Memorias de la vida cotidiana

Justino Sinova

Título: «Mi vida al aire libre».
Autor: Miguel Delibes.
Editorial: Destino, Barcelona, 1989, 223 páginas.
Precio: 1.300 ptas.


El último libro del escritor vallisoletano Miguel Delibes tiene un argumento poco común: trata, simplemente, de la vida cotidiana. Mientras tantos autores se afanan en la creación de parajes inéditos tratando inútilmente en muchos casos de sorprender con mundos mágicos, Delibes se ocupa de contar lo que él hace y lo que pasa a su alrededor. Como además emplea un lenguaje justo y buen humor, el resultado es de una originalidad insólita.

En Mi vida al aire libre describe las prácticas y los gustos deportivos de un escritor de provincias, tan parecidos a los de cualquier mortal. Delibes, que era aficionado a nadar y a jugar al fútbol y luego se sintió tentado por el tenis, cuenta sus experiencias con tanta gracia y tanta naturalidad que el lector llega a sorprenderse de quedar prendido de unos sucesos tan comunes. El lector se entera de los esfuerzos personales por competir, de cómo puede nacer una afición entusiasta por la pesca y de los sacrificios que impone el deporte de la caza.

El capítulo dedicado al deporte de andar es un ejemplo de literatura detallista y, de paso —para muchos lo será principalmente— un breviario de una actividad que puede proporcionar inesperados goces al ejercitante. Delibes, andarín constante, es minucioso en la descripción del buen modo de caminar y hace méritos para constituirse en instructor de futuros deportistas sedentarios, a su imagen.

Así que el libro cumple un doble destino. Proporciona dicha intelectual porque es una pieza literaria de calidad e ilustra en el arte de practicar alguna actividad deportiva aunque no se tengan condiciones para ello. Es breve —Delibes cree que cada día debe ser más conciso ya que los medios audiovisuales no dejan mucho tiempo para leer y no es cosa de mortificar a quien se aventura a abrir un libro— y deja al lector con la gana de seguir, es decir, esperando un nuevo texto.

Lo mejor del libro, con todo, es la lección de que la vida que discurre a nuestro alrededor es tan fascinante o más que la aventura que el más imaginativo fabulador pueda concebir.