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Ver productos1 Nov 1990 - 9min.
«Las edades del hombre» fue un proyecto que nació sin demasiados propósitos, ambiciones; en realidad, con una finalidad exclusiva o la única contemplada: mostrar unas obras de arte, unos libros y unos fondos musicales que, formando parte del patrimonio de la Iglesia en Castilla y León, resultaban desconocidos, o poco y convencionalmente valorados, eran inéditos en buena parte y nunca habían sido presentados en su conjunto. Y, sin duda, esta presentación u ofrecimiento podía dar una cierta imagen de esta tierra y sus raíces totalmente alejada de la banalidad pero también del discurso retórico o académico. El problema que se planteaba entonces, era el «cómo» de esa muestra para la realización de este propósito, además del de su financiación que suponía en quienes cargaran con ella un espíritu de mecenazgo un poco a la antigua, y que se encontró con facilidad porque, sin duda, se llamó a la puerta adecuada.
No se quería recurrir, desde luego, al sistema convencional de mostrar las obras de arte según el esquema de la evolución de las formas, por la muy simple razón de que no se trataba de una didáctica ni de una formación acerca de esa evolución artística formal, sino del mundo y transmundo en que esas obras artísticas habían nacido, determinando incluso su forma y a veces hasta la misma técnica. Se trataba de evitar cualquier reduccionismo o falseamiento de la naturaleza de los iconos que se mostraban, y de permitirlos hablar y decir en un ámbito o clima cultural y espiritual que fue el suyo.
Estas pinturas y esculturas del arte antiguo cuentan siempre, mucho más en el ámbito de la cristiandad: son iconos nacidos de la memoria que es una categoría esencialmente teológica propia del judeo-cristianismo en oposición a las religiones mistéricas o mitológicas, y su relato no es sacral o sagrado, sino relato de la historia de los hombres en la que Dios irrumpió, que se recuerda luego interminablemente y de modo distinto en cada tiempo histórico: en el románico, que es un arte teológico aunque no sin ganga política bizantina con frecuencia, en el gótico ya humanísimo, o en el barroco que es un arte resueltamente religioso-político y de propaganda, predicación, catequesis y luchas mundanales. Y aún sería preciso hacer cuenta de otros parámetros que no pueden enunciarse, desde luego, acudiendo simplemente a esas denominaciones estilísticas o de grandes momentos de la cultura occidental.
Una reflexión de este tipo fue la que determinó que, en esta muestra, se optase por la distribución o «mostración» del material artístico en unos compartimentos en los que se subrayaba esencialmente el devenir o la memoria históricos, dejando que la belleza de lo expuesto resplandeciese en su propio clima, por decirlo así: es decir, en las distintas fases, estancias o fases de la experiencia humana y de sentimientos, ideas o sueños teológicos esos mismos que Horkhaimer pensaba que el hombre moderno debería tener la audacia de hacer suyos de algún modo que estuvieron en la base y hasta fueron la motivación entera de esa producción artística. Y de aquí el título, deliberadamente lleno de indeterminación y polisemias, de «Las edades del hombre», porque al fin y al cabo es la historia humana desde su existencialidad y en los tiempos de civilización unida de algún modo al cristianismo -«civilización cristiana» es una enunciación teológicamente inaceptable e históricamente risible- la que se ha pretendido mostrar, y ello, naturalmente, en y desde la propia tierra: el modo y manera en que, aquí, en el espacio geográfico y en el tiempo histórico de lo que hoy es políticamente la Comunidad Autónoma de Castilla y León, pero sin renunciar a lo que trascendió y trasciende estos puros límites administrativos, el hombre ha vivido ese tiempo de civilización, ha producido ese arte o lo ha amparado, ha escrito y pintado o comprado libros pertinentes a la aventura intelectual o de sus centros, y ha compuesto música. Como en otras partes de España o de Europa, desde luego, pero con su especificidad y una diferencia muy pronunciada.
El ojo observador, simplemente tras su paso por la muestra, debería percatarse muy claramente de los guiños que se hacían más allá de lo que se mostraba: por ejemplo, el hecho de hasta qué punto esta tierra fue Europa en los más altos y más cruciales momentos de ésta. No sólo por la presencia de una pieza románica como el apostolado de Alba de Tormes, de una inspiración teológico-política y de una factura estilística tan espléndida como en el pórtico de Moissac, o la alusión -desgraciadamente a través de una reconstrucción, pero ello resultaba inevitable- al espíritu teológico y a la estética cisterciense a él unida, que implica una revolución cultural y estética para todo el Occidente según la cual la forma sólo es puramente hermosa cuando lo es mínimamente: lo justo para la revelación del ser, sino porque una de las salas estaba dedicada a hacer memoria de un momento histórico de suma importancia: el que por un lado, dio lugar a la reforma y su cultura específica, y, por el otro, supone la conciencia de la ruina de la historia y la brevedad del tiempo para enderezarla, y, a la vez, el adelgazamiento y afinamiento de la conciencia del «yo» occidental entre el ser y el perderse: la sala amparada bajo la leyenda: «El Cristo muerto y sepultado».
Estas pinturas y esculturas del arte antiguo cuentan siempre mucho más en el ámbito de la cristiandad: son iconos nacidos de la memoria propia del judeo-cristianismo.
Pero es que, además, una mirada atenta no podía menos de reparar en la sala cuyo epígrafe orientativo era el de «El Señor de la historia» y apuntaba a la conciencia de un tiempo en que el hombre creía firmemente que esa historia no era puro «sonido y furia», ni un «afán inútil» y su final feliz estaba asegurado, en una figura del evangelista Mateo: una efigie de escritor o intelectual ante su atril, asistido por un ángel -el símbolo de Mateo- como Luis Vives por sus fámulos a la hora del estudio, que resultaba como la réplica exacta del hermosísimo retrato que a Erasmo hizo Holbein. Y, entonces, ¿cómo no evocar a los erasmistas de esta tierra, esperanzados por el mundo nuevo que el holandés anunciaba, o el Congreso o Conferencia de Valladolid de 1527 en torno al problema de la tolerancia al socaire de un verso, glosado por Erasmo, del propio evangelio de Mateo? La tolerancia todavía es un sueño y la figurilla erasmiana de una aldea de esta tierra parecía preguntarnos.
Por otro lado, también se ofrecía lo específico de nuestras vivencias espirituales y culturales no sólo en una determinada muestra de un barroco ya resueltamente cultural y popular, sino de manera más enfática en la también reconstrucción -inevitable igualmente- de una celda carmelitana, que quería evocar y seguramente evocaba no sólo lo que para la cultura humana de los adentros y la cultura de la sospecha -más allá incluso de Freud, Nietzsche o Marx, en Juan de la Cruz- ha significado la escritura mística de los grandes místicos castellanos, sino también la invención de esta otra estética de la estancia carmelitana en la que no hay «ens fictum»: adorno ni retórica para los ojos, sino la pura verdad desnuda de las cosas pobres, y la luz.
Esta misma idea o propósito del simple mostrar fueron los que han presidido igualmente la otra muestra de los libros y documentos de nuestras iglesias, catedrales y monasterios castellanos y leoneses. Aquí también se ha querido recrear el «humus» en que esos libros se produjeron, y mostrar el vivir y el desvivir, o el vivir desviviéndose, a través de los documentos de la cotidianeidad o de los grandes momentos que la han modelado tanto en su interioridad como en sus manifestaciones externas, en lo que tienen de común con el tiempo y espacio de las otras Españas y de Europa y también en su especificidad.
Las muestras de ésta van aquí desde el encanto de las primeras grafías del lenguaje o los balbuceos del castellano, desprendiéndose de la latinidad, a la lucha singular por la tolerancia y la libertad contra la represión inquisitorial o su burla -la enciclopedia de las catedrales, cuando se suponía que sus vidrieras tenían que despedir oscuridad-, las delicias de los primeros textos literarios en romance y de la cultura románica europea, pero que entrañan ya la diferencia del alma castellana: el Libro del Buen Amor de Berceo, hasta las imaginaciones geográficas de la gran ínsula recién descubierta de América, y, luego, sus problemas políticos y económicos. Pero, sobre todo, había que mostrar lo más singular de lo nuestro: no sólo la escritura de Juan de la Cruz o de Teresa de Ávila, sino también las maravillosas escrituras -maravillosas ya en sus grafías de islámicos y hebreos, «los otros hijos de Abraham» y los otros castellanos y leoneses, y, sobre todo, esas fantásticas imaginaciones -puro «naif», y, a la vez, visiones poderosas- del primer libro de teología política escrito en Occidente, el primer «Tractatus theologico-polithicus»: el comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana, que es una meditación teológica sobre el sentido de la historia, sobre la espera y la esperanza en tiempos de esclavitud, sobre la seguridad de la justicia final. Pintores y pintoras, medio «morabitos», pintaron esa glosa con imágenes de una extraordinaria simplicidad y fuerza, negadoras de todo realismo formal, pero de una tal belleza y de tal conexión con lo real más último del hombre y de la historia y su tremendo devenir, que su frescor y encanto, o su violencia a veces, son por sí mismas una glosa de nosotros mismos y de nuestro ahora. Quizás nunca un libro, en ninguna parte del mundo, ni tampoco unas iluminaciones de un texto, siendo tan lejanos en el tiempo, nos son tan pertinentes y relucen con tal hermosura.
Quizás nunca un libro, en ninguna parte del mundo, ni tampoco unas iluminaciones de un texto, siendo tan lejanos en el tiempo, nos son tam pertinentes y relucen con tal hermosura.
Y el mostrar hermosura en un mundo de tan horrible fealdad como el nuestro, un mundo brutal y grosero, como por otra parte fue también el mundo en el que muchas de estas hermosuras mostradas nacieron para sostener la vida de los hombres, fue, como digo, el propósito de esta muestra, su intención única.
Pero también queda apuntado que este propósito hubiera sido irrealizable sin atender a la memoria y al recuerdo que está en la entraña y la naturaleza misma del icono y de la escritura, que se muestran; y que, sin duda alguna, son el parámetro más profundo del ser hombre, esto es, un «yo», un sujeto. Aunque el hombre de este tiempo post-moderno se resigne a no serlo, y la historia haya muerto porque se ha quedado sin sentido. Había que incitar a esa memoria, precisamente por esto mismo.
Incluso en un plano colectivo, en medio de mucha banalidad y de no escaso provincianismo, un folklorismo bastante decimonónico que nos habla del peligro de la «santa tierra madre» y otras mitologías que bien pudieran acabar en la adoración del «Volkgeist», parecía necesario también evocar la memoria histórica de León y Castilla que de un modo sustancial está en la entraña de nuestra cultura, ha originado un cierto modo muy alto de ser hombres en otro tiempo, y, ahora mismo, como la «audacia» de que hablaba Hokheimer -como se dijo más arriba- o como una instancia de pregunta y de oquedad ante la eventual satisfacción de un vivir plano y empírico, plantea desde luego las preguntas que nunca pueden ser contestadas, y pueden seguir ayudándonos a ser hombres, no juguetes de un devenir ciego, ni esclavos de nadie. E incluso a recuperar eso que cada día trata de hacernos olvidar: que el hombre es el capital más preciado.
Eso es al menos lo que, en otro tiempo, decían la belleza de los iconos y los discursos de la escritura.