Poesía catalana para los 90. Hagan juego señores

Francesc Parcerisas

Sí, fuera del ámbito estrictamente profesional y de los círculos interesados —es decir, fuera del público específico de la cultura catalana, de ese público que, por fortuna, goza de una vitalidad ciertamente limitada pero insólita—, todavía resulta difícil escribir de modo sucinto y sin excesivos preámbulos sobre poesía catalana es porque, tanto si consideramos que el desconocimiento proviene de una humillante herencia política e intelectual que hemos de aceptar con fatalismo compungido como si creemos que se trata de un estado de cosas más propio de la inevitable modernidad, que, en tal caso, hay que aceptar con regocijado cinismo —porque, en definitiva, que nos va ni nos viene en un género literario minoritario perteneciente a una literatura pequeña—; si resulta, pues, difícil escribir sobre poesía catalana es porque el crítico se ve obligado, en cada artículo, a hacer historia, a explicar en qué consiste el juego, cuáles son las reglas y cómo funcionan los palos de la baraja, por si acaso las cartas estuvieran marcadas. Claro que, para consuelo de pocos, lo mismo ocurre cuando intentamos hablar de cualquier arte, sea de la plástica o de la literatura holandesa, o turca, o noruega, pongamos por caso, o incluso —y ya perdonarán los iniciados, porque saben que no van con ellos— cuando pretendemos discutir qué se escribe y quién escribe en los centros culturales aparentemente archipublicitados de Occidente, como los prepotentes EE.UU. o la Gran Bretaña. La mayoría nunca sabe nada de nada.

Basten estas consideraciones para repetir lo difícil que resulta, al hablar de poesía catalana actual, no mencionar, como puntos de referencia, a Josep Carner (1884-1970) o a Carles Riba (1893-1959) o a J.-V. Foix (1893-1987), y lo difícil que resulta, para los lectores, apreciar, prescindiendo de esta historia literaria inmediata, cualquier obra nueva, ya que sólo la tradición les puede ayudar a saber si lo que leen es un enésimo, descafeinado y peligroso refrito de Guillén, de Valéry o de Eliot (o una sátira social a lo Pere Quart, o una lírica descarnada de anhelos trascendentes a lo Espriu, o un malabarismo verbal a lo Joan Brossa), o si se hallan ante una voz que tal vez tenga ecos de todos esos autores, pero que se expresa con voz perfectamente e inocentemente original y auténtica.

La poesía de los 90

De modo que, en una cultura tan necesitada, por pura supervivencia, de la autoafirmación de sus raíces, de su tejido interno, la poesía catalana de los 90 tendrá que continuar siendo —y la afirmación sólo es una boutade a medias— la de la tradición y de la producción reciente: Salvat Papasseit, Marià Manent, Tomàs Garcés, Marià Villangómez, Joan Vinyoli, Vicent Andrés Estellés, Gabriel Ferrater, Joan Perucho, Jordi Sarsanedas, Josep M.ª Llompart, Miquel Martí i Pol, Joan Margarit, Feliu Formosa, Blai Bonet, Miquel Bauçà, Narcís Comadira, Pere Gimferrer, Toni Marí, Salvador Oliva, Marta Pessarrodona, Josep M.ª Fulquet, Jaume Pont, Josep Piera, Pere Rovira… Un revoltillo de nombres en el que podemos incluir, casi a modo de provocación pero como una absoluta «necesidad», a poetas que hicieron a finales del siglo pasado, y ya muertos, y a todos los pre- y post-cuarentones nacidos hasta los años 50: cronología divisoria ésta que es artificial hasta el descaro frente a otras divisorias absolutamente esenciales que, sin embargo, nos llevarían a hacer todavía más historia del pasado y no del presente —por ejemplo, la divisoria entre los poetas nacidos antes o después de la Guerra Civil.

La producción de poetas jóvenes

Lo cierto es que, así considerados, un repaso en bloque a la producción de los poetas catalanes más jóvenes produce cierta sorpresa. La generación que ronda los treinta años —y que vivió la muerte de Franco en la escuela se muestra, todavía—, y son, sin duda, aires de los tiempos, como una generación más continuadora, previsible y dócil, que no rupturista. A diferencia de los escritores de los infelices (aunque no injustamente añorados) 60, que hicieron lanzas de sus primeras páginas entre el compromiso y la ruptura, la sociedad literaria actual —catalana o no— parece reclamar del poeta un producto más individualizado y esteticizante, siempre inteligente, educado y correcto, un producto que apenas tiene venia para rozar —en temas no conflictivos, desde luego— zonas de marginación. Como si la poesía tuviese una función aceptable a condición que se la promocione desde el limbo couché y multicolor de las revistas ilustradas. Los poetas de los 80 han sido, pues, simpáticos ejecutivos literarios, pudorosos universitarios con mundo y lecturas, que practican un prudente surf lírico por el mar contaminado hasta la putrefacción, pero soleado y en calma, de la modernidad. De hecho son lo que la cultura ibérica ha venido echando de menos desde el primer tercio de siglo, la castellana de la Residencia de Estudiantes y la catalana de la Mancomunidad de Prat de la Riba y el noucentisme: son «normales». Y hoy la normalidad poética quiere decir hallarse instalados en la tradición literaria universal, en el trabajo del verso y de las imágenes, en los temas del desarrollo de la experiencia y del descubrimiento de la intimidad, en la búsqueda de la «obra bien hecha —limpia, correcta—. Instalados, quizá, en el «aquí no pasa nada» de nuestros días y nuestras letras, que permite escribir sin sangre y pagar con tarjeta de crédito. Sin embargo, no veo en el horizonte a ningún experimentalista como Joan Brossa, a ningún héroe amargo de la vida como Joan Vinyoli, ningún mesianismo espiritual a la manera de Blai Bonet, a ningún poeta montaraz como Miquel Bauçà -aunque no es que la poesía deba ser eso, o sólo eso, desde luego. Pero con el ejemplo reciente de la generación de poetas catalanes de los 70, que, después de irrumpir atronadoramente en el panorama poético -con editorial y programa combativo nacionalista y regeneracionista, se dispersó, enmudeció, se funcionarizó o, más sensatamente, ha continuado escribiendo medio a escondidas y por libre, cabe temer que a los más jóvenes les ocurra otro tanto en cuanto tengan su puesto de consumo asegurado. Demasiado pronto para profetizar, tenemos que limitarnos a repasar algunos nombres.

Los poetas de los 80 han sido, pues, simpáticos ejecutivos literarios, pudorosos universitarios con mundo y lecturas, que practican un prudente «surf» lírico por el mar contaminado hasta la putrefacción, pero soleado y en calma, de la modernidad.

Panorama de autores

El mallorquín Josep Albertí (1950), crítico lúcido, agitador cultural y provocador vanguardista, no ha vuelto a publicar —que yo sepa— desde Lesions (1982); su evolución a partir de un primer libro de lenguaje barroco y habilidad métrica hasta el actual silencio contrasta con el conformismo de otros poetas de su generación, por ejemplo con el precoz Joan M. Puigvert (1959), que publicó, en plena boga de algunas pirotecnias de Foix y Brossa, Pleniluni (1980) y El clima de les flautes (1982), libros de sonetos sonoros y furor esdrújulo, para caer luego en un silencio que no ha roto. También Joan Maluquer, en Blava fulgència (1988), narra, paradójicamente en sonetos clásicos, una historia amorosa de ambientación perfectamente contemporánea. Más joven todavía, Carles Torner (Barcelona, 1963) llamó también la atención por la riqueza de sus recursos estilísticos —métrica y rima, figuras— y su dominio de la lengua —recuperación de cierto popularismo, ironía—. Pero desde sus primeros libros, A la ciutat blanca (1984) y Als límits de la sal (1985), hasta el reciente L’àngel del saqueig (1990), la distancia recorrida ha sido mucha: ruptura con el amaneramiento formal, introducción de ricas y variadas experiencias humanas, libertad y dislocación de imágenes.

Aunque Torner ha ido más lejos que muchos de sus compañeros generacionales, su preocupación por el núcleo «ético» de la experiencia —una tradición omnipresente en la mayoría de autores de la generación anterior— es compartida por Jaume Subirana (1963) en Pel iure extrem (1984) y Final de festa (1989), libros de entusiasmo juvenil y de reflexión sorprendida, irónica o amarga sobre las «calas» de la vida. Con mayor ironía y una ejemplar capacidad de distanciamiento, Antoni Puigvert (1954) repasa en Vista cansada (1990) un mundo aparentemente menor, pero profundo en su sencillez: la vida diaria de un «menos» joven profesor de provincias. Alex Susanna (1957), profesor, editor, traductor, memorialista y publicista de las belleslettres, ofrece un crisol más exquisito y ambicioso de sus contactos y lecturas, principalmente en su último libro, más sentencioso, Palau d’hivern (1987), mientrás que el valenciano Josep Ballester, en Tatuatge y Oasi (ambos de 1989), logra crear un clima de apuntes breves donde predomina lo lírico y colorista.

Distinto, por más severo, fue Jordi Larios (1957), que en Home sol (1984) cantaba, en decasílabos sentenciosos —el verso predilecto de la poesía catalana actual—, topos tradicionales como el paisaje, el amor y la soledad. Similarmente, Jordi Cornudella (1962), en su único poemario, Felí encès (1985), muestra con rara madurez, bajo imágenes de temas cotidianos, su capacidad analítica de interiorización, puesta al servicio de su erudición y acerada inteligencia.

María Mercè Marçal (1952) se ha sumergido y ha evitado todos los ismos gracias a su larga trayectoria poética de independencia y depuración: véase el volumen de más de 500 páginas Llengua abolida (1973-1988), que recoge su poesía hasta la fecha. Similarmente, el científico David Jou (1953) ha logrado renovar la temática habitual de la poesía con una producción prolífica que mezcla con tacto ciencia e intimidad: Mirall de vellut negre (1981), Tapis (1982), Arbre (1983), Teoria (1987), Transfiguracions y Joc d’ombres (ambos de 1988).

Finalmente, a ambos extremos de este incompleto arco generacional, tres nombres y tres maneras de concebir la poesía perfectamente diferenciadas: Francesc Prat (1950), Susan Buzzi (1964) y Margalida Pons (1966). El primero ha publicado tres libros unánimemente elogiados: Paradís de cendra (1982), El soldat rosa (1983) y Larari (1986), muestra de un mundo personal, depurado, intensamente lírico e intelectualizado, con abundantes referentes culturales, que alterna las prosas cortas con la «japonesería». Prat, ajeno a grupos o tradiciones, es el más original y renovador de los jóvenes escritores. Matemàtica verbal (1989), de Susan Buzzi, al otro extremo, es un libro que parece candoroso, casi adolescente, pereo que tiene la forma descarnada, la intuición psicológica y al crueldad de un Ronald Lang. Sis bronzes grisos d’alba (1986), de Margalida Tomàs, recupera, por fin, la mejor tradición del simbolismo con sosiego y acentos íntimos y personales.

Panorama, pues, variado, pero más bien previsible. En realidad, los resultados más interesantes de la poesía catalana de los 90 posiblemente no van a salir, todavía, de esa primera generación postfranquista que ronda los 30 años, sino otra generación: la de posguerra, que ha llegado a la madurez y que se halla en plena actividad intelectual. Joan Margarit, cuyos excelentes Pluja d’hivern y Edat roja le han garantizado un lugar destacado en la poesía «experiencial», o Feliu Formosa, autor mucho menos prolífico, están en plena madurez productiva. La poesía intelectual de Toni Marí (El preludi, Viatge d’hivern) o de Carles Miralles (La mà de l’arquer) no ha hecho más que adentrarse en un terreno que tiene antecedentes lejanos en Riba o en la poesía de tesi europea y que puede ser ejemplar. El proyecto de poema narrativo de Salvador Oliva (a la manera de The Golden Gate de Vikram Setz) continúa inconcluso e inédito. Narcís Comadira lleva años siguiendo una trayectoria de rigor envidiable: exploración de las raíces personales en Album de família; exploración de la ideología en Rèquiem y exploración de los sentidos en su reciente En quarantena. Y Pere Gimferrer, interesado por el soneto, pasa del apunte de intensidad fugaz de El vendaval a la densidad de su ya anunciado nuevo volumen, Llum.