Vigencia de las ideologías

La guerra de las ideas, dice Karl Popper, fue uno de los más importantes inventos políticos de los antiguos griegos y aun de toda la historia. Luchar con palabras en vez de con espadas es la base misma de nuestra civilización y muy especialmente de las instituciones legales y parlamentarias de esa misma civilizacion.

Antonio Fontán

Las ideologías existen y han existido siempre, acompañando a la historia política y cultural de la humanidad social desde los albores de la civilización. Hubo ideologías, aunque no se Ila- maran asi, durante más de tres mil años antes de que se inventara la palabra que les daría nombre.

Señalar un tracto temporal tan dilatado no es una exageración ni un recurso retórico. Ideologías primitivas y coherentes, —y nada toscas— se encuentran reflejadas en los poemás homéricos y en la historia de los patriarcas bíblicos y en la de Moisés. La palabra, sin embargo, no nació hasta mediados del siglo XVIII, y en francés, por obra del clérigo y filósofo Etienne Bonnot de Condillac. En español la introdujo, en 1773, el traductor de Condillac al castellano, el Slustrado -y afrancesado- militar y oscuro dramaturgo Bernardo María de la Calzada.

La ideología de Condillac y los primeros ideólogos franceses

Condillac fue un personaje paradójico, influyente y retraído, ma- terialista y cristiano. La ideología de Condillac es una especie de gramática del pensamiento que se corresponde con la gramática de la lengua. Para él existe cierto paralelismo entre el proceso del conocimiento, que se inicia con las sensaciones más elementales para llegar a la comparación y al juicio, y el proceso del lenguaje que desde los sonidos naturales y los gestos alcanza a ser capaz de expresar razonamientos e incluso el cálculo matemático. Igual que con los sonidos se forman palabras y expresiones más complejas, a partir de las sensaciones se elaboran ideas y se construyen comparaciones y julcios por las vías de la semejanza y del contraste. Ideología, para Condillac, sería la disciplina, o la ciencia, que estudia estos mecanismos y da cuenta de ellos.

El neologismo —»ideología»— proviene del griego, igual que sus dos componentes. Pero su misma estructura denuncia que fue acufiado por un aficionado y no por un gramático. Sin embargo la invención léxica de Condillac fue afortunada. Dos siglos y medio después se sigue hablando de ideología y de ideologías en todas las lenguas cultas de Occidente y en los más variados contextos. Desde el joven Marx la palabra se emplea preferentemente en relación con la política. Por parte del propio Marx con significación peyorativa, mientras que los críticos de sus doctrinas consideran que el marxismo es una gigantesca y absoluta ideología.

Las ideologías de ahora y del último siglo y medio no son la Gdeologfa de Condillac. Pero, como dijo Horacio, las palabras que se dicen no tienen vuelta atrás (non potest uox missa reuerti). Ni Condillac que retornara al mundo podría privarnos de su invento terminológico.

Después del buen clérigo de Grenoble, floreció en Francia una cohorte de pensadores que se llamaron a sí mismos ideólogos, y que efectivamente lo fueron, tanto de la Revolución como del Imperio del primer Napoleón. Los nombres no dicen mucho fuera del ambiente cultural francés. Los más destacados serían Destutt de Tracy, Volney, Cabanis, Sieyès… Desarrollaron un pensamiento político-pedagógico voluntarista y materialista. Para ellos, la ideología estaba más cerca de la historia natural y de la zoología que de una metafísica que habían declarado inexistente. Pensar, para Destutt de Tracy, es sentir: sentir la conveniencia o disconveniencia entre dos ideas, o entre una sensación y una idea, o entre un deseo y un recuerdo… Los ideólogos aspiraban al progreso, dejaron instituciones y ejercieron una poderosa influencia política, que en parte llegó también a América, quizá por la vía de Thomas Jefferson, que fue amigo de Destutt de Tracy, y que tan firmemente insistía en la perfectibilidad de la natura leza humana.

Pero entre los aires renovadores del romanticismo, la conquista racional y empírica del sentido histórico y los vendavales revolucionarios que se desataron a lo largo del XIX, la ideología de Condi- llac y la de los ideGlogos quedaron reducidas, a efectos políticos y culturales, a la condición de curiosidades eruditas.

Marxismo e ideologías

Desde 1848 —el año de la Revolución y el año también del Manifiesto Comunista— hasta el decenio ochenta del siglo XX, con la liberación de los países del centro y este de Europa, la caída del muro y el final de la URSS, el debate político europeo y de otros continentes ha sido amplia y profundamente ideológico en el sentido moderno y todavía vigente de este concepto.

El marxismo pertenece al ayer y no tiene compostura. Se puede edificar sobre él, pero como sobre una cosa o un hecho del pasado, algo irrevocable. Thomas S. Eliot dijo que las cosas y los hechos son irrevocables; el pasado no se puede enmendar. Y el futuro sólo puede construirse sobre el pasado real.

El propio Marx, en sus años juveniles y en ensayos como La ideología alemana, llamé ideologías a las doctrinas y políticas que había que sustituir mediante el esfuerzo revolucionario. Aunque esta obra permanecería inédita hasta bastantes años después de ]a muerte del autor, lo sustancial estaba recogido en otros escritos de amplia difusión. Para Marx, las ideologías no explicaban nada porque pertenecian al orden de las superestructuras y, ademas, sabían a rancio, a cosas del pasado: consistían simplemente en el conjunto de ideas políticas, sociales y econdmicas de la clase dominante. Sin embargo, cuando después se ha escrito a favor o en contra del marxismo se habla siempre de ideologías.

Raymond Aron, en sus años jóvenes, llamó al marxismo el último sistema ideológico del Occidente, porque pensaba que era el único sistema de interpretación global de la realidad social al que se reconocía vigencia entonces. Enseñaba claramente, según Aron, el origen del mal (la apropiación privada de los medios de producción), los hombres o los grupos malditos (los capitalistas o el capitalismo…), y los hombres o grupos destinados por la Historia a la función de redentores o salvadores. Años después, en sus Memorias, Aron rectifica sus apreciaciones anteriores. Apunta a un concepto que parece novedoso y amaga con la tímida introducción de un término nuevo, ideocracia o régimen ideocrático. Eso es lo que serían los sistemas de gobierno del socialismo real de los que cuando el filósofo francés publicó sus Memorias en 1983 todavía se podía hablar en presente.

La concentración de la atención pública y de las polémicas en torno al marxismo ha producido en amplios sectores políticos, como efecto secundario, una acumulacién de reticencias e incluso de rechazo global a todo lo que suene a ideológico o a ideología política. Es algo que ocurre por la derecha y por la izquierda. Los nuevos dioses —o diosecillos— del pensamiento que aspira a ser reconocido como moderno serían el pragmatismo y la eficacia. Bajo su inspiración, tecnócratas de un bando u otro buscarían un consenso ideolégicamente neutro con el que la ciudad iba a ser más feliz. Pero las tecnocracias concluyen en dictaduras, cuando no lo son ya ellas mismas. Una antropología que conciba al hombre como un ser libre y responsable, y a los humanos individuos y sociedades— como realidades instaladas en un tiempo y lugar determinados, es decir, en la historia, ha de aceptar las ideologías que de hecho existen y ha de postular un sistema político en que compitan o puedan competir.

Ideas e ideologías en Ia política

La guerra de las ideas, dice Karl Popper, fue uno de los más importantes inventos políticos de los antiguos griegos y aún de toda la historia. Luchar con palabras en vez de con espadas es la base misma de nuestra civilización y muy especialmente de las instituciones legales y parlamentarias de esa misma civilización.

Para ver qué poder han tenido —y tienen— las ideas desde tiempos de los Griegos, prosigue el filósofo anglo-austriaco, basta recordar que todas las guerras religiosas fueron guerras de ideas y que todas las revoluciones han sido revoluciones de ideas. Esas ideas son muy a menudo falsas y perniciosas y en otras ocasiones, menos frecuentes, verdaderas y benéficas. Pero se registra una cierta tendencia a que sobrevivan las mejores, cuando encuentran apoyos suficientemente fuertes e inteligentes.

Eso se formula, añade Popper, en una de las principales tesis de su filosofía histórico-política, la que dice que el poder de las ideas, y especialmente de las ideas morales y religiosas es tan importante, por lo menos, como el de los recursos físicosYo sé bien, sigue Popper, que hay estudiosos de la política muy contrarios a esta tesis. Son los que se llaman políticos realistas, que declaran que las ideologías apenas influyen en la realidad política y si lo hacen es con efectos perniciosos. Pero eso no es sostenible, insiste Sir Karl. Si fuera así, el Cristianismo no habría tenido ninguna influencia en la historia y la existencia de los Estados Unidos sería el resultado de un error pernicioso. La doctrina acerca del poder de las ideas, concluye Popper, es característica del pensamiento racionalista y liberal de los siglos XVII y XIX en el mundo occidental.

Las lllamadas ciencias sociales han alcanzado en los últimos cien años un gran desarrollo en muy variadas direcciones y desde diversos supuestos filosóficos y antropológicos. Pero casi siempre buscando inspiración y modelo en las ciencias físicas y naturales. Los progresos han sido grandes y de general aceptación en materias cuantificables, como las demográficas y las económicas. En ellas incluso se hacen previsiones que resultan acertadas, sobre todo cuando se cuenta con largos registros estadísticos, amplios inventarios y un rico acopio de observaciones y experiencias.

Pero en cuestiones propiamente políticas, que dependen de la voluntad de los humanos, de su libertad o de los azares de la vida, —es decir, de esos factores que con toda propiedad se llaman imponderables, porque no se pueden pesar- las predicciones son absolutamente imposibles. Se pueden anunciar los eclipses, pero no las revoluciones. A éstas, si acaso, se las ve venir, y luego llegan o no llegan. Tanto los estudiosos como los políticos, incluso los que Popper lllamaba realistas, que no admiten que tengan una influencia apreciable sobre la realidad de la vida social, reconocen que las ideologías existen. Y sociólogos, politólogos y científicos sociales pugnan por identificarlas, definirlas y explicarlas. Un catálogo de las definiciones que se han dado de ellas abarcaría un número más grande que los centenares que unos pacientes investigadores norteamericanos han reunido para la palabra cultura.

Qué se entiende ahora por ideología

Puede decirse que una ideología es un sistema de opiniones y creencias que se funda en un determinado orden de valores, y que se encamina a encauzar las actitudes y comportamientos de un grupo humano, de una clase o de una sociedad.

Las ideologías son colectivas. En eso se distinguen de las convicciones, que son un asunto personal, o de una concepción del mundo, que puede compartirse o ser individual. La ideología es comunicable en forma de doctrina; es teorizable, a diferencia de la mentalidad, que es mucho más subjetiva y apenas se puede aislar de la perspectiva de la persona que opina. Las ideologías ordinariamente dependen de valores recibidos y muchas veces no conscientes, como son las tradiciones y los intereses. O de realidades, como la psicologia social del propio pueblo o grupo, que se deriva de una cierta experiencia histérica. LLas ideologías, en fin, son operativas: su vocacién es la promoción de actitudes y de comportamientos. LLas ideologías se apoyan siempre en una filosofía que, de alguna manera, responde a las preguntas tltimás sobre el hombre y la sociedad, en lo cual se basan su comunicabilidad y su capacidad para admitir una exposición teórica o doctrinaria.

En su funcionamiento social, hay ideologías que poseen una gran capacidad para la asimilación de los conflictos, lo cual hace posible la integración de los valores subyacentes a esa ideología con los de otra, o por lo menos su coexistencia. Tal ocurre típicamente con las ideologías liberales. Otras, por el contrario, apenas tienen capacidad para la asimilacion de los conflictos. Su singularidad genera intolerancia. Su pretensión absoluta produce por todos lados contrastes insalvables. Son las ideologías totalitarias. Los fascismos y el comunismo pertenecen a este género. (El lllamado antiguo régimen era un fenómeno distinto, de otro contexto histórico y de otra época).

En la realidad social de una comunidad determinada, las ideologías pueden hallarse en una posición dominante, por la aceptación que han alcanzado o por haber sido impuestas por la fuerza, o en una posición no dominante dentro de su ámbito social. Unas y otras desempeñan distinta función. Las dominantes obran como un factor de cohesión, sirven para precipitar el consenso, favorecen con un clima de aceptación las líneas ejecutivas de la acción política. Las no dominantes mantienen la crítica social y política, tanto en su forma de crítica de control como en versiones más radicales.

Si se entiende por ideología lo que se acaba de decir siguiendo una definición o descripción bastante generalizada entre los estudiosos de la filosofía social, puede afirmarse que la democracia liberal, en el sentido más usual de la palabra, aparece como una de las ideologías políticas que más vigor y atractivos ofrece en la época contemporánea. Posee, ademas, una gran capacidad para la asimilación de los conflictos. De hecho, en la época actual, es también la ideología dominante en muy extensos sectores del planeta. Aproximadamente la mitad o más de la humanidad vive en naciones gobernadas por un sistema político inspirado en la ideología democrática o que aspira a estarlo.

La democracia en su cuna ateniense

No es preciso demorarse en citar ejemplos contemporáneos que estén en la memoria de todos. Pero creo que puede ofrecer interés examinar un documento de la Antigüedad en que se describe la democracia de Atenas sobre el fondo del autoritarismo y de la severidad social, tan corta de libertades, de Esparta.

Al iniciarse el primer invierno de la Guerra del Peloponeso, en el año 431 a. C., los atenienses se aprestaban a rendir homenaje a los muertos en combate durante las campañas estivales. El epitaño, u oración fúnebre, fue encomendado al gran estadista Pericles, también brillante orador, según procllama Tucídides al incluir el famoso discurso en el libro segundo de su Historia.

El régimen político de Atenas, dijo Pericles, se llama democracia porque el poder no depende de unos pocos ciudadanos sino de la mayoría. Las leyes rigen por igual para todos y la elección de los cargos públicos no se efectúa por razones de clase social, sino por méritos, conforme al prestigio de cada uno que se refleja en los sufragios, sin que la pobreza excluya a nadie de una función política de servicio a la ciudad. Los atenienses se respetan mutuamente y prestan obedien- cia a los magistrados que se suceden en el gobierno y a las leyes que se han establecido para ayudar a los que sufren injusticia, asi como a las no escritas, cuya violación es moralmente sancionada por la vergiienza que acompaña a la infracción. La ciudad acoge a los extranjeros y no los expulsa de su seno. En ella reina el patriotismo. La riqueza es para la acción y no para vanidosas exhibiciones, mientras que la pobreza no es motivo de sonrojo salvo para aquellos que no trabajan para evitarla. Los ciudadanos atienden a los negocios públicos igual que hacen con los privados. Hay una activa participación política y existen los canales de información social adecuados. Se vive, en suma, en un clima de confianza que nace de la libertad.

Fuera de Atenas se admira a la ciudad y dentro de ella no hay que sufrir el reproche de ser gobernados por hombres indignos. Es una patria en la que se vive gustosamente y por la que vale la pena luchar, e incluso morir, como los héroes de la guerra a los que se esté tributando homenaje: combatieron y cayeron para que la ciudad no les fuera arrebatada ni a ellos ni a sus compatriotas. Las glorias de la ciudad que ha cantado Pericles en su bello epitaño son, dice finalmente el orador, la corona que han ganado estos hombres —los héroes muertos en la guerra— y otros como ellos. La ciudad merece el amor de los suyos como el que le han prEstado los que dieron la vida por ella.

Hasta aquí Pericles, según el texto de Tucídides. Esa era la constitución política de la ciudad y esa la ideología dominante en ella, veinte años después del final de las Guerras Médicas y en la plenitud del florecimiento del imperio ateniense. La palabra democracia procede, en efecto, del léxico político de la antigua Grecia. El liberalismo viene mucho después y, contra lo que dice Ortega, no es incompatible con la democracia.

En su monografia sobre la Constitución de Atenas, Aristóteles afirma que la democracia surge con la reforma política introducida por Solón, en la primera mitad del s. VI a.c.

Los tres puntos capitales de la reforma soloniana —los més estrictamente democráticos— coinciden con tres principios de la democracia contemporánea. Son la protección por las instituciones ptiblicas de la libertad de las personas, la igualdad jurídica de los ciudadanos de un Estado, y una forma decisoria de sufragio universal. Cuando no son respetados como los pilares del edificio político, no se puede decir que exista democracia. Al cabo de dos mil quinientos años, estos tres principios son básicos en las constituciones democraticas y en los planteamientos políticos o doctrinales que el común sentir contempordaneo acepta como tales. Fueron ya en la antigüedad, y siguen siendo en la época moderna, rasgos esenciales de la democracia.

Hay otro lugar de sus obras -el libro sexto de la Política— en que Aristóteles, que no era precisamente un demócrata entusiasta en el sentido moderno del término, aunque sí un estudioso serio de la historia y de la filosofía política helénica, viene a decir lo mismo de un modo más generalizado. Según ese lugar aristotélico, la idea fundamental de la democracia es la de la libertad, en los dos órdenes político y civil. Libertad política que consiste en el intercambio entre gobernantes y gobernados, basada en el principio de la igualdad de los ciudadanos: una igualdad aritmética y no proporcional a cualquier clase de méritos. Lo esencial de la libertad civil es que cada uno se organice su propia vida a su gusto sin interferencias del gobierno. De todo ello deduce Aristóteles que la principal institución de la democracia es el sufragio universal, en el que todos eligen entre todos, lo cual implica un sistema de retribución con dinero público de las magistraturas, sin lo cual sólo los ricos podrían ejercer los diferentes oficios.

La elaboración filosófica de estos principios, siguiendo el discurso racional de una ética que sea a la vez personalista y social, conduce a conclusiones como la que fue públicamente declarada por el papa Pablo VI, al afirmar que la democracia procllama y ampara valores morales de primera magnitud.

Teoría y práctica de la democracia moderna

La progresiva elaboración histórica de las doctrinas básicas del sistema democrático liberal, pasan ya, en época moderna, por otros importantes estadios posteriores. Desde Locke, a quien parece que debe atribuirse con seguridad, junto a los otros escritos políticos que publicó con su nombre, la famosa epístola sobre la tolerancia compuesta en latín, hasta Montesquieu, se construye la doctrina de la división de poderes, formalmente aceptada como vigente todavía por doctrinarios y políticos de ahora, aunque la realidad, en casi todos los sistemas, sea algo muy distinto. De Rousseau y su doctrina del contrato social, utópica como sistema político, se deriva el principio del gobierno por consenso. De la experiencia y los escritos de los políticos americanos de las primeras décadas de los Estados Unidos proviene la idea de que los impuestos sin el control de una instancia representativa son una forma de tiranía.

Más tarde, Tocqueville, en su libro sobre la democracia americana, confronta experiencias y principios, acumulando uno de los conjuntos de información, agudas reflexiones y ensayos de prospectiva a que más debe el pensamiento democrático de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX. Al mismo tiempo, en Tocqueville se sientan las bases para una conciliación funcional, apoyada en datos de experiencia, de las pretensiones, que a veces parecen contrarias, del liberalismo doctrinario y el constitucionalismo democrático. Más tarde, con Max Weber, se alcanza la explicitación de que la democracia es fundamento y consecuencia de una racionalización de la política.

Tan dilatada historia no podía discurrir sin altibajos. Sin salir del Continente Europeo, se han conocido, alternativa y sucesivamente, en los últimos cien años, momentos de prestigio y de positivo éxito político, y fracasos y eclipses para el sistema democrático. En algunos países, como Francia, incluso en períodos como el de la postguerra última, en que la democracia parecía montada sobre la cresta de la ola, se han sucedido constituciones y repúblicas. En otros, como Bélgica e Italia, o Espafia, la administración y centralización del Estado ha sido parcialmente reemplazada por unas estructuras regionales. Hay partidos políticos que han muerto, otros que fueron eje de la vida pública de sus países atraviesan una situacién difícil, otros renacen y se crean, e incluso prosperan, partidos nuevos. Hay democracias de reciente implantacién tan estables y de tan buen funcionamiento como la de la República alemana, y otras que funcionan insatisfactoriamente como en Italia. También existen democracias nuevas que no acaban de encontrar una continuidad verdaderamente estable, y otras en las que hay gobierno y alternativa.

La democracia liberal, necesita someterse permanentemente a un proceso de reforma. Pero, en conjunto, nunca hubo en la historia humana una porción relativamente tan grande de la población del globo que viviera tanto tiempo bajo sistemas de estabilidad política, con un respeto sustancial de las libertades ptiblicas y de los principales derechos de la persona, la de las democracias occidentales de esta posguerra mundial que nace del año 1945, a las que se han unido países que han salido de largas o menos largas dictaduras.

El sistema ha demostrado su capacidad para asimilar los conflictos sociales y conducirlos a formás más o menos llevaderas, pero portadoras de convivencia constructiva. Como los pueblos que se gobiernan por ella se debate entre las pretensiones del socialismo y del egoísmo corporativo o de clase y opera por los cauces de los partidos políticos, que cuando aciertan con las necesidades del país tienden a durar. Bajo ello se pugna por mantener la autoridad y el orden indispensable para la existencia de una comunidad, sin cerrar las puertas a las libertades ciudadanas. La democracia liberal contemporánea en suma esta resultando un sistema práctico, que merece una valoración positiva por sus rendimientos.

Una democracia realista, junto a los principios doctrinales en que se inspira y que la justifican, ha de conseguir que las estructuras funcionales ‘sirvan para esa asimilación de los conflictos e impidan que los valores que la democracia debe proteger se conviertan en incompatibles. Nada tan importante para eso como el sistema operative y vinculante de sufragio que asegura que el gobierno de las mayorías vaya acompañado de las garantías indispensables para que las minorias sean de hecho respetadas. Pienso, por ejemplo, en la clásica teoria de la división de los poderes. Hoy, en realidad, el lllamado poder ejecutivo es el que legisla en todas partes, mientras que el lllamado legislativo simplemente sanciona las leyes. Pero el legislativo, o más bien la representación ciudadana de parlamentos y partidos desarrolla otras funciones tan importantes o más que la de redactar las leyes. Es la función de control que se ejerce mediante el voto, y su explicación, el debate y la publicidad.

Es tanta la fuerza del poder en los Estados modernos, que los abusos sólo se limitan por medio de un sistema de control democrático que genera publicidad y obliga al gobernante a estar siempre explicándose ante la gente. En democracia a los políticos que han de tomar y toman las grandes decisiones se les ha de ir la mayor y mejor parte de su tiempo en dar cuenta de ellas. Un presidente norteamericano de nuestros días, Lyndon Johnson, que no era un intelectual, sino un tosco y no muy afortunado político, pero de gran experiencia, acuñó la expresiva definición de que gobernar es persuadir.