Poesía y narrativa en la España democrática

Una reflexión quince años después de las primeras elecciones electorales de España.

Dámaso Santos

Si el desencanto político hizo acuñar al cabo de la transición, por la pluma perfilera de Francisco Umbral, me parece que «contra Franco vivíamos mejor», no falta la contraposición igual de agresiva sobre la incumplida fecundidad literaria con las libertades y estímulos del advenimiento democrático. A lo castizo resumiríamos que nos iba «la marcha», o sea la coerción, la censura, la pretensión dirigista. Que tal deduciríamos de las aceradas intervenciones de los profesores Domingo Indurain y Carlos París y (en el mismo convivio sobre la literatura del medio siglo por la Asociación Colegial de Escritores y la Facultad de Filología de la Complutense) la del ponente José Antonio Gómez Marín, concluyendo contristado: «… debería mantenerse en cuarentena la idea simplista de que la falta de Libertad ahoga la Literatura, tanto como la otra de que su reinstauración habría de provocar una explosión creadora». (Ver República de las Letras, abril 1989).

El espíritu llueve o sopla sobre los desencantos en flor, como en aquellos «desiertos culturales», frustraciones ciertas o pretextadas.

Pero también el espíritu llueve o sopla sobre los desencantos en flor, como en aquellos «desiertos culturales», frustraciones ciertas o pretextadas. Y cifra las crisis de la creación y discurso, el eclipse o enrarecido de sus «constantes y epifanías», que diría D’Ors, en causas y concausas mal avenidas con determinaciones o vaticinios apresurados. El profesor García de la Concha ha llamado a su asturiano encuentro de poetas y críticos El estado de las poesías, que recoge en monográfico Los Cuadernos del Norte 1986. La cera que arde desde la climatización o precalentamiento democrático a estas fechas en que ya solamente «movida a resplandor», como con el creacionista Juan Larrea diríamos, avanza. La generación de los ochenta (Consorci de Editors Valencians 1988) detectada por antología siempre penúltima de José Luis García Martín. Aceptemos la convención metodológica y el ondulante «error» que señaló Gerardo Diego del muestrario antológico o sugestivo «despropósito» como Julia Barella escribe de su distendida contemplación Después de la modernidad (Anthropos 1988).

Ni arma ni instrumento

Es ya con los «novísimos» —nueva novela, nueva poesía— a vueltas con las incitaciones experimentales, metalingüísticas propuestas de cambio o reviviscencia en los años setenta, cuando cesa de ser algo ineludible comprometer la escritura con la lucha social, la libertad política. Y aunque —reposo del guerrero—, la poesía era dispensada por teóricos pontificales, como Sartre, de tales servidumbres, del palenque donde el mismo teórico francés bregó con la novela, el teatro, el ensayo de situación, la nuestra, por la taza y media de las consecuencias de la guerra civil, debía potenciarse de algún modo en ellas. El proceso de rehumanización reflejado en las antologías de la década anterior (las de José Luis Cano en Gredos) podía conjugar con las inquietudes existenciales, religiosas y solidarias, tanto si la filiación estética ejerciente daba «garcilasista» o «timoneda» cual dividía Cervantes las parecidas alternativas poéticas de su tiempo, ahora desfiguradas como expresión de ideologías en liza. Pero ya estaba bien, y hasta para el propio Gabriel Celaya que mediado el siglo lo había proclamado, deja la poesía de considerarse «como un arma cargada de futuro, un instrumento para transformar el mundo».

Algunos ven tan o más pesimista la salida que la entrada. Para el almanaque literario 1975 de Castalia responde el historiador Manuel Tuñón de Lara: «Creo que seguimos atravesando un período de crisis literaria cuyas raíces habrá que buscar en la coyuntura socio-histórica que vivimos. Tras el desengaño de la mal llamada literatura “social” de hace quince o veinte años (por cierto muy tímida en la mayoría de los casos) la búsqueda de formas novísimas no parece conectar con las demandas del público. Menos mal que hemos podido leer Las guerras de nuestros antepasados, de Miguel Delibes…»

Los ejemplos de la mejor poesía con este subrayado quedarán en dos puntuales antologías. Dialéctica, interpretativa, por Leopoldo de Luis que también hizo otra religiosa: Poesía social española contemporánea (Alfaguara 1965, Júcar, 1982). Y la de José María Castellet, cerradamente doctrinaria. Veinte luego Un cuarto de siglo de poesía española (Seix Barral 1960, 1966). Si con esta el crítico sella la tumba del simbolismo —partiendo del reproche de Antonio Machado al hermetismo de Mallarmé y la gongorina prole—, su atención alerta le resucita a los cuatro años, saludando los indicios de una generación ruptural con sus Nueve novísimos (Barral, 1970).

Si la antología de Gerardo Diego, Poesía española contemporánea (1932-1934, reed. Taurus 1961), esplende y fija todo el despliegue simbolista español en el siglo XX, el empeño de Castellet quiere ser la prueba de una rectificación para actualizar la antología aquella con las conversiones —algunas tan opulentas como la de Jorge Guillén en su Maremagnum— al compromiso y sociorrealismo, seguro de esta línea para aumentar o mantener la dignidad de nuestro tesoro lírico. Curiosamente falta en ambas Juan Ramón Jiménez. Por resuelta exclusión significativa —y bien mirado injusta— del antólogo, en Castellet. Por prohibición caprichosa del poeta, a la segunda edición, en la de Diego; quien le tenía por central de ella, y no pudo por menos de estampar con unción, en el lugar previsto, los títulos de los poemas seleccionados. ¿Sabía Castellet que —lo recuerda García de la Concha— cuando dictados como el suyo entronizaban al Machado peor y borraban del mapa al Juan Ramón plenario, que dos de los más altos poetas de posguerra, y tenidos como ejemplares de sentido, Blas de Otero y José Hierro, adoraban en secreto, y el segundo se comunicaba personalmente con el maestro guía doblemente exiliado.

Glorias y Memorias

Como suelen todos los cronistas, pongo delante a los poetas. Iban primero en el desfile de las Exequias de Forner. Sin considerar si las reclama ahora la lengua, pueden primar en sus honras, con los áureos colegas, o prosiguiendo la «edad de plata» del pulsado ensayo de José Carlos Mainer. El primer espacio de normalización se colma cada día con exaltaciones exegéticas de la obra individual o generacional. Se logró reunir la nómina casi entera de los «cincuenta», «niños de la guerra» antes de desaparecer Carlos Barral y aquel Jaime Gil de influencia tan operante ahora. Claudio Rodríguez, Caballero Bonald, Cabañero, Ángel González, Badosa, Goytisolo, Crespo, Valente, Brines, Sahagún, Roldán… Antes se fue Gabino A. Carriedo que enlazaba y desenlazaba (ya totalizado en Nuevo compuesto descompuesto viejo) del realismo al postismo, de social a neovanguardista.

Como quiera que en 1977 se cumplían cincuenta años de la estelar generación del 27, vuelco de glorias y memorias. Pregunta un apurado director general qué podría hacer para reunir a «los veintisiete», el hombre…

Como quiera que en 1977 se cumplían cincuenta años de la estelar generación del 27, vuelco de glorias y memorias. Pregunta un apurado director general qué podría hacer para reunir a «los veintisiete», el hombre… Aún se alcanzó a enaltecer vivos y cabales a Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y este Rafael Alberti que desde que regresó del exilio vive jocundo y omnipresente, abrumadas sus sienes de plata por incesantes lauros. El 23 de abril de ese año recibe en Alcalá Guillén el Premio «Miguel de Cervantes», instituido recién para honor y provecho de los más grandes cultivadores del idioma. El Rey solemnizaría desde el siguiente la entrega y una recepción después, sin precedentes en la historia, al mundo todo de las Letras. Seguirían —alternando con hispanoamericanos— Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Alberti. A Aleixandre se le anticiparon con el Nobel. Y, en estos días, el narrador granadino Francisco de Ayala, que a la altura de este galardón se considera normalizado tras la incomunicación de exilio y semiexilio con sus lectores naturales.

Si se recuerda y exhuma a Federico García Lorca y a Miguel Hernández, (ya remitiendo el perjudicial motivo extraliterario que Juan Ramón lamentaba de ambos casos) culminando en estos días del cincuentenario obitual, un Luis Rosales que representa cimero y logrado al grupo al que Hernández pertenecía —con Gil Albert, Vivanco, Panero, I. M. Gil…—, recibe, octogenario en activo, el sucesivo homenaje. Igualmente de los primeros de posguerra, donde figuran Gabriel Celaya, Leopoldo de Luis, Crémer, García Nieto, Rafael Morales, Otero, Bousoño, Valverde, Nora, Anglada…, ha sido para José Hierro.

Bien es verdad que, todavía con algún tropiezo que otro, el exilio, venía siendo desde la década sesenta, un acontecimiento, una irrupción. No digo ya los poetas, pues la tradicional reducción, permitía, en ediciones de allí y de acá, revistas y estudios comprensivos, llegar puntualmente a la «inmensa minoría». Vinieron los novelistas, que no eran muchos, pero algunos poderosos ante la crítica y el marketing, como el abundoso Ramón J. Sender, el requintado Ayala, el vario Max Aub; de los que en el exilio empezaron briosamente. Manuel Andújar que se estableció cabeza de puente, consulado de avanzada para la gestión normalizadora en lucha y esperanza.

Nueva Narrativa

Coincide este regreso con el voluntarismo de una nueva narrativa que reclamaba la afición, tras el impacto y revulsivo del llamado boom hispanoamericano que, en buena medida, es en España impulsado. Cuando el antes mentado Tuñón lamenta el empobrecimiento creativo («menos mal que Delibes…»), acusa los efectos: «Y claro, sin entrar en comparaciones, seguimos entusiasmándonos con lo que escriben Carpentier y García Márquez. Y eso sí que tiene lectores». En realidad la «nueva narrativa española», que brota en reacción, contra cierto realismo que apodaron de «la berza» (José María Guelbenzu, Ramón Hernández, Vázquez Montalbán, Umbral, Jesús Torbado, Vaz de Soto…) se encabeza por los denostados que, dejando o no su canción, afrontan la aventura experimentalista o culturalista que más de uno había madrugado. Los —como los poetas antedichos— «niños de la guerra», así agrupados por la novelista Josefina Rodríguez Aldecoa, viuda del que fue delantero, Ignacio Aldecoa. (Los niños de la guerra, Ediciones Generales Anaya 1983): Jesús Fernández Santos, Ana María Matute, Rafael Sánchez Ferlosio, José Manuel Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite, Antonio Prieto, Juan García Hortelano, Juan y Luis Goytisolo, Medardo Fraile, Grosso, Marsé, Alfonso Sastre y Lauro Olmo, dramaturgos… Se añaden en este tranco, a toda révoltée el difícil y atrayente Juan Benet, Miguel Espinosa malogrado.

Y aún más: aquellos que echaron a andar más enérgicamente, contra viento y marea, la narrativa española en la posguerra: Camilo José Cela, Gonzalo Torrente Ballester, Miguel Delibes, Castillo Puche, reobrando resueltamente. El cervantino premio a Torrente en 1986, fue decidido contando con La saga-fuga de J. B., de 1972, que tiene algo de mágico y humorístico juego paródico —como el Quijote del Amadís— de Cien años de soledad. De la misma manera que el Nobel en 1989 —cuando el de casa remolonea— otorgado al Cela universalmente reconocido por el Pascual Duarte y La colmena de la posguerra, habrá contado con la ultranza de Oficio de tinieblas, y las últimas, Mazurca para dos muertos y Cristo versus Arizona. Sin duda removidas a la vista de los García Márquez y Carpentier —y Borges, Rulfo, Onetti, Cortázar y compañía— que con el historiador encuestado, tan a gusto leímos. Y algunos oficiantes de la del comentario novedoso pusimos por los cuernos de la luna.

En posmodernidad

Estamos unos cuantos, dos días de cada abril, sentados ante una mesa abastada por entidad cultural, en Santander, La Coruña, Málaga, Córdoba, Jerez, Cuenca esta vez, para discernir ganador del impecune pero honrado premio de la Crítica. Hay una selección colegialmente obtenida sobre los supuestos mejores poemarios y narrativa del año. Firmas debutantes en rodaje y veteranas. Salvo en las literaturas no castellanas, —cuyo desenvolvimiento posrrenaciente y posclandestino a la vez, este certamen finamente constata y yo hubiera querido aludir aquí— no se premiaran repetidos. Lo alcanza Francisco Umbral con Leyenda del césar visionario, novela que no sé el número que hará entre sus libros. Pelea con el que ganará en poesía, también de los setenta, Abelardo Linares, con su libro Espejos, un editado por primera vez. Enrique Andrés Ruiz, a puro resplandor simbolista. Con un título que parecería otra cosa si estas hazañas no se hubieran desenganchado —he ahí la normalidad verdadera— de toda proclamación enfática: La línea española.

En este y en otros sobre la mesa de Cuenca discutidos —como en las de Jerez, Córdoba, Málaga, Coruña, Santander, Las Palmas…— la variedad de este tiempo que define muy bien Julia Barella en su citado libro —que por cierto trata simultáneamente las cuatro lenguas— sobre el estado de las poesías en el pluralismo posmoderno donde los novísimos de la ruptura rompen o se reconcilian consigo mismos, vuelven a los sentimientos, al humor, a la cotidianeidad, al antes repudiado realsocialismo si se tercia. Con más amplitud, ya sin muestrario antológico, y apreciaciones semejantes a las de García de la Concha y de Barella, del libro que acabo de leer, La generación poética del 70 (Cuasyeditorial, Sevilla 1991) donde analiza José Luna Borge el panorama. «Todos —concluye— piensan en una tradición y desde ella cuentan lo que les pasa en un lenguaje muy cuidado, coloquial y hasta desenfadado logrando sacar “vino nuevo de odres viejos” que, en definitiva, es lo que da cuerpo a la auténtica poesía de todos los tiempos». Inscribimos jefe de fila a Abelardo Linares entre los nombres escogidos en tan duras confrontaciones críticas, por su diáfana elegía, Espejos, con los anteriores Antonio Carvajal, Javier Salvago, José Bejarano, Miguel D’Ors, Luis Alberto de Cuenca, Justo Navarro, Andrés Sánchez Robayna hasta el comienzo y más…

En realidad la «nueva narrativa española», que brota en reacción contra cierto realismo que apodaron de «la berza» (José María Guelbenzu, Ramón Hernández, Vázquez Montalbán, Umbral, Jesús Torbado, Vaz de Soto…) se encabeza por los denostados que, dejando o no su canción, afrontan la aventura experimentalista o culturalista que más de uno había madrugado.

Eugenio de Nora va a actualizar aquella monumental historia, La novela española contemporánea (Gredos, 1962, 2.ª ed. 1968) a la que ha seguido no menos empeñosas de Martínez Cachero, Gonzalo Sobejano, Ignacio Soldevilla, Ángel Basanta, Santos Alonso y la tan necesaria Historia de la novela social española 1942-75, entre otros trabajos, de Santos Sanz Villanueva, (Alhambra 1980). Ya tratado Umbral por este último, con la premiada Leyenda del césar visionario, que no se hubiera dejado publicar cuando empezó a novelar en los años sesenta, se sitúa en la consistente línea de una nueva novelística de superación realista tanto como del experimentalismo de partida. Con Álvaro Pombo, Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, Luis Mateo Díez, José María Merino… Lirismo —con Ramón y Azorín— «unanimismo» con el de La colmena, del «episodio nacional» dentro de la novela histórica culturalista y testimonial postmoderna pasado por el espejo de los esperpentos. Combatía, entre otros títulos, con un «episodio nacional» también, y en extremo révolté, por cierto: Cambio de bandera, de Félix de Azúa, novísimo que fue a dos bandas…