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Ver productosLa autora recupera la figura de Juan de Santo Tomás como una útil referencia ante el reto que nos plantea la inteligencia artificial

14 Oct 2026 - 8 min.
Mercedes Rubio García es profesora asistente de la Universidad de Navarra. Pertenece al grupo de investigación Continuación del pensamiento de Leonardo Polo
Avance
La profesora de la Universidad de Navarra Mercedes Rubio participó en la mesa redonda Algunos desafíos actuales: Globalización, Inteligencia Artificial, Ciencia y fe, dentro del Congreso Internacional dedicado a «Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca: Humanismo cristiano y dignidad humana», celebrado en la Facultad de Teología de San Esteban de Salamanca entre el 1 y el 4 de octubre. La profesora Mercedes Rubio habló de La persona humana en la Escuela de Salamanca ante los desafíos antropológicos de la era digital, intervención en la que reivindicó la figura del fraile portugués Juan de Santo Tomás. Este es un resumen de su charla.
ArtÍculo
La revolución de este nuevo mundo que es la inteligencia artificial (IA) tiene también —como el Nuevo Mundo de 1492— un componente antropológico. Nos obliga a preguntarnos por quiénes somos los seres humanos, la misma pregunta de fondo que se hicieron Francisco de Vitoria y toda la Escuela de Salamanca: quién es el ser humano, qué le caracteriza como tal. La revolución de la IA es una oportunidad única para revisar la noción de persona humana y de aquello que la define, la inteligencia.
Ciertos desarrollos filosóficos que se dieron en el paso de la Edad Media a la modernidad nos han legado una comprensión deficiente de la persona humana y de lo que es la inteligencia del ser humano.
Juan de Santo Tomás (Juan Poinsot), cumbre especulativa de la Escuela de Salamanca cuya aportación ha sido menos apreciada de lo que debiera, nos ofrece las claves de lo que le falta a esa noción moderna de ser humano. Su monumental contribución al desarrollo de la antropología y de la teoría del conocimiento tiene el potencial necesario para superar la crisis antropológica de la modernidad, en la que nos encontramos.
Estamos en un momento histórico clave. La IA es, de entrada, una herramienta como tantas que ha fabricado el ser humano desde siempre. Pero con dos peculiaridades. Por primera vez, los instrumentos de la IA nos permiten establecer una comunicación lingüística en lenguaje ordinario, lo que nos produce la sensación de estar ante un interlocutor inteligente, y por tanto personal. Por otro lado, entre las proyecciones de desarrollo de la IA que se barajan actualmente, ocupa un lugar destacado el crecimiento. Estamos ante instrumentos capaces de aprender, de adquirir habilidades nuevas y de autogestionarse de manera progresivamente más precisa. Este crecimiento por aprendizaje es algo que hasta ahora asociábamos inequívocamente con una inteligencia viva. Es decir, la amenaza que percibimos de la IA procede, no de su competencia en lo que tenemos o hacemos, sino en lo que nos define como seres humanos: ser seres racionales.
A ello se añade una velocidad de implantación social de estas herramientas que supera nuestra capacidad de asimilar los cambios. De ahí la urgencia de reflexionar intensivamente sobre la naturaleza y alcance de la inteligencia humana, y, por ello, de volver sobre la crítica aportación de Juan de Santo Tomás en esta cuestión.
Si la IA nos obliga a preguntarnos por lo que es ser persona y por lo que es la inteligencia y no encontramos la respuesta, tenemos que reconocer que las nociones que hemos heredado son, cuando menos, deficientes.
La cultura contemporánea, y con ella el propio campo de la IA, trabaja con una noción de inteligencia confusa, que la reduce a razón discursiva, cálculo o comportamiento. Si la inteligencia es eso, la máquina ganará, porque calcula más, más rápido y con más datos. Esta confusión tiene una genealogía. Aristóteles distinguía entre el intelecto agente, siempre en acto, y la razón discursiva, que pasa intermitentemente de la potencia al acto; pero la tradición posterior acabó tratando inteligencia y razón como sinónimos. Con Duns Escoto y Guillermo de Ockham, la inteligencia pasa a ser un espejo pasivo que refleja lo real, mientras que lo activo en el hombre es la voluntad. El puente entre la mente y lo real primero se vuelve problemático y después se rompe. Con Descartes, las ideas se convierten en el objeto inmediato del conocimiento: conocer ya no es aprehender lo real, sino inspeccionar contenidos mentales. La duda es una decisión de la voluntad; el voluntarismo queda instalado en el origen de la antropología moderna. La filosofía posterior, a partir de Kant, decreta que la cosa en sí es inalcanzable, los conceptos son «metáforas olvidadas» y el lenguaje ya no remite al ser, sino a otros signos, en un juego autorreferencial.
El exponencial desarrollo tecnológico actual de la IA es como el corolario de la filosofía cartesiana. Los grandes modelos de lenguaje que sustentan la IA son la realización técnica del paradigma gnoseológico que la modernidad eligió: signos que remiten a otros signos, representaciones sin referente, lenguaje sin nadie que diga.
No es de extrañar que, con esta noción de inteligencia, la máquina nos parezca inteligente: la hemos construido al hilo de una teoría del conocimiento que no es humana sino mecánica. No es que la máquina se haya vuelto humana; es que llevamos cinco siglos pensando lo humano como si fuera una máquina productora de representaciones. Lo que no supone una condena a la técnica. La IA es una herramienta de incalculable valor para mejorar y facilitar el trabajo humano. El error reside en el deficiente concepto de inteligencia humana que tenemos como presupuesto.
Hubo, sin embargo, otro camino gnoseológico alternativo al de Descartes, que se abrió precisamente en la tradición de la Escuela de Salamanca. La propuesta gnoseológico-antropológica de Juan de Santo Tomás (1589-1644) permite comprender lo más distintivo y exclusivo del conocimiento humano, justamente lo que la IA no puede reproducir.
Formado en Coímbra y Lovaina, Juan de Santo Tomás es plenamente salmantino por método, problemas y cadena de maestros. Es el gran sistematizador de los hallazgos de la Escuela de Salamanca. Coetáneo de Descartes, ambos son dos polos de un mismo umbral que responden a la misma pregunta: cómo alcanza la mente humana lo real. Para el salmantino, conocer es acto, no recepción pasiva; el intelecto agente es la luz bajo la cual lo real se hace inteligible: está siempre en acto y es lo que activa la razón discursiva. El hombre no es un espejo que refleja datos ni un procesador que los combina: es una luz que hace inteligible lo real; mientras que un sistema de IA procesa datos, pero no ilumina. No hay en la IA una luz que haga inteligible, ni un «siempre en acto» del que brote la actividad, solo cómputo activado desde fuera.
Otra clave del asunto tiene que ver con el signo. La IA opera exclusivamente con signos instrumentales, signos que remiten a otros signos. Carece del signo formal, del concepto, que no es un tercero entre la mente y la cosa, sino aquello en cuyo ejercicio la cosa misma se hace presente al cognoscente de modo inmaterial. Conocer no consiste en tener duplicados mentales. Mientras que la IA puede producir textos correctos sin conocer, solo la persona posee signos que son pura apertura a lo real.
Otra aportación de Juan de Santo Tomás es que el entendimiento no se limita a recibir una forma, la dice; engendra en su interior un verbo en el que lo conocido queda expresado. Conocer es un decir interior antes que un reflejar, y la verdad es la adecuación que se establece en el verbo dicho. La IA, por su parte, genera palabras exteriores sin palabra interior; produce enunciados sin decir nada. Pero el lenguaje deriva del conocimiento, y no al revés; por eso la competencia lingüística de una máquina no prueba que conozca. La inteligencia humana es imagen de un Logos que dice. La máquina genera palabras; solo la persona dice.
Es clave que la razón esté iluminada por la luz de la fe, pero es más importante todavía —por ser condición de posibilidad para esa iluminación sobrenatural— que la razón discursiva esté iluminada por el inteligir personal, que es el ámbito de la libertad humana. El hombre no es una res cogitans frente a una naturaleza corpórea mecánica, ni una conciencia que impone categorías a un material informe. Es un ser corpóreo con una inteligencia constitutivamente locutiva y relacional: conoce diciendo y por eso puede comunicarse con sus semejantes. La dignidad de la persona se funda en su ser cognoscente y libre, no en su rendimiento. La máquina procesa datos, pero ese proceso no la perfecciona ni la hace crecer en su ser.
De lo anterior podemos extraer tres conclusiones o consecuencias: Una es que no se trata de competir con la IA, sino de ejercer más y mejor los niveles superiores de la inteligencia. El riesgo real no es que la máquina piense, sino que nosotros dejemos de decir interiormente lo que conocemos y deleguemos nuestro pensar en procesos mecánicos o digitales, que son ajenos y extraños a la persona humana. Otra conclusión es que la teoría del conocimiento de la Escuela de Salamanca puede ofrecer a quienes desarrollan IA un mapa claro de las operaciones que intentan imitar y de sus límites. Finalmente, recuperar a Juan de Santo Tomás es también reparar un olvido historiográfico que no es accidental, sino que procede de la misma línea de pensamiento que su obra impugna.
En 1637 se abrieron dos caminos. Europa tomó el de Descartes, y hoy vemos adónde conduce: a un pensamiento encerrado en sus representaciones y a un lenguaje que ya no dice el ser. Que aquel camino no se tomara entonces no es irreversible. Quizá sea la ocasión de reanudarlo, y quizá deba hacerse, de nuevo, desde Salamanca.
La foto que ilustra el artículo muestra las Escuelas Menores de la Universidad de Salamanca. El autor es Zarateman. Es de dominio público, con licencia Creative Commons, vía Wikimedia Commons. Puede verse aquí.