La vida en chándal

La sociedad española de finales del siglo XIX y comienzos del XX se dibujaba bastante quietista y tabernaria. El deporte nacional por excelencia -los otros dos, la emigración a América y los pronunciamientos- era la tertulia variopinta, escandalosa a veces y violenta las menos. La verdad es que el regeneracionismo de Costa, las iniciativas itinerantes de los krausistas-institucionalistas y el dolor nacional de los del 98, acongojados bajo el fardo unamuniano del sentimiento trágico de la vida, primaban en el discurso de las élites pensantes, mientras el resto, los más, las pasaba estrechas con su «pan y toros» mal digeridos en charletas colmadas de humo e interminables partidas de chamelo.

Luis Marañón

Antes de que cambiaran las cosas radicalmente a mediados de los años 70, tras los severos y sufridos pasos de dos dictaduras una II República, una guerra civil y una dictablanda, dos santones de la generación del 14 habían emitido opiniones desazonadoras que hoy resultarían casi ciencia-ficción. Así Gregorio Marañón se mostró muy crítico, en uno de sus Ensayos Liberales, en lo que respecta a la moda del sport y los ases, e incluso atacó duramente al joven que vive largos años esclavizado al deporte. Por su parte, Ortega y Gasset, que escribió mucho sobre la caza, comentó en su plenitud racionalista que «el alma corporal sirve de asiento o cimiento al resto de nuestra persona. Es ella el plinto de la estatua espiritual, la raíz del árbol consciente».

El propio Unamuno, ya muy cansado de tanto poner los dedos en las llagas nacionales, atendía meditabundo los últimos estertores de las doradas tardes salmantinas mientras se aplicaba con sabiduría y tino al sedentario ejercicio de hacer pajaritas de papel sobre el velador de mármol de un alborotado café. A la verdad, tales planteamientos y actitudes vitales han quedado barridos del comportamiento social y forman parte de nuestra larga y atormentada historia.

Vivir con el deporte

Ciertamente, en las sociedades occidentales de este fin de siècle, la realidad, presentida o desarrollada, se ve pespunteada por incertidumbres relativas y verdades provisionales. En la vaguedad del contexto y en el liviano espíritu de la época —tan verdadero y trivial—, el culto al cuerpo, en sus distintas versiones, se ahínca con fuerza y por derecho propio. Su primera derivada, el deporte, se constituye en firme religión civil, adobada con los ingredientes de multitudinarios espectáculos y ética protestante. Muy norteamericano todo ello.

Hoy, gran parte de nuestra España ocupa su ocio y se divierte en chándal y zapatillas anatómicas, antes de alcanzar el reposo merecido, degustando los pinchos morunos asados en la barbacoa del chalecito adosado. Nos movemos en un medio social muy distante, también más abierto y menos protocoloario, de las pobreterías pasadas, y son otros muy diferentes los medios económicos —hay encima, muchos más, afortunadamente— y los valores de los que tenían nuestros bisabuelos y abuelos. Se vive más deprisa y con mayor estrés, es cierto, que antaño, y los malos humores retenidos a lo largo de seis días laborales se descargan durante el fin de semana practicando el deporte favorito. Éste, además, sirve para impulsar las relaciones interpersonales, puede llegar a contribuir al ascenso profesional y social, y, finalmente, colabora a matar el gusanillo del amor propio, arteramente represado por el jefe en la oficina o en la fábrica.

Hoy una gran parte de nuestra España ocupa su ocio y se divierte en chándal y zapatillas anatómicas antes de alcanzar el reposo merecido, degustando los pinchos morunos asados en la barbacoa del chaledto adosado.

Vemos por los espacios y praderones españoles corretear y practicar deporte a millones de ciudadanos de ambos sexos, con la tensión y las ganas de un opositor a letrado del Consejo de Estado. Unos ensayan mil veces los regates y fintas de Butragueño, el Buitre; otros quieren «patear» como Seve Ballesteros u Olazábal; algunos ambicionan escalar los Alpes como Perico Delgado o correr a más velocidad que la moto de Sito Pons; muchas niñas y no tan jóvenes pretenden emular los éxitos de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez con la raqueta en el circuito mundial, y miles de niños aspiran a jugar y triunfar algún día en la NBA.

El deporte en España se ha socializado, ha perdido la connotación de clase, y para bastantes se ha convertido en una profesión digna y bien remunerada. Se han sacudido de encima viejas perezas y raro es el pueblo que no cuenta con un polideportivo o unas instalaciones deportivas aceptables. El nivel medio del deportista español se ha elevado enormemente —en su ayuda ha venido la mejor alimentación—, la práctica periódica se ha hecho masiva y las numerosas estrellas deportivas se constituyen en ídolos mitificados, figuras a copiar, seguir… y, si se puede —aquí además de esfuerzo y horas se requieren condiciones y talento, como en casi todo—, a superar.

El nivel medio del deportista español se ha elevado enormemente —en su ayuda ha venido la mejor alimentación—, la práctica periódica se ha hecho masiva y las numerosas estrellas deportivas se constituyen en ídolos mitificados.

Los hábitos sociales y pautas de comportamiento se han modificado tantísimo que existe una considerable cantidad de españoles ocupando —falta poco para que lo rebase— un amplio segmento en las estadísticas oficiales de la población activa: los «deporte-dependientes», en los que aparecen incluidas las legiones de lectores de periódicos deportivos y televidentes de programas en la materia. Claro que esta adicción al chándal es muchísimo mejor para el país que la otra, la de las drogas, tan patética como lamentable aquí, en este último punto, se puede recuperar justificadamente el lema del «dolor de España» de los noventayochistas.

El tenis dura más

Así las cosas, a nadie puede extrañar el estado de zozobra permanente en que se halla Agapito Valladares, el enjuto pedicuro de Alhaurín el Grande, provincia de Málaga, con consulta abierta desde hace un montón de tiempo en la localidad. Este sesentón rubiacho y tostado por el sol subtropical es un fiebres del tenis —su biblioteca cuenta con más de cuatrocientos libros sobre la materia— cuya psiquis se ha visto golpeada de modo brutal tras la adquisición de un chirriante y desvencijado baúl del que sacó unos sorprendentes manuscritos. Uno puede afirmar de manera categórica que tras la lectura de esas amarillentas páginas —según me contó, «se desgranan huérfanas, inútiles y desoladas»— este adicto del tenis se quedó entre perplejo y confundido al comprobar que se trataba de los escritos secretos, relativos al tenis, de su autor preferido (como se sabe, el tenis es deporte que debe el nombre de ribetes griegos -el saphiristiké al mayor británico Wingfield, quien lo puso en circulación en el no tan lejano 1874).

El descubrimiento del contenido del baúl ha venido a congelar un tanto la pasión desbordada de Agapito, Pito para todos, por «su» deporte, al que Kipling, otro británico, calificó de «rey de los deportes y deporte de reyes». No es para despreciar los escalofríos de mi amigo, puesto que enfrentarse a 74 textos, signados entre 1896 y 1938, modificando, con sólidos argumentos y desparpajo literario, la sustancia teórico-práctica de un deporte ejercitado con tesonera dedicación y frenesí de neófito es algo capaz de erosionar la fe del carbonero más bragado y fundamentalista.

Ante la doble frustración del amigo, mi sensibilidad herida se reconforta tras la lectura de la rotunda y solemne máxima anunciada por los gurús del inconsciente en París: «La parienta —o el pariente— y la raqueta, para quien las trabaja».

Baste mencionar algunos de los títulos de los papiros para tomar justa medida de la gravedad del asunto: Fijaciones sexuales y el modo de agarrar la raqueta a dos manos, Pasiones carnales y la dejada, Resistencia psíquica al uso del globo, La relación sexual de la volea corta, Moral tenística y neurosis moderna, Parricidio y su vinculación a la pérdida del saque, Misterios y desventuras bajo la falda. ¿Quién da más a tan contundentes y amedrentadores títulos?

Pero las averiguaciones de Pito, persona enteriza y concienzuda si las hay, no se quedaron en la superficie sino que fueron más lejos, siempre empujadas por el ventarrón de una curiosidad enfermiza. Por lo visto, el hasta entonces incuestionado maestro, rodeado de colegiales sonrosados y pecosos, y con los recuerdos imperiales correteando por su trepidante memoria, se dedicó, a orillas del río Prater, a frecuentar el orondo «Círculo de los Miércoles», mientras que en los ratos libres iba elaborando pacientemente un singular cuerpo de doctrina, cuyo núcleo central es, más o menos, el siguiente: el sexo es saludable, pero el tenis dura más; el inconsciente tenístico como perplejidad desamparada; el celibato tenístico, versión moderna de la condena terrenal y anticipo del fuego eterno; la neurosis tenística es una urgencia a satisfacer a la mayor brevedad posible para no sumergirse en la insania de por vida; la pista de tenis concebida como tálamo nupcial, en el que centellean las zonas emocionales y eróticas del ser humano.

La síntesis desvergonzada de toda la parafernalia académica del maestro idolatrado, don Segismundo Freud, podría bosquejarse así: el tenis es la metáfora del cambio de siglo; la sublimación amorosa se logra mediante el batallador empleo de la raqueta, y el complejo de Edipo no va más allá de una abundante cosecha infantil de desastrosos resultados en partidos importantes. Como colofón del esbozo teórico, no cabe silenciar la terapia recomendada por el sesudo y atormentado profesor para superar un cuadro patológico determinado: «Tres partidos de individuales y dos de dobles a la semana, por lo menos». Si fueran listas, las compañías comerciales lograrían sustanciosos beneficios de seguir y promocionar tan sabia sugerencia.

El viejo Freud, al fondo

Pero no sería correcto ni honesto dejar la cuestión en este estado. De ahí que se faciliten algunos de los conceptos acuñados por el homo sapiens, al que sus críticos tachan de «traficante de emociones de segunda mano» (incluso Joyce define su doctrina, el psicoanálisis, como «puro chantaje»). Veamos: la inhibición sexual es efecto de las dos dobles faltas; la mujer del tenista, engendradora de la guerra de los sexos; el nido vacío, situación creada por perder los partidos por un doble 6/0; el desmadre sexual, efecto automático de primeros saques no devueltos por el rival; la continencia permanente, secuencia lógica de fallos absurdos en pelotas fáciles, pero decisivas; la curva erótica, entrevista en el globo defensivo; la raqueta franqueada por dos pelotas de tenis, símbolo machista contemporáneo, debido a la tensión interior generada por la soledad y la falta de afecto que siente el jugador desde el fondo de la pista.

Muchas de las incógnitas referidas a la personalidad del maestro fallecido han quedado despejadas tras las innumerables horas del I+D de Agapito Valladares. Según Valladares, si Freud detestaba a Mendel y Jung su causa hay que atribuirla sin duda a que le ganaban siempre. Y si, por el contrario, aceptó a Adler como colega y amigo desde el primer momento es a causa de que los dos abandonaban la pista empatados a un set y tan satisfechos por la tarea cumplida y por el orgullo individual no doblegado.

Los historiadores médicos y los memorialistas han repetido hasta la saciedad que Freud murió de cáncer de boca, en 1939, en su exilio de Londres, y muy zurrado por el peso de la sangre maldita y errante. Por su parte, mi amigo Pito ha pergeñado su propia hipótesis de trabajo, con lucidez y respeto: «Don Segismundo era mala raqueta, y su enfermedad se vio agravada ante la imposibilidad de superar las fases previas en los torneos locales. A Freud, quizá, lo mató el sentimiento de culpabilidad nacido de sus reiterados fracasos tenísticos». Tal vez lleve razón mi amigo, que los misterios del deporte y del corazón derrotado son insondables.

Pero no es hora ni lugar de hurgar con mala fe en los forros ajenos ni de entrar en polémicas tortuosas. El hecho cierto es que mi amgio, por culpa del enrevesadísimo hallazgo, está transitando una época muy angustiada y siente el alma como desarbolada. Para equilibrar los malparados biorritmos y salir de la depresión aguda ha recurrido a la meditación trascendental y a un complejo vitamínico oriental, si bien sin ningún éxito todavía. Es más, me acaba de anunciar que va a probar con el análisis transaccional y, al mismo tiempo, con el diván de un psicoanalista porteño que conoce desde hace algunos años. Tal vez así pueda remontarse. Personalmente, y aunque cuestione la terapia elegida por Pito, deseo su pronta recuperación.

En todo caso, el preocupante naufragio de Pito y las melancólicas y resignadas lágrimas de Regla —su esposa de siempre, y aún de buen ver— han servido para que comprenda a cabalidad los efectos desastrosos generados por la mezcla del ayuno sexual y paro tenístico. Ante la doble frustración del amigo, mi sensibilidad herida se reconforta tras la lectura de la rotunda y solemne máxima enunciada por los gurús del inconsciente en París: «La parienta —o el pariente— y la raqueta, para quien las trabaja».

La neurosis tenística es una urgencia a satisfacer a la mayor brevedad posible para no sumergirse en la insania de por vida.

Sólo me resta añadir una confesión personal: me he quedado sin contrincante fijo para los partidos de tenis del próximo otoño-invierno. Y ello porque la poderosa sombra de la raqueta de don Segismundo Freud planea muy bajo, tiende a comportarse como ave carroñera en las horas bajas y continúa causando estragos dentro y fuera de las pistas de tenis imaginarias que se van levantando al paso irreverente y desmedido de mis palabras. A lo peor, yo soy quien comienza ahora a padecer esos malos sueños. En la vida tan agitada que llevamos todo puede ocurrir. Toquemos madera, mejor aún, el grafito de la raqueta, que resulta más fino y posmoderno.

Por su parte, Agapito Valladares, mi amigo Pito, me ha confesado en la última conversación telefónica mantenida que para poner en orden sus ideas y así poder volver a salir a una pista de tenis con garantía de ganarme un par de juegos por set, ha hecho la promesa de salir de cofrade en las procesiones de la Semana Santa próxima. Realmente, el compromiso de Pito supera con creces el concepto de que el deporte sea hoy una religión civil. Presiento que tal incertidumbre metafísica terminará por traerme la lesión del codo. Lo que me faltaba a mis años. Ante estos temores reverenciales decido no ponerme hoy el chándal y dedicar mi ocio a leer un libro, el que estoy escribiendo, entre partido y partido de tenis, sosegadamente.