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Ver productos1 de febrero de 1990 - 24min.
«La historia universal se ha convertido para los polacos en un juicio ejecutivo.» Karl Kraus
Los escaños del Congreso de los Diputados se han ido llenando poco a poco. Hay sesión plenaria, que, como en cualquier parlamento del mundo, se inicia con varios asientos vacíos. La nieve de un riguroso diciembre tiene a Varsovia enfurruñada y aterida. La capital de Polonia aparece hoy desdibujada, adusta y sombría. Pero en el Parlamento hace calor: la primavera va por dentro. Los diputados forman corrillos, cuchichean, ríen, se pasan el periódico. Una gran colgadura con los colores de la bandera nacional preside el hemiciclo, a cuya derecha, en un estrado, a la vista de todo el mundo, se sitúa el Gobierno. En el primer banco, con su barba de profesor, está ya el líder del grupo parlamentario de «Solidaridad», Bronislaw Geremek, dispuesto a defender, en cuanto el presidente de la cámara le conceda la palabra, la reforma de la Constitución.
Hoy es un día histórico en este «Sejm» renovado tras las elecciones de junio. Reformar las constituciones de los países con socialismo real, suprimiendo el papel dirigente que en ellas se otorgaba al Partido Comunista, se ha convertido en una obsesión de los nuevos responsables políticos que, en el Este de Europa, parecen decididos a cambiar la Historia. Polonia, pionera en la lucha por la nueva democracia, no es una excepción. También tiene que modificar su Constitución si quiere que el pluralismo avance sin cortapisas. La Checoslovaquia ruidosa de estos días acaba de hacerlo. «Nos han ganado en eso por una cabeza», me dice con sonriente pesar un periodista sentado a mi lado en la tribuna de prensa, en la planta alta del Parlamento.
En frente, en la misma parte superior del hemiciclo, un dosel dota de cierta solemnidad a la primera tribuna, que presenta en la barandilla el escudo nacional del águila blanca de los Piast sobre fondo rojo. De pronto, un hombre serio e inexpresivo, con gafas oscuras y posición envarada, se sienta a escuchar con suma atención a los oradores desde ese palco preferente. Es el jefe de Estado, General Jaruzelski, al que el compromiso logrado entre la Iglesia católica, el sindicato «Solidaridad» y el Ejército, con el instinto de Lech Walesa como principal activo, ha permitido rehabilitarse como «patriota polaco» a los ojos del mundo.
Hace ocho años este general dio un golpe de Estado, declaró el estado de guerra y cortó a sangre y fuego la rebelión política encabezada por el movimiento «Solidaridad». Ha sido esta, sin duda, una década prodigiosa, y entre los prodigios que es posible contemplar en Polonia hoy está el ver en el Parlamento al general Jaruzelsky mientras escucha silencioso, desde su palco de honor, protegido por el escudo de la Patria—ese «campo de juego de Dios», como ha llamado a Polonia el historiador británico Norman Davies—lo que dicen los hombres que él envió, con la complicidad soviética, a la cárcel y a la deportación y que ahora lucen en la solapa, como un desafío, una palabra escrita con torturados caracteres: «Solidarnosc».
El profesor Geremek habla sin papeles, seguro y elocuente. Es probablemente la estrella de esta Cámara baja, en la que la oposición no tiene todavía, en virtud de los acuerdos de la mesa redonda que hicieron posible la salida de la crisis, toda la representación que podrán obtener con elecciones totalmente libres. El historiador fue uno de los tres candidatos a jefe del Gobierno, con Jacek Kuron y Tadeusz Mazowiecki, pero Walesa prefirió mantenerlo como jefe del grupo parlamentario de «Solidaridad». Su voz es la voz del sindicato, ese conglomerado ideológico donde antiguos izquierdistas como el propio Geremek y Adam Michnik se juntan con católicos, sindicalistas puros, obreros sin etiqueta y estudiantes rebeldes, en un amplio movimiento de renovación nacional.
Como diría el escritor Witold Gombrowicz, representante de la vanguardia literaria polaca, esta es también una generación «en rebeldía contra la historia». Ha sido Gombrowicz quien mejor ha descrito algunas de las contradicciones vitales de este gran pueblo, que sólo fugazmente ha conocido la verdadera independencia. Hablando de ella escribió: «Entrábamos en la independencia sin ilusiones, y no disponíamos de un lenguaje con el que expresar nuestro apego a Polonia, ya que el heredado había envejecido totalmente, y nadie nos había enseñado uno nuevo, auténtico, hecho a nuestra medida, a la medida de nuestro género y estilo. Éramos en este sentido completamente salvajes… estábamos mudos. Y, sin embargo, todos éramos indudablemente polacos, lo cual se reveló cuando esa extraña independencia fue derrotada primero por los alemanes y más tarde por el comunismo.»
Polonia ha recuperado su voz, y está inventando ahora un lenguaje nuevo, auténtico, hecho a su medida. El Parlamento es hoy expresión de este nuevo lenguaje, y Geremek uno de sus más capaces representantes. Por ello, en la primera pausa de la sesión, el equipo de NUEVA REVISTA se acercó a su despacho y dialogó con él, para intentar desentrañar las dudas constitucionales que plantea la andadura polaca.
¿Se mantendrán los compromisos adoptados en la «mesa redonda», que dieron paso a las elecciones de junio, en las que el triunfo de la oposición fue incluso superior a lo esperado? ¿Es firme la cohabitación de «Solidaridad» con los comunistas, que ocupan la Jefatura del Estado y cuatro puestos en el Gobierno, entre ellos las decisivas carteras de Interior y Defensa?
Pero, además, hay otros problemas en la Polonia de hoy. Uno especialmente visible por el viajero asediado a la puerta del hotel por los numerosos cambistas de zlotys a dólares y que se asome a uno de los desabastecidos comercios de Varsovia: el económico. El primer ministro Mazowiecki sufrió un aparatoso desmayo en su primera comparecencia ante el Congreso de los Diputados, mientras hablaba de la situación del país y, cuando recobró las fuerzas, dijo: «Mi salud es como la economía de Polonia. Pero la economía se recuperará como yo me he recuperado.»
Tadeusz Mazowiecki es el político católico, ex periodista y jurista de formación, al que Lech Walesa ha elegido para pilotar el Gobierno en estos momentos críticos. Los primeros cien días de frenética actividad como primer ministro no le han ahorrado dificultades: Polonia es una pura contradicción, un ejercicio permanente en la cuerda floja.
Viudo, sencillo, amigo del Papa Wojtila, Mazowiecki tiene fama de no dormir apenas y una salud quebradiza. Su expresión levemente dramática, en la que la vitalidad de la mirada no oculta un gesto de preocupación, es como un símbolo de la Polonia de hoy: un país maltrecho en libertad bajo palabra. La palabra de quienes, dentro y fuera de la nación, han aceptado emprender el camino de las profundas reformas políticas para consolidar el definitivo salto hacia adelante de un pueblo que ha dado al mundo a Copérnico, a Chopin y a Marie Curie, pero que ha vivido mucho tiempo bajo lo que Davies llama «la herencia de la humillación».
El historiador Bronislaw Geremek, como salta a la vista, no es un líder obrero. Profesor famoso, usa corbata y gemelos y un correcto traje gris a rayas. Políglota, su francés es fluido y cuidado: «La Pologne a un certain merité. Nous avons commencé ce procesus de décomposition du comunisme et si maintenant la situation a chagé dans l’Europe centrale, c’est la Pologne qui a donné le signe…»
Ese «cierto mérito» polaco respecto a lo que está pasando en Europa es en buena medida un mérito de «Solidaridad», el punto de encuentro, como dice Geremek, «de intelectuales y obreros, que hizo posible que la solidaridad humana de diferentes medios sociales se realizara en el interior de un mismo movimiento». El historiador y político no oculta su admiración por Lech Walesa, que, cuando Mazowiecki y él mismo se presentaron en Gdansk, el 20 de agosto de 1980, con una carta de apoyo firmada por ochenta intelectuales, decidió, tras hablar con el comité de huelga, nombrar una comisión de expertos, bajo la presidencia del hoy jefe de Gobierno.
Geremek explica que el presidente Jaruzelski le acaba de mandar un recado: acepta su discurso, pero matizando las referencias al posible cambio de la ley electoral, actualmente firme tras los acuerdos de la mesa redonda, en virtud de la reforma constitucional. Según Geremek, se hace necesaria una nueva Constitución, en la que se defina la realidad política, y una ley electoral adaptada a la Constitución. El compromiso de la «mesa redonda» era necesario para la transición pacífica, y fue un compromiso muy pobre, muy modesto, un alarde de imaginación política, que no debe hipotecar el futuro.
Futuro es la palabra clave de este presente dinámico que vive Polonia. «Los partidos políticos hasta ahora satélites de los comunistas —explica Geremek— han visto algo delante, y es el soplo de la libertad. No se quieren quedar atados a un Partido Comunista que pierde terreno.» Pero el líder parlamentario de «Solidaridad» no oculta que también los comunistas han exhibido imaginación, pues sin el contrato firmado estarían en una situación cien veces peor de lo que estaban, y así pueden socialdemocratizar el partido, lo que será bueno para Polonia. No es conveniente la descomposición total de un partido que ha representado la opinión de millares de personas, del Ejército y de la Policía.
Sobre cuáles van a ser, en ese futuro que planea sobre este Parlamento en ebullición, los partidos fundamentales, los actuales rectores de la política polaca no se pronuncian todavía con nitidez. Hay uno claro en el horizonte, el campesino, fuerza tradicional en Polonia, donde la mitad de la población vive en y del campo, y que ya contaba con representación en el anquilosado sistema anterior. Y en este mismo edificio del «Sejm», sin acomodo definitivo todavía, tiene su despacho, como vicepresidente del Senado o Cámara Alta, uno de los principales líderes del campo polaco: Jozef Slisz.
Cuando el juvenil Gombrowicz rastreaba en Varsovia, en medio de «caras abúlicas, apagadas, míseras, de indigencia paralizadora y pesadez eslava», a la vuelta de un viaje por Francia, «las huellas de esa falta de europeísmo, tratando de describir en qué consistía esa condición fronteriza de Polonia respecto a Europa» anotó en sus Recuerdos de Polonia, como un hecho diferencial de su país, «esas raras vestimentas, no europeas, exóticas». Al escritor que pasó un cuarto de siglo en Argentina y es hoy la estrella de la literatura polaca le hubiera chocado, sin duda, que el vicepresidente del Senado —un hombre alto y fuerte, de 56 años, tres hijos y dos nietos— vista una camisa amarilla sin corbata y use zapatillas deportivas. Pero en Polonia hoy las formalidades parecen superadas. Los nuevos ministros llevan jerseys y pantalones de pana. Slisz, además de propietario rural que cría ganado porcino, es el senador que más votos ha conquistado en las elecciones de junio. Político a la fuerza «por necesidad del guión», encarna esa voluntad polaca de origen rural que da ciertas características muy peculiares a este pueblo a los ojos del mundo. Quizá cuando Stalin dijo que «introducir el comunismo en Polonia es como ensillar una vaca» no andaba tan descaminado.
«Lo que tenemos que hacer es votar una nueva Constitución y convocar elecciones libres antes de que termine la actual legislatura, sin esperar los cuatro años reglamentarios. Sólo entonces la Cámara Baja representará la voluntad del electorado», dice de entrada este labriego madrugador, que no renuncia a cultivar sus quince hectáreas de tierra propia aunque debe compaginar su trabajo en el campo con las horas de estancia en el despacho del Senado -cuyas ventanas están abiertas, a pesar de la nieve del alféizar- y que se perfila como uno de los líderes más influyentes del campesinado.
Es cosa sabida que, en el paisaje diseñado por Stalin para el Este de Europa, el líder comunista polaco Gomulka se permitió hacer algunas correcciones. Los polacos no podían rechazar el imponente «Palacio de la Cultura y de las Ciencias», regalo del pueblo de la URSS, que, en la confluencia de las dos calles más importantes de Varsovia —Jerozolimskie y Marszaekowska— pone una desafortunada nota de «gótico estaliniano moscovita» a orillas del Vistula, ni impedir que se construyera una ciudad nueva —Nowa Huta— junto a la histórica Cracovia, para albergar en ella el ronco sonido de la mayor acería del país, aunque sin una sola iglesia, porque los obreros industriales iban a ser, de acuerdo con la nueva filosofía, «hombres nuevos».
Pero sí consiguieron, a partir de 1956, ciertas concesiones estratégicas por parte soviética, entre ellas el que subsistieran lo que el historiador Davies llama los tres elementos específicos del orden polaco: una Iglesia católica independiente, un campesinado libre y una curiosa especie de pluralismo político fáctico.
El campo libró la guerra errada de la supervivencia por su cuenta. Las granjas colectivas sólo se mantuvieron en los raros lugares donde constituían la solución menos mala, como en los inmensos territorios que antes habían formado parte de Alemania. Pero más del 80 por cien de las tierras cultivadas volvieron a la explotación privada. Como Jozef Slisz, miles de polacos siguen siendo propietarios de parcelas y ganado y constituyen el fermento natural de un poderoso movimiento.
Hay tres corrientes políticas fundamentales en el sector agrícola de Polonia: el antiguo Partido Campesino satélite del Partido Comunista; el grupo que formaban tradicionalmente los campesinos ligados al Partido Popular, y, por último, el colectivo de los campesinos afiliados a «Solidaridad», que, a partir de 1981, dirige este hombre tranquilo, de un cierto parecido físico con el actor Robert Mitchum. Estas dos últimas corrientes llevan las mismas siglas, PSL, pero Slisz ha añadido a su agrupación la palabra mágica -Solidaridad- que es como «la denominación de origen» de la oposición en Polonia.
«El pasado mes de noviembre, a invitación del Episcopado, las tres corrientes hemos celebrado una reunión para intentar el acercamiento del movimiento campesino, acordando crear una comisión que se encargará de preparar un congreso de unificación en el primer trimestre de 1990. Nosotros la queremos, por supuesto, y vamos a esforzarnos por conseguirla. A las elecciones locales de junio deberíamos ir ya unificados», dice el vicepresidente del Senado, quien, como Geremek, ve la situación muy fluida por la descomposición del Partido Comunista. «Haber colaborado con los comunistas es un descrédito para el futuro. De ahí la desbandada… Pero tenemos que proceder con delicadeza y hacer las reformas en un tiempo prolongado, para que los que controlan antiguas estructuras básicas del país, todavía en manos comunistas, como son el Ejército, la Policía secreta y la Policía política, no se sientan amenazados y no piensen que queremos hacer tabla rasa», señala Slisz.
La prudencia se ha convertido, tras los broncos acontecimientos del pasado, en una virtud polaca. El encuentro entre Jaruzelski y Walesa, después de ocho años de mutuo desdén, marcó la pauta a seguir. El general dejó para la crónica de aquella reanudación de relaciones una frase significativa: «Dos montañas no pueden encontrarse, pero dos hombres, sí.»
El caso es que Lech Walesa es ambas cosas, hombre y montaña a la vez. Renunciando a ser un «hombre de mármol», de acuerdo con la iconografía comunista que llevó al cine Andrej Wadja (hoy senador de «Solidaridad», cuya campaña electoral dirigió) ha preferido ser un hombre maleable, como alguno de los metales que el antiguo electricista manejaba en los astilleros de Gdansk. Ello posibilitó que en «la mesa redonda», sugerida por Mazowiecki, se impusiera la convivencia y no el resentimiento, que el negociador por parte del Gobierno, general Kiszczak —hoy ministro del Interior— pudiera decir que «sólo hay un vencedor: la nación» y que, como explica Slisz, «a pesar de que todos los que allí acudimos habíamos tenido problemas con la policía, saludáramos tranquilamente a quienes nos habían encarcelado y aceptáramos el diálogo.»
Las conversaciones de la mesa redonda abrieron la vía de la negociación y alumbraron el equilibrio que preside la actual vida polaca. «Todos aprendimos allí mucho, ellos también. Entre otras cosas evitar conflictos innecesarios, porque si nuestra política fracasara ahora, no saldría perjudicada sólo Polonia, sino otros países del Este de Europa», dice el vicepresidente del Senado.
La apelación a la prudencia está en todos los labios, incluso en los de los que tienen fama de más levantiscos, como Adam Michnik o su compañero en la fundación del KOR (Comité de Defensa de los Trabajadores), el hoy ministro de Trabajo Jacek Kuron. «La no violencia fue el medio más eficaz de lucha contra la tiranía», explica el medievalista Geremek, «cabeza de huevo» de «Solidaridad» y hoy hombre clave en el grupo parlamentario, que, si los vientos liberalizadores en materia económica tienen que soplar con fuerza, para sacar al país del pozo en que está metido, puede vivir más de un conflicto en su propio seno. Porque ¿sabe alguien cuál es la ideología dominante en «Solidaridad»? Un politólogo ilustre, de origen polaco, asesor del presidente norteamericano Carter, Zbigniew Brzezinski, dijo que, a la caída del comunismo, Hungría sería socialdemócrata y Polonia, demócrata-cristiana. Geremek explica que en «Solidaridad» hay más idearium democristiano que socialdemócrata, pero que el conglomerado presidido por Walesa no es sólo eso. «Es una composición de diferentes corrientes, y hay corrientes democráticas, liberales, socialdemócratas. Pero es, sobre todo, un movimiento que aglutina valores fundamentales antes que soluciones.»
Es el propio Geremek, mientras enciende su pipa, el que se pregunta: «¿Qué se quiere en primer lugar? ¿Una economía liberal o una economía que haga justicia a todo el mundo? Entonces es cuando aparecen las opciones de solución de programas, las orientaciones.»
De momento, averiguar cuántos partidos políticos se moverán en el mapa político de Polonia en el futuro no es algo que preocupe extraordinariamente a los dirigentes del país, asediados sobre todo por la grave crisis económica. «Ahora, dice Geremek, hay aquí menos partidos de los que había en España después de Franco, pero creo que vamos hacia la misma cifra. Tenemos unos treinta, pero son partidos de 40 o 50 miembros… El Partido Nacional cuenta con mil quinientos afiliados, y el socialista, con la mitad. Son más bien clubs políticos.»
Pero todos están de acuerdo en que las elecciones pasadas, para las que «Solidaridad» montó los Comités Cívicos, son un tanto atípicas. La normalidad parlamentaria impondrá los partidos políticos clásicos. Y hay un hombre en el Gobierno que tiene esa preocupación como oficio: Alexander Hall, uno de los siete ministros sin cartera de un Gabinete de 24, encargado de las relaciones del Gobierno con los partidos.
La revista Solidaridad, fundada en 1980 por Mazowiecki, silenciada tras el golpe militar y reaparecida este año, ha publicado en portada una foto de gran oportunidad periodística y política: la estatua levantada en Varsovia en honor de Dzierzynski, un noble polaco que colaboró estrechamente con Lenin y Stalin y tiene el dudoso honor de haber fundado la tenebrosa «checa», cae en pedazos al suelo cuando iba a ser trasladada de sitio a causa de las obras del metro. El «clic» fotográfico ha captado, una vez más, algo más que un suceso: es la Historia, con mayúsculas la que está al fondo de esta foto, obtenida como otra a propósito del traslado de la estatua de Lenin en Nowa Hutta, unos días más tarde, mientras los jóvenes aplaudían el derribo de los símbolos del pasado comunista.
Uno se imagina que Alexander Hall, que tiene 35 años de edad, va en jersey, es de Gdansk y pasó casi tres años en la clandestinidad, podría haber estado ayer en la calle, gritando contra Dzierzynski y su estatua en el momento del derribo, o escribiendo alguna de las pintadas antisoviéticas que se ven en las paredes de Varsovia. Pero ahora es ministro y tiene su tiempo ocupado en ir aclarando el rompecabezas de la política polaca, donde los partidos aún no son plenamente representativos, «Solidaridad» asume un exceso de representatividad y las fuerzas que durante 40 años han gobernado el país todavía no se han retirado de la escena.
«El camino hacia la democracia en Polonia es un camino atípico», asegura. «La fuerza principal que empuja hacia ella ha sido y sigue siendo Solidarnosc. Pero jamás ha sido un movimiento uniforme, que se pueda definir sin más como un sindicato. Es un movimiento en el que los factores sindicales se entremezclan con los nacionales, políticos y sociales, y que tiene su fundamento básico en el rechazo del sistema totalitario. Por ello resulta lógico que el desarrollo de los acontecimientos nos plantee nuevos desafíos. Uno de los principales es saber dónde termina el movimiento sindical y donde empieza el político, formado por los comités cívicos.»
Para Hall, es aún pronto para saber si en el futuro será posible preservar la unidad del movimiento sindical o si se producirá una divergencia de caminos entre los dos grupos. Dependerá en buena parte, según él, de que el Partido Comunista mantenga su poder de influencia en cuyo caso «Solidaridad» buscará su propia unidad- o no.
¿Cuál va a ser el mapa político definitivo? Hall explica que ya existe una veintena de grupos a los que se puede calificar de partidos, algunos de los cuales actúan desde dentro de «Solidaridad», y que tarde o temprano, habrá, como fuerzas dominantes, un socialismo socialdemócrata, un movimiento popular o campesino, y, más adelante, un bloque de centro derecha, algo así como la UPR francesa, con varias fuerzas políticas confederadas.
En Polonia, según este activista de «Solidaridad» metido a ministro, existe un marcado individualismo y unas ambiciones que no se pueden encerrar en una sola estructura política. Pero por encima de cualquier división sigue predominando la ruptura histórica entre quienes han presionado por un cambio hacia la democracia y quienes, aunque reformistas, han colaborado con el régimen comunista. «La gente se divide entre los que han colaborado y los que no han colaborado», dice Hall, «y si no fuera por esta línea divisoria entre leales al régimen y leales a la oposición, a los socialdemócratas de Solidarnosc les sería mucho más fácil encontrar una línea común con los reformistas del Partido Comunista que con los liberales radicales del movimiento sindical».
Aunque las cuestiones políticas parecen haber cedido el sello de urgencia a los asuntos económicos, el Ministerio sin cartera de Hall tiene como objetivo crear unas reglas de juego claras para que pueda expresarse el pluralismo político existente y desarrollarse de manera natural en el nuevo paisaje del país. Un paisaje que, según Alexander Hall, será en el futuro «una democracia parlamentaria sin más, si son sólo los polacos los que deciden su destino». Porque, a juicio del joven ministro, no está todavía definitivamente decidido el desarrollo de los acontecimientos en esta parte de Europa, sin que se pueda descartar la posibilidad de «desagradables sorpresas para Polonia».
No es Hall el único que expresa esta preocupación en esta Varsovia nevada que acaba de inaugurar un hotel de alto «standing» -el Marriott, norteamericano en todos sus detalles, que alza sus 40 pisos como contrapunto capitalista frente al desangelado Palacio de Stalin- y ve estos días sus tiendas «Pewes», donde sólo se compra con dólares, atiborradas de clientes. Michnik lo dice también y lo escribe, incluso, en su Gazeta Wyborcza. La vieja cuestión alemana parece haber renacido de pronto con sus «tics» antipolacos. Y en la otra frontera del país, en la URSS, los herederos de Sajarov no han ganado todavía toda definitivamente la batalla.
Pero, aunque los fantasmas del pasado no se hayan desvanecido del todo, la más preocupante guerra que hoy libra Polonia es, sin duda, la económica, que empieza a imponer duros sacrificios. El primer ministro lo ha dicho sin disimulo desde el primer día: «El periodo de los sacrificios va a durar varios años. El problema es lograr liberar la energía social mientras la vida de la población sigue siendo dura y continúa la escasez en el mercado. De ello depende el éxito. Por eso debemos partir hacia dos objetivos a la vez: primero, salir de la catástrofe económica y, segundo, realizar las transformaciones democráticas del Estado».
Estas palabras de Tadeus Mazowiecki hablan de la ardorosa preocupación de este hombre, que se negó a ser diputado, a pesar de la insistente petición que para ello le hizo Lech Walesa, y que después polemizó abiertamente con Michnik sobre la conveniencia de que Solidarnosc formase Gobierno. El que después sería primer ministro -y el primer «premier» no comunista de un país del Este europeo desde el final de la Segunda Guerra Mundial- defendía desde su semanario «solidaridad» que la oposición no debería participar en el Gobierno. Michnik, desde Gazeta, lanzó la fórmula finalmente aceptada que posibilitaba la cohabitación: «La jefatura del Estado, para ellos; el primer ministro, para nosotros.» Mazowiecki asumió la responsabilidad de gobernar, y tampoco resulta espectáculo menor ver por la televisión -contaminada por canales occidentales que pregonan las excelencias rítmicas de la lambada- a este antiguo deportado de Jaruzelski sentado al lado del general, en Moscú, rodeado de la élite de la nomenklatura comunista, mientras escucha las explicaciones de Gorbachov sobre la cumbre de Malta. No es extraño que tenga una evidente expresión de asombro: los comunistas eran sus enemigos. Pero como él ha declarado, de los comunistas que ocupan puestos de responsabilidad en la Administración polaca -que constituyen hoy por hoy un aparato difícilmente sustituible- espera «competencia y lealtad, lealtad para el Estado, independientemente de quien está actualmente en el poder».
Este Gobierno bisoño ha encarado con decisión los problemas del país y ha dicho algo que nadie deseaba oír: que con las reformas económicas en marcha, el paro es inevitable. El mito del pleno empleo, camuflado en empresas ineficientes, con alta inflación, muy baja productividad y una deuda de 40.000 millones de dólares, se ha venido abajo. Un Gobierno sostenido por obreros ha preparado un duro programa económico que empieza con estas rotundas palabras: «La economía polaca requiere cambios fundamentales con el fin de construir un sistema de mercado semejante al que existe en los países altamente desarrollados. Ello debe ocurrir rápidamente mediante operaciones radicales para reducir al máximo la etapa transitoria, muy difícil para la sociedad… Empezamos la transformación en unas condiciones extremadamente desfavorables, la economía está en un estado de desequilibrio que va agravándose, al borde de la bancarrota total de las finanzas del Estado. Desde hace años se hace cada vez más grave la catástrofe ecológica, la crisis de la vivienda, el peso de la deuda externa, la emigración económica de la generación más joven y más activa…»
El plan, del que son autores el viceprimer ministro Leszek Balcerowicz, un doctor en Ciencias Económicas formado en una universidad neoyorkina, ex comunista, que ya a finales de los setenta elaboró un programa de saneamiento económico que propugnaba la reconversión industrial y la economía de mercado, y el ministro Witold Trzeciakowski, principal experto económico de «Solidaridad», que preside el Consejo Económico y que, con el pelo al cepillo (como el economista José Luis Sampedro) es más bien un Fuentes Quintana de la economía polaca, no oculta ninguno de los problemas y aspira, pura y simplemente, primero a estabilizar la economía, y,
algorzata Niezabitowska, la portavoz: «Estamos cambiando este país, y eso va a llevar tiempo».
después, a hacerla competitiva y eficiente. Trzeciakowski nos recibió en su despacho silencioso de la sede del Gobierno -donde se apiñan la mayor parte de los ministerios con el café de rigor y la monótona letanía de las cifras. El plan busca la estabilización y el cambio de sistema, aunque cuenta con ciertas medidas de política social que suavicen la dureza de su aplicación. La ayuda extranjera será imprescindible, pero no ahorrará en ningún caso la austeridad que se ofrece, como medicina inevitable, a toda la sociedad polaca. «Tenemos buenas estadísticas, pero no es cuestión de estatísticas, sino de expectativas», nos dice este superviviente de la sublevación de Varsovia al que los nazis, que le hirieron en un brazo, le impidieron seguir su auténtica vocación, el piano.
Pero un plan económico de esta envergadura, que busca reducir una inflación vertiginosa (fue del 900 por 100 en 1989) a costa de congelar salarios, cerrar empresas no rentables y provocar el desempleo de 400.000 personas, no es precisamente La Polonesa. Balcerowicz al presentarlo, se enfrentó a fuertes críticas en el Parlamento, no sólo por parte de los diputados comunistas del POUP (Partido Obrero Unificado Polaco) -que acusaron al Gobierno de ocultar a la sociedad su auténtico objetivo, la restauración del capitalismo en Polonia, sino del sector socialdemócrata de «Solidaridad». Pero Lech Walesa, el árbitro de los actuales destinos polacos, ha echado una vez más la carne en el asador pidiendo el apoyo para lo que el órgano del POUP, Trybuna Ludu, califica de «experimento dictado por la presión de los medios financieros internacionales».
Pero el experimento no es sólo el audaz plan económico, sino todo lo que está sucediendo hoy en Polonia. Cuando le dije al adjunto a la portavoz del Gobierno, Henryk Wozniakowski, un periodista católico familiarizado con los clásicos españoles y que habla muy buen castellano, que para definir la situación polaca de crisis sirve un verso de Quevedo que dice «Ayer ha muerto, mañana no ha llegado», replicó: «Lástima que la poesía no siempre nos valga en la vida diaria, en la que nuestro compromiso está en el hoy, que tal vez no es el ayer ni tampoco el mañana, pero que es el día real con el que hay que saber enfrentarse». Al hacer historia de las dificultades del Gobierno Wozniakowski empieza por mencionar la propia composición del Ejecutivo, marcada por los grandes equilibrios, y, después, la inexperiencia de casi todo el nuevo equipo: <
En un fluido inglés perfeccionado en la Universidad de Harvard, donde disfrutó de una beca para periodistas profesionales, esta autora de un libro titulado Los judíos polacos contemporáneos, los últimos, publicado en Estados Unidos, Suiza y Alemania Federal, dice: «Es muy difícil explicarle a la gente que realmente estamos cambiando este país. Esto va a llevar tiempo, pero pa-* FEBRERO 1990 ra cambiar este país en profundidad necesitamos a toda la nación, necesitamos que la gente cambie su modo de pensar, su modo de trabajar…».
No es totalmente seguro que la poesía no sirva para la lucha diaria, como dice el adjunto a la portavoz. Los polacos, en las grandes ocasiones, echan mano a los poetas. Siguen el consejo de Mickiewicz, el poeta nacional, que, cuando no se ve el milagro recomienda: «Ten valor y mira el corazón de las cosas». Como las miró cuando volvió a su patria el último Premio Nobel polaco, Milosz, que mostró su apoyo a la lucha por la libertad y del cual están grabados en bronce, en Gdansk en los astilleros que han sido escenario de tantos combates, estos versos:
<<<No te sientas seguro. El poeta se acuerda. Le puedes matar, pero otro ocupará su puesto.>>>
En el año 1982, cuando la noche del general» se había adueñado de las calles, los jóvenes dejaban en las paredes esta inscripción: «El invierno es vuestro. La primavera nuestra». Un tal Andrzej Zagozda escribía en un periódico clandestino, desde la prisión de Bialoleka, un artículo estremecido invitando a la resistencia: «Tú sabes cuán punzante es el sentimiento de desolación. Pero sabes también, gracias a tu poeta favorito, que el alud modifica su curso según las rocas que encuentra. Y tú quieres ser la roca que modifica el curso de los acontecimintos.» Aquél Zagozda indomable se llamaba en realidad Adam Michnik y hoy es diputado en el «Sejm» y director del periódico que apoya a un Gobierno en el que su antiguo carcelero es ministro del Interior.
En este invierno de 1989, bajo la nieve desapacible, todavía es frecuente encontrar en muchos lugares de Varsovia un «poster>>> muy popular, que representa a Gary Cooper, como «sheriff» en la película Highnoon, con el rótulo rojo de Solidarnosc en la solapa. Los polacos quizá no saben que esa cinta se títulaba en España, por un capricho de los distribuidores, Sólo ante el peligro. Es un símbolo, otro más, que sale al paso del viajero en esta Polonia de hoy que, como ha dicho Lech Walesa, «no es una isla». Los polacos que, con «Solidaridad>> en la solapa, pretenden cambiar una Historia aciaga, siguen quizá ante el peligro, pero no están, ya, solos.