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Ver productos1 Nov 1990 - 3min.
Título: «Memoria viva de la transición».
Autor: Leopoldo Calvo Sotelo.
Editorial: Plaza-Janés/Cambio 16. Barcelona, 1990, 286 páginas.
Precio: 1.760 pesetas.
Por más de un motivo, las memorias de Calvo Sotelo pueden estimarse como algo singulares y atípicas en un panorama memoriográfico como el español que de estar vacío y casi deshabitado ha pasado en escasos años a ofrecerse muy poblado, e incluso superpoblado en algunas parcelas. La inmejorable factura literaria y el anticonvencionalismo de algunos de sus planteamientos y descripciones son acaso los extremos que imprimen mayor originalidad a unos recuerdos alejados de la eutrapelia y el mero divertimento que le han atribuido ciertos de sus comentaristas.
Dentro de un género como el memoriográfico no muy valorado por el historiador, el de la transición española recalará con frecuencia en la obra glosada. Buena parte de las cuestiones disputatas en tan decisivo periodo así como algunos de sus puntos más oscuros y enigmáticos disfrutan de una interpretación a menudo sólida cuando no de un análisis de amena hondura, con ribetes, en ocasiones, de propósito de adrición y autocrítica. El estado de opinión que posibilitó por parte de la sociedad hispana el tránsito reglado del autoritarismo a la democracia; la «congerie» de elementos que desembocaban en la fuerza gobernante hasta la llegada del socialismo al poder; los canales y entresijos de éste; las causas últimas que determinaron su abandono por Suárez; la crisis del 23-F y, en fin, la escorada travesía hacia el derrumbamiento del régimen sucedista que tuvo como timonel al propio autor, son quizá los capítulos de la historia de la transición más enriquecidos por la publicación de estas memorias, que provocan, obviamente, en su lector discrepancias y desacuerdos, que aquí no pueden anotarse.
La galería de retratos y semblanzas supera, con todo, en interés a las páginas ya mencionadas. La pluma bien abastada de registros y cultura de un ingeniero con indudable vocación humanista encuentran en la pintura de algunos de sus correligionarios sus cualidades más resaltadas. Pequeña historia, sin duda, pero que en ocasiones influye en la grande. No fue así, por fortuna, en los días de la transición, en los que los políticos se limitaron a poner la letra de la partitura deseada casi unánimemente por su pueblo.
Entre los episodios y pasajes en los que la pluma del autor resulta elusiva e incompleta tal vez el tratamiento de la política exterior sea el más llamativo. Aunque su reconstrucción de «la polémica atlántica» es, en conjunto, acabada, existen áreas de la extensión y trascendencia como las relaciones con los países del Magreb, el diálogo iberoamericano y hasta si se quiere los conflictivos contactos hispano-franceses, en donde los huecos, las omisiones y los silencios llegan a ser en ocasiones incomprensibles amén, por supuesto, de defraudadores.
En definitiva, un libro para la historia. No obstante su brevedad, prisas y floreos, la obra de quien fuera el tercer primer ministro de la restaurada Monarquía española ocupará, como se decía en un principio, un puesto en la biblioteca del historiador de un periodo envuelto ya para muchos de sus protagonistas en los celajes de la nostalgia y estimado por todos los españoles como un legítimo título de orgullo colectivo.