Una Europa no prevista, la de los inmigrantes

Ignacio Aréchaga

En 1993 la Comunidad Europea va a tirar los tabiques interiores de la casa común de los Doce. Pero siente ya la necesidad de poner puertas de seguridad en las fronteras exteriores, donde un número cada vez mayor de inmigrantes pugna por entrar. La CEE no tenía previsto armonizar las políticas de los distintos países en este sector. Pero todos empiezan a comprender que la inmigración planteará uno de los problemas sociales más importantes de este fin de siglo, lo cual exigirá una política común. De hecho, el Consejo de Ministros de la CEE dedicará su reunión del próximo octubre a este asunto.

Pero, ¿tiene motivos Europa para sentirse como «fortaleza asediada»? En los países de la CEE, residen legalmente unos 13 millones de extranjeros, de ellos unos ocho millones de extracomunitarios. Procedentes sobre todo de Africa y Asia. Respecto a los 325 millones de habitantes de la CEE. Los inmigrantes representan en torno al 4 por 100 de la población total, con máximos del 8,6 por 100 en Bélgica y del 7,6 por 100 en Alemania Federal.

En números absolutos, sería exagerado decir que se ha sobrepasado un «umbral de tolerancia». Si el fenómeno preocupa a los gobiernos, es porque se ha convertido en un flujo incontrolado y en gran parte clandestino. Además, mientras antes la inmigración era intraeuropea, ahora son mayoría los inmigrantes del Tercer Mundo, sobre todo de países islámicos, cuya integración plantea muchos más problemas. No en vano la defensa de la identidad étnico cultural es uno de los valores fuertes de nuestra época, y origen de los conflictos más persistentes y menos negociables. De este modo, la creciente sensibilidad social hacia la inmigración, ha convertido este asunto en un tema electoral, explotado con éxito en Francia por el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen (11 por 100 de los votos).

La brecha demográfica del Mediterráneo

El fenómeno de la inmigración parece destinado a intensificarse en el futuro, si se tiene en cuenta la brecha demográfica del Mediterráneo. Baste un dato: mientras Irlanda es el único país de la CEE donde el número de nacidos por mujer (2,4) asegura el relevo de generaciones, una mujer turca tiene una media de 4,6 hijos, índice que en los países del norte de Africa está en torno a los seis. Además ha surgido la incógnita del Este. La reconversión económica de los países ex-comunistas, va a exigir medidas de austeridad, con un aumento inicial del paro. Y es previsible que un contingente de ciudadanos del Este, opte por unirse a la caravana hacia el Oeste, antes que aguardar los frutos de la reforma en su patria.

En los países de la CEE, residen legalmente unos 13 millones de extranjeros, de ellos unos ocho millones de extracomunitarios.

La espita de la inmigración legal, ha estado casi cerrada desde la crisis económica de mediados de los años setenta. Pero el flujo ha continuado. Y como en los últimos años el paro de los inmigrantes ha comenzado a descender en Europa, la voz se ha corrido pronto más allá de las fronteras. Ahora, el grueso de los inmigrantes son familiares que vienen a reunirse con el ya instalado; inmigrantes clandestinos, que alimentan el tráfico de mano de obra; y los que se presentan como refugiados políticos, si bien en la mayor parte de los casos sólo huyen de la tiranía de la pobreza. De hecho, los «Doce», acaban de adoptar un acuerdo que establece nuevas reglas comunes para tratar de frenar estas peticiones de asilo: 216.000 en 1989, un 20 por 100 más que el año anterior.

Aunque la asimilación de los trabajadores extranjeros plantee problemas, la realidad es que Europa los necesita. En Francia constituyen el 6,5 por 100 de la población activa, y son una fuerza indispensable en sectores como obras públicas o automóvil. Tampoco la economía alemana ha podido prescindir de los «trabajadores huéspedes» (8 por 100 de los activos), la tercera parte turcos. Además, no se puede decir que los inmigrantes «roben» trabajo a nadie, ya que normalmente hacen tareas poco cualificadas para las que escasea la mano de obra nacional.

Modelos de integración

La Europa envejecida va a necesitar aún más en el futuro esta aportación de juventud. Desde 1985 al año 2000, en la CEE la población en edad de trabajar habrá tenido un leve aumento de cuatro millones; después será el crecimiento cero, a causa del fuerte descenso de natalidad de las dos últimas décadas. En cambio, en el conjunto de Turquía y norte de Africa la población de esa edad crecerá en 44 millones. En virtud de estos datos, cabe pensar que la presión migratoria hacia los países europeos será fortísima en las próximas décadas.

¿Cómo canalizar este flujo? Las políticas que se van imponiendo en los países de la CEE, concuerdan en luchar contra los inmigrantes clandestinos, a través de un mayor control en las fronteras y de sanciones más duras contra quienes los emplean (y a veces explotan). Italia, que ostenta el poco envidiable récord europeo de inmigración clandestina, acaba de ofrecer una amnistía, con la que se han puesto en regla más de 220.000 extranjeros. La alternativa es la expulsión del país. Al mismo tiempo, se va abriendo paso la idea de establecer como en Norteamérica un sistema de cuotas en la admisión de trabajadores extranjeros, de acuerdo con las necesidades del mercado laboral y las posibilidades de acogida.

Pero la experiencia enseña que ningún país democrático puede esperar resolver el problema de la inmigración sólo mediante rígidos controles en la frontera. La cuestión decisiva es cómo lograr la integración de los que ya están dentro y de los que inevitablemente llegarán. Europa debe decidir si está dispuesta a evolucionar hacia una sociedad multiétnica o si pretende considerar a los inmigrantes como trabajadores de paso. ¿Es posible su asimilación dentro de los valores de la identidad europea? ¿Desean ellos integrarse por completo? ¿Hay que verlos como trabajadores o como futuros europeos?

Ninguno de los modelos de asimilación de los inmigrantes seguidos hasta ahora en Europa ha resultado plenamente satisfactorio. El modelo francés, que ha apostado por la carta de la integración, está revelando sus limitaciones. Los chispazos de episodios de intolerancia en las zonas con mayor concentración de inmigrantes, la reciente polémica nacional sobre el uso del velo islámico en la escuela, o el hecho de que la construcción de mezquitas se convierta a veces en tema de debate electoral, indican un difuso temor a que la identidad nacional resulte amenazada por una población inmigrante que prefiere conservar sus costumbres.

A su vez, el modelo alemán, que ha tendido a ver a los inmigrantes como «trabajadores huéspedes» temporales, no ha favorecido la convivencia con las comunidades de millones de «Gastarbeiter». Ahora, con el relanzamiento de la identidad alemana, se da prioridad a los inmigrantes de origen germánico de los países del Este. Al mismo tiempo, el Gobierno intenta facilitar la integración de los inmigrantes instalados desde hace tiempo en el país (simplificando los requisitos para adquirir la nacionalidad) y prohibir la estancia prolongada de asalariados extracomunitarios.

Pero una cosa es adquirir la nacionalidad y otra cambiar de cultura y de mentalidad. Sin duda, Europa tendrá que acostumbrarse a respetar las diferencias. Pero, a veces, el «derecho a la diferencia» entra en colisión con otros derechos. Así, en un debate parlamentario en Francia, ya alguno pedía una ley contra… la poligamia.

Sería simplificador ver en esto una cuestión de racismo <<versus>> tolerancia. El racismo significa creer en la inferioridad de una raza. En cambio, la inmigración plantea un conflicto entre grupos que, aunque se reconozcan idéntica dignidad, permanecen profundamente divididos por diferencias de mentalidad, de costumbres, de valores. Europa está empezando a descubrir su propia <<cuestión étnica». Y está por ver si funcionará un «melting pot» europeo, capaz de asimilar razas y nacionalidades diversas, o si serán los inmigrantes quienes cambiarán lo que, hasta ahora, ha sido la identidad del Viejo Continente.