La (¿resistible?) ascensión de AfD

El profesor Hans Kundnani analiza la evolución, características y perspectivas del partido de extrema derecha alemán

Edificio del Reichstag en Berlín
Edificio del Reichstag en Berlín
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El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ya ha ganado abrumadoramente (aunque sin llegar a la mayoría absoluta, pero con todas las bazas para poder gobernar) las elecciones en Sajonia-Anhalt. Es el paso más reciente de su (¿resistible? ¿irresistible?) ascensión, por decirlo con el título de la clásica obra de Bertolt Brecht que satirizaba la llegada de los nazis al poder, vistos como una banda de gángsteres. Los más viejos del lugar recordarán su estreno en España con traducción de Cela, interpretación de José Luis Gómez y escenografía del Equipo Crónica. Los tiempos han cambiado en muchos aspectos. España ya no es la de aquel 1975 y Alemania no es la de 1933. AfD, aunque llegara a hacerse con el gobierno del país, no invadirá Polonia ni encerrará a la oposición en campos de concentración ni pondrá en marcha un plan de exterminio de los judíos. Pero su ascenso es alarmante. Es la palabra que emplea el analista político Hans Kudnani, profesor visitante en la London School of Economics, en un reciente artículo en The New York Times: Algo alarmante está a punto de suceder en Alemania. Kundnani recuerda que AfD «es mucho más extremista que otros partidos de ultraderecha europeos que ya están en el poder, como Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, o que podrían estarlo pronto, como la Agrupación Nacional de Marine Le Pen. Mientras que esos partidos han intentado, en cierta medida, desintoxicarse y moderarse, la AfD se ha radicalizado con el tiempo, estrechando sus lazos con neonazis y prometiendo la repatriación de inmigrantes».

El artículo analiza la evolución de dicho partido, actualmente el más popular de Alemania. De hecho, recuerda el autor del texto, es la magnitud del apoyo con que cuenta lo que hace que sea «demasiado tarde para prohibirlo». Como sea, una clave de su ascenso «radica en la economía, que atraviesa una profunda crisis estructural»; la economía fue, por cierto, una de las causas principales de la llegada al poder de los nazis en 1933. El declive económico alemán —debido a la crisis de su industria manufacturera, atrapada en la pinza de los aranceles de Trump y la competencia china, y a la dependencia de las exportaciones— explicaría el auge de AfD, que surgió justamente con motivaciones económicas. Fue en 2013 como respuesta a la insistencia de Angela Merkel en que no había alternativa al rescate de Grecia (de ahí su nombre) y se presentaba como un partido de austeridad fiscal, opuesto a una Unión Europea redistributiva. Con la crisis de refugiados de 2015, se resituó como un partido antiinmigración y antiislámico; pero junto a xenófobos y nativistas, los partidarios de la austeridad fiscal seguían teniendo cabida en el partido. Una de sus principales preocupaciones era mantener el llamado freno de la deuda, una enmienda constitucional que limitaba el endeudamiento público.

El canciller Mertz respetó en principio ese freno, pero, tras su victoria en las elecciones de 2025, hizo una excepción con el gasto militar, mientras siguió recortando el Estado del bienestar e instando a los alemanes a trabajar más. «Gran parte del atractivo de la AfD reside en su enfoque en la pérdida de empleos y el deterioro de las perspectivas económicas», escribe Kundnani.

Otro factor que ha favorecido al partido de extrema derecha ha sido la remilitarización, realizada especialmente con vistas a Rusia, y a la que AfD se ha opuesto. Además de que ven con simpatía a Putin, siguen en eso la política original de Trump (que luego, obviamente, no ha mantenido) de oponerse a las guerras interminables de sus antecesores.

Tales son las bazas, en opinión del analista (autor del ensayo La paradoja del poder alemán, publicado en España por Galaxia Gutenberg), de un partido que se acerca —alarmantemente— a hacerse con el gobierno de uno de los países fundadores de la actual Unión Europea.


El artículo completo de The New York Times puede verse aquí.

La foto que ilustra el artículo es una vista del Reichstag en Berlín. Es obra de Daniel Schwen. Es de dominio público y procede de Wikimedia Commons. Puede consultarse aquí.