Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosPara el premio nobel de la paz, la democracia y los derechos humanos son indivisibles. Para el político, cineasta y filósofo chileno, gobernar consiste esencialmente en proteger y protegerlos

9 Jul 2026 - 8min.
Avance
La vigencia de los derechos humanos en un contexto internacional marcado por las guerras, el auge de los liderazgos autoritarios, la revolución tecnológica y el debilitamiento de las instituciones democráticas centró el diálogo entre el premio nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel y el político chileno Marco Enríquez-Ominami. El encuentro se celebró en el marco de una Openclass de UNIR y fue moderado por Gemma Lorente, coordinadora de Gestión Académica del Máster en Cooperación Internacional al Desarrollo de dicha universidad.
ArtÍculo
Desde trayectorias muy distintas —la del histórico defensor de los derechos humanos durante las dictaduras latinoamericanas y la del político, además de cineasta y filósofo, que ha concurrido en cuatro ocasiones a la presidencia de Chile—, Adolfo Pérez Esquivel y Marco Enríquez-Ominami intercambiaron impresiones sobre la democracia y los derechos humanos en un diálogo organizado por la Universidad internacional de La Rioja (UNIR). Coincidieron, con matices, en una idea de fondo: los derechos humanos siguen plenamente vigentes y es obligatorio su fortalecimiento y defensa, pues afrontan amenazas inéditas.
La moderadora comenzó preguntando por la vigencia en la actualidad de unos derechos humanos consignados en una Declaración Universal de 1948.

Adolfo Pérez Esquivel afirmó que sí han evolucionado y que sí están en crisis profunda. Hizo un recorrido, que conoce bien, por la ampliación de los mismos a los Derechos de los Pueblos a través de la Carta de Argel de 1976 o de la Conferencia Mundial de Viena de 1983… De lleno en la actualidad, ya en el minuto seis apareció Donald Trump que «pateó el tablero. Desconoce todo lo que tenga que ver con los derechos humanos: invade países, mata, apoya genocidios como el de Israel contra pueblo palestino […]». De líderes irrespetuosos con los derechos humanos se derivan consecuencias muy graves. «Necesitamos trabajar sobre un nuevo contrato social porque la democracia también se encuentra en una profunda crisis. La democracia delegativa, al día siguiente a la votación nos deja en estado de indefensión porque los gobernantes terminan haciendo lo que quieren y no lo que deben. Hablo por Argentina y también por muchos lugares. Son democracias condicionadas y restringidas. Para mí democracia y derechos humanos son indivisibles: si se violan los derechos humanos las democracias se debilitan y dejan de ser democracias».
Enríquez-Ominami comenzó sus intervenciones agradeciendo iniciativas como ese diálogo que permiten complejizar temas que son complejos. «El gran drama de la modernidad es la simplificación», afirmó. La simplificación, insiste, «nos mata», y las redes sociales han convertido a la academia en el único espacio de complejización, pero «eso no es correcto. La vida es compleja en la academia y fuera. Y el debate político está preso de la simplificación».
Dicho esto, su postura es que los derechos humanos no han cambiado, sino que «el poder cambió y conocemos formas de poder nunca vistas fruto de una acumulación de riqueza anormal, paranormal, como son las de las grandes fortunas vinculadas a la IA o al manejo de datos. Eso nadie lo vio venir en los 60, los 70 y menos en 1948. Entonces nadie imaginó que un ser humano podía controlar las vías de acceso al conocimiento, a la información. Hoy hay individuos que controlan algoritmos capaces de determinar cómo nos informamos, de influir en elecciones gracias a su acceso privilegiado a datos. Y, sin embargo, las instituciones llamadas a regular ese poder y esas asimetrías son las que no cambiaron. Tenemos un orden mundial internacional vetusto. La paz no es solo la falta de guerra, también es la falta de miedo y el desafío de los derechos humanos es un desafío en un escenario completamente distinto».
Esquivel, por su parte, subrayó que la política se ha volcado con la dimensión financiera… «y el ser humano, ¿dónde queda?», se preguntaba. «¿Dónde quedan los derechos de las mujeres, los niños?». Citó el caso de Argentina, donde el gobierno de Milei «ha bajado la edad de imputabilidad a los 14 años, pero no han tomado una sola medida para proteger a los niños que son víctimas de una situación de desigualdad, de pobreza, discriminación». La violación de los derechos humanos, insiste, «es sistemática por más que la apliquen gobiernos que se dicen democráticos».
Cuando la moderadora preguntó cómo puede América Latina defender los derechos humanos sin quedar subordinada a las grandes potencias, Enríquez-Ominami echó mano de la soberanía, política, claro está, pero también digital. Algo que sencillamente «no existe. Todos los Estados funcionan con algoritmos que controlan empresas extranjeras. Todos los centros de datos están en manos de potencias extranjeras. Ningún país tiene política digital. A lo más aspira a tener un data center, pero no soberanía digital».
La integración regional, prosiguió Enríquez-Ominami, requiere el fortalecimiento de los Estados. Sin embargo, esto es lo contrario de lo que está pasando. «La democracia es mucho menos valorada por las generaciones más jóvenes y los Estados son despreciados». En todas las elecciones recientes —Colombia, Perú, Chile, Argentina, Ecuador, Panamá, Costa Rica— ganaron las propuestas que prometían reducir el tamaño del Estado. Enríquez-Ominami señaló una contradicción: «Sin calificarlas ideológicamente, todas esas propuestas dicen que quieren reducir el tamaño del Estado, pero la soberanía requiere un agente, que es el Estado. Discutiremos si es grande, chico, eficiente o no, pero no podemos discutir —porque es lógica—: para que exista soberanía tiene que haber un estado fuerte».
Abundando en las contradicciones: «Todos queremos más justicia, izquierdas y derechas. Los pueblos quieren más resultados, pero no estamos de acuerdo en la herramienta. Y para que existan derechos humanos se requiere un Estado fuerte; para que haya educación se requiere educación pública, y privada; para que existan agentes del bien se requiere formación y esta ¿quién la da? Al mercado solo le interesa el corto plazo, para el largo están los Estados. O sea, el momento es extremadamente contradictorio: queremos más resultados con menos Estado y esa es la tendencia irreversible por ahora. El veredicto es duro porque ganan las propuestas que proponen reducirlo. Me permito una licencia: cuando gobiernan, hacen lo contrario: aumentar el tamaño del Estado», remató Enríquez-Ominami.
El político chileno identificó tres riesgos principales para la democracia y los derechos humanos en América Latina. El primero, ya comentado, es la simplificación del debate, que «mata la democracia». El segundo es la inseguridad y el narcotráfico que están padeciendo países que antes no lo conocían de manera tan intensa. El tercero es la crisis (o la extinción) de la política como arbitraje. «Producto de la falta de resultados en materia de seguridad, los electores piden jefes de Estado autoritarios o que ejercen la autoridad con firmeza y no árbitros». Es un cambio sustancial. En los años ochenta, recordó, el jefe de Estado, por ejemplo en la socialdemocracia, era un árbitro, alguien que gestionaba «el fin de mes con el fin del mundo, el endeudamiento público con el privado, el corto plazo y el plazo. Hoy, en el Caribe ya se acabaron los árbitros. Los pueblos los castigan».

Puso el ejemplo más lejano posible para no generar polémica local: Donald Trump «ejerce poder, no arbitra. Dice que secuestra y lo hace, dice que va a bombardear y bombardea. Quiere que retiren una tarjeta roja a su selección y lo hacen. El ejercicio de la autoridad le gana al arbitraje, y el problema de la democracia y los derechos humanos es que la autoridad se ha de ejercer, pero también el arbitraje. Si solo se ejerce primero, lo que viene es la barbarie y después el salvajismo, que es precivilizacional. Yo quiero vivir en civilización. No quiero salvajes ni bárbaros». La esperanza, concluye, está en que se ejerza autoridad, pero sin renunciar al arbitraje.
En el capítulo de la esperanza, Pérez Esquivel manifestó su confianza en los pueblos y en su resistencia. «Yo hablo bastante de la rebeldía de conciencia, que es lo único que puede ayudar a superar la situación que vivimos, que no es justa». Abogó por una democracia más participativa y menos deliberativa, en la que los pueblos posean «herramientas constitucionales y jurídicas para poner límites a los abusos del poder». Y citó el ejemplo de la ONU: de 51 estados en su fundación se ha pasado a 193 y sigue la misma estructura del año 45, en la que las grandes potencias se reservan el derecho a veto y paralizan acción. «¿Se ha emitido ahí una sola condena al genocidio de Israel?», se preguntó.
Al hablar de educación citó al pedagogo brasileño Paulo Freire y también mencionó su propio libro titulado Espiritualidad en tiempos de incertidumbre: «La espiritualidad de los pueblos es parte de la liberación de los pueblos», afirmó.
Para finalizar, Enríquez-Ominami reivindicó una palabra: protección. «Para mí gobernar es proteger. Proteger los derechos humanos, la dignidad humana en todos sus colores…». Pero aparte de proteger, denunció la grave tergiversación que se hace de los propios derechos humanos que «se usan para hacer golpes de estado, en un ejercicio manipulatorio tan evidente y obsceno que solo es posible por la velocidad a la que estamos sometidos. Nos llega tanta información que empezamos a perder respeto al insulto y nos están insultando cuando dicen que importan los derechos humanos en un país y no en otro».
Los derechos universales son universales y son complejos como se puso de manifiesto en una sesión que, tras las diversas referencias a la educación a la hora de blindarlos, la moderadora despidió citando a la activista Malala Yousafzai y su frase: «La educación es un arma de construcción masiva».
Sobre la imagen de esta crónica, en la web de donde procede se lee: «De entre más de 15 300 propuestas procedentes de 190 países, un jurado internacional, junto con la comunidad de Internet, ha seleccionado un símbolo universal para los derechos humanos. El logotipo de los derechos humanos y cualquier material relacionado con él pueden ser utilizados ahora por todo el mundo de forma gratuita para la promoción y la protección de los derechos humanos».