Trompe l’oeil

Título: «Trampantojos».
Autor: Marqués de Tamarón.
Editorial: Mondadori. Madrid, 1990. 142 páginas.
Precio: 1.100 pesetas.


Un genocidio, un estrago, un crimen y una desilusión sentimental. Puestos a emplearse en cuatro asuntos de magnitud tan diferente, los pintores pensarían en otras tantas técnicas y escalas: el fresco, el óleo, el aguafuerte y la acuarela. No así el marqués de Tamarón. Lejos de murales y miniaturas, hace de ellos cuatro cuadros de tamaño medio, tan pulcros y firmes de trazo que engañan a la vista: justamente, cuatro trampantojos. Planos cortos del mundo y de sus ilusiones ópticas, bodegones con truco, detalles de la vida desmentidos, cual plena vanidad de vanidades, en el espejo fúnebre de la naturaleza muerta. No como el retrato ecuestre de Alejandro por Apeles, que hacía relinchar a los caballos imperiales, sino como las uvas pintadas por su maestro que picaban los pájaros.

Los cuatro relatos de este libro encubren un juego especular. Cuentan historias que traen engañados a sus personajes, cuanto más al lector. Y acaban en el punto en que se desvanece el espejismo. El arte del trompe-l’oeil sólo se aprecia cuando nos desengaña, cuando advertimos que nos dio liebre por gato. Quizá por eso leo al marqués de Tamarón con inevitable inquietud. Voy por sus páginas como si recorriera un claustro a solas y de cuando en vez notara un aliento caliente en el cogote. Sé que me acecha un susto en algún sitio. Aunque el autor sonría irónico, no hay que fiarse de él ni un pelo. Y no digamos ya si parece abatirle las comisuras de los labios una emoción más tierna: entonces es seguro que se esconde con una máscara cruel a la vuelta de la esquina.

En fin, que a fuerza de sobresaltos los dedos se me vuelven huéspedes, y en el último cuento me quedo sin saber si el autor se burla o se compadece de la protagonista, libresca criatura estomagante cuya boca regüelda flatos de un Giraudoux no digerido. Hasta que se la tapa el cheli nacional, rudo y soez, pero más sano.

En cambio el primero no tiene nada de ambiguo. Muere Occidente como su nombre indica, y una escuadra de españoles encabezada por el Rey se dispone al último combate. El argumento, de infrecuente grandeza, no nos angustia con el riesgo de sus vidas sino con el de la Historia, o más bien Metahistoria: ya que ha de acabarse, importa que concluya con decoro. Cerrando el círculo con la vuelta al origen, cual Gesta Dei per francos. Aunque sea un anillo de humo.

El brulote es un cuento de amor y violencia. Pese al trasfondo de ecos paranormales, tiene una sorpresa tan bien construida, que me callo por no destriparla.

Tampoco quiero estropearle al prójimo el enigma de Urraca con algún comentario inoportuno. Para mi gusto, es el mejor cuento que he leído en muchos años. Aquí las personas y las cosas brillan a la luz cruda de la observación directa. Me pregunto si el muy mordaz marqués las habrá conocido, y alguien va a ofenderse. Porque parece pintura del natural, tan verosímil que se sale del cuadro.

Perono, que lo llama trampantojo: será puro artificio. Al fin piqué, y más van a picar las damas que piquen. Trampantojo al revés, antojo de la trampa si remedan la escena de las aves con los frutos pintados. Ellas serán la copia; lo original, la urraca y las cornejas, casi siempre siniestras, del marqués de Tamarón.