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Previo

Intento agrupar, bajo este nada preciso enunciado, algunas consideraciones para dos finalidades concretas. Ante todo, para que sirvan de recordatorio a quienes no puedan considerarse expertos en estasiología o ciencia de los partidos políticos. Sin ánimo de ofender, claro está, a quienes ya posean medianos o amplios conocimientos de la materia. Y, en segundo lugar, para ahorrar, en las páginas que siguen, aclaraciones en el empleo que, de esta forma, quedan ya clarificadas.

Como es sabido, durante no poco tiempo, lo que predominó fue la distinción entre bipartidismo y pluripartidismo, según el número de fuerzas que competían con alguna consideración de triunfo electoral. La generalización del bipartidismo no impedía la existencia de otros partidos menores que para nada eran tenidos en cuenta. Por no alejarnos en demasía, en nuestro país y durante lustros, la pugna estuvo centrada en las opciones de Partido Conservador y Partido Liberal. Quizás sería más correcto hablar del partido de Cánovas y el partido de Sagasta, dado el carácter fuertemente personalista que ambas fuerzas poseían, con el daño del caciquismo que todos los regeneracionistas de fines del XIX y del XX denunciaron con insistencia. Pues bien, con la entrada en la escena científico-política del profesor Giovanni Sartori, con una obra largamente influyente (Parties and Party Systems. A framework for analisys, Cambridge University Press, 1976), lo que se lleva a cabo es una sugestiva clarificación del hasta entonces mero pluripartidismo. Y así, según Sartori, siempre hay que distinguir entre partidos extremos y polarizados y partidos no polarizados. La distinción responde, como resulta fácil adivinar, al grado de aceptación o rechazo del sistema establecido. Aclarado este punto, el pluripartidismo puede ser simple suma de partidos «nada peligrosos». Pluripartidismo limitado (tres o cuatro grandes partidos en escena). Pluripartidismo ilimitado, con carácter menos sólido para el sistema. En fin, pluripartidismo polarizado y atomizado: la oposición al sistema es radical y la atomización llega a carecer de especial consistencia. Son partidos llamados a la unión con otros mayores o a la desaparición por vía electoral. En este punto es donde cabría situar el marco de nuestra Segunda República. Vaya por anticipado que, en nuestra actual democracia y por razones que más adelante veremos, nunca hemos vivido en un claro bipartidismo.

No menos divulgada ha sido, durante tiempo, la afirmación de que el bipartidismo era propio de los países anglosajones, jugando un papel casi meramente electoral. Valgan Gran Bretaña y Estados Unidos como socorridos ejemplos. Por el contrario, la mayoría de los partidos europeos reflejaban su plural distinción en el argumento de ser «herederos» de los vericuetos de la Revolución Francesa: tenían fuerte carga ideológica. Y de aquí el amplio espectro: socialistas, comunistas, liberales, democristianos, federales, reaccionarios o revolucionarios, etc. Sin duda, así ha podido ser como punto de partida. Pero me atrevería a sostener que el bipartidismo actualmente, por demás en época de crisis, ya no es juego puramente electoral. Si detenemos la vista más allá de nuestras fronteras, tropezaremos con un hecho cierto: ya no es posible concebir el bipartidismo como dos grandes fuerzas cuya susodicha misión sea exclusivamente la conquista del poder gubernamental. O, de otra forma dicho, hasta en el bipartidismo han llegado temas que escinden la presunta unidad en el interior de los mismos. Aquí puede tratarse más de la complicación del sostenimiento del Estado de Derecho y de la crisis global que de la citada influencia revolucionaria francesa. Pongamos como ejemplo el que creemos más acertado. En Estados Unidos se debaten dentro del bipartidismo las medidas anunciadas o tomadas por el presidente Obama: desde la reforma en la sanidad hasta la política exterior. Hasta hace bien poco esto era incuestionable. En la actualidad, aunque no corra peligro el sistema, las medidas aludidas dividen. No está tan clara la diferenciación entre bipartidismo y pluripartidismo por lo que hace a su origen.

Y permítaseme un apunte final, válido para las dos clases de sistema. Aquí y allá se ha dado un doble giro. En primer lugar, se ha pasado de partidos de militantes a partidos de electores, como señalara Jean Blondel («Types of Parties and Types of Societies», en la obra Comparative Government. A reader, Macmillan, 1969). El factor ideológico experimenta un notable paso atrás: lo que importan son los votos de cualquier tipo de electores. La estabilidad partidista aumenta. Por volver a nuestro país, la actitud del PSOE en la campaña electoral de 1982 es un buen ejemplo de ello. Y el paso final. Si la técnica obtiene también su propia legitimidad, si la economía mueve el acontecer de la política y, sobre todo, si las ideologías decaen en su anterior pureza, lo que acaba predominando en el mundo de los partidos es exclusivamente la suma de votos. Estamos ante lo que Kircheimer fletara con la denominación, luego sumamente usada, de Catch-all-party (partidos de todo el mundo). Se trata, nos dice este autor y podemos verlo en la realidad, de algo que incluso muy cerca nuestro estamos observando: el partido que «renuncia a los intentos de incorporar moral y espiritualmente a las masas y dirige su atención ante todo hacia el electorado; sacrifica, por tanto, una penetración ideológica más profunda a una irradiación más amplia y a un éxito electoral más rápido […] la clientela electoral es potencialmente toda la nación» (Otto Kircheimer, «El camino hacia el partido de todo el mundo», en la obra de Lenk y Neumann Teoría y sociología crítica de los partidos políticos, traducción en Anagrama, Barcelona, 1980).

El punto de partida (1975-1977): la sopa de letras

En el periodo temporal que va desde las últimas semanas de 1975 hasta las primeras elecciones generales de 1977, el pluripartidismo que vive nuestro país se acerca bastante a la situación de pluripartidismo atomizado. La cantidad de fuerzas que compiten (primero antes de la legalización e inmediatamente después de ella) constituyen lo que el mismo Felipe González llamara «sopa de siglas». Una situación de acumulación de siglas que, de acuerdo con los autores, únicamente puede darse a la entrada o a la salida de un régimen político. Nunca como una situación estable. La atomización está llamada a desparecer en corto o medio plazo. Esta situación atomizada se debió entre nosotros a dos factores evidentes. En primer lugar, la aparición de algunos partidos «anti». Fundamentalmente, «anti» el Partido Comunista (PCE). Discrepaban de la actitud del PCE, que iba a acoplarse a las nuevas circunstancias del país. Sobre todo, la anunciada aceptación de la Monarquía y de la bandera nacional. Como es sabido, todo ello se pactó «en las alturas» y fue considerado como «traición» por una serie de discrepantes que no dudaron en partear otras fuerzas que se proclamaban como «más allá» que el PCE (la Liga Revolucionaria, el FRAP, el Movimiento Comunista, etc.). Un amplio elenco de difícil estudio en su contenido: quizá pedir o postular demandas tales como revolución o república.

Y, en segundo lugar, la presencia de partidos denominados «regionalistas». Aquí encontramos tanto partidos nuevos o tradicionales en dicho nivel, sobre todo en Cataluña, como partidos que querían poner apellidos a los grandes. En este caso, la hemorragia afectaba, sobre todo, al amplio elenco de «socialistas de Aragón», «socialista popular», «socialistas de Galicia», etc., etc. Todo esto montado sobre desacuerdos con el PSOE tradicional (que, por cierto, ya se había adelantado en la empresa de unir el Socialista interior, liderado por Felipe González, y el Socialista exterior, encabezado por Rodolfo Llopis), por la aversión a un Partido Socialista de ámbito nacional. Ciertamente, el PSOE fue minorizando la importancia de estos «minisocialismos» por la vía del pacto o acuerdo. La excepción la constituyó el escenario catalán, donde se mantuvieron partidos con tradición republicana (Esquerra Republicana) con otros de posterior creación y con cierto carácter personalista (la figura de Jordi Pujol resultó decisiva en este trance).

Las primeras elecciones generales de 1977 constituyeron el punto decisivo para acabar con esta «sopa de letras». En varias ocasiones hemos puesto de manifiesto cómo el elemento fundamental en el proceso de la llamada «transición» lo constituyó la clase media española. Muchos sectores de la sociedad española que hasta las primeras elecciones citadas no habían podido manifestar con libertad sus opciones. Una sociedad que había crecido en medios e importancia en los ahora denominados «años sesenta». Con su veraneo ya imprescindible. Con un turismo que dejó huellas y no solo huellas económicas. Sin el menor interés por poner en peligro lo hasta entonces conseguido. Con cierta sagacidad, Julián Marías escribió que se trataba de una sociedad que no sabía con precisión lo que quería, pero sí «lo que no quería» (vuelta atrás, nuevo enfrentamiento civil, totalitarismo). Y fue aquí donde el voto popular acabó con el citado panorama de la atomización. Resultaron triunfantes el dúo UCD y PSOE, con los apoyos más o menos fuertes en el hemiciclo de otros partidos menores. Pero las salidas revolucionarias quedaron marginadas, se unieron a los triunfantes o, sencillamente, desaparecieron. Desapareció el elenco de los «anti» y la situación de sistema atomizado pasó a ser un pluralismo limitado: con dos, tres o cuatro partidos importantes, se pasaba al pluripartidismo limitado, esquema con el que el sistema vivió e, incluso, pudo conocer amplios cambios gubernamentales patrocinados por UCD y PSOE, respectivamente.

La situación actual: hegemonía y pluripartidismo

Salvo en la afirmación de una acalorada campaña electoral, con acusaciones mutuas y permanentes referencias al inmediato pasado, las elecciones habidas el 20 de noviembre de 2011 no pueden ser formuladas con cierta seguridad. Sin duda, está el hecho importante de la amplia victoria del Partido Popular sobre el PSOE. Y en este primer punto ya cabría la aclaración: la mayoría de los votantes lo hicieron no tanto contra los socialistas, cuanto contra el entonces presidente Rodríguez Zapatero. La política del citado era contestada por doquier, incluso dentro del mismo PSOE. Hasta tal punto será factible afirmar que las consecuencias de Zapatero dañaron, con mayor o menor eco, el interior del partido. Y, ante la poca aclaración de propuestas por parte del PP, quizás hubiera sido otro el resultado o, al menos, no una victoria hegemónica tan amplia.

Un partido de la derecha vencía con holgura. En las regiones (Andalucía y Cataluña, como ejemplos) en las que el dominio gubernamental no se ha podido realizar, ello ha sido por la alianza de fuerzas ajenas a este bipartidismo. Pero digamos por cercanía del lector algunas consideraciones a causa de las cuales el panorama se complica. Y dejamos al margen, por apartarse del sentido de estos párrafos, los juicios políticos que aconsejan que esa hegemonía del PP debe ser «suavizada» con el apoyo de otras fuerzas por la importancia de los temas: intentos de consenso con el PSOE, sobre todo en política europea. Podemos aquí hablar de lo obvio.

Ante todo, una política sumamente acogida por la ciudadanía no está siendo posible por las necesarias medidas tomadas en virtud de la crisis casi mundial que estamos viviendo. Esas medidas están chocando con fuerza con la visión feliz de las familias españolas: aparecen las crisis de la banca, aumento escandaloso del paro, subidas de impuestos, recortes por doquier, etc. Esta circunstancia, cuyo fin no aparece con precisión ni mucho menos, está motivando entre los votantes peligrosas dudas sobre ambos partidos. Sin duda por la gran carga de opción visceral que se ha puesto de manifiesto a la hora de votar. Todavía con mayor alcance, los mítines (figura a la que en alguna ocasión anterior he comparado con las novenas religiosas: aparecen destinados a los ya previamente convencidos) únicamente han servido para «reforzar» opciones. Pero opciones de ya convencidos, militantes o simpatizantes, amén de la falta de modernidad de esta forma de transmisión: el ordenador bien puede sustituir al púlpito.

Y, en segundo lugar, hemos titulado este epígrafe como hegemonía y pluripartidismo. Mejor hubiera sido hablar de aumento del pluripartidismo. Se ha quedado un tanto atrás cuanto hemos señalado de la limitación del mismo. No era muy previsible, por otra parte, la ocupación de escaños por parte de nuevas fuerzas que, en principio y desde el punto de vista de la situación anterior definida, hubieran sido condenadas al fracaso. No ha sido así. Al contrario, el número de partidos que pueblan actualmente nuestro Parlamento ha crecido con fuerza. A nadie sorprende la permanencia de IU. Pero estimo que pocos pensaban en otros que allí están, con distinta fuerza: UPyD (convertido en partido decisivo en casos tales como el evento asturiano), auge del PNV, BNG, ERC, Coalición Canaria, UPN, Amaiur, Geroa Bai, Equo-Compromís, Foro Asturias. Piénsese que, en estos momentos, dentro del Grupo Mixto, conviven ocho formaciones y dieciocho diputados. La mayor fuerza interna en dicho grupo la tiene Amaiur, con siete diputados, siendo, por paradoja, la fuerza más discutida al margen del Parlamento.

Por esto hemos hablado de incremento del pluripartidismo, que poca o nula relación tiene con la hegemonía del Partido Popular. La pregunta final está clara: ¿puede el sistema actual de partidos sostener una larga y, sobre todo, positiva tarea eficaz? Es bastante posible que, por una u otra vía, ocurra lo que al comienzo de estos párrafos denominábamos «sopa de siglas». La historia tiene la palabra.


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