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Ver productosCon estas páginas dedicadas a la poesía de Miguel D'Ors NUEVA REVISTA continúa su galería de creadores literarios: Claudio Rodríguez, Bernardo Atxaga, Pere Gimferrer, Juan Malpartida entre otros ofrecieron a nuestros lectores muestras de su obra y reflexiones sobre su propia escritura.
1 Jun 1993 - 4min.
Una característica común a buena parte de la verdadera poesía es la de transparentar un destino, la de hacernos participar como lectores en el destino de un hombre y, a través de él, en el destino de todos los hombres. Entiendo aquí destino no como fatum, sino como un conjunto de tensiones biográficas que al ser sentidas, reconocidas y expresadas de manera coherente por el poeta otorgan a la obra una dimensión dramática. En esa dimensión dramática, que no es caprichosa ni artificial, podemos reconocernos. Esto sucede de manera manifiesta con la poesía de Francisco de Aldana, y sucede también con la de Miguel d’Ors. Da lo mismo que en el primer caso el conflicto adquiera un tono casi heroico y que en el segundo, en el de Miguel d’Ors, predomine a veces una sensación de melancolía y otras una actitud crítica: en ambos, la confrontación permanente de dos fuerzas, una positiva y enriquecedora, que llamaremos fe, y otra negativa y secular, que llamaremos mundo, dan lugar a una poesía agonística en la que se reconoce el alma del lector; una poesía, por consiguiente, capaz de emocionar, porque de espectadores pasamos a ser protagonistas.
En la poesía de Miguel d’Ors hay abundantes referencias a no-lugares, a una Arcadia infantil que sólo la memoria conserva y a regiones anheladas por la imaginación; los paisajes de la niñez y Wyoming son el contrapunto utópico de un alma en constante desacuerdo con la realidad inmediata, tanto la personal como la histórica. La naturaleza cobra tanta importancia en la poesía de Miguel d’Ors por ser un vestigio de lo sagrado en un mundo que tiene fatalmente contaminado el espíritu:
Mi Amado: las montañas, por supuesto
—el Naranjo de Bulnes, el espolón Bonatti
del Petit Dru, la Sur del Aconcagua
y tantas otras dichas que esta vida
jamás podrá ofrecerme—. La nieve de Wyoming.
Las islas coronadas de cálidas palmeras
que destellan al fondo de mis sueños.
Mi Amado para mí
es todas estas cosas.
Leída de manera superficial, y algún crítico así lo ha hecho, la obra de Miguel d’Ors podría parecer un mero ejercicio de conmiseración e ironía, a la manera de la llamada poesía de la experiencia. Esta visión me parece empobrecedora, por mucho que luego vaya acompañada de una alabanza de la sabiduría técnica y del estilo del autor. Hay mucho más en la poesía de Miguel d’Ors, precisamente lo que hace de ella una poesía sin parangón en el panorama literario actual y lo que le da su carácter de alta y verdadera poesía. El rechazo de sí mismo no es el de un individuo hastiado que se encuentra a sus anchas rebozándose en la miseria de la decadencia ni el de alguien sin dignidad que se ofrece en espectáculo a los lectores, tampoco el de un consumado fingidor, y los tonos que adquiere este rechazo, lindantes a veces con la desesperanza, no son los de la moda, sino que reflejan verdades eternas y nos hablan de una fe y de una búsqueda de lo absoluto. De igual manera, la desconfianza en el lenguaje y en la poesía, que podría emparentar a Miguel d’Ors con otra tendencia que tiene sus raíces en la impostura, no es ningún ejercicio intelectual y sí una actitud honesta y clarividente que sabe discernir los verdaderos valores.
Hay, como hemos dicho, un Miguel d’Ors enfrentado de continuo con la realidad del mundo, y, más concretamente, con la realidad inmediata. Cuando el blanco de la crítica del poeta es lo que la gente llama la realidad socio-cultural, nos encontramos con el satírico de altura, para quien es un deber moral señalar las incongruencias y necedades de la época que le ha tocado vivir. A veces esta sátira utiliza una ironía meditada de gran finura y otras entra de lleno en la mejor tradición de la indignatio juvenaliana (véanse las «Lecciones de Historia»), pero nunca veremos a Miguel d’Ors complaciéndose en el retruécano y en la burla fácil y gratuita.
Recientemente y con el título de Punto y aparte (1966-1990)1 ha sido publicada una amplia recopilación de la poesía de Miguel d’Ors. Este libro, además de proporcionarnos el goce de la verdadera poesía, puede ayudarnos a ver, a lo largo de los años y en conjunto, el desarrollo de los aspectos que hemos esbozado en estas páginas, así como descubrirnos algunos otros del rico y variado repertorio del autor. El «Epílogo», en el que d’Ors explica numerosas claves de sus poemas, enriquecerá sin duda el conocimiento que el lector pueda tener de la poesía d’orsiana.