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Conocí a Tzvetan Todorov cuando yo organizaba el Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo que se habría de celebrar en Madrid, en los días del 20 al 25 de junio de 1983, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el mundo de los estudios de la lengua española, su literatura y su cultura, se había difundido la etiqueta de semiótica como un término de ponderación: cualquier cosa era pura semiótica, aunque se tratara de un trabajo filológico de la venerable escuela española de filología de Menéndez Pidal o una investigación historiográfica de la literatura al modo de Valbuena Prat. Era precisa una clarificación y para conseguirla convoqué a un conjunto de autoridades en los campos del estructuralismo y la semiótica como ponentes de una reunión de profesores tutti quanti del mundo del hispanismo. Claude Brémond, Gianfranco Bettetini, Umberto Eco, Roman Jakobson, Iuri Lotman, Cesare Segre, Harald Weinrich y Tzvetan Todorov recibieron invitación. Roman Jakobson falleció antes de la celebración del congreso, Umberto Eco no pudo aceptar porque tenía previamente concertado un compromiso en Estados Unidos, Iuri Lotman (Oh tempora! Oh mores!) se vio impedido de viajar porque las autoridades soviéticas se lo prohibieron, aunque, eso sí, me ofrecieron a través de la embajada mandarme un sustituto elegido por ellas (yo no acepté). Todos los demás acudieron.

Todorov, que era doctor en Psicología y que en Francia había comenzado sus pasos con el semiólogo Roland Barthes, era ya notorio sobre todo por la claridad con la que había dado a conocer la entonces cuestión clave del paso de los estudios de literatura desde la pregunta ¿quién escribe la literatura? y ¿en qué circunstancia? a la cuestión de ¿cómo se fabrica la literatura? Desde la historia y el impresionismo a la ciencia, a la poética. Su antología y traducción titulada Teoría de la literatura. Textos de los formalistas rusos (1965) divulgó en Occidente lo que se había producido al respecto en el círculo lingüístico de Moscú y en el opoiazde San Petersburgo a principios de siglo XX.

Estamos hablando de estructuralismo, pero también de semiótica, ya que hay cierta semiótica que, a la pregunta de cómo se produce el sentido, señala que la estructura que se advierte en un discurso no es otra cosa que el código en que se cifra el mensaje en cuestión. En fin, Todorov tenía ya una docena de libros sobre estructuralismo, semiótica o también poética (puesto que versaban sobre literatura). O, dicho de otra manera, semiótica literaria o poética estructural. Incluso retórica. En 1988 traduje lo principal de su estudio sobre género literario en mi antología de Teoría de los géneros (Madrid, Arco/Libro). Un año antes daba a conocer su ponencia «Sobre el conocimiento semiótico» del congreso de Madrid en el volumen titulado La crisis de la literariedad (Taurus), compuesto por diez de nuestras intervenciones.

Pero lo que interesará al público general no será seguramente esta prehistoria técnica, sino el nuevo paso que estaba dando desde la pregunta de cómo se fabrica a la cuestión de qué se trata, qué significa, qué trascendencia ética tiene. Y esto, no solo con respecto a la literatura, sino a la cultura en general. Cuando todavía el marxismo era la cosmovisión dominante e intocable de los departamentos de humanidades en Occidente, Todorov advierte en el congreso de Madrid:

En los países comunistas se llega incluso a esa proeza que consiste en la determinación recíproca de la ciencia y de la moral: la ciencia es buena porque la doctrina que le proporciona sus conceptos y sus preceptos es justa; pero dicha doctrina es a su vez buena porque es científica (página 38).

En aquellos días le pregunté por cuáles serían los siguientes pasos en su trabajo y me dijo que se iba a dejar de tecnicismos y practicar el servicio de procurar leer inteligentemente textos inteligentes cuya recuperada vigencia pudiera ser útil a los demás. No sabía yo en ese momento que acababa de publicar La conquista de América. La cuestión del otro, sobre el encuentro entre culturas.

Desde entonces, más de treinta libros que interpretan textos del pasado y del presente sacan a la superficie inquietantes cuestiones morales. Todorov no es de los que aceptan sin más la bondad de la economía capitalista y la democracia liberal «que relega toda idea del bien al ámbito privado y solo reserva al ámbito público la gestión eficaz de los asuntos cotidianos». No cree, por ejemplo, que a los ciudadanos les sea indiferente la conducta moral de los políticos. En Insumisos (2015) dice:

Los ciudadanos del país son seres humanos con necesidades materiales y espirituales, desean que los individuos que, en un momento dado, representan el Estado abran perspectivas, señalen un horizonte e identifiquen el sentido global de la actividad pública que han emprendido. Ahora bien, a este respecto no se puede fingir durante mucho tiempo. Si Francia sigue respetando al general De Gaulle, no es porque se crea que todas sus iniciativas eran buenas, sino porque parecía ser un hombre que actuaba en nombre de un ideal, el bien común de su patria, que estaba por encima de sus intereses personales (página 19).

En realidad, Todorov no abandonó la semiótica, sino que dio tempranamente el paso que yo pronosticaba por aquel entonces. En aquel momento, semiótica era en muchas instancias un término que se utilizaba en vano, pero el tomar conciencia de la importancia de la instancia comunicativa en todo fenómeno cultural es algo tan necesario que se adivinaba ya su triunfo, el éxito de desaparecer como nombre para estar presente en todas partes como sensibilidad. Así aparece en su extensa bibliografía.

En nuestras sociedades del sentimentalismo huero y el espectáculo por el espectáculo, la guía de quien presta atención a la interpretación es un seguro contra la superficialidad, el mal de nuestro tiempo. He ahí el legado de Tzvetan Todorov.


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Filólogo. Profesor de Investigación del CSIC (ILLA-CCHS). Catedrático de Universidad. Presidente del Comité Científico Asesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Editor de Nueva Revista.