Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Nov 1990 - 15min.
Dicen que Polonia regresa a Europa: como si se tratara de concederle una marca de calidad, un lugar en un ranking deportivo. ¿Acaso tienen más razón los que opinan que más bien es Europa la que regresa a orillas del Vístula? De todos modos se trata de un intento de situar Polonia respecto a Europa en las categorías de existencia, estado y lugar. Norman Davies, historiador británico, escribía sobre Polonia como corazón de Europa. Sin rechazar esta visión, proponemos mirar la Polonia actual desde una óptica un poco distinta.
Vamos a comenzar con un intento de precisar el lugar que ocupaba Polonia antes de ser tachada del registro de Estados, a finales del siglo XVIII, a consecuencia de su violación colectiva por las tres potencias: Rusia, Austria y Prusia. El lugar de Polonia estaba determinado por su actitud ante la civilización cristiana y europea. Los polacos eligieron su lugar de modo consciente. Se llama este lugar los «confines» de Europa, dando así a la zona limítrofe europea un sentido hasta el momento reservado para los territorios al oriente de la antigua República polaco-lituana. La noción de «confines» tenía para los polacos un sentido mitológico y mágico, muy fuerte aún a finales de la segunda independencia (1939). Este sentido y esta conciencia perduran, determinando el carácter de la zona limítrofe de Europa como el del espacio donde se realiza un encuentro entre las culturas y civilizaciones.
«Confines» es una definición resultante de la situación, la indicación de un lugar dentro de la civilización europea, un lugar marcado por el papel que este espacio desempeña en el diálogo europeo. A la vez los confines son un espacio abierto y permeable en el cual se manifiesta el espíritu de expansión europeo. Los confines, en fin, son un territorio expuesto a las tensiones exteriores, en el cual las gentes tienen la conciencia de ser un baluarte o tarja protectora. En consecuencia, en los confines solía revelarse con particular intensidad la conciencia de la europeidad. Las sociedades de «confines» demuestran una mayor sensibilidad para su propia identidad nacional y para su pertenencia a la comunidad civilizadora. Eso es lo que era y puede seguir siendo una causa de tensiones internas mayores que las de otros territorios. Es así, porque en los confines es más fuerte el sentimiento de ver amenazada la propia identidad. Es verdaderamente real.
En los confines, las influencias ajenas son particularmente próximas y dolorosas. Esta presión permanente ha influido en el modo histórico de recibir las civilizaciones no europeas. La zona limítrofe entre Polonia-Lituania y Moscú-Rusia no era algo excepcional ni en la Europa medieval, ni en la moderna. En el flanco meridional Europa colindaba con el Islam. En la Península Ibérica y en los Balcanes el hecho de encontrarse con el Extraño no determinaba sólo las condiciones locales de existencia, sino la información sobre El que se incluía dentro de la circulación de la civilización europea. En los confines la recepción y la respuesta eran posibles gracias a la europeidad, es decir, gracias a la capacidad de autocrear una civilización proveniente de la misma raíz cristiana y occidental.
Durante las cinco centurias precedentes, la «polonidad» era el principal modo de manifestarse la europeidad en la zona limítrofe oriental. Era un obstáculo importante para que se formaran otras naciones, por ejemplo, la lituana y la ucraniana. No obstante, por medio de la «polonidad», llegaban los valores e ideas, los paradigmas y los desafíos, que posibilitan el nacimiento de la conciencia nacional. Ocurría así en contra de la polonidad misma y en nombre de la propia particularidad dentro de la misma corriente europea. De este modo siempre se estaba formando Europa. En cambio, la particularidad de los confines orientales era el resultado de la aparición de una fuerza que, al avanzar en su dominación hacia el occidente, no sustituía a la República polaco-lituana, sino que eliminaba eficazmente la influencia europea. Las naciones del flanco tropezaban con ciertas dificultades de desarrollo. Sin embargo, sólo sobre la base de esa resistencia se podía construir su identidad nacional y europea. La subordinación a Rusia-porque en ella pensamos puso ante estas naciones obstáculos mucho mayores. Si en los siglos XV-XIX la polonización atraía a las élites locales que se identificaban con la nación noble, el poder ruso de los siglos XVII-XX significaba algo más que la rusificación. Llevaba consigo una degradación de la estructura nacional, cuyo actual renacimiento es tal vez la mayor esperanza de finales del siglo XX. Los confines eran una oportunidad para todos, aunque desigual y llena de dramas. El destino de las naciones de la frontera oriental estaba decidido, por lo menos desde el siglo XVIII, cuando se les privó de la libertad. Los avances territoriales de Rusia llevaban consigo una amenaza mortal para los confines europeos: la de reducirles su libertad. La posterior retirada de la URSS la eliminó, definitivamente. Hoy no se trata de regresar a Europa: se trata del regreso de la libertad. La reconstrucción de Europa puede realizarse allí a condición de que esté acompañada de un renacimiento nacional, junto con un esfuerzo consciente de estas naciones en favor de la recuperación de la libertad.
«La reconstrucción de Europa puede realizarse allí a condición de que esté acompañada de un renacimiento nacional, junto con un esfuerzo consciente de estas naciones en favor de la recuperación de la libertad»
Trato de los confines como de un factor importante dentro de la multiplicidad y diversidad europeas, como una parte indispensable de la identidad europea. Muchos europeos contemporáneos dudan de ello. Hay que decir pues, que para los «confines» la amenaza no era sólo el resultado de premisas interiores o peligros exteriores.
A medida que se forma la économie-monde europea, los territorios limítrofes se volvían periferia. El destino de los habitantes de estas tierras estaba cada vez más determinado por la omnipresente y creciente dependencia. La dependencia del desarrollo del modelo dominante en el centro y la disminución de la capacidad de crear y reproducir los modelos individuales se remontaban al siglo XVIII. Junto con los demás países de la periferia europea, Polonia creó su capitalismo, su sociedad cívica, el Estado moderno, con retraso y no independientemente. Sin embargo, hasta la catástrofe bélica de los años 1939-1945 conservó la capacidad de esforzarse por cambiar su estado. En cambio, en los últimos 50 años, en contra de declaraciones pomposas, no cambió la relación entre Polonia y el sistema económico mundial. Cuando hoy Europa regresa al Vistula, se plantea la pregunta de si no es tal vez Polonia un país retrasado.
La perifereidad, al ocupar el lugar de los confines, implicaba multiplicar las dudas en cuanto a la pertenencia a Europa. Allí, en el Este, recibimos con dolor la realidad que confirma nuestro progresivo alejamiento de Europa. La perifereidad, aunque todavía permitía mantener algunos vínculos, se hacía algo insoportable para la memoria colectiva y para la sensibilidad de la gente. De ahí que sean tan ricos en la Europa centro-oriental los estratos de los complejos, las ilusiones y los mesianismos. En parte se puede atribuir a la actitud de Europa respecto a sus propios confines. Sin embargo, la inseguridad respecto de la propia identidad es el resultado de la unión de socios del Centro europeo en los campos de la economía y la cultura.
Los últimos 50 años amputaron los confines, que no fueron restaurados. Hoy nos preguntamos: ¿es posible su renacimiento? Pensando en Polonia, hay que recordar que durante estos 50 años la perifereidad se estaba reforzando con la subordinación de la URSS. Eso fue lo que cambió principalmente el estado de Polonia. Describirlo como retraso es enfocar tan sólo un aspecto del fenómeno. Durante estos 10 años de ahora, los que luchaban por sobrevivir se preguntaban si la nación era todavía viable. Los que ayer proponían el consenso argumentaban que la nación no podía soportar ya más. Hoy estamos meditando, si la nación, una vez salvada, dispone todavía de la capacidad de transformarse a sí mismas y de transformar las circunstancias. Son cuestiones para las que no es posible dar respuestas definitivas. Pero de alguna manera la condición de la nación determina el proceso definido como la transición polaca: transición no sólo hacia la democracia y el mercado, sino también desde la situación y desde la sovietización.
«La transición no es la variante polaca de la «perestroika»… Estamos realizando un desmontaje eficaz de las estructuras estatales, económicas y del sistema. No obstante, el verdadero proceso de liberarse de la situación se efectúa en nosotros mismos»
Preguntar sobre la condición de la nación, ante todo sobre la «polonidad», no es fácil. Parece que nunca ha sido tan difícil. Está tan mal visto dudar como dejarse llevar por la euforia. A veces puede parecer que de la «polonidad», es mejor no hablar. Es un resultado evidente de la creciente hipersensibilidad unida al sentimiento de inseguridad. En tales circunstancias la agresión no es algo.
En efecto, no hay transición sin preguntarse si la polonidad aún existe. Es preguntar a la vez y por dos cuestiones: la posibilidad de existir la nación y la capacidad para ser polacos. En la primera cuestión se trata de la existencia de una estructura social específica, común a toda la civilización europea. El vínculo nacional es, en efecto, obra del sentimiento de comunidad que resulta de la participación en este mismo sistema de valores cristianos y europeos. Entre ellos el significado de la libertad es lo fundamental. En la segunda cuestión se trata de la originalidad, de lo que distingue a un individuo como persona y como polaco. La relación entre estas dos preguntas es indispensable, porque ni la nación determina exclusiva y definitivamente al individuo, ni el conjunto de individuos forma la nación. La perduración de la «polonidad>> parece dudable precisamente por la simultánea debilitación de los vínculos fundamentales y por la degeneración de las características originales. No se quiere decir con eso que un estado de «polonidad>> anterior fuera mejor y que se pueda volver a él. En los confines la tensión en torno a la identidad hay que tratarla como un fenómeno natural y permanente. En cambio, la perifereidad y la subordinación cambiaron la crisis de la «polonidad en su necrosis.
Esta hipótesis puede parecer indignante. No obstante, estamos ante la misma cuestión que en el siglo XIX: ser o no ser polacos. Tal vez ahora se vea mejor que no es posible separar este drástico desafío del dilema de ser o no ser europeos. No conviene, pues, indignarse. La victoria lograda nos concede de nuevo el derecho y la obligación de dudar. No se debe hablar demasiado frecuentemente de la nación. Esta gran palabra merece ser protegida, al igual que la Patria. Sin embargo, no hay que prescindir del concepto de nación so pretexto de salvar la civilización europea de los humos del nacionalismo.
La realidad sobre la que se está efectuando la transición polaca es la que fue creada por el totalitarismo comunista. Tal vez por eso sea tan difícil describirla detalladamente. Para determinar las circunstancias de la transición, su multimensionalidad, me remito a la noción de situación que define a la vez la limitación exterior de la libertad y su violación interna. La situación es un estado totalmente real, y el temor a ella tiene su motivación. Se trata de que percibamos la situación como algo absolutamente independiente de nosotros. Es producto tanto de nuestro temor como de nuestra conformidad con reducir la libertad y con participar en la mentira. Considero que la situación, que fue noción popular en los años sesenta y setenta, expresa el destino del hombre en el seno del sistema comunista mejor que, por ejemplo, la sovietización. La situación nos aisla; ante ella nos sentimos impotentes porque estamos privados del apoyo de otros. Es un testimonio evidente de la desintegración del vínculo nacional.
No se puede separar la transformación que ahora tiene lugar en Polonia de la realidad totalitaria del país durante décadas. Desintegración del comunismo, liquidación del totalitarismo, retorno de la normalidad, camino hacia la democracia, son definiciones que denotan algunos aspectos de nuestra transición. Para poder ver el proceso íntegro hay que subrayar que se está efectuando un cambio estructural, o sea, que las actividades finales en favor de la transformación no pueden ignorar elementos de la estructura del sistema antiguo como la triple dominación, la ideologización y el parasitismo. Y aunque hemos avanzado ya tanto, debemos tratar con seriedad la herencia que llevamos dentro.
Con el totalitarismo comunista todas las esferas de la vida tenían un carácter subordinado. Era la triple dominación: sobre la política, la economía, la cultura. No se determinaba netamente a quién estábamos subordinados, tanto cada individuo como toda la sociedad. Los ensayos de interpretarlo como «partido interior», dictadura de la mafia o nomenclatura sólo son aproximaciones. Igualmente confuso era el hecho de la evidente subordinación de los Estados satélites a la central moscovita. Era resultado de la ideologización. El temor y la enajenación del poder confundían la esencia del sistema. En realidad, el comunismo aspiraba, tanto pública como secretamente, a eliminar el sistema de valores existente, desintegrando los vínculos nacionales y arruinando a la persona humana. El vínculo social debía estar programado; los individuos debían comportarse, y por tanto también unirse, según los modelos controlados desde el centro. Este sistema iba cambiando, se puede decir, a medida que se enflaquecía su carácter totalitario. No era perfecto, ya que se logró derribarlo. Pero a la vez lo que hace años se comenzó a llamar «socialismo real» continuaba siendo la triple dominación ideológicamente formada. Sólo la situación era diferente.
«La frontera de Europa estará, como siempre, marcada por el espacio de libertad, yno por los límites de los tratados»
Esta capacidad para transformarse exige que se le preste una particular atención, precisamente ahora, cuando se está cambiando la forma del Estado y de la economía. El comunismo totalitario fue inventado e introducido por la fuerza; no obstante, generó una participación. Se convirtió en un sistema autónomo, que era un parásito sobre el organismo de la nación. El parasitismo era una relación forzada pero produjo la situación, una realidad que permitía existir. Se expresaba en un sinfín de tragedias personales y de enredos, en teorías del mal menor y de salvación de lo sustancial. ¿Era la participación en la situación un modo de desmontar paulatinamente el sistema totalitario?
La situación se puede enfocar como una circunstancia favorable a la infección del totalitarismo, la enfermedad de desistir de la libertad. Por eso la verdadera amenaza no fueron los reformismos y revisionismos, sino las acciones en favor de la libertad y de la dignidad. De ahí el fenómeno de renunciar a las transformaciones revolucionarias. El parasitismo significaba también la necesidad de mantener la existencia del organismo del «nutriente», o sea, de la nación. A pesar de ello, el totalitarismo comunista en sus encarnaciones subsiguientes, en situaciones diversas, al aniquilar el vínculo, llevaba directamente al exterminio de la nación. De esta manera, el sistema comunista se encontró en una trampa. Pero no olvidemos que nos tenía a todos como rehenes. Nuestra transición es en gran medida un intento de salir de modo no revolucionario de esta relación peligrosa.
La transición no es entonces la variante polaca de la «perestroika» o de «salir fuera». Estamos realizando un desmontaje eficaz de las estructuras estatales, económicas y del sistema. No obstante, el verdadero proceso de liberarse de la situación se efectúa en nosotros mismos. No es fácil reconstruirlo todo simultáneamente. Es extremadamente difícil «desplazarse» hacia una «normalidad» económica. La nostalgia de un acuerdo entre la realidad y el sistema de valores, o la resistencia permanente contra los modelos impuestos por la fuerza, son sólo algunos elementos del éxito del proceso de la transición polaca.
Al mismo tiempo, es difícil resistir a la tentación de introducir soluciones únicas y rápidas, y que sean las únicas que parezcan eficaces. La recuperación de la libertad es el elemento más difícil, y a la vez el más importante, del proceso con el que procuramos restaurar la capacidad de cada comunidad de crear valores.
Es en este contexto en el que conviene considerar las decisiones tomadas en Polonia en los años 1988-1989 y la nueva fase iniciada por las elecciones de junio de 1989. El año que ha pasado desde la formación del gabinete de Mazowiecki no se puede mirar sólo desde la perspectiva de sus éxitos, ni exclusivamente en el contexto de los cambios realizados en Europa. A derribar la triple dominación contribuyó el esfuerzo de toda la década. Solemos considerarlo como la herencia de «Solidaridad», y eso es una abreviatura mental que simboliza la lucha no sólo contra el sistema, sino también contra la propia debilidad. Las dolorosas consecuencias del parasitismo son evidentes. El grado de parálisis de la nación por obra del comunismo sigue siendo difícil de precisar, hasta el punto de que cada uno de los sucesos del año pasado es comentado y evaluado de maneras diametralmente diversas.
Por ejemplo, en mi opinión, las elecciones locales del 27 de mayo de 1990 brindaron una oportunidad más de suma importancia: probaron que somos capaces de realizar una transformación autónoma. Las posibilidades y esperanzas están justificadas y un sano análisis de la herencia sólo puede servir de ayuda. La convicción de que es preciso realizar algunas transformaciones internas no es quizás muy común, pero está suficientemente presente para que se pueda contar con la eliminación definitiva de la situación. Mirándola desde esta óptica no es posible separar la transición polaca de un proceso que debería llamarse de reconversión.
Europa se está realizando en Polonia a medida que recuperamos nuestra capacidad de ser nación. Europa regresa al Vístula en la medida en que sepamos reconstruir individual y originalmente nuestra común herencia cristiana y occidental. La frontera de Europa estará, como siempre, marcada por el espacio de libertad y no por los límites establecidos por los tratados. Creamos Europa en Polonia participando en la libertad y edificando la comunidad sobre esa base. No hay contradicción entre la necesidad de concentrarse en lo propio, lo original, y la apertura más amplia posible a la civilización contemporánea.
«La recuperación de la libertad es el elemento más difícil, y a la vez más importante, del proceso con el que procuramos restaurar la capacidad de cada comunidad de crear valores»
El proceso de transición no sólo significa el cambio del lugar o del estado. El cambio principal es el de la forma de existencia. Por eso, el proyecto polaco para mañana debe ser la restauración de los confines de Europa. No se trata de una nostalgia. Este proyecto reside en la reproducción del diálogo del que procuraron excluirnos y limitar tan drásticamente nuestra capacidad para él. Este diálogo no se dirige sólo hacia el Occidente como Centro. Reproducimos el diálogo en todos los acimuts, porque sólo de esta manera creamos Europa. La transición es un desafío por introducir la originalidad polaca dentro del diálogo europeo.
Es al mismo tiempo un retorno al Occidente y una gran apertura al Oriente: el regreso de Polonia al papel de espacio de enlace. Desplazamos la frontera de Europa después de tres siglos de retirarnos. Existe una posibilidad de que este renacimiento del tejido civilizador se reavive. La restauración de los confines de Europa, del espacio dinámico y abierto para el encuentro, es una enorme posibilidad de la última década del siglo XX. Este proceso de restauración europea significa despertar nuevas fuerzas, nuevas esperanzas para que se cumplan las aspiraciones nacionales: los confines eran territorio de conflicto pero también espacio de creación. Puede repetirse. Y es ahí donde veo una promesa de la variante polaca de la transición.