Los hispanos de la América emergente

Los Estados Unidos son una verdadera «multinación» donde la minoría hispana alcanza un porcentaje del 10 por ciento del censo, cuya estimación para 1990 es de 248 millones de personas. En términos generales, esa minoría ocupa en la escala laboral las zonas más bajas, calculándose que el 25 por ciento vive por debajo del nivel de pobreza. Sobre la base del idioma común, que es el gran vínculo cultural, el autor propone nuevas iniciativas por parte española, fundamentalmente en el terreno educativo.

Luis Marañón

Cuando Michael Harrington acuñó, hacia finales de los años sesenta, el término «la otra América», en ella daba cabida a los pobres y desheredados que malvivían en los Estados Unidos de la guerra fría y la contracultura. Hoy en día, en plena discusión de la operatividad de los conceptos «melting pot» y «salad bowl», en los Estados Unidos está surgiendo una América distinta, aquella que se define como «América emergente», con un componente anglo mayoritario pero receloso y suspicaz ante el creciente poderío, cuantitativo y cualitativo, de las etnias. En la América emergente deambula una ciudadanía multiétnica, multicultural y plurilingüística, cada vez menos rubia y más coloreada. A la verdad, los Estados Unidos se configuran como «multinación», en un esquema esencialmente contradictorio pero plural: libertades individuales y apuntes racistas; tierra de oportunidades pero con bolsas enormes de marginación; vitalidad intrínseca al tiempo que se reducen los programas sociales para los marginados, permisividad y laxismo frente a intransigente neoconservadurismo y teleevangelismo fundamentalista. Los Estados Unidos de luces y sombras. Muchos piensan, como Bloom y Kennedy, que el poderío de Estados Unidos ya no es el que era: se enfrenta a una etapa nueva de multipolaridad.

Censo

El censo norteamericano se elabora cada diez años, es decir, en 1990 toca conocer cuántos son y dónde habitan los que lo conforman, dato importante para una nación que ha acogido en su seno a más de 50 millones de inmigrantes entre 1820 y 1980, y que asiste a una inmigración creciente, principalmente originaria del propio continente, de América Central, México y América del Sur, sin olvidar el significativo número de asiáticos que arriban para establecerse.

Las estimaciones que se hacen actualmente de la población de Estados Unidos, se cifran en un total de 248 millones para 1990, y el 10 por ciento de ese número corresponde a los hispanos. Además, no se ignora que el incremento de los hispanos oficialmente registrados, ha sido del 34 por ciento desde 1980 y que el techo migratorio fijado por el Senado para 1989, fue el de 630.000 personas/año.

Con la elaboración y publicación del censo 1990 se tendrá la posibilidad de comprobar, al menos de una manera bastante aproximada, lo que es hoy la América emergente y sus implicaciones reales en la sociedad norteamericana. De una parte, se valorarán las posibles repercusiones políticas, en términos electorales, para los partidos republicano y demócrata, con elecciones legislativas parciales para 1991. La tendencia del voto de las cuatro últimas elecciones presidenciales parece tan clara que se acepta el axioma de que no se podrá ser presidente de los Estados Unidos si no se cuenta con el favor del voto hispano —son 5 millones los votantes hispanos— habida cuenta de las características del sistema: máxima cooptación, fragmentación social y escasa solidaridad global. De todas formas, la implantación hispana en el poder político de Estados Unidos, como resultado de las elecciones de 1988, es todavía escasa y no se corresponde con la demografía oficialmente inscrita, a la que se pueden añadir 2/3 millones de indocumentados. El cuadro del poder político hispano surgido del voto popular —5 por ciento del voto nacional— se podría sintetizar así:

  • 10 congresistas
  • 1 gobernador (Florida)
  • 2 alcaldes de grandes ciudades (Miami y Denver)
  • 4 ministros estatales
  • 128 legisladores estatales
  • 338 altos funcionarios de Condados
  • 1.178 funcionarios de Ayuntamientos
  • 1.348 representantes en Consejos Escolares
  • 575 agentes judiciales

Es evidente que los problemas administrativos diversos —no exentos de cortapisas— de la política norteamericana afectan al votante hispano, poco concienciado políticamente todavía y escasamente proclive a acudir al registro electoral: prefiere asegurar el empleo y dedicarse al ocio en su enclave familiar, inclinaciones que supo ganar el partido demócrata en anteriores ocasiones (ahora lo hace el partido republicano). Básicamente, el poder político hispano se concentra en las pequeñas ciudades y en los condados casi rurales, aun cuando el 80 por ciento de los hispanos habitan ciudades y áreas urbanas.

De añadidura, la clase política hispana, y a pesar de los esfuerzos de las distintas organizaciones regionales a lo largo del tiempo —particularmente la Lulac, Maldef, las portorriqueñas Aspira y P.R. Forum, Southwest Voter Registration Educational Project (en el Sud-Oeste) y otras similares en el noroeste y el medio Oeste de Estados Unidos—, arrastra la otredad hispánica en la siempre conflictiva práctica política. Según Luis Feldstein, los políticos hispanos no están habituados por ahora al escrutinio público, parecen discurrir en juego ajeno y, a veces, muestran falta de madurez y de seguridad en sí mismos.

Además, el votante hispano está modificando sus demandas políticas en los últimos tiempos —ahora apunta por los asuntos locales— y esto obliga a una sustancial transformación del discurso político de los candidatos potenciales.

Mercado laboral

Una segunda consecuencia del Censo de 1990 cae de lleno en el mercado laboral, con ingredientes contrapuestos. Los 20 millones largos de hispanos cuentan con una edad media de 25 años, y la escala de sus puestos de trabajo es, generalmente, la que antes ocupaban los italianos y los irlandeses, es decir, la más baja junto con los negros. Curiosamente, también los hispanos desplazan a los negros de muchos empleos, con las consiguientes perturbaciones sociales en los lugares llamados «calientes». En cualquier caso, muchos hispanos y negros conviven en los «guetos» de los grandes núcleos urbanos y el 25 por ciento de los hispanos —tamaño medio de familia 3,83 personas— vive por debajo del nivel de pobreza. A ello se viene a añadir los malos resultados docentes de la población hispana: sólo el 51 por ciento termina la educación secundaria (los anglos el 77 por ciento) y el 9 por ciento la educación superior (los anglos el 21 por ciento).

Los hispanos aprenden en los libros de texto que sus raíces histéricas en Estados Unidos comien- zan a labrarse cuando Ponce de León piso La Florida, en 1513

La mayoría del alumnado de las escuelas públicas de Nueva York, Chicago, Los Angeles y Denver es hispana. Como sucede en casi todas ellas, el fracaso escolar de los hispanos es muy elevado y esto repercute lógicamente en la calidad de los empleos que logran. Con todo, no se puede olvidar, como señala Arnold R. Weber, que más del 80 por ciento del crecimiento de la mano de obra norteamericana de ahora al año 2000 estará compuesta por mujeres, minorías e inmigrantes y la mayoría de ella procede de América Central, Asia y Africa, es decir, gentes de grupos étnicos diferentes y con una conducta histórica y una cosmovisión igualmente distinta. Con una edad promedio de 23,6 años (el 40 por ciento con menos de 18 años) y una tasa demográfica alta, las predicciones demográficas de los hispanos para el mismo año 2000 han sido situadas en más de 30 millones, es decir, el 23,4 por ciento del total, sin incluir los indocumentados que sólo para los mexicanos que cruzan la frontera se evalúa en 1/1’5 millones al año, a pesar de la estricta aplicación de la Ley Simpson-Rodino-Mazzoli, de 1986, contra las prácticas abusivas de contratación ilegal de inmigrantes (se calcula en 3.300.000 los empleados que mantienen ilegales en sus plantillas y que se han gastado más de 2 millones de dólares en material docente relacionado con la ley de 1986).

Los rasgos sociológicos de los hispanos de Estados Unidos, tal como el asunto ha sido estudiado por Alberto Moncada en tres tomos enjundiosos e iluminadores, se podrían definir de la siguiente forma: tienen conciencia de minoría, se aferran a las ideas hispánicas de familia, patria y religión, poseen un acentuado orgullo grupal, son tendentes a los valores de la clase media conservadora y mantienen un sentimiento acusado de discriminación en el empleo y la educación. Además, cuatro son los temas centrales de preocupación para los hispanos: vivienda, trabajo, educación y lucha contra el crimen, sin olvidar el SIDA, que aqueja, según las últimas estimaciones, a los hispanos con un 15 por ciento del total norteamericano. Muchos sociólogos coinciden en que el complejo de inferioridad de los hispanos de Estados Unidos proviene de la conjunción del carácter de etnia y de conciencia de clase inferior.

Bilingüismo y asimilación

No por tópico deja de ser realidad: Estados Unidos, nación semivacía y surgida de un ejercicio maximalista de fronteras sucesivas y ampliadas, es tierra de llegada, tierra de oportunidades y expectativas, refugio gigantesco de inmigrantes, cuya primera legislación en la materia data de 1882. Estados Unidos, gracias a su generosidad, se ha convertido en un vasto mercado de identidades, etnias y culturas locales, en el que los latinoamericanos llegados viven la ambivalencia de la asimilación y la resistencia a mantener su identidad propia.

La autoafirmación cultural de los hispanos se sustenta en su lengua, el español: en los enclaves y reductos anglos no es raro leer carteles que rezan «aquí, también se habla inglés». El bilingüismo de los hispanos genera preocupación y miedo en los anglos, es el miedo al poder en el plano social, económico y político. La campaña contra el bilingüismo -la Constitución norteamericana no establece el inglés como idioma oficial- se formula bajo el lema de «US english», esgrimido por la militancia ardorosa de 300.000 anglo-parlantes, y según aseguran algunos, es un arma potencial de discriminación y racismo.

Aun cuando las leyes federales amparan el bilingüismo en los planos educativo y electoral, los partidarios del monolingüismo inglés han logrado a lo largo de los años que 17 estados de la Unión declaren el inglés como lengua oficial. Pero el bilingüismo combativo y la asimilación guardan una extraña vinculación. Joan Didion, al hablar del núcleo cubano de Miami, manifiesta la conducta perpleja de los anglos «quizá porque la imposibilidad o falta de inclinación a hablar inglés tendiese a minar su convicción de que la asimilación era un ideal compartido de forma universal por quienes debían ser asimilados». Esa asimilación cuestionada, como lógica de la afirmación cultural propia, viene avalada por la existencia de 211 emisoras de radio (100 en 1979) que emiten sus ondas en español y por 29 estaciones de televisión en español (16 en 1979). Tras ese aferramiento a la identidad, subyace, además, un poder de compra de los hispanos del orden de 150.000 millones de dólares y unos gastos publicitarios en los medios hispanos -en ellos 42 periódicos en español- que se incrementan anualmente el 25 por ciento.

Si las variables culturales, es decir, el sentimiento arraigado de identidad propia y el derecho a ser diferente, inciden poderosamente en los comportamientos de los hispanos de Estados Unidos, no es menos cierto que existen raíces históricas que les dan la razón: los hispanos son latinoamericanos con derecho a ser norteamericanos al mismo tiempo. Para muchos de ellos es un retorno a los orígenes, a su patria perdida y arrebatada. Así, los mexicanos saben que en Estados Unidos estaba la ciudad sagrada de los aztecas, Aztlán. Además, esos mismos mexicanos conocen que el México de 1821 a 1848 se extendía, como legado del Virreinato de Nueva España, por los estados norteamericanos de Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México, California y parte de Colorado, es decir, casi el 50 por ciento de los actuales Estados Unidos. El dominio norteamericano sobre esos territorios se alcanzaría por medio del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848.

Todos los hispanos aprenden en los libros de texto que sus raíces históricas en Estados Unidos comienzan a labrarse cuando Ponce de León echó pie a tierra, en 1513, en la península de Florida. Desde esa lejana fecha se sucedió un largo recorrido español en territorio norteamericano, con sus aciertos y sus fracasos. Así, esos hispanos dejaron de pertenecer al imperio español cuando fueron «norteamericanizados» los Estados en que moraban: 1821, Florida; Alabama, 1813; Missouri, Iowa y Minnesota, 1804, aparte de los citados cuando se habló de México y los mexicanos. Todo ello sin incluir los casos de Cuba y Puerto Rico que «afectan» históricamente a los hispanos de ambos países con residencia actual en Estados Unidos: las dos naciones rompieron con la Corona española en 1898, con la ayuda de Estados Unidos y en aplicación de la «Doctrina Monroe», de 1823, tan musculosa como controvertida.

Las iniciativas españolas, públicas y privadas, en favor de lo español y lo hispano en EE.UU. han si- do contadísimas o casi nulas, aunque hoy pare- ce que se adopta una apresurada línea de con- cienciacién para recupe- rar el tiempo perdido

Pero en el grandioso espacio norteamericano ¿dónde se han ubicado, tras las sucesivas oleadas, los hispanos de la América emergente? Efectivamente, los 20 millones de hispanos se han distribuido por zonas bastante acotadas -el 33 por ciento en California, el 21 por ciento en Texas y el 11 por ciento en Nueva York-, de tal punto que su aportación poblacional en los estados se conoce: son el 37 por ciento de Nuevo México; el 21 por ciento de Texas; el 19 por ciento de California, el 16 por ciento de Arizona; el 12 por ciento de Colorado; el 9 por ciento de Florida; el 9 por ciento de Nueva York; el 6 por ciento de Illinois; y el 2 por ciento en otros estados. Su origen también se sabe: el 62,3 por ciento procede de México; el 12,7 por ciento de Puerto Rico; el 5,3 de Cuba; el 11,5 por ciento del centro y sur de América. Muy pocos saben sin embargo, que Los Angeles fue fundada en 1781 por Felipe de Neve, del Virreinato de Nueva España, y es la tercera ciudad de América en número de habitantes de habla española, después de México capital y Buenos Aires. Lo cierto es que en 15 estados de los 50 de la Unión viven más de 100.000 hispanos.

Diferencias

Cada uno de los grupos hispanos de Estados Unidos se comporta conforme a unos códigos diferentes ya que su preocupación de fondo y sus circunstancias también difieren: los mexicanos, azuzados por el contrabando y las maquiladoras de la frontera, se ven agobiados por la amenaza de la construcción de una zanja, por el lado norteamericano, a lo largo de los 3.500 kilómetros de frontera; en los portorriqueños los registros se mueven, con pasaporte norteamericano en mano, con relación a una sensación de temporalidad derivada de la posibilidad de un referéndum que dirima la realidad entre el Estado Libre Asociado —el estatus actual— y el independentismo de la isla; los provenientes de la América Central —sólo los salvadoreños rozan el millón de personas— mal ocultan en sus entrañas los recuerdos mortales de guerras inacabables; y los cubanos —laboriosos, cualificados y un poco narcisos— viven en un estado cercano a la paranoia a causa de la proximidad de la isla natal —La Habana a 150 km de distancia— y las exaltaciones propias de la larga lucha —la «Causa», dicen— contra Fidel, enriquecida febrilmente por los avatares dislocados de la «contra» antisandinista que encuentra su centro de financiación en Miami —como la obtuvo el comandante Fidel para su guerrilla de Sierra Maestra en 1955—.

La América emergente —y en ella los hispanos— se desarrolla y crece desigualmente pero, con paso firme, aumenta su presencia y su demanda de participación en la vida norteamericana, aun cuando sea crítica frecuentemente de la «american way of life». Ocurre a veces que para los hispanos el sueño americano, tan cacareado por la ideología oficial, no pasa de ser una auténtica pesadilla donde florecen la indefensión y el desamparo. La declarada igualdad de oportunidades suele ser para la mayoría de los hispanos aglutinados en sus «barrios», una carrera llena de obstáculos que tienen que salvar, inicialmente en competencia con los negros, para lograr los empleos más ínfimos, en definitiva, para poder sobrevivir. De ahí que no extrañe la práctica hispana del «compadrazgo», esa ayuda mutua tan conocida por los españoles, ya que su originaria gemela es la institución autodefensiva del «paisanaje».

La fuerte impronta de la cultura española en los hispanos se vio claramente cuando la Spanish Television Network, de Nueva York, realizó una encuesta en 1981. La misma estuvo concentrada en las tres comunidades más numerosas y en ella se formuló la pregunta siguiente: ¿Qué aspectos de la cultura hispana cree usted que sería más importante conservar? Las respuestas se produjeron según el orden que a continuación se relaciona:

CubanosChicanosPortorriqueños
1. Idioma83%95%77%
2. Respetar a los mayores y padres de familia76%46%69%
3. Cuidar y dar asistencia a los mayores57%40%51%
4. Religión55%45%67%

Resulta, por tanto, revelador que las materias señaladas con tan alto porcentaje pertenezcan a la idiosincrasia de los españoles, a su modo de entender la vida y a la manera de ver las cosas, bastante apartados de lo que se recoge en los principios anglos, de raíz protestante.

Iniciativas españolas

A pesar de las raíces españolas de la historia norteamericana y a pesar, también, de que lo español y lo hispano están de moda en Estados Unidos -la revista Time dedicó una «cover story» sobre el asunto hace un par de años, es evidente que hasta bien recientemente las iniciativas españolas, públicas y privadas, en favor de lo español y lo hispano en Estados Unidos han sido contadísimas o casi nulas. Hoy parece haberse adoptado una apresurada línea de concienciación para recuperar el largo tiempo perdido: la masiva presencia de hispanos y la proximidad de la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América son, a mi juicio, los dos factores que han propiciado el cambio de rumbo. Los hispanos y sus problemas han despertado el interés de la España oficial y mucho me alegra que esto se haya producido. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Aun cuando los recursos económicos que se destinan a las actividades culturales y docentes con los hispanos son escasos todavía, parecería conveniente que todas ellas se miraran bajo el prisma del medio y largo plazo, en lugar del dividendo instantáneo, algo muy próximo al vulgar maquillaje político. Con todo, de los esfuerzos desarrollados por la Agencia Española para la Cooperación Internacional me parecen bien los cursos para profesores de origen hispano, la elaboración del Manual de las Culturas Hispanas de los Estados Unidos, la Colección Hispana que acaba de empezar a editarse, la concesión de becas de formación e investigación sobre asuntos de interés para la Comunidad Hispana, la colaboración con sociedades Hispanas en Estados Unidos y el premio Letras de Oro, y, por último, la colaboración con programas en universidades norteamericanas y con otras instituciones culturales.

De todas formas, habría que aumentar las dotaciones públicas en este renglón y tratar de obtener fondos frescos de las empresas multinacionales y españolas, presentes, no sólo en el mercado norteamericano, sino también, y sobre todo, en los mercados latinoamericanos, amén de las empresas propiamente hispanas que operan en el mercado norteamericano, poniendo el acento en programas educativos de primaria y secundaria, que es donde flaquea el sistema docente norteamericano y en el que los hispanos registran un mayor fracaso escolar y, por lo tanto, incide decisivamente en la consecución de oportunidades laborales.

También habría que aumentar de manera importante la concesión de becas, en cantidad y en calidad, y los recursos dedicados a intercambios culturales, fundamentalmente a nivel de formación de formadores y de investigación conjunta de toda suerte (las 900 becas que se han otorgado en una cooperación total de 15 millones de dólares, son, a todas luces, insuficientes). La línea de actuación de las empresas privadas la veo yo en el ámbito específico de la formación profesional y en la educación en alternancia de los hispanos, mediante los correspondientes convenios con las comunidades educativas, en los que se contemplen las desgravaciones fiscales, algo mucho más operativo y sano que las subvenciones.

Ocurre a veces que para los hispanos el sueño americano, tan cacarea- do por la ideología ofi- cial, no pasa de ser una auténtica pesadilla don- de florecen la indefen- sión y el desamparo

En cualquier caso, lo que está pidiendo a gritos la comunidad hispana de Estados Unidos -también la latinoamericana- es la puesta en marcha del Instituto Cervantes, bien dotado de medios económicos y humanos —profesionalmente hablando—, pues hay modelos —el francés, el alemán y el inglés, sobre todo— ya probados que pueden servir de pauta para ello y sin caer en el peligro de lo faraónico y la retórica aneja. Confío en que el sentido común, la asignación racional y la gestión eficiente de recursos primen a la hora de la toma de decisiones políticas. El saldo tan poco halagüeño de hispanidades pasadas y recientes, por chatas y sesgadas, constituye la mejor recomendación para no incurrir en el mismo error y para intentar adentrarse por un sendero no partidista de colaboración generosa, objetiva y creadora.

Los hispanos de la América emergente, al igual que los latinoamericanos sofocados por la terrible deuda externa, obligan a una historia nueva e ilusionante, muy ajena a los tópicos y resabios habituales, cuyas perniciosas secuelas y malentendidos se padecen, a todos los niveles, en las dos orillas del Atlántico.