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Ver productos1 Nov 1991 - 2min.
Hace no muchos años cierto profesor de latín de cierta universiddad española solía iniciar las clases de primer curso asegurando a sus alumnos que el latín no «sirve para nada. Y lo hacía para evitar, y evitarse, el bochorno de una muy probable pregunta en tal sentido en una Facultad de Filología.
El efecto psicológico era una airada sorpresa por parte de los alumnos, ilusionados en el trance iniciático que suponía el reciente ingreso en las aulas universitarias y, a la par, el general desconcierto de quienes tenían pensado preguntar, a la espera de justificaciones, ya sabidas de «utilidad», así como del consiguiente debate en el que nada arriesgaban (o eso creían). El efecto práctico era un ronroneo, luego murmullo y algún que otro balbuceo in crescendo.
En el segundo acto de la función, ya aquietada la sorpresa inicial, el profesor seguía asegurando que tampoco «sirve para nada la poesía (aquí arreciaban los decibelios murmurantes y se amagaba una minúscula danza de asientos inquietos).
En el tercer acto de la función, y anticipándose a la posible digresión de una revuelta algo más que retórica, el profesor planteba una pregunta: ¿Qué se quiere decir, de verdad, cuando se habla de «servir para»? O, dicho de otro modo más crudo y directo: ¿Es «útil» sólo aquello que «sirve para» ganar más dinero? ¿No hay otras utilidades?
El epílogo consistía en dar una lección sobre el significado de una palabra y un concepto latino, muy intrísecamente ligado a otros conceptos. La palabra es otium; los otros términos y conceptos el negotium y la humanitas.
Me sería difícil repetir aquí la clase (yo no tomaba apuntes taquigráficos, ni quizá sea éste el momento), pero la lección ponía de relieve, sin decirlo expresamente, la importancia del reconocimiento de nuestra lengua, del valor etimológico que nos devuelve el nombre de cada cosa, del carácter unitario de nuestra cultura: de cómo el otium latino no es el ocio/ociosidad (tan vituperado de moralistas), sino el olvido del pragmatismo y la libertad de espíritu que se requieren para cultivar saberes cuya única «utilidad» es el logro de la humanitas, es decir, del conjunto de cualidades que hacen del animal racional un ser humano. Y de cómo el neg-otium (negación del otium) es la actividad que, ella sí, «sirve para ganar dinero. Entonces resultaba que los saberes gratuitos, así como la poesía, entraban en un orden de cosas que sólo sirven para hacer del animal racional un ser humano.
Uno sospecha que los inventores de los flamantes planes de estudio (¡perdón!, hay que decir «diseños curriculares»), los inventores, digo, de los diseños curriculares que se ciernen sobre nuestras cabezas, por lo menos de esas clases, nada parecen saber.