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La filosofía política es una disciplina empírica como todos los saberes de filiación aristotélica. En el Liceo se recopilaron las constituciones de las ciudades griegas, se estudió su historia y su funcionamiento, y solo después compuso el maestro los seis libros de su Política, que constituyen todavía ahora, el fundamento de la ciencia política en la cultura occidental. En Roma Cicerón lo tuvo más fácil. Los griegos le habían suministrado la estructura conceptual para el análisis político y el léxico para expresarlo, que solo había que traducir al latín.

En lo que respecta a la filosofía política de la gran república americana, el Aristóteles de casi todos los estudiosos, desde 1835, ha sido Tocqueville. Es notable que un estudio sobre la Norteamérica de 1830, preparado por un joven jurista francés, que estuvo ocho meses en los Estados Unidos bajo la presidencia de Andrew Jackson, conserve tanta vigencia y constituya la referencia básica de obras posteriores tan importantes, por su asunto y por su autor, como el «excepcionalismo americano» de Seymour Martin Lipset, uno de los más apreciados analistas y filósofos políticos norteamericanos. La celebradísima Democracia en América de Tocqueville es una obra maestra de observación y empirismo político. No examina su asunto desde determinados esquemas, sino que deduce éstos de la información de la realidad sobre la que trabaja. Lipset toma conceptos de Tocqueville y los contrasta con la realidad actual de América, tal como es minuciosamente conocida por los estudios sociológicos y políticos del país más auscultados del mundo por los expertos en disciplinas sociales.

Alexis de Tocqueville tenía veintiséis años cuando se embarcó para el Nuevo Mundo en unión de su colega Beaumont, con el propósito de realizar un estudio sobre el sistema penitenciario americano. El libro, redactado por Beaumont, con la asistencia de Alexis, se publicó y ganó un premio. Pero los dos amigos, y principalmente Tocqueville, habían trabajado enormemente en sus días de Nueva York y en sus viajes por la Norteamérica de entonces, que entre Estados y territorios ocupaba más o menos la mitad de su superficie actual, reuniendo el material que daría lugar a su Democracia.

Uno se siente inclinado a decir que Tocqueville ha sido el Colón que descubrió los Estados Unidos a los europeos, pero también a los propios norteamericanos. El estudioso francés acertó a exponer, con  convicción y eficacia, que América era una democracia a diferencia de los países europeos que no acababan de conseguir serlo. América era liberal -y casi libertaria- y no conservadora; igualitaria, sin jerarquismos ni verdaderas clases en su sociedad; individualista y no socialista y nada grupal: populista y no estatista; finalmente, su filosofía económica sería el libre competitivismo o «laissez-faire» y no la intervención gubernamental en cualquiera de sus formas.

Lipset encuentra que estos cinco grandes trazos dibujan todavía hoy el perfil de la sociedad americana, Desde ellos se explican los grandes logros y los grandes vicios de la cultura de América, tan diferente de la europea como podía serlo en tiempos de Tocqueville y Andrew Jackson. Cediendo probablemente a la creciente preocupación de muchos americanos ante el «peligro amarillo económico», Lipset dedica una sección del libro, que más bien parece un apéndice, a comparar América y Japón.

Vicios y virtudes a cada uno de los dos lados de las cinco dimensiones reseñadas son interpretados por Lipset como los dos filos de una espada, uno que conduce a la gloria y otro al infierno. América optimista y pesimista; legalista y criminal; patriótica y crítica; religiosa y secular; Sus diferencias con el Occidente son interpretadas en términos de «excepcionalismo». Esa es la «double- edged Sword» americana.

«Excepcionalismo» es palabra aceptada en el lenguaje de ciertos sectores de las ciencias sociales americanas. El Webster la define como «una teoría o doctrina que se basa en la asunción de que circunstancias excepcionales conducirán, en ciertos casos, a una distorsión del curso normalmente previsible de acciones sociales o políticas». Lipset se refiere a esos rasgos de los Estados Unidos que divergen de los de las otras naciones de Occidente.

La información del libro es rica y enormemente ilustrativa. América hoy debe de ser así, como resulta de la lectura de Lipset. Un lector atento no puede, sin embargo, dejar de pensar que también América ha tenido que cambiar desde Tocqueville mucho más de lo que se desprende del texto de Lipset. Pero también que los países europeos y América se parecen ahora mucho más que en tiempos del estudioso francés. Ni la América de las Universidades de la «Ivy League» y de las grandes corporaciones del Este y del Oeste es tan igualitaria, ni la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial tan jerárquica, ni el gobierno americano -el primer gran cliente de la industria de la Unión- es tan neutral en relación con la economía, ni la Europa de las «desregulaciones» tan intervencionista. Y así un poco en todos los demás. Quizá los filos de la espada estén algo mellados. Quizá en esta vieja Europa ha entrado una corriente de «americanismo».


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