Pascualillo en latín como Don Quijote

Bárbara Pastor Artigues

A las numerosas ediciones castellanas de PascualilloLa familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, el premio Nobel del 89, y a las muchas que existen en las más diversas lenguas, se suma una versión bien elaborada, ingeniosa y atractiva para quienes conozcan esa venerable lengua, o recuerden algo de lo que llegaron a aprender de jóvenes, o simplemente admiren la famosa obra con que dio comienzo la carrera novelística del autor.

La traductora, como ya anunciábamos en el número 1 de Nueva Revista, es Bárbara Pastor Artigues, una joven doctora en Filología Clásica y catedrática de Latín de Bachillerato, que actualmente reside en Midland (Michigan, Estados Unidos).

En un prólogo la traductora explica con qué criterios lingüísticos y literarios ha realizado su tarea. Se abstiene de explicar por qué y piensa que al lector no ha de importarle mucho. Pero puede creerse que, entre otras cosas, ha querido mostrar que la vieja lengua de Roma es un instrumento ágil, apto para cualquier tipo de expresión común y literaria y para la comunicación.

Las obras más notables de la gran literatura de la edad moderna ya habían sido vertidas al latín. Entre ellas nada menos que el Quijote de Cervantes. Quizá Bárbara Pastor, poniendo a Pascual Duarte y a Cela en latín, ha aportado también una prueba terminante de que la escritura del premio Nobel español del 89 es una escritura universal. Buen fabulador y buen hablador, Cela es antes que todo eso, un gran escritor. Y eso desde joven, ya cuando inventaba a este Pascualillo, a quien mientras moría a sus manos llamó así el prócer local, don Jesús, el conde, que fue quizá la última de las víctimas de este brutal, y a veces tierno, personaje de tragedia.

A continuación publicamos unos párrafos del prólogo de Bárbara Pastor y unos cuantos pasajes en español y en latín de este renovado Pascual, que ahora habla en una lengua que muchos pensaban que sólo servía para pronunciar tremendos discursos contra Catilina, escribir hexámetros o mandar legiones.

La traductora se explica

Lejos me hallo de exponer causa, motivo o razón de esta traducción a la lengua latina de una obra maestra de la literatura española contemporánea: por qué una obra de Camilo José Cela, por qué La familia de Pascual Duarte… Estimo que las cosas marchan por la vía del qué, y no por la del porqué.

Supone, verdaderamente, un gran esfuerzo no se consigue hacer sin explicar, decir sin introducir las páginas que uno ha escrito. Es derecho legítimo del lector, es cierto, saber lo que va a leer. Pero, ¿sabe el lector por qué lo va a leer?

A mí, por de pronto, me corresponde explicarle qué va a leer: una versión al latín de La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, escritor español del siglo XX. No fácilmente puedo hallar otros títulos que me susciten la apasionante aventura de expresar en latín pensamientos, actos, iras, odios, luchas, muertes, remordimientos, pesares, miserias, angustias de un pobre ser humano camino del patíbulo…

No es difícil encontrar el término latino correspondiente a «casa», «ratón» (¿y si es ratón campestre?), «jardín», «andar», «saltar»; algo más difícil es encontrar el término para expresar el brillo de los ojos de Lola, que hieren al mirar, o para distinguir entre el «caño» de una fuente y el «caño» de una escopeta, o entre el aguamanil y la aljofaina, o saber qué rojo le corresponde a la cara de don Conrado, cuando ahogado por la tos se pone rojo como un tomate: no vayamos a darle el rojo de esa lustrosa raya que adorna el traje de Pascual el día de su boda; o cómo contar que se usaron hilas de algodón para secar el cuerpo de Mario, ahogado en una tinaja de aceite, para evitar que se presentara grasiento al Juicio.

Ahora bien, cuando se trata de decir que el padre de Pascual arrea hebillazos a su mujer parturienta, o que unas bubas le han dejado al pobre Mario la piel del trasero en carne viva, o que un guarro («con perdón») le mordió las dos orejas y hubo que desinfectarle con polvos amarillitos de seroformo, o que el Estirao fue en sus tiempos novillero en las plazas andaluzas, y que en sus andanzas por la capital, Pascualillo fue ayudante de cocina en el Hotel Ferrocarrilana, poco sirven los diccionarios al uso. «¡O tempora…!», supo decir Pascual Duarte sin saber-¿o sí sabía? quién fue don Marco Tulio.

Los nombres propios (persona-lugar) se mantienen, por sugerencia del autor, sin traducir. En cuanto al nombre del protagonista, y por consiguiente, del título, lo mantenemos en español por dos razones: primera, porque resultaría disonante con los otros nombres, especialmente en los casos en que aparece en vocativo dentro de los diálogos; y en segundo lugar, hace imposible su traducción el hecho de que don Jesús González de la Riva lo llame «Pascualillo». Así pues, no leemos las aventuras y desventuras de Paschalis, como sería de esperar, sino de Pascual Duarte, de todos conocido.

Evito muy especialmente los anacronismos: la manzanilla que ofreciera a los hombres Pascual Duarte el día de su boda es un vino que sólo es tal vino por sus cualidades y origen; no procede, pues, traducirlo ni siquiera por el vino más puro y más fuerte que conocieran los romanos. El término que corresponde a manzanilla es, sencillamente, el mismo, señalado entre comillas… es una pena que Bizet no concediera a Carmen cantar en latín su seguidilla.

Se respeta estrictamente la puntuación de párrafos y líneas, pese a la dificultad que a veces conlleva, dada su extensión. Si bien otras traducciones, como la francesa o la portuguesa, cortan o modifican la puntuación en aras de una más cómoda lectura, nos parece de capital importancia mantener esa oposición entre frases cortas, dubitativas, expresivas, y aquellas que -según el propio Pascual- se sueltan como a las mientes vienen; éstas son, en definitiva, las reflexiones filosóficas a las que también él tiene derecho (aunque tanto lo critique Paul Ilie) y los discursos de su propia introspección. No se nos oculta lo que es capaz de decir una coma, o cuánto puede sugerir una línea de puntos suspensivos sin que intervenga la palabra, como cosa increíblemente bella ocurre en la lucha feroz entre Pascual y Lola («…hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven…»).

EL AMBIENTE Y LA GENTE DE PASCUAL EN DOS LENGUAS

El pueblo de Pascual

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya.

Nací hace ya muchos años -lo menos cincuenta y cinco en un pueblo perdido por la provincia de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobre una carretera lisa y larga como un día sin pan, lisa y larga como los días de una lisura y una largura como usted para su bien, no puede ni figurarse de un condenado a muerte.

Ego, domine, non pravus, etsi quidem causa cur essem minime deesset. Cum nascimur, omnibus est mortalibus eadem pellis, et tamen placet fato nos mutare veluti cereos ac diversis itineribus in unum finem inferre: mortem. Sunt enim alii homines floridis viis progredi iussi aliique carduis atque opuntiis grassari. Inter carnes fuco unguentoque ornatas et notis punctas iam nulli delendis multum interest.

Iam pridem natus sum -annos admodum quinque et quinquaginta- reducto in oppido provinciae Badajoz; id binas circa leucas ab Almendralejo aberat, submissum viam ad vehicularem planam ac longam sicut dies sine pane, planam ac longam ut capitis damnati dies, tam plani ac longi quam nullatenus beneficio tuo cogitare potes.

El padre y la madre

De mi niñez no son precisamente buenos recuerdos los que guardo. Mi padre se llamaba Esteban Duarte Diniz, y era portugués, cuarentón cuando yo niño, y alto y gordo como un monte. Tenía la color tostada y un estupendo bigote negro que se echaba para abajo. Según cuentan, cuando joven le tiraban las guías para arriba, pero, desde que estuvo en la cárcel, se le arruinó la prestancia, se le ablandó la fuerza del bigote y ya para abajo hubo de llevarlo hasta el sepulcro…

Mi madre, al revés que mi padre, no era gruesa, aunque andaba muy bien de estaturas; era larga y chupada y no tenía aspecto de buena salud, sino que, por el contrario, tenía la tez cetrina y las mejillas hondas y toda la presencia o de estar tisica o de no andarle muy lejos; era también desabrida y violenta, tenía un humor que se daba a todos los diablos y un lenguaje en la boca que Dios le haya perdonado, porque blasfemaba las peores cosas a cada momento y por los más débiles motivos.

Pueritiam demum non gratam teneo memoria. Patri nomen Esteban Duarte Diniz, lusitano, quadragenario me puero, et procero et crasso instar montis. Qui adusto praeditus colore ac mirifico mystace deorsum vergente. Ut aiunt, spicula mystacis eo iuvene sursum vergere, sed postquam in carcerem fuit conditus, excisa praestanti facie, languere coeperunt et usque ad tumulum deorsum ostendere decuit…

Mater autem prorsus alia et pater grandis non erat, licet eminens statura; etenim procera atque exilis haud valere videbatur, immo contra colore mustelino et cavis genis, adeo ut pthisico morbo affici se putares vel praeter propter; etiamque proterva caldicerebrio saepe stomachari, et canina verba exspuere -Deus ignoverit, namque obscene ea oppedere et de lana caprina usque rixari.

La boda

La misa duró, como todas, sobre la media hora, pero aquella media hora se me pasó en un vuelo. Cuando acabó, me volví a la sacristía. Allí estaba don Manuel desvistiéndose.

-Tú dirás.

-Pues ya ve, usted… Me querría casar.

-Me parece muy bien, hijo, me parece muy bien; para eso ha creado Dios a los hombres y a las mujeres, para la perpetuación de la especie humana.

-Sí, señor.

-Bien, bien. ¿Y con quién? ¿Con la Lola?

-Sí, señor.

-¿Y lo llevas pensando mucho tiempo?

-No, señor; ayer…

-¿Ayer, nada más?

-Nada más. Ayer me dijo ella lo que había.

-¿Había algo?

-Sí.

-¿Embarazada?

-Sí, señor. Embarazada.

-Pues sí, hijo; lo mejor es que os caséis. Dios os lo perdonará todo y, ante la vista de los hombres, incluso, ganáis en consideración.

Al cabo de poco más de un mes, el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, que aquel año cuadró en miércoles, y después de haber cumplido con todos los requisitos de la ley de la Iglesia, Lola y yo nos casamos.

Missa circiter semihora, sicut omnes, est dicta, sed id spatium temporis celerrimum mihi transit. Cum in finem pervenisset, ad sacrarium iterum adivi. Dominus Manuel vestem discingere.

-Age porro.

-Ecce me… uxorem ducere libet.

-Optime videtur, fili, optime videtur; Deus viros et feminas profecto creavit eo quo species hominum perpetua fieret.

-Ita, domine.

-Euge, euge. Quam? An Lola?

-Ita, domine.

-En pridem muginaris?

-Minime vero, domine, heri…

-Aisne modo heri?

-Modo. Quid esset ea heri mihi dixit.

-Ita.

-An gravida?

-Ita, domine, gravida.

-Utique, fili, praestat vos in nuptias ire. Deus omnia ignoscet etiamque hoc decori apud homines videbitur.

Paulo amplius mense post duodecimo die decembris, feria Virginis «de Guadalupe» quae illo anno die Mercurii cecidit, omnibus secundum ecclesiae legem peractis, ego atque Lola in nuptias ivimus.

Notas sobre la traducción

Ha sido utilizada para esta traducción la edición recomendada por el autor:

  • Cela, C. J. Obras completas. Ediciones Destino. Barcelona, 1973.

En las expresiones con doble traducción, empleo la más acorde con el carácter y tono de la frase de que se trate. Así, para traducir «un guarro (con perdón) le mordió las dos orejas…», entre la expresión «venia sit dicto» más clásica, y «praefiscine», común en Petronio, utilizo ésta. Lo mismo reza para giros o frases coloquiales. Por ejemplo, la pregunta «¿para qué?», es normalmente «quam ob rem», «quare», «quorsus», «quid», etc. Ocurre que Petronio pregunta ¿ut quid?: a ésta me atengo, por cuanto me permite responder a la frase siguiente… «para que».

Si se trata de traducir una palabra con doble representación en latín, me adhiero a la que es capaz de producir el efecto deseado por la original. Tal es el caso de «preñada»; dado que entre las dos posibles latinas «gravida» y «praegnans», ninguna de ellas es privativa de persona o de animal, sino indistintamente, para ambos vocablos, usos repetidos en la literatura: Cicerón nos habla de «est gravida uxor» (Clu. 31), Virgilio se refiere a «gravidae pecudes» (G.2,150); asimismo, Cicerón llama «praegnans uxor» (de Or.1,183), y Plinio «praegnans equa» (10,180). Más aún, Columela nos describe a una calabaza «praegnans cucurbita» (10,379).

He intentado muy particularmente reflejar el estado anímico, el tono o la intención del personaje. Cuando Pascual nos habla desde su corazón, con tono poético y triste, merece que se respeten sus palabras: «Me pasaba largas horas sentado sobre la piedra…» en sí mismo cabría traducir por «tero», que equivale a pasar el tiempo en algo; pero por las líneas que siguen, llenas de esa tristeza y melancolía que le obligan a no dejar la piedra, y volver a sentarse sobre ella, es evidente el sentimiento de Pascual, semejante al de Virgilio cuando expresa «pasar el tiempo cantando: condo». Y éste es el que corresponde al contexto.

En las situaciones de ira, odio, violencia, ironía, sarcasmo, procuro buscar el término más adecuado para cada momento. En la descripción de la madre -¡ímproba labor a fe mía!, Pascual sobrepasa los límites de lo verbal, y penetra en lo sensitivo: su madre tiene la piel color cetrino, lo cual en sí no es gran cosa, pero está claro el rechazo que este color nos produce cuando hemos leído la descripción entera, inseparable de la depravada mente y bajas formas de su madre, que es una «zorra». El adjetivo «cetrino» lo he traducido por «mustelinus», que viene de «mustela», comadreja: este animal mata las crías de las aves y se come los huevos. Tal es el sentimiento de Pascual por su madre, de la que sospecha su participación en la voluntad de ver morir a los dos hijos que Pascual tiene, y pierde.

En alguna ocasión, para una misma palabra española utilizo dos distintas latinas, cuando el contexto así lo requiere. No puedo llamar «bruja» (strix) a la madre de Pascual, cuando espanta entre las sombras de la noche… de igual manera que llamo «bruja» (venefica) a la pobre doña Engracia, que, gracias a que es comadrona y medio bruja, consigue domar con mixturas y otros varios a la desatada parturienta, que grita como una condenada y una mala cristiana.

Para las horas y fechas, sigo un criterio de sentido común. El reloj del campanario marca la «hora prima» (pues entiendo que se refiere a las 9 de la mañana), pues si por aquello de que suena familiar al desconocedor del calendario y horario romanos utilizo la «hora nona», nos vamos a las 3-6 de la tarde. En cuanto al calendario, no imaginamos a Pascual fechando su carta en calendas.

La ignorancia científicomédica de Pascual no tiene mucha importancia, si no fuera porque en alguna ocasión me ha dado quebraderos de cabeza. Las bubas producidas por el sarpullido de Mario corresponden en latín a «pustula», que indica las bubas (úlcera) de origen generalmente sifilítico que salen en las ingles. No creo que tal sea lo de Mario, sino más bien se trata de una erisipela, que es efectivamente una enfermedad infecciosa de la piel, en especial la cara, cuellos, manos, en que el área infectada se pone encarnada y brillante. Y así la describe Columela. Traduzco, por tanto, dichas bubas por «pustula», dado que así las llama Pascual, pero adviértase que se trata de «pusula».

Dicho ya todo esto, me resta expresar mi agradecimiento, en primer lugar, a don Camilo José Cela y a don Fernando Huarte Morton, de cuya boca oyera… Cualquiera pone en latín: «Yo, señor, no soy malo».