José Antonio Muñoz Rojas, poeta en verso y prosa

Fernando Ortíz

Quien por vez primera me habló de la calidad de su poesía fue Francisco Brines. Quien personalmente me lo presentó, Aquilino Duque. Yo sabía, por sus Cantos a Rosa, que era uno de los más finos y sensoriales poetas amorosos de este último medio siglo; no ignoraba que su prosa había sido comparada con la de Juan Ramón por Dámaso Alonso; conocía sus magníficas traducciones de Eliot, Hopkins y otros poetas ingleses; resultaba evidente que nadie había manejado como él en nuestra lengua y en nuestro siglo el soneto barroco, y no menos evidente que había permanecido, durante su ya larga vida, obstinadamente alejado de las candilejas literarias.

Hablé con él por vez primera hará una década en el Ayuntamiento de Sevilla. Rememoró sus años sevillanos, su amistad con Joaquín Romero, quien, al parecer, había tenido más suerte que él con una bellísima armenia que andaba a principios de los treinta por Sevilla aprendiendo baile y que traía de cabeza a todos los jóvenes poetas. Me resultó muy grata su conversación casi susurrada, entre amical y reservona, atenta siempre. La viveza de sus ojos contrastaba con la aparente timidez de sus modales.

Luego lo visité varias veces en la Casería del Conde, su finca antequerana, y pude darme cuenta de que allí estaba en su centro, observando amorosamente cómo crecían los sembrados, acariciando sus blancos caballos árabes, cabalgando al paso por aquellas tierras que pertenecían a su familia desde que los cristianos entraron en Antequera, ciudad de espadañas y romances fronterizos.

Este gentleman rural, al que la crítica ha terminado por clasificar en esa especie de cajón de sastre denominado «generación del 36», es, asimismo, un lírico religioso de estirpe sanjuanista, un erudito al que se le deben notables hallazgos, y uno de nuestros primeros conocedores de los metafísicos ingleses.

Ahora, al filo de los ochenta años, el Ayuntamiento de Málaga acaba de recopilar su Poesía 1929-1980. Muñoz Rojas aún recorre su finca a caballo —es la única manera de saber cómo anda el campo», me dice— y se da un chapuzón en la alberca con este cronista mientras sirven el almuerzo. Después, en una amplia y penumbrosa sala, resguardados del fuego del verano andaluz, va desgranando recuerdos con una memoria y una agilidad mental envidiables.

— Usted acaba de publicar su poesía. ¿Por qué tan tarde?

— Por desidia, perfeccionismo y escepticismo de lo que hago. Creo que Cantos a Rosa es mi único libro de poesía de verdad. El único del que a veces recuerdo versos, y me digo: no está mal del todo.

— Fue muy amigo de Bergamín…

— Él era muy ingenioso, y nos divertíamos mucho. Teníamos afinidades. Su madre era de Antequera, y él conocía bien los clásicos españoles y la literatura francesa… Yo, además, encontré en Cruz y Raya una conciliación entre mis creencias y mis gustos, y colaboré con cierta frecuencia en su revista.

— ¿Qué siente ante esta primera recopilación de su poesía?

— Horror. Dése cuenta a la edad en al que la he publicado. A ciertas madres les pasa lo mismo con sus hijos, su primera reacción es no verlos. Luego hojeo el libro un poquito, y va uno reconciliándose con unas cosas, y con otras no.

— Usted es un autor algo atípico de la «generación del 36».

— Conocí antes a los del 27. Mi amistad con Salinas, Guillén, Dámaso… fue anterior. Desde el 37 hasta el 39 estuve de lector en Cambridge, y luego en Málaga hasta el 51. Cuando llegué a Madrid, mi trabajo en un banco me aisló de la literatura. Los del 36 ya habían hecho un cuerpo compacto en la guerra.

— Pero usted ha escrito poesía religiosa, que es algo común a los del 36.

— Yo distingo entre poesía religiosa y poesía sacra, al estilo de la que se hacía en el XVII. Si escribí poesía religiosa fue como una reacción ante los horrores de nuestra guerra. Hopkins es el poeta religioso que más me ha interesado, y, entre los contemporáneos, Eliot. Donde encontré por vez primera poesía religiosa no sacra fue en Herbert, y eso me llevó a la lectura de los autores de temas religiosos del XVII. Bonilla y Ledesma representan para mí lo más ridículo de la poesía sacra. La poesía sacra es externa y le falta un sentido religioso auténtico. La poesía religiosa sale del alma.

— Entonces, sus comienzos literarios…

— En la Universidad de Madrid, con quienes hacíamos Nueva Revista en el año 26 y hasta, más o menos, el 33. En el 29 traté en Málaga a Prados, Altolaguirre y Moreno Villa. La edición de mi primer libro, Versos de retorno (1929), la cuidó Altolaguirre, gracias a Baltasar Peña, primo de José María Hinojosa. Tenía yo una gran prisa en publicar, como joven inexperto que era, y fue mi abuela quien me pagó la edición.

Importante para mis inicios poéticos fue el servicio militar en Sevilla, donde intimé con los poetas de Mediodía, sobre todo con Joaquín Romero. La primera conferencia de mi vida la di en el Ateneo de Sevilla, y la ensayé antes con Joaquín en los jardines del Alcázar. Vestido de soldado de cuota, con sable, hablé sobre Antonio Machado, y cuando recitaba un poema sobre los sueños de don Antonio, el presidente del Ateneo dio la cabezada definitiva. Se quedó frito.

— Antonio Machado parece ser su poeta predilecto.

— Cuando terminé el bachillerato sólo había leído a los clásicos y a los románticos. En Antequera, durante las vacaciones, mis hermanas me regalaron la edición de Machado de la Residencia de Estudiantes. Me supuso una revelación y un acercamiento más íntimo a la poesía. Una expresión ajustada al tiempo en que vivíamos. «Unas pocas palabras verdaderas». La obra de Machado ya nunca dejó de ser para mí una especie del breviario.

— ¿Juan Ramón Jiménez?

— En J.R.J. hay mucho «yoísmo». «Perdonad a este humilde ruiseñor del paisaje». ¡Llamarse a sí mismo ruiseñor del paisaje! Hoy su prosa me importa mucho, más que su poesía. De él me interesa también su dedicación, su concepto sacerdotal de la poesía.

— ¿Eliot?

— Me produjo una impresión similar a la de Machado. Fue una lectura que también me llegó en el momento justo. Eliot me interesó mucho en el orden de las ideas, como expresión de la angustia de una generación ante la guerra, ante la soberbia intelectual que se dio después de la Gran Guerra… También me interesó desde un punto de vista crítico. East Coker es uno de los poemas que más me han conmovido en mi vida.

Me entrevisté tres veces con él. Era serio, profundo, extremadamente cortés, físicamente impresionante. Su cara era marcada, cuadrada, y hablaba con lentitud. Un buen estilo de hombre.

— La erudición.

— Me ha enriquecido y dado un conocimiento de primera mano de las relacione hispano-inglesas en el XVII, momento en el que se ventilan cuestiones fundamentales para el futuro de Europa. Me satisfizo descubrir que Donne tenía en su biblioteca más libros españoles que de ninguna otra nación. Yo identifiqué uno del Padre Gerónimo Gracián, el carmelita amigo de Santa Teresa.

— El campo en su vida y en su obra.

— Yo me he sentido de pueblo desde chico. Mi infancia ha girado en torno al campo, y nunca quise desarraigarme de él, a pesar de haber trabajado en otras actividades algunas épocas de mi vida. Me siento labrador y he ejercido como tal. Eso, naturalmente, ha trascendido a mi obra tanto en temas como en vocabulario.

— ¿En qué trabaja ahora?

— Trato de ordenar mis prosas. Entre ellas hay varios inéditos como El comendador (biografía de un general de Carlos V relacionado lejanamente con los Rojas), unos Perfiles de maestros y amigos, varios Ensayos anglo-andaluces y La Gran Musaraña, que así llamo a la vida, y donde cuento la mía.

Tres poemas de Muñoz Rojas

Tengo el recuerdo aquí. La luz aquella
del jardín por la tarde en el estío,
y los vencejos en el ancho río
de la tarde tranquilamente bella.

¡Oh Señor, oh terror!, tu amor lo sella,
y el instante no pasa. En el sombrío
jardín, el agua, el tiempo, sigue. Mío
sigue el instante aquel, sigue la huella

de su paso en el alma. La memoria
va escribiendo la tarde y el relente
y el frescor del jardín recién mojado.

Alguien se acerca. Y es la misma Historia.
Alguien que llega. Tú. Precisamente
hablábamos de ti cuando has llegado.

El silencio por dentro. Yo llamaba.
Me preguntaban: «¿Quién?». Yo respondía.
Y era la misma Paz la que me abría
la puerta aquella que la Paz guardaba.

Salía a recibirme cuando entraba
aquel olor que yo tan bien sabía,
y una voz, que estoy oyendo todavía,
mi nombre como ahora pronunciaba.

Y estaba todo dicho con el nombre
hablando con la voz, y pronunciando
en la dulce costumbre de la casa.

Vuelve a llamar el niño, y es el hombre
a quien la Paz le dice su recado,
y una voz para siempre dice: «Pasa».

Y volverán los niños. Los oiremos
gritar cuando se acerquen. ¿Quién espera
y no vive? ¿Quién vive y no es ribera
del tiempo que le lame? Contendremos

tal vez el corazón. Tal vez dejemos
el corazón salirse. ¡Quién pudiera
no esperar y vivir! O ¡quién viviera
quieto sobre las horas! Nos iremos

por la sombra en la sombra. ¿No los sientes
tus mismos pasos en la sombra, lejos
y en tu mano su mano? ¡Oh mano aquella

que me llevó de niño! ¡Oh accidentes
del vivir cada paso, muros viejos
del corazón, jardín y tarde bella!