Una revisión crítica de «El origen del hombre y la selección en relación al sexo», de Charles Darwin

Según Rodríguez Valls, el darwinismo carece de riqueza explicativa para dar cuenta de comportamientos esenciales a la condición humana

Charles Darwin. CC Wikimedia Commons
Francisco Rodríguez Valls

Charles Robert Darwin (1809-1882). Naturalista inglés. Planteó por primera vez (simultánea e independientemente con Alfred Russel Wallace) la noción de evolución biológica a través de la selección natural. Sus obras más importantes son El origen de las especies, El origen del hombre y La expresión de las emociones en el hombre y en los animales.

Avance

Considerado el padre de la biología moderna, Charles Darwin marcó un hito en la ciencia con obras como El origen de las especies El origen del hombre. En esta última sostiene que la especie humana forma parte del proceso de la evolución desde formas inferiores de vida.

El profesor de Antropología Francisco Rodríguez Valls expone los aciertos del investigador y valora su honradez intelectual, al separar los hechos probados de las hipótesis y de las especulaciones. Pero, a la vez, indica algunas carencias y propuestas erróneas de Darwin debido, en parte, al carácter precario que tenían la psicología evolutiva, la psicología social y la sociología empírica en el siglo XIX. Afirma que «el darwinismo carece de riqueza explicativa para dar cuenta de comportamientos esenciales a la condición humana», ya que hay posibles conductas contrarias a los fines biológicos generales y a sus propios intereses particulares como ser vivo.

El trabajo del antropólogo y académico se suma a la serie de revisiones críticas de obras del pensamiento y la ciencia contemporáneas, que han tenido destacada influencia en la sociedad, dentro de la colección Ciudadanía y valores, que dirige Benigno Blanco. A continuación, publicamos un resumen que Rodríguez Valls ha hecho de su propio ensayo.

ArtÍculo

En la Introducción de su libro El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871), sir Charles Robert Darwin escribe lo siguiente: «El único objeto de este trabajo es considerar, en primer lugar, si el hombre, como todas las demás especies, desciende de alguna forma preexistente; en segundo lugar, el modo de desarrollarse; y en tercer lugar, el valor de las diferencias entre las llamadas razas humanas».1

En él establece los hechos y las conclusiones que se deducen de ellos, así como las especulaciones que guían su trabajo sin atribuirles el carácter de «hechos probados». Después de él no ha habido nuevos argumentos sustantivos sobre este asunto, por lo que estudiar este libro de Darwin es una buena opción para comprender la procedencia de la especie Homo sapiens.

charles darwin
Francisco Rodríguez Valls. Estudio crítico de «El origen del hombre y la selección en relación al sexo», de Charles Darwin. Colección Ciudadanía y valores, 2025

Sumariamente, el libro de Darwin está estructurado en tres partes. La primera consta de siete capítulos y una nota de Thomas Huxley en la que describe las semejanzas y diferencias entre el cerebro humano y el de los primates. Esa nota la introdujo Darwin en la edición de 1874 puesto que, a su juicio, presentaba bien el estado de la cuestión en ese momento y servía de apoyo empírico a sus ideas.

La segunda parte tiene once capítulos (del 8 al 18), del que nos interesa aquí especialmente el que la abre, el octavo del libro, puesto que en él se delinean los principios generales que rigen la selección sexual. La tercera la constituyen tres capítulos: dos sobre la selección sexual en el ser humano y otro de resumen general y conclusión de la obra. La parte tercera termina, y con ella el libro, con una nota suplementaria del autor sobre la selección sexual en los monos que añadió en la edición de 1877.

En este artículo contextualizamos, en primer lugar, el libro de Darwin en el ambiente científico de su tiempo y en el conjunto de sus principales obras; sintetizamos, en segundo lugar, las ideas sobre el ser humano que expone el naturalista en el libro objeto de estudio; y finalmente evaluamos las conclusiones sobre nuestra especie que obtiene el naturalista inglés desde el cúmulo de observaciones que presenta.

La obra de Darwin en el contexto científico del XIX

Darwin fue quien fundamentó, sobre un importante caudal de hechos, que la lucha por la supervivencia y la selección de los más aptos explican el cambio en las especies. Mendel, al descubrir los secretos de la transmisión hereditaria de los caracteres y formular las tres leyes de la herencia, completó una explicación que, conjuntando sus descubrimientos, adoptó en la década de 1930 el nombre de teoría sintética de la evolución.

El interés de la época en la que vivió Darwin por las que después se llamaron Ciencias de la Tierra aumentó la curiosidad sobre el mundo natural a la que aquel estaba espontáneamente inclinado. Los descubrimientos e hipótesis de muchos sabios cercanos alimentaron su búsqueda y motivaron que prosiguiera sus hallazgos. Entre esos logros merecen una especial mención la fijación en el siglo XIX de criterios fiables en la Geología y en otra materia cercana a ella: la Paleontología. Ambas resultaron claves para una nueva datación de la edad del planeta que habitamos, imprescindible para una cronología que permitiera tiempo suficiente para que se produjera la evolución de las especies más complejas a partir de formas primitivas de vida.

Las ciencias sociales tienen también su rol en la revolución de la nueva ciencia biológica. De forma coetánea a las obras de Darwin, las propuestas sobre el desarrollo de las culturas humanas como, entre otras, las de Tylor, Morgan, Lubbock y Mc Lennan, se establecen sobre la hipótesis del paso de lo simple a lo complejo y de lo homogéneo a lo heterogéneo. Estos autores están referenciados de manera expresa en la obra de Darwin sobre el ser humano e influyen de manera decisiva en cómo entiende la evolución de las culturas en el contexto del nacimiento de la especie humana.

La conexión temática entre las tres grandes obras de Darwin (El origen de las especies, El origen del hombre y La expresión de las emociones en el hombre y en los animales) se entiende bien con las dos siguientes citas.

Como consecuencia de las opiniones ahora adoptadas por la mayoría de los naturalistas, y que en último término, como en los demás casos, serán seguidas por otros hombres, me he visto obligado a reunir mis notas, para ver hasta qué punto las conclusiones generales a las que he llegado en mis anteriores trabajos eran aplicables al hombre. Esto parecía todavía más deseable porque nunca había aplicado deliberadamente estas hipótesis a alguna especie considerada de forma aislada (Darwin, El origen el hombre, p. 7).

Tenía la intención de agregar al presente volumen un ensayo sobre la expresión de las diversas emociones en el hombre y en los animales inferiores. Hace muchos años me llamó la atención sobre este tema el admirable trabajo de sir Charles Bell. Este ilustre anatomista sostiene que el hombre está dotado de ciertos músculos con el único fin de expresar sus emociones. Como este punto de vista obviamente se opone a la creencia de que el hombre desciende de alguna otra forma inferior, era necesario que yo lo considerara. Del mismo modo, quise determinar hasta qué punto las diferentes razas del hombre expresan las emociones de la misma manera. Pero, debido a la extensión del presente trabajo, creo que es mejor reservar mi ensayo para una publicación separada (Darwin, El origen del hombre, p. 9)

Análisis de las ideas y argumentos principales de «El origen del hombre»

Los dos primeros capítulos de la obra establecen la base empírica disponible en la época que evidenciaba que las especies no fueron creadas separadamente y, dentro de ellas, las pruebas por las que la especie humana forma parte del proceso de la evolución desde formas inferiores de vida. Concretándolo, Darwin estudia la evolución del ser humano desde formas vivas anteriores mediante el análisis de tres factores:  a) la semejanza entre la estructura corporal de muchas formas de vida y la del ser humano, b) la similitud en el desarrollo embrionario de muchos animales con los humanos y c) la presencia de órganos rudimentarios y vestigiales que hacen muy probable la conclusión de que sean consecuencia de una evolución de las especies, entre las que debe incluirse la propia especie humana.

Darwin constata como un hecho, en el mismo comienzo del capítulo 3, la inmensa diferencia entre las facultades mentales del simio más evolucionado y las del grupo humano menos sagaz. La hipótesis que desarrolla en los capítulos 3 y 4, a partir de ello, es que se puede conjeturar una evolución gradual mediante los mecanismos de la selección natural que nos lleve a comprender cómo de unas se llega a las otras.

Diciéndolo con sus propias palabras: «Mi objeto en este capítulo es demostrar que no hay diferencia esencial en las facultades del hombre y las de los mamíferos superiores» (Darwin, El origen del hombre, p. 58). Es digno de reseña que, así como en El origen de las especies rehúsa explicar el origen de la vida y comienza su teoría a partir de su aparición, en esta obra no entra tampoco de forma consciente y expresa en el origen de las facultades mentales, sean estas las que sean.

En el capítulo 4, el fundador de la biología moderna sigue aportando nuevos datos y elaborando nuevas conjeturas en apoyo de la evolución gradual de las facultades humanas desde las que poseen los mamíferos superiores. Dedica el grueso de sus páginas al origen y el sentido de la conciencia moral, núcleo de lo humano según su opinión. Para sir Charles Darwin existe una fuerte probabilidad de una transmisión hereditaria de las tendencias morales necesaria, a su entender, para que puedan explicarse las diferencias entre las éticas de las diferentes razas.

La ciencia de su época y las hipótesis que Darwin maneja no imposibilitan la idea de que los valores y la cultura se transmitan mediante las leyes de la herencia biológica. Hoy sabemos con bastante seguridad que eso no es así. Si a ello unimos que la psicología evolutiva, la psicología social y la sociología empírica son precarias en la época de Darwin y se desconocen los procesos sociales de aprendizaje inconsciente de los valores morales, podemos hacernos una idea exacta de los motivos que llevan al naturalista inglés a proponer esa solución errónea. Darwin apoya sus tesis de la transmisión hereditaria de los valores en las conclusiones de la teoría evolucionista de la cultura que sostienen, entre otros, los autores citados con anterioridad.

Dando un paso más allá que ayude a comprender los procesos de evolución de la vida, el naturalista añade el nuevo mecanismo de la selección sexual como apoyo de la selección natural en la transmisión a la descendencia de los mejores caracteres disponibles en la especie. Su función la concreta Darwin cuando afirma que la selección sexual «depende de las ventajas que unos individuos tienen sobre otros del mismo sexo y especie únicamente desde el punto de vista de la reproducción» (Darwin, El origen del hombre, p. 168).

La selección sexual tiene en la especie humana la misma función biológica que en las demás y se rige por las mismas leyes, pero tiene una peculiaridad que Darwin consigna pero que no puede explicar de forma adecuada por los motivos que hemos señalado anteriormente: la variabilidad cultural de la atracción de los caracteres sexuales secundarios.

Al concluir la obra vuelve a brillar la claridad de juicio y la honradez intelectual del naturalista inglés cuando señala los que considera hechos probados, las que sostiene como hipótesis fundadas y aquellas afirmaciones que califica de especulaciones que se pueden hacer sin caer en despropósitos:

Muchas de las ideas expuestas tienen marcado sabor especulativo y de algunas, ciertamente, se probará que son erróneas; no obstante, siempre me esforcé en presentar las razones que me impulsaban a una opinión más que a otras (Darwin, El origen del hombre, p. 437).

La apuesta especulativa de Darwin es la hipótesis del gradualismo como ley general que debe explicar la aparición de cualquier novedad en las formas de vida. Hacer eso tiene ventajas e inconvenientes que no deben ser graves si se entiende bien —como Darwin hace— la naturaleza de lo que se está proponiendo.

Valoración crítica global

Concluir que la especie Homo sapiens ha evolucionado desde formas anteriores de vida está justificado por los datos empíricos disponibles. La ciencia biológica debe al impulso y a las obras de Charles Darwin, entre otros, que hoy se posea esa convicción. Pero eso no quita validez a la afirmación de que el darwinismo carece de riqueza explicativa para dar cuenta de comportamientos esenciales a la condición humana, claramente anti adaptativos, que ponen a su alcance posibles conductas contrarias a los fines biológicos generales y a sus propios intereses particulares como ser vivo.

Por enumerar algunos de esos comportamientos:

a) la posibilidad de entender la vida como don de sí (altruismo real con el resto de la especie y subsidiario con el resto del planeta), en lugar de preferir bajo cualquier circunstancia el bienestar propio y el de los suyos;

b) plantearse el matrimonio indisoluble por amor (sin atender, por motivos más prácticos, a las características biológicas que pueda heredar la descendencia ni el resto de capacidades que pueden afectar a la especie en su conjunto);

c) renunciar a la reproducción (celibato, continencia y anticoncepción) por motivos que transitan todo tipo de ideologías;

 d) el suicidio como posibilidad exclusiva del ser humano;

e) la probabilidad de que el ser humano borre a la humanidad de la faz del planeta por dar prioridad en su conducta a valores distintos de la supervivencia y del bienestar de la especie.

La fuerza de esa crítica al darwinismo no se funda ni en teologías ni en creencias religiosas, como algunos seguidores de Darwin han respondido desviando el argumento del principal objeto de litigio. Su punto central, que supone un reto para la ciencia biológica, es la insuficiencia teórica de los mecanismos de la teoría evolucionista —tanto darwinista como neodarwinista— para dar razón de las peculiaridades del ser humano hasta el punto en que han convertido a esta singular especie animal en el talón de Aquiles de la disciplina. No podemos ignorar esa dificultad y eludirla como si no existiera o como si tuviese poca importancia.

Tomando a Alfred Russel Wallace —codescubridor del mecanismo de la selección natural como motor de la evolución de las especies— como ejemplo significativo de un naturalista sin tacha y de una honradez intelectual a la altura de la de Darwin, subrayamos la diferencia de sus explicaciones sobre el objeto que nos ocupa y consigna, al mismo tiempo, que ambos están al tanto del estado de la ciencia en el momento en el que las elaboran. La hipótesis gradualista de Darwin llevó a una explicación materialista-naturalista del ser humano. La de Wallace abrió la posibilidad de seguir preguntando por otras vías de explicación de los fenómenos humanos que no tenían cabida en el marco teórico que Darwin había diseñado. Los dos elaboraron sus explicaciones sobre hipótesis legítimas.

Esta perspectiva confiere sentido preciso a términos que usados fuera de ella no se pueden entender sin dificultad, especialmente si se toma todo lo que sale de la boca del científico como verdad incuestionable y hecho objetivo. «Hecho probado», «hipótesis» y «especulación» presentan significados tan claros para un investigador que no debe confundirlos. Advertir las veces que, a lo largo de su obra y en su mismo apartado de conclusiones, Darwin habla del carácter especulativo de muchas de sus argumentaciones tiene un alcance para un estudioso que no tiene para un lego.

Nunca he encontrado en la obra de Darwin, como sí lo he hallado en algunos divulgadores del darwinismo, un consejo universal para orientar a cualquier ser humano en cualquier tiempo y lugar ofreciéndole su visión del mundo como camino de salvación. El tono de los textos de Darwin muestra que no se veía a sí mismo como un mesías moral, aunque sí era consciente de la importancia que sus pruebas y argumentos introducían en la ciencia de su tiempo. Darwin era en sus escritos un autor tan sabedor de su función y tan pulcro en delimitar hasta donde podían extenderse sus afirmaciones que es un modelo para seguir. 

Además de cómo es posible conocer con objetividad, más allá de la utilidad que pueda tener para el bienestar de quien alcanza ese conocimiento, el misterio humano es también el misterio de la libertad. No el del mal ni el del bien, que son subsidiarios suyos. El bien y el mal son opciones de la decisión libre.

El ser humano tiene la potestad de construir y de destruir el mundo al elegir entre uno y otro. Eso es algo más que adaptarse a cualquier medio ambiente para vivir y vivir mejor. Es diseñar el espacio donde vivir la vida que queremos vivir. Si el ser humano, como afirma la tradición teológica, es «poco menor que los ángeles» y, como asevera la tradición biológica, es «poco mayor que un simio», su carácter híbrido le hace ocupar una curiosa posición intermedia entre lo divino y lo animal. Ningún otro ser vivo encierra tan extraña condición. También las ciencias de la vida deben dar razón de ello porque no deben excluir a ser vivo alguno de su marco de comprensión y de justificación.

  1. Las referencias a la obra de Darwin que estudiamos las haré según la edición española que con el título El origen del hombre y la selección en relación al sexo fue publicada por Libros de la Catarata (Madrid, 2020). ↩︎

Imagen de cabecera: Charles Darwin, dibujo de Jan Vilímek. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.


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