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«El Aleph», de Borges

El Aleph sucede, como colección de cuentos, a Ficciones. Algunos de los relatos más representativos de Borges, como «El Aleph», que da título al volumen, y «La casa de Asterion», están contenidos en sus páginas. En ellos se mezcla de forma admirable un estilo narrativo riguroso y exacto que, a partir de una anécdota mundana o nacida de la vasta erudición del autor, introduce la especulación. Los temas, recurrentes en Borges, son la inmortalidad, el infinito, el destino, la soledad, el doble.

No hay duda, y es algo aceptado por la crítica y sus innumerables lectores, que Borges es el maestro del relato breve. La dimensión de cada una de sus ficciones pretende, como esa esfera oculta en el sótano de la mansión de Daneri, a la que este da el nombre de Aleph, la mínima extensión; pero, a la vez, también como esa esfera, contener en sí la vastedad de sus lecturas, la infinitud del universo entero y simultáneo, quizás la divinidad.

Ese es el argumento del cuento que da título a la colección, el «inefable centro» del relato: el descubrimiento de un punto en el que están contenidos todos los puntos del universo, reflejados en él como en un espejo, «sin superposición y sin transparencia». Otros motivos espaciales borgianos abundan en lo mismo: el laberinto, la biblioteca infinita que en sí misma contiene todos los volúmenes posibles, lugares que replican otros lugares y que contienen todos.

Pero, además, en los relatos de Borges las posibilidades de la escritura, como los reflejos del Aleph, no tienen límite. Y si la combinación de signos en la frase y de las frases en un discurso es siempre nueva, también lo es la manera en que Borges reformula sus propias lecturas, quizás también infinitas. De ahí los quiebres constantes en la lógica de la realidad, las paradojas, la ironía, la negación del mismo relato; porque el Aleph contemplado —lo dice al final el mismo Borges— puede no ser el único, puede ser falso, reflejo quizás del Aleph auténtico.

Puede que este sea uno de los encantos de la narrativa borgiana: el juego en la construcción de tramas, en la interpretación constante. En este sentido, vale la valoración que José Miguel Oviedo hace del Borges creador de relatos: «Escritor cuyo rigor (de geómetra o arquitecto de laberintos y de austeras pirámides verbales) no le impidió ser amable y entretenido como muy pocos».

«Memorias de Adriano» (Marguerite Yourcenar)

Memorias de Adriano es, sin duda alguna, una de las mejores muestras de la novela histórica escrita en el siglo XX, y precursora en gran medida del prestigio que este género ha gozado en las últimas décadas. La forma que le confiere Marguerite Yourcenar, la de una larga epístola dividida en capítulos y dirigida a Marco, permite que la voz del emperador Adriano fluya sin intermediarios y nos revele los acontecimientos de su vida pasada y su interioridad.

En sus cuadernos de notas a las Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar recupera una frase inolvidable de Flaubert: «Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre». Y añade: «Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo».

Solo con su interioridad, vinculado con todo gracias a la posición privilegiada de quien puede abarcar en una mirada las fronteras de su imperio y la civilización, clásica y amada, que Roma extiende por el mundo, Adriano no se detiene en la narración de los hechos que se suceden en su vida: el yo examina su reinado y las campañas militares, reflexiona sobre las artes, recupera sus viajes, revive la pasión por el joven Antínoo y se enfrenta a la muerte. Y si uno de los aciertos de Yourcenar consiste en «elegir el momento en el que el hombre que vivió esa existencia la evalúa, la examina, es por un instante capaz de juzgarla», no cabe duda de que en el juicio que Adriano hace de su existencia a las puertas de la muerte afloran las distintas visiones del pensamiento antiguo, inflamadas, a su vez, de un amor exaltado por el ser humano y por el mundo.

«Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…». Puede que, en el fondo, no sea Marco el destinatario de la epístola; puede que lo sea esa alma que es parte de uno mismo, tierna, flotante, huésped y compañera; ese espíritu con el que dialogamos con cierta nostalgia, deseosos de perpetuar las cosas amadas. La memoria, de alguna manera, contribuye a hacer de este anhelo una realidad; pero es la escritura, esta vez la de Yourcenar, la que garantiza a la última visión de Adriano la perpetuidad ansiada.

«El viejo y el mar», de Ernest Hemingway

Junto a sus grandes valores estilísticos, la prosa del gran escritor norteamericano Ernest Hemingway (1899-1961) posee para los lectores de lengua castellana un atractivo suplementario: su apasionado interés por todo lo español y también por todo lo hispano-americano.

Tras su descubrimiento de Europa —en especial, París, su indiscutible capital en el periodo de entreguerras—, la Península ibérica, su pasado, gentes y folclore se convirtieron en la temática predilecta de su biografía y, en parte, igualmente de su obra literaria.

Su novela Por quién doblan las campanas, de axiología crítica discutible, constituye, sin embargo, un canto emocionado al pueblo español en su conjunto, sin distinción de bandos.

La última de sus grandes obras, El viejo y el mar, se ambienta en la Cuba procastrista con un hilo argumental cargado de simbolismo y profundidad. El choque entre la inmensidad del mar y, a la luz humana, el misterio insondable de la vejez da lugar a una narración cargada de íntima poesía.

La prosa podada de toda ornamentación, concisa y directa del autor de Adiós a las armas alcanzará su expresión más aquilatada en esta obra del premio Nóbel estadounidense que sería llevada al cine después de recoger fuertes aplausos de crítica y público.

«Historia del corazón», de Vicente Aleixandre

Aparecido en pleno auge de la llamada «poesía social», algún sector de la crítica ha venido considerando Historia del corazón como integrado en esta corriente poética. Son principalmente dos de los poemas del volumen los que más se acercan a esta categoría y justificarían tal adscripción: el siempre antologado «En la plaza» y «El poeta canta por todos». En ambos el poeta se funde con la oleada humana, haciendo uso precisamente de imágenes marinas, pero de un mar que ya no es cósmico sino el latido de un corazón unánime.

El poemario en su conjunto es más existencial que social, existencial en un sentido más participativo de lo que había venido siendo la poesía de Aleixandre hasta entonces

No obstante, el poemario en su conjunto es más existencial que social, existencial en un sentido más participativo, bien es verdad, de lo que había venido siendo la poesía de Aleixandre hasta entonces. Es un libro escrito desde el «nosotros» de la condición humana compartida, que deriva hacia cierto tono gnómico o sapiencial: «Hermoso es el reino del amor, / pero triste es también».

Incluso cuando el poeta echa mano de la segunda persona no lo hace para particularizar a un interlocutor sino para situarse en un estadio medio entre la autorreflexión y el «tú» universal, reclamando la participación del lector; diríamos que es el «tú» del autodescubrimiento y de la búsqueda de convicción: « ¿Lo sabes? Todo es difícil. Difícil es el amor. / Más difícil su ausencia. Más difícil su presencia o estancia. / Todo es difícil… Parece fácil y qué difícil es / repasar el cabello de nuestra amada con estas manos materiales que lo estrujan y obtienen» («Difícil»).

El lenguaje de Aleixandre se ha hecho más directo, más terso, más cercano al coloquio sin renunciar al largo aliento de los versículos que caracterizan toda su poesía, aunque sin el vuelo visionario anterior a la guerra, lo que da como resultado una rehumanización de su obra que venía ya desde Sombra del Paraíso.

No hay que ver en este descenso a lo terreno una renuncia. En Historia del corazón el rendimiento lírico de esta especie de sumisión rasante es palpable, pues los poemas ganan una tensión que abre la poesía de Aleixandre hacia un intimismo ensanchado que culminará en la gran obra de madurez, Poemas de la consumación, del que aquí se adelantan tonos y temas.

Esta tensión, que da fuerza a los textos, se observa en la continua lucha entre la conciencia del peso terreno de la existencia y lo alado y sublime del amor, del deseo, de los sueños y las aspiraciones compartidas. Así, el cuerpo de la amada se convierte en «solo sonido de mi voz» («Mano entregada»); el protagonista de «El viejo y el sol» se eleva de su onerosa ancianidad en un rayo de sol, convertido en pura luz; o la amada se transfigura en medio de una naturaleza fertilizadora («En el bosquecillo»); incluso las imágenes de elevación y surgimiento hacen que la masa social pierda su horizontalidad para elevarse a otro estadio.

La palabra «historia» del título es índice de un transcurso humano. El libro es el recorrido del corazón del hombre y su crecimiento desde la infancia («La mirada infantil» se titula una de las secciones), pasando por el encuentro con el otro, tanto en el amor como en la convivencia social, hasta llegar a esa vejez que se deslíe hacia otra luz… ¿o hacia otra oscuridad? En un diálogo literario con el Rubén Darío de «Lo fatal», Aleixandre dice sí saber a dónde vamos y de dónde venimos, pues somos «entre dos oscuridades, un relámpago», pero también dialogando con Quevedo escribe: «alma más bien en que todo yo he vivido» («Mirada final»).

«Pedro Páramo», de Juan Rulfo

Puede causar extrañeza que el proyecto de la Biblioteca de Occidente contemple la publicación de una novela como Pedro Páramo junto a grandes clásicos. La obra con su origen mexicano —y apariencia localista— fue publicada en 1955 y recogía la exuberancia de todo un continente convulso y un español de América que alcanzaba una de las mayores cotas expresivas. Todo ello —sin más— justificaría que esta novela se incluya entre las mejores de la literatura universal. Pero, con ser mucho, no recoge lo más genuino de un relato que, a pesar de su brevedad —apenas cien páginas—, consiguió dar un giro a la narrativa universal e iniciar el fructífero realismo mágico.

El protagonista y narrador, Juan Preciado, recibe la promesa de buscar a su padre, Pedro Páramo, un cacique sin escrúpulos que les abandonó. La muerte de su madre le obliga a ponerse en camino hasta Comala, donde —según la memoria de sus antepasados— encontrará a todos sus parientes y conocidos de los que ha oído hablar desde su niñez.

El viaje por un mundo fantasmagórico lleva a nuestro protagonista a una tierra inhóspita, donde los días y las noches se suceden de forma inconexa y los parajes resultan tan reales, como si de otro mundo se tratará. Todo parece muerto o está yerto para el único vivo: él mismo. La entrada en la tierra de la Media Luna, propiedad de Pedro Páramo, con sus colinas secas y rastrojadas, sus casas derruidas y vacías, crean su propia conciencia de alma vagabunda por un mundo de penas y glorias. Poco a poco el miedo se apodera de todo su ser. La percepción de estar en el mundo de los muertos es cada vez más viva.

Solo a la mitad de la novela descubriremos que el mundo por el que caminamos con nuestro protagonista es el mundo de los muertos, el mundo de todos aquellos que no han encontrado el descanso para su alma. Un universo por el que vagan los recuerdos, rencores, temores, de los que poco a poco se han ido de Comala con penas y deudas sin saldar. Juan Preciado conocerá a todos los que trataron a su padre y le odiaron. Se adentrará en su personalidad atormentada por los vicios, víctima de su único amor verdadero, al que no le queda más que su propia muerte.

Ni el tiempo, ni el espacio se dejan capturar en la Media Luna, ni siquiera el protagonista es capaz de saber los momentos de cada uno de los personajes que desfilan por ese mundo de penas. Solo a través de los diálogos llegamos a percibir un universo hecho añicos, inconexo, fragmentado, calidoscópico, donde los distintos hilos narrativos van a confluir en uno: la verdadera historia de Pedro Páramo. Su muerte hace revivir las condenas y maldades de todos los que le rodearon y a los que ni siquiera ha dejado libres en el más allá.

La obra proyecta una tierra espiritual convulsa, llena de creencias y supersticiones, donde la violencia, el adulterio, el hurto… se mezclan constantemente con la evidencia de la inmortalidad, sin solución de continuidad. En el mundo de Pedro Páramo todo está permitido y todo se puede comprar, hasta la vida eterna.

Juan Rulfo consiguió con esta novela reflejar el México más profundo de la revolución de los cristeros, sin adentrarse en polémicas ni juicios, a través de una técnica narrativa novedosa y genuina. Su lenguaje breve y conciso agudiza esa sensación de precariedad en la que se encuentra precisamente su grandeza. Nunca algo, con menos palabras, condensó tanta historia humana y con tanta profundidad.

Pedro Páramo es una novela fuera de cualquier espacio y lugar, que debe todo a su tradición mexicana, pero que se proyecta hacia el futuro de manera universal. Sus lugares son locales, pero podrían estar en cualquier parte. Sus personajes son reales, pero pertenecen a otros mundos irreales y fantasmagóricos. Nada parece lo que es, pero todo podría ser en cualquier lugar y tiempo. Incluso la obsesión mexicana por la muerte es un universal que invadirá la literatura occidental de los últimos años del siglo XX. Su lectura es imprescindible para entender el antes y el después de nuestra literatura occidental. Son muchos los libros de las últimas décadas —que en cierta medida y desde algún aspecto— guardan esta deuda. Realmente, no hay nadie —como decía Jorge Volpi— que «salga indemne de esta experiencia».

«Gran Sertón: veredas», de João Guimarães Rosa

João Guimarães Rosa (1908-1967) es el gran escritor del siglo XX en lengua portuguesa y ha pasado a la historia de la literatura por su gran obra de 1956, Gran Sertón: veredas. Médico y diplomático, incansable lector, su obra maestra es como un minucioso retablo ambientado en el sertón, vasto territorio del noroeste de Brasil.

No es una novela al uso, sino una suma de historias, un complejo relato lleno de derivaciones y de meandros. Narra la vida de un hombre del sertón, Riobaldo, pero en realidad se trata de una obra coral, con una importante presencia de la miseria, la rebeldía y el bandidaje. En cierto modo es un reescritura de la historia de Brasil, con la oposición entre lo arcaico y lo moderno, la ciudad y el campo.

Riobaldo, un hombre ya viejo, casado, dueño de una hacienda en el sertón, cuenta su vida a alguien que le escucha, quizá un antropólogo cultural. Ahora vive en paz pero de joven fue yagunzo, guerrero del sertón. Cuenta la pobreza en la niñez. Muerta su madre se traslada a vivir en la casa de un hacendado, que resultará ser su hasta entonces desconocido padre. Y entonces Ribaldo decide valerse por sí mismo. Encuentra trabajo como maestro de Zé Beblo, un político provinciano que sueña con acabar con los yagunzos, aunque en realidad utiliza los mismos métodos.

Riobaldo deja a Zé Beblo y encuentra a Diadorin, un joven yagunzo. Atraído por él, al que conoció de niño, se convierte en yagunzo también. Siguen largos episodios de guerra en los cuales Riobaldo acaba siendo el jefe de los bandidos. La misteriosa relación con Diadorin se resuelve, a la muerte de este, cuando se descubre que es una mujer.

En ese cañamazo de historia se desarrolla una crítica profunda y acerada. El sertón sigue esperando trenes, puentes, que no llegarán. Pero paradójicamente tampoco los desea, porque la vida en el sertón tiene su propia lógica. Gente aislada, abandonada, pero con un orgullo ancestral, que le hace no arrepentirse de sus crímenes.

No es fácil resumir en qué consiste propiamente la actitud del narrador. Hay muchos pasajes críticos, pero de vez en cuando la crítica se eleva hasta el nivel de la utopía, porque Riobaldo es capaz de bosquejar un mundo distinto, una tercera posibilidad, salirse de la oposición entre lo antiguo y lo nuevo y llegar a un mundo en el que lo inmediato, lo sencillo, lo telúrico puede desarrollarse.

Las historias entrecruzadas, entre ellas una muy delicada de amor, y en general todo el libro está al servicio del lenguaje, una recreación que hace Rosa de un dialecto portugués, en una asombrosa mezcla de lenguaje cotidiano y de idioma culto. Con esa poderosa arma de un lenguaje nuevo es capaz de acentos líricos y de motivos épicos. Es ese lenguaje el que podría lograr las mediación entre la crítica y la utopía y componer un mundo distinto. En esa aspiración reside el atractivo perenne de este libro.

«El pobre de Asís», de Nikos Kazantzakis

En su última obra importante, titulada El pobre de Asís ofrece el autor una versión de la vida de san Francisco de Asís, ajustada a su particular y heterodoxa forma de interpretar el fenómeno religioso, centrada en intuiciones personales ajenas al conocimiento real de los hechos recogidospor fuentes de solvencia histórica. A Nikos Kazantzakis no le preocupa, en absoluto, reconstruir la verdadera imagen de san Francisco de Asís, fundador de la orden que durante siglos ha servido como ejemplo de amor a los hombres y respeto a la naturaleza creada por un Dios providente que vela por ella. Su protagonista es un Francisco humano, especie de Quijote incomprendido y conmovedor al que acompaña un buen Sancho Panza, el hermano León, seguidor incondicional encargado de contar la verdadera (falsa) historia de su admirado santo.

La novela, publicada un año antes de la muerte de Nikos Kazantzakis (nacido en Heraclión, la capital de la isla griega de Creta), muestra ya una pérdida de la virulencia respecto a sus anteriores creaciones literarias, en las que la imagen del Jesús redentor ofendía gravemente a los cristianos de cualquier confesión religiosa, motivo por el cual algunas de sus obras fueron incluidas en el hoy desaparecido Índice de libros prohibidos y también en la misma lista de la Iglesia ortodoxa de Grecia. Asís aparece como «el pobre de Dios», loco e incomprendido, como el caballero de la Mancha, cuyo mensaje se pierde en el vacío y muere con él, al no encontrar seguidores capaces de continuar su obra. Según la particular y sesgada visión del mensaje de Cristo, presente en novelas anteriores del autor sobre ese tema, Francisco, despreciador del mundo y visionario como Jesús, propone el ideal de la pobreza integral y el desprendimiento de los bienes materiales como única fórmula capaz de aproximarse al Creador, siguiendo el mensaje de amor de Jesús.

En el relato destaca el interés del autor en resaltar los rasgos que, según él, adornan y definen el carácter de san Francisco, la sencillez de sus gestos, la calidez de su mirada y su capacidad para transformar en poesía encendida el canto a la naturaleza en el que los seres humanos se funden con el resto de la creación. Sin embargo, atento a expresar sus propias convicciones, Nikos no duda en alterar el espíritu franciscano para ceñirse al suyo particular, siempre angustiado por el drama del sufrimiento humano, las injusticias sociales que aspiraba a remediar con su militancia en las filas del Partido Comunista griego. Tal vez un Nikos Kazantzakis envejecido, desilusionado ante el fracaso de sus ideales de juventud quisiera reflejar en el santo de Asís una parte de sus mismas frustraciones, al atribuir a los hermanos de la orden franciscana la supuesta traición a los ideales por los que su fundador tanto había luchado a lo largo de su vida. En cierto modo, en el relato dedicado al pobre de Asís resume el autor una parte significativa de una obra literaria cargada de significado, en la que se plantean y debaten con diversa fortuna, al margen de la ortodoxia religiosa, complejos problemas existenciales que fueron debatidos con calor en el fragor de las contiendas ideológicas del agitado siglo XX.


La foto que ilustra el artículo muestra el fresco Muerte y ascensión de San Francisco de Asís de Giotto en la Capilla Bardi de la iglesia de la Santa Croce en Florencia. El autor es Miguel Hermoso Cuesta y tiene licencia Creative Commons. Puede consultarse aquí.

«Tercera Antolojía poética», de Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, uno de los poetas más admirados y reconocidos en una época dorada de la poesía española del siglo XX en la que figuran nombres tan universales como los de Federico García Lorca, los hermanos Machado, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y una extensa nómina de notables figuras, ocupa un lugar destacado por la originalidad de su estilo y los rasgos innovadores de su producción. Tuvo Juan Ramón una vida difícil, complicada todavía más por desgracias familiares que ejercieron notable influjo en su extrema sensibilidad, a veces casi enfermiza, que se deja sentir de modo perceptible en las distintas épocas que marcaron la trayectoria de su creación poética. Nacido en la localidad onubense de Moguer, próxima a los estuarios y vericuetos que fluyen entre los últimos tramos de los ríos Odiel y Tinto, lugares colombinos dominados por el monasterio franciscano de la Rábida, nunca olvidará Juan Ramón las sensaciones transmitidas a través del paisaje, que tantos recuerdos de nostalgia despertaron en su fina sensibilidad.

Tras superar con brillo y notas excelentes los estudios de bachiller, se ve obligado por imposición familiar, a cursar la carrera de Derecho en la Universidad de Sevilla. No fue capaz de asimilar unas materias tan alejadas de su vocación artística y abandonó pronto los complicados avatares de leyes y códigos que poco le interesaban.

Tras unos primeros escarceos literarios en medios de prensa de Huelva y Sevilla, el ambiente de la capital de España le ofrece, sin duda, un clima favorable a sus inquietudes estéticas que expresa en sus primeras obras publicadas a comienzos del nuevo siglo XX: Ninfas y Almas de violeta. Dos sucesos tristes vienen a cortar la trayectoria del incipiente poeta en Madrid. La muerte de su padre se une al embargo de los bienes familiares a favor de una entidad bancaria, que los ejecutó de modo inexorable. Juan Ramón sufrirá uno de sus numerosos estados depresivos que se van a suceder en distintas fases hasta el final de su vida, cuando tras recibir en 1956 el Premio Nobel de Literatura apenas logra superar la muerte de su mujer, Zenobia Camprubí, a la que sobrevive solo dos años. En los intervalos de la enfermedad, no cesa la creación poética de Juan Ramón, inspirada en numerosos amoríos, que hasta su definitivo matrimonio con Zenobia, verdadero amor y estabilidad de su vida emocional, quedan reflejados en versos publicados de modo disperso que aparecen sucesivamente reunidos en selectivas antologías poéticas. La última de ellas, titulada Tercera Antolojía poética, se realizó a base del original cuidadosamente revisado y seleccionado por el autor que incorporó los versos más significativos de las antologías anteriores. Los temas que le inspiran van desde la exaltación del amor sensible de su juventud y madurez a la mirada crítica en torno al mundo que le rodea, visto con ojos críticos, amargura o desilusión. En todo caso con esta Tercera Antolojía el lector dispone de la oportunidad de conocer el conjunto de la extensa y exquisita producción de un gran poeta que, curiosamente, fue galardonado con el Premio Nobel por una de sus obras en prosa: Platero y yo.