Rumanía: La trama roja (Entrevista con Doïna Cornea)

Doïna Cornea, figura emblemática de la resistencia al régimen de Ceaucescu, fue profesora asistente de Francés en la Universidad de Cluj (Transilvania) hasta 1983, año en que fue despedida. Tras una breve estancia en la cárcel a finales de 1987, fue perseguida por el antiguo régimen. Captada sin saberlo por el Frente de Salvación Nacional desde el 21 de diciembre de 1989, dimitió pocos días después. En la actualidad es una de las responsables de la Alianza Cívica y aboga por la vuelta al poder del rey Miguel. Ha expresado sus ideas en una serie de entrevistas concedidas a Michel Combes (Doïna Cornea, ¿libertad?, Criterion, 1990). Responde ahora a las preguntas del periodista y profesor Philippe Doucet.

Philippe Doucet

PHILIPPE Doucet.— Señora Cornea, ¿qué opina de la revolución rumana, un año y medio después de la caída de Ceaucescu?

Doïna Cornea.— A fines de 1989 la población rumana odiaba el régimen de Ceaucescu y y el comunismo en general. Estoy absolutamente convencida de que todos los que se echaron a la calle en Timisoara, Bucarest, Cluj, Brasov o Sibiu lo hicieron de forma espontánea. No imaginaban que existía una conspiración fomentada por otro grupo de comunistas que quería tomar el poder y hacerlo evolucionar en un sentido «gorbachoviano». ¡Una revolución de este tipo habría sido bien recibida diez años antes! A finales de 1989 los rumanos gritaban a la Securitate y al Ejército: «Matadnos y seremos libres», «fuera el comunismo». Los rumanos estaban desesperados y dispuestos a morir para terminar con el comunismo, aunque tuviera «un rostro humano». Pero los nuevos dirigentes no han respondido a las aspiraciones de la población; enseguida buscaron el apoyo del Sr. Gorbachov. No se han roto los lazos con el sistema comunista. Rumanía ha perdido una oportunidad.

Ph.D.— Según su opinión, ¿hasta qué punto la Unión Soviética ha «teledirigido» la revolución?

D.C.— Se han dicho muchas cosas sobre el desarrollo de los acontecimientos; por ejemplo, que agentes soviéticos habrían actuado en Timisoara. No tengo informaciones precisas para refutar o confirmar este hecho. Pero lo que sí puedo decir, pues lo he visto, es que el 26 de diciembre, a raíz de la primera reunión del Consejo Nacional del Frente de Salvación Nacional, en Budapest, y a principios del mes de enero de 1990, durante la segunda y tercera reunión de dicho Consejo, el señor Iliescu habló por teléfono muchas veces con el Sr. Gorbachov. Cada vez que lo hacía volvía a la reunión con una sonrisa en los labios, satisfecho, y nos decía: «Gorbachov está muy interesado por la evolución de nuestra revolución». De hecho, ¡lo que interesaba a Gorbachov era saber quién inspiraba y controlaba esta revolución;

Puedo darle otro indicio de ello: desde el primer día, el 22 de diciembre, la masa en la calle llamaba a la oposición y exigía que pudiera hablar. La reacción de los señores Iliescu, Brucan y Militaru no se hizo esperar: para intimidar a la población, estos tres personajes pretendieron hacer creer que Ceaucescu había formado un ejército de leales, de «terroristas», dispuestos a tomar el poder y a hacer reinar el terror. El nuevo equipo, recién instalado, justificaba con esta amenaza el haber pedido ayuda a los rusos.

Las unidades del ejército de Transilvania estacionadas en Cluj y en Oradia —yo estaba en estas ciudades los días 22 y 23 de diciembre— se escandalizaban de estar acuarteladas cuando las autoridades rumanas pedían ayuda a los soviéticos. Los militares estaban furiosos: «Dejadnos salir de los cuarteles», decían; «acabaremos con los terroristas». No entendían nada de lo que estaba pasando.

Por otra parte, el 26 de diciembre tuve una entrevista con el embajador de Francia en Rumanía, el señor Jean-Marie de Breton. Estaba muy extrañado de que los nuevos dirigentes hubieran rechazado la propuesta francesa de enviar unidades paracaidistas especializadas para luchar contra el terrorismo —unidades que, según él, podían liquidar a todos los «terroristas» en pocas horas—. Pero más tarde Iliescu y sus acólitos dejaron de pedir ayuda soviética…

Ph.D.— ¿Qué pervive aún del sistema comunista en Rumanía?

D.C.— Por donde quiera que pasa el comunismo actúa como un fuego devastador. No sólo destruye las instituciones y las referencias morales, sino también el alma de los individuos, los valores espirituales, es decir, lo que a mis ojos es esencial. Con Ceaucescu nuestras instituciones eran inexistentes; no estaban regidas por normas propias, por normas objetivas; carecían de independencia, nada que se parezca, por ejemplo, a la «separación de poderes» occidental. Todas estaban sojuzgadas por principios ideológicos y políticos. Sólo había una excepción: la Securitate, que, desde un punto de vista orgánico, era realmente independiente, ¡pues sólo rendía cuentas a la oligarquía reinante!

El temor ha hecho de los rumanos esclavos sin conciencia. Están atacados por el mal comunista, y ni siquiera yo puedo estar segura de no estar contaminada. Los más marcados son los que han participado en el poder: todavía están impregnados de una mentalidad totalitaria y siguen en sus puestos. Puedo darle algunos nombres: los señores Birladeanu, Ursu, Magureanu, el mismo Iliescu, por no hablar de los numerosos miembros de la Securitate: los «securistas». Lo repito: todos conservan estructuras mentales adquiridas durante el período comunista.

Ph.D.— ¿Cómo se ejerce la represión actualmente en Rumanía?

D.C.— La represión es más peligrosa hoy en día porque es imprevisible. Con Ceaucescu existían al menos unas reglas del juego bien conocidas: una injusticia total, pero bien delimitada. Ahora uno sale a la calle y es golpeado por ser periodista.

Ph.D.— ¿Qué libertades le parecen más amenazadas?

D.C.— ¡Todas están amenazadas! Tomemos el ejemplo de los periodistas: las autoridades afirman que pueden realizar su trabajo sin ningún tipo de restricción, pero no dudan en llamar a unidades militares para molerlos a palos. Hay una contradicción absoluta entre las libertades formales y el respeto a su ejercicio.

Ph.D.— ¿Cree que el Gobierno actual podría enviar de nuevo a «mineros» para mantener el orden, como hizo en junio de 1990 en Bucarest contra los estudiantes y otros «golans»?

D.C.— Sí, y puede incluso inventar otras bajezas… Por ejemplo, en Baia Mare, una ciudad del norte, los católicos de rito griego se estaban manifestando ante la catedral ortodoxa para obtener la construcción de su propia iglesia. Tras varios días de manifestaciones vieron salir por la puerta principal a unos «seminaristas» muy curiosos que empezaron a golpearlos… ¡con sus cruces! ¿Conoce a muchos religiosos que se sirvan así de las cruces? Estos «seminaristas», que según se decía venían de Sibiu, habrían herido al hermano del obispo greco-católico de Baia Mare, Monseñor Lucian.

Ph.D.— ¿Cuántas personas cree que trabajan para la Securitate, llamada desde finales de marzo de 1990 Servicio Rumano de Información (SRI)?

D.C.— Lo ignoro, pero son muchas: de todos los «servicios» comparables en el Este, Rumanía era la mejor dotada. Ion Pacepa, antiguo jefe de los servicios secretos rumanos que pasó a Occidente en 1975, da una cifra de XXX en su libro Horizons rouges. Incluso si esta estimación es exagerada, da una idea de la amplitud del fenómeno. Además, antiguos miembros de la Securitate conservan muchos archivos personales de los que están hoy en puestos clave.

Los occidentales no se dan cuenta de la gravedad de esta situación. Para ellos este sistema es tolerable porque creen que es la única alternativa al comunismo.

Ph.D.— ¿Es que Occidente carece de lucidez?

D.C.— Estoy muy decepcionada con las reacciones occidentales, sobre todo con la del Consejo de Europa, que ha concedido el estatuto de invitado especial al Gobierno rumano. ¡Los europeos han llegado a condecorar a Iliescu y a Roman! Y sin embargo, tres días después de este reconocimiento el Gobierno rumano suprimió el programa de televisión reservado a los partidos políticos (media hora, tres veces por semana) y redujo a la mitad las emisiones reservadas a las minorías nacionales…

Ph.D.— ¿Qué opina de la actitud francesa ante los señores Iliescu y Roman?

D.C.— Sus dirigentes han sido demasiado indulgentes con los actos cometidos desde la revolución.

Ph.D.— ¿Qué países del Este y del Oeste comprenden mejor el esfuerzo de Rumanía para acceder a un sistema democrático?

D.C.— Polonia, Checoslovaquia y Hungría entienden nuestra situación. Bulgaria, probablemente, también. En Yugoslavia existen igualmente fuerzas que quieren desembarazarse del sistema comunista y son nuestros aliados. Gran Bretaña no se ha dado prisa en reconocer al nuevo régimen. Los Países Bajos y los nórdicos también se han mostrado muy reservados.

Ph.D.— ¿El Gobierno actual está dividido en «antiguos» y «modernos», formados a veces en el extranjero como Petre Roman?

D.C.— Petre Roman habría podido distanciarse del resto del Gobierno, pero no ha querido; muy al contrario, ha sido cómplice de todas las violencias y mentiras inventadas por el antiguo equipo.

Ph.D.— ¿No ha tenido miedo de las consecuencias?

D.C.— Si ha sido así, afirmo: ¡Rumanía no necesita a ministros que tienen miedo! Si el señor Petre Roman tiene ene miedo, ¡que ceda su puesto! No ha propuesto ninguna solución de recambio al comunismo. Mire la administración: en las grandes ciudades ha restablecido la antigua prefectura, pero el contenido de la institución sigue siendo el mismo que con Ceaucescu.

Tras la revolución se celebraron elecciones. En muchos departamentos se eligió a alcaldes y a prefectos sin vínculos con el comunismo, a pesar de la intimidación ejercida sobre la población por los antiguos miembros de la Securitate enviados por el Gobierno. En Cluj elegimos a un prefecto y a un alcalde, el señor Sherban, no comunistas; esto no gustó a Petre Roman. Entonces los apartó de sus puestos y nombró a sus propios prefectos, todos cuadros de la antigua nomenklatura. Ahora tenemos en Cluj como prefecto a un señor que antaño se encargaba de censurar la prensa y los libros, y como alcalde al señor Campeanu, antiguo director de la mayor empresa local. El 21 de diciembre de 1989 se distinguió tratando de impedir que los obreros se manifestaran contra Ceaucescu, y, peor aún, avisó a la Securitate. En muchas comunidades rurales la persona que era alcalde antes de la revolución vuelve a estar en su puesto.

Ph.D.— ¿Qué otros aspectos de la herencia comunista se han conservado?

D.C.— El sistema judicial, por ejemplo. Nuestra justicia se copió del modelo soviético estalinista; sigue siendo ejercida por los responsables de la «fiscalía» civil y militar. Los detenidos tras la intervención de «los mineros» fueron entregados a la fiscalía militar.

El fiscal de Cluj que nos detuvo a mi hijo y a mí tras los acontecimientos de Brasov ¡sigue en su puesto con Ion Iliescu! ¿Cómo quiere usted que sea imparcial en los interrogatorios sobre sus amigos? Cuando estuve en prisión constaté hasta qué punto la fiscalía dependía de la Securitate.

Ph.D—. ¿A qué teme más Ion Iliescu?

D.C.— Ante todo a un movimiento popular. El 8 de febrero, cuando los ferroviarios dejaron de trabajar, el Gobierno temió que la huelga se generalizara. ¿Cómo reaccionó? Haciendo votar en el Parlamento una ley-la número 15- que regula el derecho de huelga de forma muy estricta. Una vez votada y publicada en el Boletín Oficial el 11 de febrero, ¡fue aplicada por el Tribunal Supremo ese mismo día y con efectos retroactivos! La forma que tienen las instituciones de cooperar entre sí en el mismo sentido represivo pone de manifiesto una vez más que el comunismo no ha muerto…

Ph.D.— ¿Qué opinión tiene sobre la personalidad de Ion Iliescu?

D.C.— A primera vista, es un hombre amable. Pero cuando uno le conoce mejor, descubre que su sonrisa es un estereotipo y que no es sincera. Al principio confiaba en él. Y fue utilizada de tapadera frente a todos los viejos comunistas.

Creo que también él tiene miedo, incluso más que Petre Roman.

Ph.D.— ¿De qué o de quién tiene miedo?

D.C.— De su conciencia, de todos los que quieren quitarle el puesto y de los jueces: algún día tendrá que rendir cuentas de todas las exacciones que ha cometido, como la llamada a los «mineros» para.aplastar a manifestantes inofensivos.

Ph.D.— ¿Qué papel ha desempeñado el enigmático Gelu Voican?

D.C.— No lo conocía antes de la revolución. Lo descubrí en el Consejo. Nunca me saludó ni me habló de forma espontánea. Lo miraba y él a mí. Pero no tuve la necesidad de abordarle. Su personalidad me parece extraña. Se dice que es un hombre culto, que carece de vínculos con la antigua nomenklatura y que es un apasionado de la filosofía oriental. Pero lo he visto mezclado en acontecimientos muy duros, como la matanza de los Ceaucescu. Siempre está presente en los acontecimientos dramáticos.

Ph.D.— ¿Qué opina del fin del matrimonio Ceaucescu?

D.C.— Es claro que fueron «liquidados». Cuando Nicolae Ceaucescu hablaba de una «conspiración del extranjero» no entendíamos lo que quería decir. Pensábamos en los húngaros, en Occidente, y ¡no en la Unión Soviética!

Ph.D.— ¿Cuál es la influencia real de la URSS en el Gobierno rumano? Se habla de que ambos países han firmado un tratado militar…

D.C.— Es cierto, pero no se ha publicado el contenido de dicho tratado. Desde mi punto de vista, se trata de una política exterior criminal. Mientras que los rumanos quieren volverse a Occidente, los gobernantes nos echan en brazos de la URSS. Esta reacción traiciona la preocupación esencial actual: acaparar el poder con el apoyo soviético.

Ph.D.— Al margen de Ion Iliescu, Petre Roman y sus colegas, ¿quién podría gobernar el país?

D.C.— El peor jefe del peor partido de la oposición podría sustituir a cualquier miembro del equipo actual y lo haría mejor. Para mí la verdadera alternativa al comunismo es la restauración de la monarquía: es una garantía de ruptura con la Unión Soviética.

Ph.D.— ¿Cree que el rey Miguel, despojado del trono por los comunistas en 1947, tiene alguna oportunidad de volver? ¿Ha tenido contactos con él?

D.C.— Sólo he estado con él una vez, pero hemos hablado mucho por teléfono. Su lealtad es la mejor garantía para que se produzca la purificación, tan necesaria, de la sociedad rumana.

Ph.D.— ¿Podría ser más precisa?

D.C.— No se trata de castigar a cientos de miles de personas, sino de privarles de su capacidad de hacer daño.

Ph.D.— ¿Tiene partidarios el rey Miguel en la sociedad civil rumana?

D.C.— Sí. Al rey lo apoyan, sobre todo, ciertos partidos de la oposición a los que el poder quiere acallar.

Ph.D.— ¿Hay otros elementos de la sociedad civil de donde podría salir una solución democrática?

D.C.— Por supuesto que sí. Sobre todo desde la creación de lo que llamamos los Foros democráticos anti-totalitarios. Representan una especie de frente unido entre los partidos de la oposición. A mediados de marzo se reunieron los jefes de todos esos partidos. También se invitó a esta reunión a otras organizaciones como la Alianza Cívica y el UDMR, el partido de los húngaros.

Los partidos de la oposición deben formar la «unión sagrada» mediante actos y listas comunes. En Rumanía sólo hay dos bandos: los partidarios del cripto-comunismo y del totalitarismo, por un lado, y las fuerzas democráticas, por otro.

Ph.D.— ¿Qué diferencia existe entre estos Foros y la Alianza Cívica, de la que usted es una de las principales responsables?

D.C.— La Alianza Cívica no es un partido. Apoya a los Foros y a todos los partidos estructurados. Su coordinador es el señor Mijail Sora.

Ph.D.— ¿Se dice que usted está cerca del Partido Nacional Campesino. ¿Es cierto?

D.C.— No pertenezco a este partido, pero tiene todas mis simpatías. Su trayectoria política es irreprochable.

Ph.D.— ¿Cree que su comportamiento es mejor que el de los otros dos partidos principales, el Partido Nacional Liberal y el Partido Social-Demócrata?

D.C.— Al Partido Social-Demócrata le cuesta mucho imponerse. Aprecio a su Presidente, el señor Cunescu. Es un hombre valiente que vive bajo una amenaza constante, pues está impidiendo que el Frente de Salvación Nacional sea reconocido por el Movimiento Internacional Social Demócrata.

El Partido Nacional Liberal está dirigido por Radu Campeanu. Está dividido en dos grandes corrientes desde antes de la guerra. El señor Campeanu sigue la tradición de Tatarescu —tendencia que consiste en colaborar con el adversario— más que la de Bratianu, un hombre más intransigente. Como la mayoría del electorado, creo que la actitud del señor Campeanu es condenable.

Ph.D.— ¿Qué políticos rumanos del actual Gobierno o de la oposición podrían desempeñar un papel importante en un futuro próximo?

D.C.— En el Gobierno me ha impresionado favorablemente el ministro de Economía y Finanzas, señor Stolojan: es partidario de acelerar las reformas.

Pero ante todo quisiera citar los nombres que representan a las fuerzas auténticamente democráticas. Estoy pensando, en primer lugar, en el rey Miguel; después, en el señor Coposu, muy viejo pero muy lúcido; también en el señor Cunescu. En la Alianza Cívica están los señores Lora y Paléologue, aunque este último vive en Francia. Entre los más jóvenes, los señores Manucu y Marian Monteanu, un joven inteligente y decidido que me ha causado una impresión muy buena, y, por último, Mijail Georghiu. Ante todas estas personas, Iluescu debería dimitir.

Ph.D.— ¿Cree que los problemas económicos de Rumanía están en vías de resolverse?

D.C.— En primer lugar está ocurriendo algo muy bueno, la tierra se está devolviendo a los campesinos. La agricultura rumana pasa de una economía colectivista a un sistema privado.

El resto sigue siendo una mascarada. Se han atrasado las reformas en la industria para que los neo-comunistas tengan tiempo de apoderarse del mando.

Todavía no lo han conseguido, incluso multiplicando las «compañías autónomas». ¡Otra vez un nombre nuevo para el antiguo centralismo! Por el momento, el Estado sigue siendo el único accionista de la industria.

Ph.D.— ¿Se asiste, como en otros países, otrora comunistas, al nacimiento de una «mafia» económica?

D.C.— Sí, por supuesto. Una «mafia» ligada a la dirección política del régimen que intenta acaparar el poder económico en su propio interés.

Ph.D.— ¿Se está encaminando la Moldavia soviética, poblada en un 70% por rumanos, a la secesión, a semejanza de los países bálticos? ¿Podría el Gobierno rumano apoyar su lucha por la independencia?

D.C.— La población rumana apoya esta secesión, pero no el Gobierno. Por solidaridad, yo misma, como muchos de mis compatriotas, he pedido la ciudadanía moldava. ¡No los señores Iliescu y Roman! Iliescu dijo en uno de sus discursos que los moldavos soviéticos eran «nuestros vecinos», pero no los llamó «hermanos». El señor Iliescu no quiere tener problemas con Moscú.

Ph.D.— ¿Alcanzará Moldavia la independencia a corto plazo?

D.C.— Sin apoyo exterior me parece difícil. La evolución de los países bálticos, así como la de Ucrania, Georgia y Armenia, será determinante.

Ph.D.— ¿Qué países son para usted un modelo político?

D.C.— Como le acabo de decir, soy monárquica; por ello respeto a Gran Bretaña, Noruega, Dinamarca…

Ph.D.— ¿A qué personajes de la historia reciente admira?

D.C.— En primer lugar a Vaclav Havel. También a Margaret Thatcher; me han impresionado mucho la fuerza y la voluntad que ha puesto de manifiesto cuando estaba en el poder. Ha contribuido mucho a la restauración del prestigio de su país. Y puede también imaginar que me siento muy solidaria con el rey Miguel, por la rectitud que ha demostrado en las dolorosas circunstancias a las que se ha visto sometido.

(Entrevista reproducida con permiso de la revista Politique Internationale.)