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Ver productos1 Jul 1990 - 2min.
Cuando Maurice Blanchot publicó en 1964 sus reflexiones sobre «El nombre de Berlín», (publicado primero en italiano en «Il Menabo», N.º 1, Turín, 1964), la construcción y existencia de aquella fortaleza que llamábamos el «símbolo de la separación» (NR 2/90) era todavía muy reciente. Dos aspectos destacan en su artículo, y en la situación actual, después del 9 de noviembre del pasado año, me parecen dignos de ser recordados.
Para el crítico francés el muro es, más que un símbolo, un signo que designa -como todo signo- una ausencia: la ausencia del esplendor de la ciudad llena de vida de los tiempos anteriores a la división, es decir, la unidad. El muro es un signo que «logró concretizar abstractamente la división, hacerla visible y tangible». Y como «la abstracción es nuestro mundo, el mundo en que vivimos y pensamos día tras día», el muro como signo abstracto nos hizo posible el acceso al hecho concreto, la separación. Y, si vivimos en la abstracción, ésta sustituye lo que llamamos el «mundo concreto». Así, el muro sustituyó «la verdad sociológica de una situación»: El muro, el signo, se hizo la separación.
Recuerdo un cuento de niños que trata de dos amigos que, cada vez que surgía un conflicto entre ellos llenaban una botella con agua, se ponían a mirar durante un rato hacia la botella, hasta que estaban convencidos de que sus opiniones opuestas estaban sueltas en el agua, dentro de la botella, para tirarla en seguida al río que se la llevaba, y con ella llevaba también el conflicto.
¿Qué está pasando ahora que se está derrumbando el muro? Cuando desaparezca el signo que nos ha hecho conocer la separación, ¿no desaparecerá también la realidad designada? La realidad, si es que existe como tal, evoca los signos. Y si los signos desaparecen es que ya no hay qué o quién los evoque.
El segundo aspecto mencionado por Maurice Blanchot es el de la «existencia de dos lenguajes sin ningún contacto, dentro del mismo lenguaje», consecuencia de la separación por el muro. Cada cosa se define en un contexto de tiempo y lugar o espacio, y si éste es separado completamente, las cosas también se vuelven distintas. Los dos lenguajes separados por el muro parecen ser iguales, porque tienen la misma historia y el mismo aspecto, y sin embargo se han separado igual que los dos paisajes en que existían.
Ahora, que el muro se va, ¿volvemos a emplear el mismo lenguaje? ¿O es que sólo nos parece ser el mismo lenguaje, y en realidad son dos, y vivimos ese engaño, entendiéndonos mal continuamente?