Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosA pesar de su abultada derrota electoral, los sandinistas se resisten a abandonar el poder. Controlan el Ejército, gran parte de la economía, y amplios sectores de la Administración. No quieren irse de ninguna parte. Han recibido al nuevo Gobierno con huelgas de todo tipo, a pesar de los pactos bajo cuerda con los asesores de doña Violeta, que han desatado la crisis en el seno de la coalición victoriosa, la UNO. ¿Qué pasará?
1 Jun 1990 - 9min.
Hasta hace pocos años, Centroamérica, la antigua Capitanía General de Guatemala del Imperio español, constituía una serie de países sometidos al imperialismo inevitable de los Estados Unidos. Esa era la imagen estereotipada difundida en el mundo, especialmente en Europa, donde la pretendida soberanía de aquellos pueblos del llamado «Tercer Mundo» era una mera ficción más de la política internacional de nuestro tiempo. Aunque toda Hispanoamérica, a la postre, fuera considerada como «el patio trasero» del coloso del Norte, Centroamérica representaba la prolongación más clara de los Estados Unidos, como lo ponía en evidencia no sólo la dependencia económica de estos países respecto de la Unión americana, sino también y, sobre todo, las reiteradas intervenciones militares yanquis en el área.
No es cuestión de debatir aquí y ahora la exactitud de esta consideración global de sumisión y enfeudamiento, ni la de tercer- mundismo, que ignora tanto los valores propios de unas culturas autóctonas —co- mo la maya y la nahuatl, que gozan de cre- ciente valoración hoy en día— como el pos- terior fenómeno de transculturación produ- cido, se quiera o no, en virtud de la con- quista y colonización hispana, a consecuen- cia del cual Centroamérica está radicalmen- te incardinada en el Occidente.
Cierto es que a partir de los años sesenta se inicia en toda la región un proceso revolucionario de signo marxista-leninista, apoyado por Cuba y la URSS, de suerte que se pone en jaque a los diversos regímenes locales, tradicionalmente aliados de los Estados Unidos, cuyos intereses estratégicos, así como los de la Alianza Atlántica, se ven directamente amenazados por la intervención continental, aunque sea solapada, del Imperio soviético.
A este respecto, conviene recordar que durante la II Guerra Mundial, dos tercios del abastecimiento a Europa vino de los Estados Unidos a través del Mar de las Antillas y que en caso de un nuevo conflicto en el Viejo Continente ese mar seguiría teniendo igual valor para las fuerzas de la OTAN.
En consecuencia, una vez que en Nicaragua, tras la caída en 1979 de la dictadura dinás- tica y corrupta de los Somoza merced a la rebelión de la mayor parte del pueblo nicaragüense, se establece un régimen comunista y no el sistema constitucional y pluralista de tipo occidental por el cual había luchado toda una generación de nicaragüenses, la amenaza indicada anteriormente ad- quirió una dimensión concreta y mayor.
Centroamérica representaba la prolongación más clara de los Esta dos Unidos, como lo ponía en evidencia no sólo la dependencia económica de la Unión americana, sino también y, sobre todo, las reiteradas intenciones yanquis en el área
Cuba ya no estaba sola. Tenía una cabeza de puente fenomenal en Centroamérica. Con el visto bueno de sus protectores soviéticos, Fidel Castro convirtió a Nicaragua en un feudo, prevalido de su ascendiente personal e ideológico sobre los nueve comandantes que iban a tomar las riendas del poder en Managua. Fidel era el verdadero amo, quien daba las consignas, asignaba los cargos e impartía los castigos. Para ello montó todo un dispositivo propio, militar y político, que invadió silenciosamente el país. Mandó, entre otros, al famoso general Arnaldo Ochoa para que montara un ejército gigantesco, más poderoso que el de todas las naciones centroamericanas juntas. Se iba a pasar los fines de semana a Montelimar, la antigua finca de Somoza en el Pacífico. Contó, además, con la ayuda de miles de «internacionalistas» de las más diversas procedencias: montoneros, tupamaros, etarras…, chilenos, libios, palestinos, coreanos, alemanes, búlgaros, etc.
Una vez consolidada la estructura de po- der del Frente Sandinista de Liberación Na- cional (FSLN) —poder absoluto, a pesar de las engañosas referencias constitucionales a la economía mixta, el pluralismo y la no alienación— con las ayudas referidas, el Gobierno de Managua, al dictado de Castro, se lanzó a la aventura expansionista en Centroamérica. Pero no lo hizo directamente, pues eso hubiera significado la intervención muy probable de los Estados Unidos, sino de forma encubierta, apoyando a las guerrillas de El Salvador, Guatemala y Honduras, con la vista puesta siempre en el norte, ya que el gran objetivo de los comunistas es la conquista de México, para controlar la misma «panza» de lo que ellos llaman «el Imperio».
Pero la jugada no les ha salido por una causa con la cual los sandinistas y sus padrinos no contaban: la rebelión del propio pueblo nicaragüense. En efecto, para controlar todos los resortes del poder el FSLN impuso un sistema marxista-leninista en toda la línea. Así, una vez desprendidos de los diversos sectores burgueses, cuyo protagonismo fue fundamental en la liquidación del «somozato», con Violeta Barrios viuda de Chamorro y Alfonso Robelo a la cabeza, confiscados sus bienes, clausurados los medios de comunicación independientes, empezando por el de mayor influencia, «la Prensa», despojaron también a miles de campesinos propietarios de sus tierras, atacaron a los indios miskitos, sumos y ramas, establecieron el monopolio estatal del comercio, y, «last but not least», arremetieron contra la Iglesia Católica en un país católico, cuyos pastores sufrieron persecución y exilio, culminando la operación con el insólito intento de «reventar» la visita de Juan Pablo II a Nicaragua. Para más inri, al tiempo que establecían un Estado-policía que lo controlaba todo de acuerdo con los cánones de la Cuba de Castro, sometían al pueblo nicaragüense a una hambruna histórica e incomprensible en un país rico, como saben quienes de verdad conocen la tierra de Rubén Darío.
Se echaron, pues, un gran enemigo: el propio pueblo, el cual apoyó, primero, masivamente a las fuerzas de la Resistencia y, después, cuando se abrió la puerta de las elecciones, a los partidos de la oposición agrupados en la UNO. Su proyecto totalitario quedó frustrado por la rebelión armada, se reconozca o no, que les impidió concentrarse en sus objetivos expansionistas, y, posteriomente, en las elecciones del 25 de febrero, cuyo resultado constituyó una sorpresa mayúscula para Ortega y sus huestes, pues de haber previsto la derrota no hubieran convocado las elecciones. Tal como le dijo Fidel Castro al propio Daniel Ortega, «si se convocan elecciones es para ga- narlas…». (Un corresponsal en Centroamérica de un importante periódico español anunció la derrota sandinista, ya que tenía información de primera mano de una encuesta encargada por Oscar Arias, la cual pronosticaba el triunfo de Chamorro-Godoy. Pero el diario no dio crédito al vaticinio y se perdió el «Scoop…»)
Resulta indiscutible que, al igual que en su día la caída de Somoza y la subsiguiente toma del poder por el FSLN tuvo una repercusión política inmediata en toda Centroamérica, ahora sucederá lo mismo. Los asuntos en el área, como señalé al principio, están íntimamente conectados y la suerte de un país tan estratégico como Nicaragua afecta al futuro de una región que demanda a gritos la unidad para resolver los graves problemas planteados por tantos años de lucha fraticida. Ahora bien; la cuestión está en saber si, a pesar de los resultados electorales concluyentes, los sandinistas van a entregar realmente el poder a doña Violeta Chamorro y a su nuevo equipo, o, solamente, como se encargan de decir los propios dirigentes sandinistas a sus afines, «cederán el Gobierno, transitoriamente además, pero el poder, jamás».
Estos piratas sandinistas cobran el rescate y se quedan. La tragedia es que doña Violeta no tiene cómo controlarlos porque carece de recursos, de tropas leales, y hasta de un sólido respaldo partidista
Para conservarlo se han quedado de mo- mento con el mando del Ejército, cuyo jefe sigue siendo Humberto Ortega —hermano de Daniel—, uno de los más radicales defensores del marxismo-leninismo, que ha tomado bajo su jurisdicción, además, a las fuerzas de seguridad que dependían del temido ministro de Defensa, Tomás Borge; se han repartido los bienes públicos, en una auténtica «piñata», dejando las arcas del Estado vacías y, para colmo, nada más producirse el traspaso oficial del Gobierno, han desencadenado una serie de huelgas y manifestaciones con el fin de paralizar la Administración. Todo ello ha generado un clima de desconfianza nacional e internacional, agudizando la crisis social y económica de un país en quiebra.
Lo grave del caso es que la permanencia de Ortega al frente del Ejército forma parte de unos pactos concluidos por algunos asesores directos de doña Violeta, como su yerno Antonio Lacayo y Alfredo César, antiguo sandinista y ex dirigente también de la Residencia Nicaragüense, sedicente socialdemócrata, millonario, muy amigo de Carlos Andrés Pérez.
La operación, fraguada antes de las elecciones, fue pensada dando por inevitable la victoria de los sandinistas y de ella forma parte también la maniobra que César, aspirante fallido a la presidencia de la Asamblea Nacional, urdió junto con Sergio Ramírez para que la lista completa de la UNO para los puestos fundamentales del Parlamento —con la excepción de la presidenta, Miryan Argüelles— se los repartieran la facción de César con los sandinistas.
Este nuevo Kupia-Kumi, expresión miskita equivalente a contubernio, levantó como no podía ser menos un gran escándalo entre las restantes fuerzas de la UNO, encabezadas por el vicepresidente de la República, Virgilio Godoy Reyes. También consternó al sector empresarial, agrupado en el COSEP, cuyo presidente, Gilberto Cuadra, renunció a formar parte del nuevo Gobierno, al igual que lo hizo Jaime Cuadra alegando, con criterio que le honra, que él, como enviado de doña Violeta en las negociaciones para que la Resistencia entregue las armas, les había dado su palabra de que Humberto Ortega no seguiría en el Ejército.
Porque ésta es a la postre la gravedad de la cuestión. Ortega queda al frente del poderoso Ejército Sandinista, en contra de las declaraciones públicas de doña Violeta, hasta que la Resistencia se desmovilice, etc., y ésta dice que mientras aquél esté al mando de la milicia no entrega las armas, ya que no existe seguridad personal, según han podido comprobar con la pérdida de sus vidas numerosos combatientes que confiaron en los acuerdos de pacificación. Con todo, conviene darle un margen de confianza al nuevo Gobierno, cuya tarea es abrumadora. Aunque resulte difícil de encajar que se negocie con los sandinistas, como si no se hubiera producido la rotunda victoria del 25 de febrero, confiándoles responsabilidades medulares como el propio mando de las Fuerzas Armadas, quizá todavía se pueda enmendar el tropezón, despejando en defi- nitiva la incertidumbre que hoy se cierne sobre el pueblo nicaragüense.
Del 19 de julio de 1979 al 25 de abril 1990/ La década perdida.
Al tipo de cambio oficial Córdobas vs. US$ Dólares.
T. C. Oficial 19 julio 1979 = $10.00 xVs. $1.00.
(NOTA: 1: el 14 de febrero de 1988 los sandinistas llevan a cabo una Reforma mo- netaria $1.00 Córdoba «nuevos» = $1.000.00 Córdobas viejos (1979).
T. C. 25 abril 1990 = $53.800.00 Córdobas «nuevos».
Equivalentes a (x $1000.00).
$53.800.000.00 Córdobas viejos (1979).
O sea, reciben el tipo de cambio a $10.00 xUS$ 1.00 y entregan el tipo cambio $53.800.000.00 x US$ 1.00.
Lo que equivale a decir que al momen- to de entregar el poder los sandinistas y gracias a su gestión administrativa, se ne- cesitan $5.380.000.00 córdobas de 1990 para adquirir $1.00 córdoba de 1979 cuan- do los sandinistas subieron al poder; y es- to a tipo de cambio oficial.
Y lo más sorprendente de todo es que en Nicaragua post-sandinista ningún medio (Radio, TV, Periódico) haya tocado es- te tema tan doloroso para el consumidor nicaragüense.