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El embajador Jaime de Piniés, representante español ante Naciones Unidas durante muchos años, cubrió una época fundamental de la política exterior española desde su oficina de Nueva York. Por sus manos pasaron los más delicados e importantes «dossiers» exteriores del franquismo y algunos del régimen democrático. Tenía fama de funcionario eficiente, trabajador incansable y estratega habilísimo. Y conocía los vericuetos diplomáticos de Naciones Unidas como la palma de su mano. Jubilado de aquel puesto, Piniés parece decidido a librarnos ahora algunas informaciones sobre temas de candente (y permanente) actualidad. Como, por ejemplo, el contencioso del Sahara. Piniés vivió, día a día y minuto a minuto, la evolución de un problema que se inició a causa de «la incompetencia de algunos de nuestros gobernantes» que perdieron numerosas oportunidades para descolonizar el territorio y que desgraciadamente todavía no ha terminado.
Su libro sobre la todavía fallida descolonización del Sahara occidental (que no habrá concluido hasta que no se produzca el proceso de autodeterminación de buena y debida forma: ahí coinciden en teoría todas las partes), constituye, desde luego, una interesante aportación al conocimiento del problema. Y añado inmediatamente: interesante, polémica y bastante tediosa. En la obra se reflejan las acciones diplomáticas producidas entre principios de 1974 y primeros meses de 1976, cuando se consumó la retirada nada gloriosa de España del territorio y se entregó la administración a Marruecos y Mauritania. La obra de Piniés. «cubre», más que nada, lo sucedido en el foro de Naciones Unidas (Comité de Descolonización, Asamblea General y Consejo de Seguridad). Sólo de vez en cuando el embajador se refiere de pasada a lo que ocurría en Madrid y reconoce que la información que a él llegaba sobre el Sahara no provenía de fuentes directas. Lógicamente, uno de sus reproches, justísimo, es que el último gobierno franquista lo tenía «en ayunas» y lo sometía a la humillación periódica de enterarse por terceros (a veces por el propio secretario general de la ONU ) de cuanto hacía o estaba a punto de hacer el gobierno en relación con aquel problema.
Era difícil que en tales condiciones un libro de estas características evitara cierto resentimiento y un solapado malhumor. También era difícil que el autor -que no es un profesional de la escritura ni un vulgarizador- pudiese dotar a su texto del mordiente necesario para interesar al lector, perdido entre resoluciones , notas verbales, declaraciones y descripciones de interminables sesiones «onusianas». Como Piniés era, ya queda dicho , un funcionario eficiente, no perdona uno solo de estos documentos , que trasncribe a palo seco. El resultado es soporífero.
Y no estoy seguro de que ayude mucho a entender en profundidad el problema inconcluso del Sahara. Uno de sus subordinados entonces, Francisco Villar (hoy precisamente sucesor suyo en la delegación española ante la ONU) escribió hace años un texto completísimo, apasionante y también polémico donde se describe lo quepasó en la ONU y en la colonia, en Madrid, Rabat y Argelsin que aparentemente sea fácil descubrir resentimientos antiguos y justificaciones no solicitadas.
Porque este libro del embajador Piniés es sobre todo una justificación personal. Aislado en su despacho de Naciones Unidas, obviado por el gobierno que en principio representaba, enfrentado a la dinámica diplomacia marroquí, Jaime de Piniés tuvo entonces que tragar «carros y carretas», y el mismo lo reconoce a lo largo de este libro. Curándose en salud, descubre, por ejemplo, una carta privada (no era confidencial, ni pública ni oficial) que le escribe al entonces presidente del
gobierno, Carlos Arias Navarro, el 27 de octubre de 1975 advirtiéndole sobre la gravedad de un entendimiento con Marruecos a costa «de nuestro prestigio». Arias hizo caso omiso a esta carta y Piniés regresó a Nueva York para seguir batallando, enfurruñado y decepcionado. Si éste era su estado de ánimo, se pregunta obligatoriamente el elector ¿por qué no puso su puesto —que al fin y al cabo era de confianza y por tanto, político— a disposición del gobierno? Resulta, en efecto, chocante que 15 años después de aquellos lamentables sucesos se amaguen explicaciones tardías.
Hay otro aspecto del libro de Piniés que merece atención: la inquina con que permanentemente juzga a Marruecos, a sus políticos y diplomáticos, «Había que estar en Naciones Unidas para saber lo que ocurría con la tan pretendida amistad de Marruecos», «en el pasado prometieron una cosa e hicieron otra, no había que pensar que en el presente fueran (los marroquíes) a obrar de forma distinta», «era difícil imaginar que hubiera en España nadie proclive a Marruecos», «la insidia con que nos ha tratado (Marruecos) y la política que ha trazado desde su ingreso en Naciones Unidas va encaminada a asestarnos continuos golpes», son algunas de las frases que aparecen en el libro. A las que debe añadirse otra, mucho más sorprendente todavía en labios de un diplomático avezado y prudente: «Lo que se hizo (con los Acuerdos de Madrid) fue entregar al pueblo saharaui a sus enemigos». ¿Desde cuándo los habitantes del Sahara occidental consideraron a los marroquíes o mauritanos —muchos de ellos, también, saharauis y de las mismas tribus y familias— enemigos?
Pocos españoles responsables pueden sentirse orgullosos por el modo como se resolvió en1975 el contencioso del Sahara. Pero también aquí caben responsabilidades y el cómodo expediente de disolverlas 15 años después, cuando se ejercieron ciertos puestos y se ostentaban ciertas representaciones resulta de eficacia dudosa. Parafraseando una expresión «cheli» habría que preguntarle a Jaime de Piniés: «¿Qué hacía un embajador como usted en un sitio como aquél?» O ¿por qué no lo dijo antes?
A. M.

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