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Acaba de publicarse en inglés American Priest, de Wilson D. Miscamble, una biografía rigurosa y cercana sobre father Theodore M. Hesburgh (1917-2015), una de las figuras públicas más relevantes del catolicismo americano de segunda mitad de siglo. Fue presidente de la Universidad de Notre Dame entre 1952 y 1987, y se le ha calificado de “segundo fundador” de esta Universidad, fundada en Indiana, Estados Unidos, en 1842 por la congregación francesa de la Santa Cruz. es

El libro de Miscamble es el primer estudio históricamente riguroso y contextualizado sobre su vida, que evita el tono celebrativo de obras anteriores y la subjetividad de las memorias de Hesburgh (tituladas God, Country, Notre Dame). El autor se acerca con admiración, cariño y comprensión al personaje, pero no deja de plantear las cuestiones más incómodas, o de tratar los episodios más ambiguos.

“American priest”, Random House, 443 págs.

El biógrafo, William Miscamble, reconocido experto en historia de la América de posguerra, fue director del departamento de Historia en Notre Dame y rector del seminario de la congregación. Ha trabajado durante años en este libro, durante los cuales tuvo acceso directo al biografiado, quien colaboró prestándose a largas horas de entrevistas muy personales, revisando personajes y sucesos, a través de documentos y recuerdos.

En estos párrafos no pretendo ofrecer una reseña crítica ni un resumen del libro, sino poner a disposición de los lectores del mundo hispano lo esencial de su figura, y su papel en la transformación de la educación católica superior en EEUU, empezando por su propia universidad. Conocer de primera mano los retos, tensiones y dilemas propios de una institución de identidad católica en la búsqueda de la excelencia y la homologación con las grandes instituciones de investigación de su entorno puede transmitir lecciones útiles para los que trabajamos en el mundo universitario.

Theodore Hesburgh nació cerca de Nueva York, en una familia católica, y pronto descubrió su vocación sacerdotal y religiosa. Aunque siempre crítico con las deficiencias de su etapa formativa, destacó en su compromiso evangelizador y en los estudios que le llevaron, entre otros lugares, a Roma, durante la Segunda Guerra Mundial. Se doctoró con una tesis sobre el laicado y la Acción Católica, y siempre agradeció la estructura mental que le había aportado la neoescolástica tomista en la que se formó, aunque la consideraba insuficiente. Quiso ser capellán de la Armada de EEUU, pero sus superiores lo destinaron en seguida a una de las grandes obras de la congregación: la Universidad de Notre Dame du Lac, donde había hecho su noviciado, y donde fallecería en 2015.

Fue un sacerdote atractivo, elegante, rápido, con gran don de gentes

Hesburgh fue un sacerdote atractivo, elegante, rápido, con gran don de gentes. Su piedad personal, su atuendo eclesiástico y su fidelidad al sacerdocio eran un reflejo de la formación recibida en un contexto católico tradicional. Pero nunca fue un conservador. Estaba convencido de la necesidad de reformas en la acción de la Iglesia y en el papel del laicado, lo que se sumaba a una personalidad innovadora. Con el tiempo, sus ideas político-sociales y teológicas escoraron hacia el progresismo.

Tenía una curiosidad intelectual insaciable, una enorme capacidad de trabajo y una presencia de ánimo inquebrantable. Su confianza en sí mismo era total; y su optimismo, a prueba de bomba. Ambos rasgos se traducían también en la convicción de que el Espíritu Santo actuaba en su vida. Por eso, aunque no le faltaron superiores y colaboradores con los que se entendía personalmente y con los que pudo trabajar muy bien, nunca dejó que nadie le desviara del camino que se había marcado.

Father Ted (como le llamaban) fue un sacerdote genuinamente americano, como destaca el título de esta biografía. Su compromiso con los grandes temas de su tiempo, en el mundo y en la Iglesia, le llevaron a desplegar una febril actividad pública, de colaboración con todo tipo de instituciones y al servicio de presidentes y papas. Esos compromisos le llevaron a múltiples viajes nacionales e internacionales, a bordo muchas veces del jet de la universidad o de algún gran donante.

Esto le hizo vivir de modo sui generis sus compromisos de vida comunitaria religiosa: circulaba un chiste por el campus, que he tenido ocasión de escuchar a los viejos del lugar: “¿En qué se diferencian Dios y Father Ted? Dios está en todas partes. Father Ted también está en todas partes… menos en Notre Dame”.

LA BUSQUEDA DE LA EXCELENCIA 

En sus primeros años en Notre Dame, Hesburgh destacó por su dinamismo apostólico y sus dotes de gobierno. Al poco tiempo de llegar, fue nombrado vicepresidente de la Universidad, y manifestó un gran interés en actualizar la institución a la que servía.

Notre Dame era por entonces un college masculino, que había pasado a tener relevancia nacional gracias a los éxitos de los Fighting Irish (su equipo de fútbol americano en la liga universitaria) a partir de los años 20. El carácter inequívocamente católico del campus se manifestaba en la arquitectura neo-gótica de su esbelta capilla, la impresionante imagen de la Virgen, que corona todavía la espléndida cúpula dorada del edificio principal. Pero también en una disciplina rígida, una piedad formal y un estilo pastoral paternalista y catequético. Hesburgh contribuyó a flexibilizar lo primero, y a desarrollar materiales y contenidos que verdaderamente contribuyeran a la formación de los alumnos.

Al ser nombrado presidente en 1952, Hesburgh concibió una visión de gran calado, y se determinó a perseguirla durante su mandato de cinco años (que se alargaría hasta los 35). Father Ted quería convertir a Notre Dame en “la gran universidad católica”, y sabía que eso no sería posible con una cultura institucional centrada en los campeonatos deportivos. Su relación con el fútbol fue siempre tensa, y puso los medios para evitar que la lógica deportiva –y la ingente cantidad de dinero que movía- fueran un obstáculo para el prestigio académico de la universidad y ante todo para los estudios de los propios atletas.

La América de postguerra estuvo marcada por el ascenso de un managerialismo (la economía de empresa elevada a paradigma universal) optimista, del que Hesburgh participó totalmente: pensaba que se podrían resolver todos los grandes problemas de la nación y de la humanidad si las élites –intelectuales, políticas, empresariales, eclesiásticas- eran capaces de trabajar juntos.

El acceso de los católicos a esas élites americanas era por aquel entonces un fenómeno novedoso, propio de la post-guerra mundial, que culminó simbólicamente con la elección de J.F. Kennedy como presidente de EEUU en 1960. Hesburgh participaba de ese deseo colectivo de homologación y reconocimiento, y tuvo la satisfacción de conseguir entrar en el establishment, gracias a su incansable compromiso público. Colaboró en organizaciones públicas como la Comisión Nacional de Ciencia, o la Comisión sobre los Derechos Civiles creada por Eisenhower para abordar los problemas de la discriminación racial. Pero también privadas, como la Fundación Rockefeller, en la que fue el primer católico miembro del board of trustees (junta directiva), desde 1956.

Precisamente en la Fundación Rockefeller formó parte de la comisión que redactó un informe sobre la excelencia en la enseñanza universitaria, publicado en 1958. En esos años reinaba una visión optimista sobre las posibilidades de la tecnología y de la ciencia moderna. Una ciencia concebida en términos empiristas, que primaba lo cuantitativo, y que reclamaba la especialización individual y organizativamente. Las universidades debían convertirse en organizaciones centradas no en la docencia de los títulos de grado, sino en la investigación de altura mediante programas de postgrado.

Hesburgh estaba decidido a fichar profesores del máximo nivel, adecuadamente retribuidos 

Hesburgh estaba decidido a poner a Notre Dame en esa dirección mediante el fichaje de profesores del máximo nivel, adecuadamente retribuidos; el envío de miembros de su congregación a cursar programas de doctorado en instituciones de máximo prestigio; la potenciación de los programas de postgrado, etc.

Otro elemento clave fue la dotación de edificios y recursos adecuados. Notre Dame tenía una hermosa iglesia y un enorme estadio, pero una biblioteca ridícula comparada con las de las instituciones con las que aspiraba a codearse. Hesburgh trazó un plan ambicioso de ampliación del campus, marcado por un estilo arquitectónico funcional y moderno, que contrastaba con el neogótico del viejo college. Pero en coherencia con la prioridad de lo académico, siempre se opuso a los proyectos de renovación del gran estadio, que solo se han abordado tras su muerte.

Para alcanzar todos estos objetivos, resultaba obvio que era necesario potenciar la capacidad recaudadora de la institución, sin fiarlo todo a los ingresos deportivos y a las matrículas. Además de reclutar colaboradores adecuados, él mismo se implicó personalmente con las gestiones tanto para lograr generosos fondos federales, grandes ayudas de las fundaciones más potentes, y un creciente número de grandes donantes entre los alumni o conocidos católicos, con los que fue trabando amistad personal. Su mantra era simple: “si miras las universidades con los diez endowments (dotaciones) más grandes, verás que son las diez mejores universidades del país”. El reto era emularlas.

Sus éxitos se vieron pronto reconocidos con decenas de doctorados honoris causa, la alabanza de sus homólogos de las mejores universidades americanas, nombramientos en organismos públicos y privados, e incluso una portada de la revista Time en 1962.

UNIVERSIDAD, IGLESIA Y LIBERTAD ACADEMICA

El proyecto de una gran universidad católica se enfrentaba a una gran objeción: “Universidad católica es una contradicción en los términos”, había escrito Bernard Shaw. Hesburgh comprendió que, para superar ese prejuicio de las élites culturales y económicas que debían contribuir a realizar su visión, debía demostrar que la fe católica no se oponía al pleno desarrollo de la ciencia. Pero no lo hizo con un argumento sobre la compatibilidad entre la fe y la razón, sino con un compromiso público y contundente en favor de la libertad académica.

Buscó ocasiones de demostrar a la sociedad que temas, personas e ideas que no fueran compatibles con el magisterio de la iglesia católica tenían su sitio en Notre Dame. Las intervenciones de autoridades eclesiásticas solo aumentaron su segunda convicción: era preciso dar una garantía institucional de esa libertad académica, mediante la separación estricta de la administración de la universidad respecto de los superiores de la congregación fundadora de la universidad y de la jerarquía eclesiástica, cuyos responsables, decía con dureza, “no saben distinguir una universidad de un cementerio”.

A la vista de lo anterior, Hesburgh promovió, con apoyo de su provincial religioso y de grandes abogados amigos suyos, una gran revolución institucional en Notre Dame. En 1967, no sin algunas resistencias, la Congregación de la Santa Cruz cedió la propiedad de la Universidad a un board of fellows (junta de becarios) de composición mixta, inspirado en la estructura de gobierno de Harvard: seis religiosos de la Santa Cruz y seis laicos, responsables últimos de la misión institucional, que a su vez elegían un board of trustees más amplio y al presidente.

Los estatutos recogían que el presidente de la Universidad sería elegido entre sacerdotes de la congregación, y Hesburgh siempre subrayó que la Universidad sería siempre católica, aunque sin dependencia jerárquica de las autoridades de la Iglesia. Eran los años del postconcilio, y de acuerdo con las enseñanzas del Vaticano II y sus propias convicciones, siempre presentó este movimiento como un modo de reforzar el papel de los laicos.

La Declaración de Land O’Lakes marcó la evolución de las universidades americanas, aunque no tenía fuerza vinculante

En ese mismo año, Hesburgh contribuyó a exportar el modelo, pues su concepción sobre la relación entre universidades católicas y jerarquía no aplicaba solo a su universidad. Fue el principal protagonista de la Declaración de Land O’Lakes, firmada por los principales responsables de las universidades católicas del país. Aunque no tenía fuerza vinculante, marcó la evolución de las universidades americanas. Sus dos elementos claves eran la afirmación de un compromiso por una absoluta libertad académica (que también incluía a las materias teológicas), y la autonomía institucional de las universidades respecto de las autoridades eclesiásticas.

Los firmantes insistieron explícitamente en que no querían seguir los derroteros de secularización completa de las viejas universidades protestantes. También se recogía de modo impreciso la importancia de la filosofía y la teología, la pastoral, etc. Se trataba de un documento sin valor normativo alguno pero que marcó la deriva de las grandes universidades católicas americanas, que han ido perdiendo su identidad religiosa, la fidelidad al magisterio, y la ambición de ofrecer una visión intelectual integradora.

“VECINDARIO CATOLICO” SIN UNA SÍNTESIS ORIENTADORA 

El compromiso de Hesburgh con el carácter católico de la universidad iba por un camino distinto del institucional, y está fuera de toda duda. Siempre tuvo una preocupación por la promoción de la vida religiosa en el campus, en la que él mismo participaba con la celebración de la misa, etc. Además de preservar la impresionante imaginería religiosa del Golden dome, la réplica de la Gruta de Lourdes, capillas, crucifijos, etc., father Ted tomó importantes decisiones para salvaguardar el carácter católico de la vida en Notre Dame. Por ejemplo, cuando en 1972 se abrió la universidad a las mujeres, quiso mantener la separación por sexos en las residencias de estudiantes.

Algunos señalan con ironía que así preservó el carácter de “vecindario católico”, pero echan en falta algo de fondo. Como recoge Miscamble en su libro, Hesburgh no supo poner los medios adecuados para responder a los retos de su tiempo en lo que se refiere a la misión específica de una universidad católica. En alguien tan determinado y eficaz la falta de acierto en esta materia se debe sobre todo a la ausencia de una verdadera visión.

Miscamble se lamenta varias veces de que, si bien Hesburgh se basó en su formación tomista para mantener algunas ideas claras, acabó rechazando su validez en el contexto de su época, pero sin proponer a cambio una nueva síntesis. En una conferencia dictada en 1961, sobre la misión de la Universidad, Hesburgh criticó con desdén la idea medieval de Universidad. La consideraba incapaz de contribuir a resolver los grandes problemas de la humanidad del siglo XX.

Ciertamente, a Hesburg no le faltaba discurso sobre el papel de la universidad católica, que repetía una y otra vez. Simplemente había dejado de creer en la posibilidad –quizá en la oportunidad- de una propuesta intelectual alternativa. La universidad católica debía ser “faro, puente, encrucijada”: un lugar donde se abordasen los grandes problemas del tiempo presente, con una aportación católica distintiva, en diálogo con los mejores expertos y los líderes sociales. Todo esto se manifestó en la creación y dotación de centros, cátedras y grandes eventos. Y en la revisión del currículum, que culminó en 1970.

Para Hesburgh, la filosofía y la teología debían ser excelentes académicamente, como los demás departamentos

Frente a la primacía de la función social de la universidad, Miscamble subraya que las dos cuestiones críticas en una institución educativa son quién enseña y qué se enseña: la identidad del profesorado, y los contenidos de la educación y su capacidad estructurante. En el nuevo plan de 1970, las asignaturas de filosofía y teología perdieron peso en el core curriculum (y esa tendencia se ha agudizado recientemente). Pero, sobre todo, desapareció el papel integrador de la filosofía y la teología, y el peculiar carácter trasversal de estos departamentos. Para Hesburgh, la filosofía y la teología debían ser excelentes académicamente, como los demás departamentos. Pero excelentes en los términos de la academia moderna, especializada, compartimentalizada, fragmentada. Es decir, no con respecto a una visión educativa específica que estuviera al servicio de una síntesis integradora de la fe con la razón, y de lo intelectual con los demás aspectos de la vida. (1)

El presidente de Notre Dame invocaba la importancia de la ética y de los valores, pero –se pregunta Miscamble, evocando un título famoso de McIntyre– “¿qué ética? Los valores, ¿de quién?”.

A este respecto, Miscamble ofrece una cita iluminadora, extraída de un estudio de 1968 sobre la educación superior en Estados Unidos, obra de dos sociólogos de Harvard (Christopher Jencks y David Riesman, The Academic Revolution). Al abordar la educación católica, escribían: “la cuestión importante no es si algunas pocas universidades católicas podrán competir con Harvard y Berkeley en los términos de estas últimas, sino si el catolicismo será capaz de aportar una ideología y unas personas que desarrollen modelos de excelencia alternativos al de ‘Harvard-Berkeley’”.

En su opinión, hipotética pero quizá profética, “los educadores católicos más dotados se verán obligados a dedicar sus mejores energías a demostrar que los católicos pueden superar a los no católicos en el juego diseñado por estos últimos. Pero, una vez demostrado que lo son, pocos serán capaces de ir más allá”.

JUEGO EN EQUIPO 

Hesburgh no fue nunca un pensador profundo, aunque la variedad de temas que abordaba en sus conferencias, lecciones magistrales y homilías –que fue compendiando en sucesivos volúmenes- era virtualmente infinita. Ciertamente, no dedicó tiempo a pensar en las cuestiones más difíciles, que hemos señalado más arriba. Pero tampoco se rodeó de personas que lo hicieran.

Ya antes de la transmisión de la titularidad de la Universidad en 1967, Hesburgh tuvo en poco las indicaciones vaticanas, y las advertencias de sus hermanos de congregación, que podrían haberle transmitido una cierta visión sapiencial, como sugiere Miscamble.

Su board of trustees estaba formado por grandes donantes, muchos de ellos católicos devotos con quienes cultivaba una verdadera amistad, pero que ciertamente no destacaban por su experiencia o visión en materia de educación superior o de cultura católica. De entre ellos surgió también alguna figura clave para el desarrollo corporativo, que impulsó con entusiasmo y eficacia las campañas de fundraising, secundadas por un Hesburgh hiperactivo.

Sus colaboradores en el gobierno de la universidad, resultaron valiosísimos apoyos para mantener la casa en orden, mejorar la calidad de la investigación o gestionar los equipos deportivos. Sabía delegar, pero siempre siguió de cerca las grandes decisiones, despachando muchas veces hasta altas horas de la noche, entre el humo de los cigarros puros y el fluir del whisky.

Entre todos ellos destaca father Ned Joyce, que fue vicepresidente a su lado durante todo su mandato. En 1970, inspirado por la universidad de Columbia, Hesburgh instauró la figura del provost (el más alto cargo operativo, bajo el presidente). El primero en ocupar ese cargo fue fr. James Burtchaell, un sacerdote de su congregación, de posiciones morales progresistas, en particular sobre lo que llamó la “amarga píldora”. Aún así, Burtchaell tenía claro que debía salvaguardar la identidad católica de su profesorado. Durante un tiempo fue considerado el sucesor inevitable, pero resultó ser excesivamente ambicioso, mundano y conflictivo. Aun así, Hesburgh mantuvo una eficiente relación. Esa confianza hizo que no abordara con diligencia algunos rumores sobre sus relaciones sexuales con alumnos, algo que Hesburgh lamentó años después, cuando se sustanciaron esas acusaciones.

A Burtchaell le sustituyó un laico (Tim O’Meara) que sintonizaba a la perfección con Hesburgh, pero que carecía de toda cultura humanística seria, o de una visión universitaria integral. Su trabajo estaba gobernado por objetivos más tangibles, que por supuesto alcanzó con eficacia.

Eran los años de Luther King; de Vietnam y el movimiento pacifista; de la revolución de mayo de 1968; del Concilio Vaticano II y la Humanae Vitae…

El trasfondo histórico de la vida de Hesburgh da idea de la magnitud de los retos que tuvo que enfrentar, en el plano civil (nacional e internacional), académico y eclesiástico. Basta recordar que son los años de la guerra fría y el terror nuclear; de Martin Luther King y la lucha por los derechos civiles; de Vietnam y el movimiento pacifista; de la revolución estudiantil, cultural y sexual de mayo de 1968; del Concilio Vaticano II y de la erupción del disenso teológico como respuesta a la encíclica Humanae Vitae…

El presidente de Notre Dame aprovechó los contactos y el prestigio que le daba su compromiso en las diversas causas para potenciar el nombre de su universidad. Destacó además por su temple en la gestión de los problemas estudiantiles durante las revueltas. Supo conceder en el plano de la disciplina, apoyar algunas de las causas ideológicas, a la vez que puso un límite a los altercados, algo que sus homólogos de grandes universidades no supieron hacer.

Ya en los cincuenta, su colaboración con la Fundación Rockefeller (la gran promotora del control de la población) no estuvo exenta de ambigüedades fuera y dentro del campus. En materia de aborto, por ejemplo, donde sus convicciones eran inequívocamente católicas, evitó que se convirtieran en un obstáculo para llegar a audiencias civiles y colaborar con sus líderes en los grandes temas sociales que consideraba prioritarios: la paz, los derechos civiles, la inmigración, la energía nuclear, etc.

Hesburgh siempre defendió la neutralidad política de la universidad, y su propia independencia. Con los años, sin embargo, se agudizaron sus simpatías progresistas, hasta llegar a la confrontación con el presidente Richard Nixon.

Father Hebsburgh fue un entusiasta de las reformas del Concilio Vaticano II. Pero su decepción fue grande cuando su amigo Pablo VI (a quien había otorgado un doctorado honoris causa cuando todavía era cardenal Secretario de Estado) publicó la encíclica Humanae Vitae, que confirmaba la enseñanza católica contraria a los medios anticonceptivos. A finales de los 70 aumentó su preocupación por la orientación que estaba adoptando el departamento de teología, donde la contratación de importantes figuras no católicas derivó en un ambiente de ecumenismo indiferenciado donde lo católico era solo una referencia más. Entre otras medidas, llegó a ofrecer una cátedra a Joseph Ratzinger. Pero la persona a la que eligió para reconducir la situación (David Burrell) era un conocido progresista, abiertamente crítico con las autoridades vaticanas, especialmente en materia de anticoncepción. Notre Dame se sumó así al disenso teológico que emergió como respuesta a Humanae Vitae.

Father Ted era por entonces una de las grandes figuras del catolicismo liberal en Estados Unidos. Su incomodidad creció durante el pontificado de Juan Pablo II, que veía como conservador, y la presidencia de Ronald Reagan. Su disgusto se confirmó cuando -ya sin responsabilidades directas, en 1990- el pontífice polaco publicó el documento “Ex Corde Ecclesiae” sobre las universidades católicas, que era una respuesta tardía a la declaración de Land O’Lakes y la deriva que provocó en las universidades católicas americanas. La Santa Sede volvía a reivindicar los rasgos definitorios de una universidad católica y lo esencial de sus relaciones con la jerarquía y el magisterio eclesiásticos.

UN LEGADO AMBIVALENTE

Para la Universidad de Notre Dame fue difícil encontrar un sucesor para Hesburgh. De hecho, su mandato se alargó de modo imprevisto cinco años más, hasta 1987, para dar tiempo a preparar y seleccionar candidatos. Hesburgh ponderó un tiempo la idea de crear para él la figura de Canciller, desde donde seguir colaborando sobre todo en la proyección exterior de la Universidad. Quedó en todo caso siempre vinculado a Notre Dame, a disposición de sus sucesores, con los que tuvo una relación cordial y respetuosamente crítica.

Los homenajes fueron numerosos y espectaculares. Father Ted era ya una figura legendaria. Su éxito en la construcción de una gran universidad era evidente: bastaba ver el campus, el crecimiento de los alumnos y programas, el prestigio en rankings y publicaciones, las cifras astronómicas del endowment (que en la actualidad asciende a más de doce mil millones de dólares). Pero su legado en cuanto al carácter católico y humanístico de Notre Dame es ambiguo, y se ha manifestado en diversos episodios.

Quizá el más conocido fue la concesión del doctorado honoris causa al presidente Barak Obama tras su reelección, en 2013. Obama se encontró a solas con Father Ted, y después le alabó y puso de ejemplo a seguir, ante un estadio abarrotado. A la salida, un grupo no pequeño de sacerdotes, profesores y estudiantes manifestaba su rechazo a esta distinción (definida por su contribución a la vida católica del país), dado el apoyo abierto del presidente al aborto. Hasta ochenta obispos americanos escribieron lamentando la decisión de la Universidad.

Hoy día, es innegable que Notre Dame sigue siendo un deslumbrante vecindario católico, con cincuenta misas diarias, y diversos grupos de alumni, profesores y estudiantes que procuran salvaguardar la identidad católica de la universidad, y hacerla realidad también en su dimensión educativa. Se ha reforzado en los últimos años el empeño oficial por aumentar la proporción de profesores verdaderamente católicos, y sigue la tradición de buscar para Notre Dame a los mejores intelectuales del mundo que trabajan inspirados por su fe cristiana.

Hesburgh menospreciaba la validez de las reflexiones del gran converso inglés Newman en su “Idea de la Universidad”

En un artículo de 1962 sobre John Henry Newman, Hesburgh oponía implícitamente su éxito organizativo en Notre Dame, al estrepitoso fracaso del cardenal inglés en la promoción de la Universidad Católica de Irlanda (donde tuvo en contra a los propios obispos). Menospreciaba la validez de las reflexiones del gran converso inglés en La idea de la Universidad: “Es más fácil escribir sobre cómo debería ser una universidad católica que crear y gobernar una en la realidad”.

Sin duda hay algo de verdad en estas palabras, que pueden servir como excusa razonable para justificar las limitaciones de su balance de gobierno, o el de cualquier otra universidad que quiera encarnar la sabiduría cristiana en el mundo actual. Pero también son indicio de una inversión fundamental de los valores clásicos de la universidad cristiana, sustituidos por la “primacía de la acción”. (2) Este es uno de los elementos que define el americanismo, “herejía” que detectó y combatió a finales del siglo XIX el papa León XIII. No sorprende que se inclinara en esa dirección este sacerdote americano por antonomasia. Conviene subrayar lo evidente: que esa mentalidad no se limita hoy al ámbito geográfico y cultural norteamericano, sino que está extendida por todo el mundo.

En la citada conferencia de 1961, donde dio por muerta la universidad medieval, Hesburgh concluyó, con la actitud desafiante de quien se considera en la vanguardia, del lado correcto de la historia, diciendo: “qui potest capere capiat”. Gracias al valioso libro de Miscamble, podemos entender a Hesburgh -quizá mejor de lo que él se entendía a sí mismo- y de paso calibrar con más perspectiva los dilemas de cualquier “gran universidad” que quiera ser, en sentido amplio o estricto, “católica”.

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(1) No me resisto a citar aquí el párrafo 31 de la encíclica social Caritas in Veritate, de Benedicto XVI en la estela de Pablo VI y Juan Pablo II, que parece una “hoja de ruta” para la universidad católica: “Esto significa que la valoración moral y la investigación científica deben crecer juntas, y que la caridad ha de animarlas en un conjunto interdisciplinar armónico, hecho de unidad y distinción. La doctrina social de la Iglesia, que tiene «una importante dimensión interdisciplinar», puede desempeñar en esta perspectiva una función de eficacia extraordinaria. Permite a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre. La doctrina social de la Iglesia ejerce especialmente en esto su dimensión sapiencial. Pablo VI vio con claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de sabiduría, de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una síntesis orientadora, y que requiere «una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales». La excesiva sectorización del saber, el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica, las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que lo caracterizan. Es indispensable «ampliar nuestro concepto de razón y de su uso» para conseguir ponderar adecuadamente todos los términos de la cuestión del desarrollo y de la solución de los problemas socioeconómicos.”

(2) Como explicó Benedicto XVI, en la audiencia general de 17 de marzo de 2010, “la conclusión de santo Tomás es: la teología implica ambos aspectos: es teórica, intenta conocer cada vez más a Dios, y es práctica: intenta orientar nuestra vida hacia el bien. Pero la primacía corresponde al conocimiento: sobre todo debemos conocer a Dios, después sigue obrar según Dios (Summa Theologiae I q. 1, art. 4). Esta primacía del conocimiento respecto de la praxis es significativo para la orientación fundamental de santo Tomás.”


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