y sociedad, pero sobre todo tres propuestas para ejercer de modo innovador y eficaz la auténtica responsabilidad social corporativa en la universidad y desde la universidad, sin necesidad de abordar otro tipo de modificaciones o reformas planteadas por los políticos y desde la política.


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