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Por sugerencia de editorial Rialp, Luis Alberto de Cuenca reúne en un volumen cuatro trabajos «procedentes de conferencias y de artículos dispersos por acá y por allá», entre los que se encuentran algunas de las excelentes páginas que escribió para el número de Nueva Revista que se tituló La Biblioteca de Occidente. Es este volumen un librito mínimo de valor máximo, un prontuario de autoayuda para adquirir la sana pasión por la literatura. No es un tratado ni un ensayo ni una reflexión. La obra pertenece al género testimonio.

Todos los caminos conducen a la literatura, pero no a través de un itinerario prefijado y acartonado, sino por la suerte que cabe a un niño, un adolescente, un hombre de la segunda mitad del siglo XX que nace en una casa con biblioteca y de padres lectores y cuya afición por la lectura es un don y una gracia. Por eso, el paso de los tebeos de niño a los clásicos cuyo catálogo se ofrecía ordenado en los libros de texto de su bachillerato no es un salto en el vacío. Ciertamente, aquellas aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín publicadas por la editorial Valenciana no tienen nada que ver en hondura humana ni en penetración de caracteres (es un decir) con la Ilíada (la temprana pasión por el mundo grecolatino es otra característica de Luis Alberto), pero sí con esa razón por la que a unos les gusta contar historias y transmitir emociones y a otros les gusta oírlas y recibirlas. Es verdad que en el momento crítico de la aventura de Roberto Alcázar, cuando la situación era desesperada, siempre Roberto razonaba tiene que haber un resorte por alguna parte y. en efecto, en la viñeta siguiente, un puntito negro con la leyenda «resorte» confirmaba su presentimiento. Cabe distanciarse pedantescamente de esto mediante el sarcasmo y cabe también mantenerlo como ingreso en el fabuloso mundo de lo naíf. La pasión por la literatura (que tiene que ver con el hondón de lo humano) está por la segunda opción.

No soy aficionado a las novelas de caballerías (en ellas yo nunca he sabido vencer la distancia), pero comprendo a Luis Alberto cuando escribe: «El Amadís fue para mí una biblia, un catecismo, un libro sagrado. Lo he leído después (en la edición de Place en cuatro volúmenes auspiciada por el CSIC) y me ha seguido emocionando, tanto o más que la primera vez. Yo creo que porque sus caminos vienen de más allá y llevan a ninguna parte» (p. 30). Solamente literatura

El viaje por la excelencia literaria a través de la historia, que emprendemos a continuación de la mano de Luis Alberto, nos lleva a Ramayana, Ilíada, Eneida, Bucólicas, Metamorfosis de Ovidio, Chanson de Roland, Cantar de Mio Cid, Los Nibelungos, Divina Comedia, Cancionero de Petrarca, Coplas a la muerte de su padre, Gargantúa y Pantagruel, Poesías de Garcilaso, Poesías de san Juan de la Cruz, Hamlet, Balada de un viejo marino de Coleridge, Cuentos de Poe, Hojas de hierba, Prosas profanas. No diría yo que, puesto a escoger la veintena de obras más excelentes que conozco, fuera esta lista la que me resultara. Ni mucho menos. Digo, en cambio, que, puesto a decir de cuál prescindiría para sustituirla por otra más adecuada, me encontraría en un grave aprieto. A la pregunta de cuáles son las obras literarias que más te gustan, yo tendría que contestar que depende del momento, la situación, el estado de ánimo. Por eso, me resulta tan atractivo este paseo por los textos en el que el poeta Luis Alberto de Cuenca nos habla de su encuentro con grandes obras, evocando la situación de lectura, la reacción que le provocó, las características de edición con las que se produjo ese encuentro…, la casualidad que dio como resultado esa emoción que se llama literatura.

La pasión por la literatura conduce al libro y a la biblioteca. El capitulito dedicado a la mítica Biblioteca de Alejandría tiene cabida aquí para inundar con el perfume de su exquisita leyenda el inicio mismo donde el «almacén de libros» se transmuta en otra cosa, que es fundamental en esa institución que en los siglos XIX y XX se conoce como literatura, toda una institución, en efecto, volcada en el molde de una palabra, litterae (letras, cartas, cosas escritas), que en alguna ocasión suelta se había aproximado ya a este sentido en el siglo icuando aparece en el libro II de los Artis rhetoricae libri XII del hispano latino Marco Fabio Quintiliano.

Y, para terminar, el héroe. La fascinación por la literatura no es tal si no va acompañada por la fascinación por el héroe, el personaje que marcha implacable al cumplimiento de su destino. Luis Alberto de Cuenca construye un relato primoroso con trazos dispersos de la historia heroica medieval que ha desembocado, ¡ay!, en la Europa que ahora contemplamos. Desde el heroísmo a lo divino de san Benito cuyos monasterios constituyeron el reservorio fundamental para la cultura europea, pasando por Casiodoro, Carlomagno, las cruzadas (Godofredo de Bouillón) hasta san Luis de Francia, que es contrafigura acabada de lo políticamente correcto. Termina el capítulo con la inclusión del poema «San Luis» de Julio Martínez Mesanza:

Hay algo noble en todas las espadas.
Hay algo noble en todos los jinetes.
Y espadas nobles hay en manos regias,
y audaces horas, y monarcas santos
que cabalgan enfermos, poseídos
por una gracia que el temor derroca.
Ellos nunca quisieron ser los dioses,
pues Dios era su acción y su vigilia.
Hay espadas que empuña el entusiasmo,
y jinetes de luz en la hora oscura.

Luis Alberto de Cuenca nos invita con este librito a un paseo por el mundo fascinante de la imaginación y la emoción humana que todavía nos es dado experimentar. Si uno analiza las conversaciones de móvil que nos circundan y los emoticonos con que nos han respondido, quizás hace un momento, un delicado mensaje recién enviado, parece mentira que eso sea posible. Pero lo es.


Luis Alberto de Cuenca: Los caminos de la literatura. Rialp («Breves»), Madrid, 2015, 119 págs., 9 euros.


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Filólogo. Profesor de Investigación del CSIC (ILLA-CCHS). Catedrático de Universidad. Presidente del Comité Científico Asesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Editor de Nueva Revista.