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Ver productos1 May 1992 - 4 min.
Lorenzo Martín del Burgo y García de Consuegra nació en Almagro (Ciudad Real) en 1952. Ha vivido en Morón de la Frontera (Sevilla), en Sevilla y en Madrid, donde reside actualmente. Pertenece al Cuerpo Facultativo de Bibliotecarios. Le gusta, entre otras cosas, asistir a tertulias filosóficas y literarias, jugar al ajedrez y leer a Spinoza. Han bastado dos libros suyos de poesía, Raro y Jarvis, para situarlo en lo más alto del Parnaso español contemporáneo.
Lorenzo tiene un mundo personal originalísimo. No es fácil imitarlo sin incurrir en plagio. Como los viejos poetas, no alude en su poesía a la Poesía, ni al acto de escribir, ni a la soledad del escritor ante la página en blanco, ni al silencio de las palabras, ni a la esencia de la escritura. Nos habla, en cambio, del exterior, de las cosas que ama y de las que aborrece, de su manera de entender el orden o el desorden, de las frondosas calles de la imaginación y del espíritu, y voto a bríos que se emplea a fondo para no aburrirte, lector, lo que es poco frecuente en poesía en los últimos tiempos.
Martín de Burgo es lector devoto de Pessoa, de Borges y de Lovecraft, y a veces se le notan esas lecturas en su escritura poética, cosa que, lejos de restarle méritos, enriquece su espíritu. Pero no es nada fácil situar a Lorenzo en una encrucijada de escuelas o influencias. Poetas como Cirlot lo precedieron tanto en la genialidad como en la dificultad a la hora de ser clasificado. No se pierdan el verso de catorce sílabas que utiliza Lorenzo en muchos de sus poemas es, sin duda, una isla extraña y gratamente salvaje en medio del océano de cultivadores de un alejandrino repeinado, y hasta cursi, en la poesía castellana más reciente. Vale la pena conocer la obra de este «raro» de nuestros días que se llama Lorenzo Martín del Burgo.
No sé qué es lo que oigo en esta callejuela
de La Haya; diríase que es una carcajada.
Es Benito Espinosa que ve cómo en su tela
una araña se come a una mosca atrapada.
¿Qué voces destempladas perturban el reposo
laborioso de Amsterdam, las aguas del canal?
Es de la Sinagoga el cónclave furioso
que excomulga al filósofo y le envía el puñal.
En esa habitación, tan íntima, de Holanda
un hombre solo está fumando calmamente,
ni muy triste ni alegre, mientras sube en volandas
el humo de la pipa meditativamente.
Un óptico trabaja el cristal tan pulido
de una lente. Extranjero, no turbes la labor
de Benito Espinosa, que se aplica abstraído.
Por ese vidrio un hombre podría ver a Dios.
Aquel hombre vagaba de noche, solitario,
por los barrios antiguos de viejos edificios.
Extraño entre la gente, no sé qué maleficio
le hacía aborrecer la vida de diario.
Le cansaban los hábitos cotidianos. Soñaba
con cósmicos misterios detrás de lo aparente.
Horrores demoníacos le poblaban la mente.
Terribles alimañas nocturnas lo asediaban.
Evitaba el contacto de los hombres. De día,
las persianas echadas, en penumbra la casa,
hilvanaba sus cuentos fantásticos sin tasa.
Viejos libros del siglo XVIII leía.
Cuando había oscurecido, paseaba al acaso
por la ciudad sabida y, sin embargo, ignota.
Nyarlathotep sin rostro y Azathoth, dios idiota
que en el caos aúlla, le seguían los pasos.
Palidecía el mundo normal a cada instancia,
sus mórbidos terrores cada vez más reales.
Pensaba, rodeado de monstruos, sus iguales,
en la llave de oro perdida de la infancia.
Y uno con inspirada voz entonó un canto
en loor de los dioses, y otro de la locura,
cómo sólo comienza la auténtica cordura
cuando perdido estás al borde del espanto.
Otro habló de la nada, otro habló de la muerte,
que nos envuelve gélida con su manto nocturno.
«Sólo nos queda el caos», dijo otro y, taciturno,
al instante se hundió en el silencio inerte.
Las sombrías escenas de un extraño viaje
uno más desplegó, sin que llegar pudieras
a saber si recuerdo o si proyecto era.
Otro habló del deseo y sus turbios parajes.
De las leves palabras resonaba el latido.
Entre alados enigmas yo vagaba perdido.