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Dicen los sociólogos que existen más semejanzas entre los millennials considerados a escala global, que entre estos y los miembros de la Generación X en un mismo país. Este dato no está contenido en La democracia en Europa, el último libro de Daniel Innerarity, pero fenómenos de este tipo son los que llenan de razón al autor en lo que argumenta a lo largo de su extenso y lúcido ensayo.

Vivimos en un mundo cambiante, caracterizado por las interdependencias y por la existencia de densas relaciones transnacionales. Este hecho, que resulta contundente en muchos ámbitos —tecnológico, sociedad del conocimiento, mercados y economía, medioambiente, etc.—, se está abriendo paso en la política. Europa, concretamente, es el espacio político donde esta adaptación de la democracia a la realidad social se encuentra en estado más avanzado. El proyecto europeo representa, por ello, una realización inédita en la historia política de la humanidad.

Sin embargo, como proyecto político, es una aventura sujeta a la contingencia. La UE puede continuar avanzando en su recorrido, pero puede descarrilar. Para que esto no suceda, es preciso, antes que nada, entenderla como una realidad política transnacional.

Ante el escepticismo que despierta Europa en muchos actores sociales y políticos, el autor insiste en que no nos encontramos ante un déficit de democracia, como denuncian algunos, sino de inteligibilidad. Muchas de las críticas que se vierten sobre la ue se deben a que no se han comprendido las exigencias políticas de lo que Innerarity denomina una democracia compleja. La democracia en Europa —que remeda el título de Tocqueville, La democracia en América— desea, por ello, ofrecer una narrativa capaz de dar sentido a la realización política que libremente podemos configurar los europeos.

Invita el autor a abandonar una concepción de la legitimidad política soberanista, en la que la unidad territorial y la —supuesta— cohesión cultural delimitaban un ámbito claro de soberanía política. Europa es —y el mundo camina en esa dirección— un espacio político de soberanías compartidas, en el que las interdependencias son cada vez mayores y en el que cada vez resulta más complicado distinguir entre nosotros y ellos. En este contexto, Innerarity apuesta por una democracia no identitaria, sino reflexiva, en la que lo que se comparte no son lenguas, culturas, religiones o valores, sino más bien unos riesgos y unas necesidades comunes, a las que resulta más ventajoso hacer frente cooperativamente que en clave antagónica.

La crisis económica ha mostrado, sin embargo, las deficiencias en el proceso de integración política, la ausencia de mecanismos adecuados para dar respuestas a los problemas del euro y de la deuda; y también que el diseño de la Unión no contemplaba la posibilidad de retrocesos o fracasos. Resulta obligado entonces, concluye Innerarity, no fiarlo todo a la confianza ciega en el futuro, sino politizar de verdad Europa. Esto significa, en primer lugar, entender Europa como un espacio abierto a la libertad de los ciudadanos, que están llamados a ser protagonistas de su futuro, y no precisamente a través de una democracia directa y asamblearia tan del gusto populista.

Un espacio abierto a la libertad —un espacio propiamente político— es un espacio que no se deja moldear ni por el optimismo de que el proyecto europeo se hará realidad necesariamente, ni por el pesimismo de un desastre inminente, ni por las presuntas exigencias técnicas de los mercados; es un espacio en el que se tienen en cuenta —de acuerdo con una concepción republicana e inclusiva de la democracia— las exigencias de justicia —de solidaridad y redistributivas— no solo de los que tienen la posibilidad inmediata de decidir, sino las relativas a todos los afectados por esas decisiones; afectados que muchas veces se encuentran alejados geográfica y temporalmente de quienes participan en ellas.

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017, 382 págs., 21 euros (papel) / 13,99 euros (digital).

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Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.