No al fin de la historia, aunque sí al de la historiografía

Naturalmente, ello no pasa de ser un título algo escandalizador y sensacionalista, pues existe en él una contradicción in terminis. Si la Historia no concluirá hasta el fin de los tiempos, presumiblemente, la historiografía acabará con ella.

En verdad, ni siquiera el sostenedor de la famosa tesis sobre el término de la Historia en las postrimerías del segundo milenio ha pretendido colocar el omega a la aventura humana. Con indudable perspicacia y algo de vis polémica no ha hecho otra cosa sino advertir uno de esos raros periodos de statu quo en los que desembocan los grandes procesos históricos, a modo de síntesis fugaz de una dialéctica siempre recomenzada y en continuo dinamismo. Incluso la fase de calma y estabilidad que ha dado un cierto fundamento a las argumentaciones de Fukuyama es probable que con la crisis del Golfo Pérsico tenga menor duración de lo normal en estas espaciadas etapas del desarrollo histórico.

En el sistema de relaciones del próximo siglo un ingrediente fundamental radicará en la desaparición del Tercer Mundo.

Pero así como es innegable que todo un marco sociopolítico y un orden internacional que arranca, en sus últimas raíces, no desde el fin de la Segunda Guerra Mundial sino desde el comienzo del siglo XX, ha desplegado todas sus virtualidades y se encuentra en estos años finiseculares en el tramo que cabría denominar de realización de beneficios y acumulación de capital cara al diseño de un nuevo horizonte histórico, también lo es el que la historiografía, al menos la occidental, ve cerrado en nuestros días un ciclo muy dilatado e importante.

En gran medida, la historiografía acompaña a la Historia; o, lo que es lo mismo, los intereses y preocupaciones de las sucesivas generaciones que hacen la primera, se reflejan de manera a menudo inmediata y, desde luego, absorbente, en los planteamientos y trabajos de la segunda. El triunfo de la revolución soviética, el consiguiente paroxismo de la polarización social y la victoria de Rusia frente a Alemania, fueron, como es bien sabido, causas determinantes de la atención prestada en modo creciente por los historiadores a los aspectos socioeconómicos de los diversos periodos, y a las luchas y tensiones entre colectivos, estamentos y clases que han conformado en todo momento parte muy principal del tejido histórico.

En la persecución de tales objetivos se han logrado resultados muy considerables, que han ensanchado la comprensión del fenómeno histórico, desde la Antigüedad a los umbrales de nuestro tiempo. La mercancía averiada, los sucedáneos y hasta las deformaciones y caricaturas que de la ciencia se han realizado muchas veces en la consecución de dichas metas, es claro que constituyen una faceta irrelevante de esta gran empresa, sin ningún valor a la hora de los balances y conclusiones.

Un nuevo orden historiográfico al hilo de los acontecimientos

Pero también esta etapa se ha clausurado en los países cultural y académicamente desarrollados. Como ocurre con frecuencia, hace ya algún tiempo que podían atalayar se ciertos atisbos de un nuevo orden historiográfico. La preocupación por la denominada historia de las mentalidades, ha sido quizás el más ostensible y llamativo; aunque más que como una premonición o semilla de futuro, cabría observarla más bien como un correctivo pertinente a los excesos de un estragador economicismo. Han sido, sin duda, los acontecimientos de rango histórico sobrevenidos en las postrimerías de la actual centuria los que han hecho cambiar de ejes a la disciplina historiográfica, dando a sus avances y progresos un aparente tono cíclico.

En efecto, a fines del novecientos vuelve a estar de moda la corriente historiográfica que más furor hizo en sus inicios. Libros, proyectos y centros de atención, retornan al campo de las relaciones internacionales. Claro está, que con encuadramientos y técnicas muy distintos a los en boga en los albores del siglo. La caída de muros y fronteras y la consiguiente la consiguiente extensión del modelo liberal-capitalista han determinado que pueblos en hibernación de sus tradiciones históricas y naciones largamente enclaustradas experimenten la necesidad vital del diálogo y de la comunicación con otros países, también atravesados por idéntico propósito de entendimiento más íntimo y seguro.

La fase de calma y estabilidad que ha dado un cierto fundamento a las argumentaciones de Fukuyama es probable que con la crisis del Golfo de Pérsico tenga menor duración de lo normal.

De tal manera que ya no será el análisis de los dosieres diplomáticos ni el trato de cancillería a cancillería la temática privilegiada en el estudio de los contactos -o de los desencuentros…- de los distintos estados y colectividades. Estas líneas de investigación se verán desplazadas por la de las imágenes que a través del tiempo se han ido construyendo los habitantes de los grandes territorios más alejados de su entorno. La literatura popular y culta, las artes plásticas, los informes de las instancias oficiales y de las grandes instituciones privadas, los relatos de viaje y los testimonios autobiográficos se convierten a la hora de reconstruir este amplio y decisivo capítulo del pasado remoto e inmediato en materiales de primer orden. Un cierto factor cualitativo se introducirá, consecuentemente, en la labor historiográfica. La abundancia de fuentes y su riguroso tratamiento, la exégesis pulcra obtenida a través del afinado manejo de las técnicas metodológicas, seguirán siendo el indispensable elemento para el progreso historiográfico, si bien en la parcela que nos ocupa otro factor de éste -la sensibilidad- adquirirá un rasgo primacial por la naturaleza misma del campo abordado. Lo cual conducirá, afortunadamente, a una potenciación del trabajo interdisciplinar que todavía hoy figura más en los planes docentes y en los desiderata sobre todo, en el terreno de las humanidades- que en el de las realidades tangibles.

La caída de muros y fronteras y la extensión del modelo liberal capitalista han determinado que pueblos en hibernación de sus tradiciones históricas y nacionales largamente enclaustradas experimenten la necesidad del diálogo y la comunicación con otros países

El retorno de una buena porción del viejo continente a sus «orígenes», la construcción de la casa europea o el enfrentamiento ideológico entre gran parte del mundo árabe y la civilización occidental, muestran la urgencia de que esta corriente historiográfica adquiera pronto un ancho caudal y dé frutos al alcance de casi todos los sectores de opinión.

Reflexiones hispánicas sobre la historia de Europa y América y el final del Tercer Mundo

El papel que España puede jugar en ello resulta fácilmente imaginable. Aunque, obviamente, no habrá una asignación de cometidos concretos ni una distribución de materias por parte de los centros de investigación europeos y mundiales más renombrados, a nadie se le oculta que, cara, por ejemplo, a esa profundización tan deseada en el conocimiento de los pueblos árabes de Occidente, nuestros estudiosos tienen ante sí un terreno abonado por una dilatada historia de relaciones, a veces belicosas y antagónicas, pero intensas de ordinario.

Igual cabe decir respecto al mundo americano, sumergido en un eclipse momentáneo en la escena de los temas e inquietudes más agudos de la actualidad. La tópica visión del americano como el hombre nuevo, y heraldo del mundo fraternal y justo soñado por los ilustrados e enciclopedistas, debe tener una lectura actual, en la que los historiadores peninsulares -españoles y lusitanos- aportarían elementos de reflexión y juicio de incuestionable trascendencia. En el orden internacional, en el sistema de relaciones del próximo siglo un ingrediente fundamental radicará en la desaparición del Tercer Mundo y en su plena incorporación al protagonismo histórico. Cuando esta hora suene -a través de la guerra o del consenso, resulta difícil conjeturarlo- las energías del mundo hispanoamericano serán unas de las más poderosas y configuradoras.

Nihil novum sub sole. En los años terminales del siglo XX semeja recobrar todo su perdido vigor el tema de los caracteres nacionales, acerca del que tan asidua y apasionadamente discutieron -en particular, en los países de difícil y azarosa forja- los estudiosos de las primeras décadas de la posguerra. Ni estereotipos ni convencionalismos sirven ya para el análisis de la convivencia nacional e internacional. Sin embargo, las naciones han demostrado un metal más resistente a las transformaciones y cambios de todo tipo que el que algunas escuelas y figuras señaladas del pensamiento contemporáneo le habían atribuido.

En el siglo histórico que ahora se inaugura repristinan su papel de actores principales. De grado o de fuerza, la Historia se acomoda a ello y la historiografía no tiene tampoco otra opción. Solamente hay que desear, pues, que una y otra en la travesía ahora emprendida estén más estrechamente unidas a las mejores aspiraciones del hombre. La Historia es la paz, afirmaba L. Febvre a manera de legado de toda una generación de descollantes historiadores. Ni en la Historia ni en la historiografía ello era la constatación de una realidad, sino la expresión de un noble deseo. Mediante el acercamiento de los pueblos, una y otra allanarán el todavía largo camino para conseguirla. ¿Será éste su último afán?