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Ver productos1 Abr 1993 - 10min.
El panorama editorial español se encuentra en una fase de marcada actitud vacilante, inseguro, como si estuviera inquieto ante la posibilidad de caer bajo la crisis económica general que parece adueñarse de todo el país. Sería fácil justificar la situación aludiendo al tópico «en este país nadie lee». Hecho cierto, pero no más ni menos cierto que lo era hace tan solo uno o dos años, cuando tan alegre y prometedor se presentaba el mercado del libro de cara al mítico 92.
Es evidente que si «en este país» el personal leyera más y viera menos televisión, algo podrían remediarse las cosas. El problema no sólo es cuestión de captar lectores, sino también de encontrar autores y temas atractivos que inciten de verdad a la lectura. Respecto al propósito de difundir los libros, un voto negativo para esas más que dudosas campañas de promoción a base de simio con libro en la cabeza.
Se puede pensar que los cientos de millones de dinero público que, sin duda, habrá costado la campaña, pudieran haberse dedicado a otros y más útiles menesteres. Como, por ejemplo, financiar ediciones de libros clásicos, novelas de viajes y aventuras o biografías de grandes hombres, puestas a disposición de colegios e institutos. Allí, unos chicos y chicas más humanos que el mono publicitario, habrían tenido la oportunidad de iniciarse en la lectura y llegar, como se supone pretendían los responsables de la campaña, a convertirse en lectores empedernidos.
Y bajando ya a la palestra donde se desarrolla el juego editorial lleno de alternativas y hasta de sobresaltos, nos encontramos con títulos para todos los gustos, edades y aficiones. A estas alturas, concedidos y publicados ya los dos grandes premios de novela más prestigiosos, el Planeta y el Nadal, es posible analizar sus valores e incluso establecer comparaciones tan odiosas como imprescindibles.
El millonario premio Planeta —Hacienda mediante— ha correspondido en su última convocatoria a Fernando Sánchez Dragó autor de la novela titulada «La prueba del laberinto». El mucho menos dotado premio Nadal otorgado por la editorial Destino, fue este año para Rafael Argullol por el relato «La razón del mal».
Una vez más, la cuantía de los premios no se corresponde con el valor real de las novelas premiadas. Así, «La prueba del laberinto» es, como su propio nombre indica, una prueba algo dura y desde luego un laberinto para el, en este caso, sufrido lector que se aventura entre sus vericuetos. Al contrario, «La razón del mal» del profesor Argullol es un relato ambicioso, bien construido, que hace pensar en la razón o la sinrazón de nuestra existencia.
Se podrá estar o no, de acuerdo con los planteamientos intelectuales de Rafael Argullol, pero no se puede negar su vigor, sinceridad y buen hacer desde el punto de vista literario. El empeño del autor y su bien cuidada prosa reconfortan en relación con el escaso respeto al idioma que muestran algunos jóvenes escritores.
El Premio Nadal es un relato bien construido que vuelve a plantear la sinrazón del mal, de la angustia y la muerte
Con el éxito comercial asegurado, el crítico es consciente de que su opinión adversa no va a perjudicar nada al «Laberinto» de Sánchez Dragó. Y en cambio, sí puede ayudarle a mejorar su concepción de lo que es una novela. Nos cuenta Sánchez Dragó en su obra premiada el proceso de gestación de un libro que su editor le encarga sobre Jesús de Nazaret.
Narra también las impresiones de su viaje a Egipto, India e Israel, a donde va en busca de vivencias para realizar su proyecto. Por último, vemos que el viajero regresa a Europa, donde procede a escribir el libro. Tras paciente lectura, nos enteramos de cómo es el falso y pintoresco Jesús imaginado por Sánchez Dragó. No repara en gastos.
El solito se inventa un personaje a su gusto, navega por el Antiguo Testamento con la misma ignorante soltura que por el Nuevo, atribuye a San Pablo el «invento» de la Iglesia, descalifica la autoridad del Papa y establece dudosas distinciones entre el cristianismo y el catolicismo.
Actividades que realiza sin despeinarse demasiado, con una naturalidad envidiable y sin que falten otros elementos, como son el esoterismo, la droga y el sexo en bien distribuidas dosis. La vía religiosa aceptable parece ser una especie de síntesis particular entre budismo, mahometanismo y cristianismo, sin que logremos saber exactamente en qué consisten cada una de estas religiones.
Como puede comprobarse, todo muy moderno. Con tan original argumento, cuidar el estilo parece algo innecesario y quizá por eso escatima el autor sus recursos literarios, de los que por otra parte, no parece muy sobrado.
El premio Nadal, por el contrario, es una muestra de relato bien construido que plantea ya desde el título un problema que afecta a la misma raíz de la existencia: «La razón del mal». En realidad, visto lo que acontece en la novela, se trataría más bien de la sinrazón o el absurdo del mal, del dolor, de la angustia, de la violencia y la muerte.
Dos amigos, Víctor Ribera y David Aldrey, encarnan diversas actitudes ante «el mal», representado por una extraña enfermedad que invade la ciudad en que viven. David intenta atajarla como médico y Víctor denunciarla en su calidad de periodista. Es un mal insidioso, una enfermedad mental que convierte a los ciudadanos en seres casi inertes, a los que se denomina los «exánimes», o muertos vivientes.
La ciudad, llena de exánimes, se pervierte, cambia, vacila, oculta, mata; pero la enfermedad, el mal, avanza inexorable. Nadie sabe su origen ni como puede curarse. David Aldrey fracasa en su lucha por evitar el mal y, desesperado, muere. Estamos en presencia del absurdo de Kafka, del drama existencial de Camus en «La peste», de la angustia sartriana.
El final, de apariencia consoladora, solo sirve para acentuar la sinrazón, el absurdo del mal: la enfermedad desaparece tan rápidamente como llegó y pronto ya nadie la recuerda. La antigua vida sonriente de la ciudad prosigue como si nada hubiera sucedido. En la ciudad de Argullol, afectada por el mal, o libre ya de él, no se admite la trascendencia. Por eso todo es absurdo: no hay salida.
El relato, puro símbolo del drama existencial, recuerda lo que dejó escrito San Agustín hace muchos siglos: «Buscaba el origen del mal y no encontraba solución» (Confesiones). Al fin, San Agustín, quizá precursor del existencialismo, descubrió la razón del mal. Y entonces abandonó la desesperanza y entró de lleno en el luminoso camino del Bien.
Varios escritores de la «Vieja Ola», han mantenido su presencia en el panorama literario de los últimos meses. Son obras reflexivas, de fuerte carga autobiográfica en las que cada cual valora, desde el presente, un pasado de ilusiones y esperanzas que la vida ha situado en su verdadera dimensión.
Carmen Martín Gaite en «Nubosidad Variable» (Anagrama, reseñada en NUEVA REVISTA n.º 27, pág. 74) deja constancia de soledad y carencia afectiva, en una espléndida novela intimista donde retrata partes de su personalidad.
José María Gironella vuelve al examen de conciencia particular en su «Carta a mi madre muerta» (Planeta) continuación de otro libro semejante escrito a la muerte de su padre. Nueva autobiografía muy reveladora, escrita, sin embargo, con tantos matices exculpatorios que a veces el novelista llega a olvidar a la destinataria de su carta.
Delibes en el último «Coto de Caza» (Destino), anuncia su retiro de la actividad como veterano cazador. Dice sentirse viejo para la práctica digna de este deporte. No es cierto. Siempre fiel a sí mismo, si en el manejo de la escopeta conserva el pulso de su maestría narrativa, tenemos cazador para muchos años. Aunque según don Miguel escasea la buena caza en los cotos, nunca le faltarán perdices o conejos a los que disparar.
Los cien años del nacimiento del general Franco se cumplieron el 4 de diciembre del pasado año 1992. El hecho ha despertado interés en historiadores, políticos y novelistas, que se han ocupado desde diversos planos de la figura, real o ficticia, del general.
Uno de los análisis más ponderados y mejor construidos fue el del historiador norteamericano Stanley G. Payne que en su libro «Franco el perfil de la historia» (Espasa-Calpe) da una lección de equilibrio, imparcialidad y rectitud que para sí quisieran muchos de nuestros historiadores. En solo ocho puntos, resume al final de su obra las luces y sombras del largo período protagonizado por Franco, en su análisis tan lúcido como sorprendente.
De gran interés y rigor en los datos es el libro de Javier Tusell «Franco, en la guerra civil» (Tusquets), centrado en el estudio de algunas de las pautas que explican, según el historiador, la conducta del general en relación con el ejército y la política.
En otra perspectiva, limitada a los sucesos registrados en el año de la muerte de Franco se sitúa el libro de Fernando Vizcaíno Casas: «1975, el año en que Franco murió en la cama» (Planeta) donde se nos recuerdan, con seria y bien seleccionada información, hechos y anécdotas de aquellos 12 meses tan intensos y decisivos para la historia de España.
El mejor favor que puede hacerse al libro «Autobiografía del general Franco» (Planeta) de Vázquez Montalbán es no someterlo al duro trance de una crítica. El ingenio del escritor no supera en esta ocasión el acierto logrado por él en sus famosas novelas policíacas de detectives privados luchadores de la libertad.
Las memorias de Areilza constituyen un documento imprescindible y de alto valor para la historia contemporánea de España
Las Memorias del diplomático y político José María de Areilza «A lo largo del siglo» (Planeta) son una pieza maestra tanto desde el punto de vista de la historia de España como del puramente literario. Areilza se muestra aquí como lo que es: gran inteligencia, gran corazón y dominador del arte narrativo.
Sus recuerdos de infancia y vida familiar rozan muchas veces el ámbito poético. Los testimonios históricos de pre- y postguerra civil, son decisivos. El relato de sus acciones diplomáticas en Argentina, Estados Unidos y Francia, una lección de seriedad y finura.
El testimonio de la transición española, a la muerte del general Franco, un documento imprescindible. Areilza es, además, hombre de fidelidades y afectos profundos. Conmueven por la sinceridad y delicadeza, los párrafos dedicados a su mujer e hijas fallecidas, donde expresa sentimientos que van mucho más allá de la muerte.
Entre la biografía, la anécdota y la historia de España, ha logrado notable difusión el libro de Ricardo de la Cierva «Victoria Eugenia» (Planeta), dedicado a la que fue esposa del rey don Alfonso XIII. Sin evitar los claroscuros ni omitir datos más o menos delicados para la real pareja, lo cierto es que la reina Victoria queda favorecida y su imagen cobra dignidad en situaciones difíciles de la corte española. No así la figura del rey don Alfonso XIII, cuyas infidelidades conyugales se anotan con todo lujo de detalles.
Un tema de gran interés actual como es la guerra de los Balcanes, sobre el que no existen demasiados estudios fiables, ha sido tratado con criterios objetivos en la obra titulada «Guerra en Europa» por el periodista alemán Johann Reissmüller.
El autor, que fue corresponsal del «Frankfurter Allgemeine Zeitung» durante varios años en la antigua Yugoslavia, es un conocedor profundo de los problemas balcánicos, que expone con claridad y precisión.
Denuncia la ambición y crueldad de los dirigentes serbios, capaces de burlar con su astucia las ingenuidades de la Europa Comunitaria. Tal como señala Reissmüller en sus escritos, los serbios, mientras simulan negociar propuestas de paz, organizan la aniquilación de poblaciones y ordenan friamente la muerte de miles de personas indefensas.
Haría falta, según el autor, una actitud decidida y enérgica, de modo que los serbios renuncien a los sueños de grandeza que les lleva a someter por fuerza a los pueblos (croatas, eslovenos, bosnios y albaneses del Kosovo).
Para terminar, una referencia, siquiera breve, al auténtico fenómeno de superventas que ha sido, desde su aparición en España, el Catecismo de la Iglesia Católica (Asociación de editores). Me remito al trabajo del teólogo José Luis Illanes, publicado en el número anterior de NUEVA REVISTA (págs. 37 a 41), en el que se analizan los aspectos fundamentales del mencionado Catecismo.
Será difícil encontrar un resumen tan completo y bien estructurado sobre las verdades fundamentales que conforman la verdadera naturaleza del Cristianismo.
El lenguaje, sencillo, directo y bien trabado logra definir aspectos complejos relacionados con el dogma y la moral de los católicos. En todo momento, la exposición sigue las pautas renovadoras de acuerdo con la tradición, que muestran el origen y fin sobrenatural de la Iglesia Católica y su papel respecto a la salvación del género humano.