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Ver productosEl cliché insiste en que Josep Pla escribía muy bien pero era conservador. La historia de este pero arranca de bastante lejos, se fortalece en los años sesenta y finalmente consigue constituirse en verdad de manual.
1 Abr 1995 - 10 min.
Todavía hay quien habla de Pla con el tono de aquellas postales que escribimos a la sombra de un monumento curioso que no constara en la crónica definitiva del viaje. Como si la hora de la verdad nunca fuese a llegar para la obra de Josep Pla, hemos presenciado diversas tácticas de aproximación con la intendencia siempre dispuesta a la retirada: hay quien le considera un colaboracionista tenebroso y patológico que ahora obtiene la misericordia en virtud exclusiva de su buena prosa; otros dicen que fue escritor a pesar de su ideología; otros aplican la fórmula banal que dice que toda literatura, si es buena, es progresista. Ante más de cuarenta siglos de literatura escrita por ladrones, santos, reyes, profesores, iluminados, integristas, revolucionarios y psicópatas, el serafismo de algunos críticos resulta algo siniestro.
En el gran iceberg de la obra de Josep Pla hay siempre un individualista expuesto a los rigores de la intemperie histórica y al irresoluble conflicto entre orden y desorden. J. V. Foix le tuvo por anarco-conservador. Las progresivas erosiones del principio de orden público resultaban incómodas para un escritor convencido, como Burke, de que la finalidad de la política no puede ser la perfección absoluta y final de la sociedad sino la máxima perfección practicable. Las abstracciones políticas son peligrosas porque —como decía Valéry— toda política quiere antes que nada fusilamientos masivos y, después, la felicidad universal.
Puesto que incluso en las sociedades más estables es posible la regresión primaria, ¿cómo no iba a ser radicalmente desconfiado con las utopías en un país en el que todo tendía al desequilibrio natural y a la autodevoración? Conocedor aventajado de los desprestigios del siglo veinte, ¿por qué razón iba a buscar la complicidad de los bisnietos de Freud o Marx?
Su precoz incomodidad con la Segunda República —cuando la progresiva erosión del principio de orden público tenía causa y efectos verbalistas— provenía en línea legítima del escepticismo que comprende la sociedad desde la naturaleza humana en sus constantes intemporales. Si había vivido de cerca la Alemania pre-nazi, ¿cómo no había de sentir la obsesión por el valor de la moneda como factor esencial de estabilidad? Cuando entre las ruinas morales de la guerra civil algunos se imponían el deber de una buena acción diaria, Pla escribía y escribía, mientras la hiedra trepaba por los muros de su masía: las catástrofes políticas de su tiempo le habían llevado a temer los remedios más que a los males.
Como le sucedió a Pla después del tempo
de la juventud, a veces la literatura ha nacido por la convicción tal vez ilusoria de que la conquista del pasado puede retrasar la acción destructora del tiempo y de la naturaleza. Por recelar de tantas volutas frágiles de la cultura, Pla concentró su literatura en las formas de supervivencia contra la naturaleza que han sabido perdurar cotidianamente. Quizás sea verdad —como se ha dicho— que el tiempo es un gran maestro que por desgracia mata a sus discípulos. Existe, no obstante, la salvedad de la literatura: toda la obra de Josep Pla es la maquinación de una venganza contra el tiempo, la magnificación de la memoria.
Pasada la posguerra más abrupta, Pla escribía, publicaba y sus libros se vendían. Reencontraba a sus lectores y sumaba otros muchos más. El éxito literario siempre ha generado envidias monumentales y conviene decir que, si Pla no hubiese tenido lectores, muchas cosas le habrían sido perdonadas. Algunos quisieron juzgar su actitud en Burgos emboscados en el apriorismo moral y otros cumplían con el gesto del aduanero que detecta materias delictivas en algún equipaje. En realidad, negar el espacio civil a hombres como Pla ya no es tan sólo un error: es la venganza estúpida de quienes no ven que la inteligencia y la buena prosa siempre sabrán vivir en medio de cualquier inclemencia.
La sensualidad de la prosa de Pla llegaba hasta el límite de su particular sentido del ridículo y entonces se salvaba por la ironía. A veces le perjudicaban el pudor, el temor a hacer
literatura y el desconfiar demasiado de la ficción como género. Los contrapesos entre el hecho de escribir y la acción de narrar han basculado en su obra con oscilaciones que raramente hallaron su punto medio. La dialéctica entre el paisaje y la trama topaba con la irresolución de un autor demasiado suspicaz frente a la literatura como arte. Trama narrativa y descripción del paisaje se enfrentan y obtienen su síntesis en más de una ocasión, pero Pla a menudo desiste o fecunda una tensión que dispersa la fábula o anula la pintura. Pienso que en algún instante Pla decide dejar de hacer
prosa, renunciando al estilo en presunto beneficio del tono de voz.
La única manera de desbaratar la equívoca cohabitación entre sociedad y literatura es hablar únicamente de autores y lectores. La pasión de Pla por lo concreto buscaba el entendimiento de sus lectores y no los epitafios de la crítica. Incluso así, muchos lectores le reprocharíamos que, si escribió las crónicas de la Segunda República, después no quisiese emprender el memorial minucioso y cruel de su guerra civil y del régimen del general Franco. Después de Tucídides, nunca está de más un duque de Saint-Simon. No se trataba de reclamarle un exorcismo: hubiéramos deseado el retrato profuso del Estado perpetuamente provisional, de una sociedad civil sin sistema nervioso, el testimonio de la vida que siempre continúa, corrupta o sorda, atávica o astuta. Tal vez aquel silencio fue una de las paradojas obligadas del destino de todo espíritu independiente, porque ni la conveniencia ni los programas nunca le habían hecho callar.
Después del Josep Pla intensamente dialéctico de los años treinta, la posguerra parece llevarle a deberes más presocráticos: se ha quedado sin pasaporte y sin La Vanguardia, sin más espectáculo gratis que la contradanza de equinocios y de solsticios que constituye el año. Ha comenzado a escribir en la revista Destino y los lectores acuden al amparo de su Calendario sin fechas, en busca de un rescoldo de tolerancia. Desde 1940, Pla cada semana deleitaba e instruía a los lectores de Destino, catálogo irrepetible del liberalismo posible en época de intransigencias y penurias. Tampoco faltaban los cortes de electricidad, pero aquel Calendario sin fechas nunca fue reducto de nostalgia, poso de venganzas o fomento de purismo. La cuestión es balancear la vida, ondularla un poco
, dice en uno de sus artículos, vademécum de un posibilismo vital bastante higiénico y ejemplo de astucia del articulista, en años de censura escrupulosa.
Por entre los resquicios de unos años sin política, por fuerza asoma la inteligencia conservadora de Josep Pla, al recordar unos revolucionarios que pretendían hacer avanzar el mundo a base de destruir lo que, a ellos personalmente, no les gustaba y de conservar lo que a ellos les placía, como es naturalísimo
. Otras personas —constata Pla— pretendían conservar lo que los revolucionarios querían destruir y destruir lo que los revolucionarios querían conservar. Me dijeron, entretanto, que aquel tira y afloja venía durando desde hacía muchísimos siglos, —quizás treinta o cuarenta— en vista de lo cual creí que lo más razonable era seguir contemplando el vuelo de las golondrinas
.
Poco se podrían entender las proposiciones políticas de Milton sin una reflexión previa sobre el enfrentamiento entre la Corona y el Parlamento, con desenlace de guerra civil. Eso seguramente no sería imprescindible para celebrar su grandeza poética o admirar la constitución formal de su obra, pero desentrañar la naturaleza política de obras como Aeropagítica hace necesario conocer y entender lo que pasó en la historia. Para reconocer la calidad intelectual y política de la obra de Josep Pla tampoco se hace indispensable distinguir entre Prieto y Largo Caballero, pero sí es condición sine qua non para percibir la gran perspicacia del observador que escribe la crónica del advenimiento de la Segunda República —un libro que debiera leerse en clase de historia del actual bachillerato— o que publica en La Veu de Catalunya algunas de las mejores crónicas parlamentarias escritas en España. Es todavía más imprescindible para poder situar el itinerario de un individuo por el paisaje devastado de una guerra civil. Una visión maniquea de la historia de Cataluña es sustento demasiado liviano para contribuir al entendimiento de lo que fue Josep Pla entre 1927 y 1939: lo prueba recientemente el estudio Josep Pla: el difícil equilibri entre literatura i política de Cristina Badosa, un libro —por decirlo así— más próximo al cómic
ideológico que al espíritu de Tucídides.
No se trata de pedirle a nadie que justifique la conducta política de Pla. Algunos podremos pensar que fue lo bastante explícito y razonado para justificarse por sí solo, pero eso sin duda no invalida la posibilidad de crítica, aunque con Josep Pla: el difícil equilibri entre literatura i política ya no se trata de que a la complejidad y riqueza del pensamiento político de Pla no se le haya hecho plena justicia, sino de que Cristina Badosa opere negando la mayor: para ella, la posible lucidez política de Pla no existe, sino que es una simple transacción de compraventa por parte de la Lliga de Francesc Cambó.
Es sintomático que Cristina Badosa no parezca haber captado la célebre anécdota del queso, imagen de claridad abrumadora para quien sepa entender que bien y mal no quedan nítidamente delimitados por las trincheras de una guerra civil. Según la anécdota contada por Augusto Assía, ante el asombro de un joven sacerdote que constataba que en un lado se asesinaba como en el otro, un Pla recién llegado a San Sebastián explica la guerra civil: Claro que es, señor curita, ¿es que se creía usted que puede cortarse un queso al medio y que una mitad salga de bola y la otra de gruyère?
.
Antes, al describir los primeros meses de la conflagración en Cataluña, dice Cristina Badosa que a menudo los revolucionarios caían en el simplismo de matar facciosos y hacer incautaciones dejando de lado el proceso revolucionario real, como era la reconversión de las formas de producción y su reparto
. A estas alturas, equiparar el asesinato a un simplismo es una torpeza sólo equiparable a definir la revolución como reconversión y reparto de las formas de producción.
El libro de Cristina Badosa transcurre entre el final del exilio de Pla en tiempos de Primo de Rivera hasta el final de la guerra civil, con su salida de La Vanguardia para un obligado retiro, en Palafrugell, al inicio de una dictadura longeva. Cuando comienza la guerra civil, el escritor conservador pudo haber muerto a manos de la FAI de no haber huido. Halla acomodo en Roma, con los intelectuales protegidos por Cambó y propagandistas de la antirrevolución. En Marsella protagoniza un episodio de presunto espionaje que haría partirse de risa a Philby. Por lo demás, ¿y qué, si Pla fue espía? Quedan el paso por San Sebastián y Burgos, el regreso con las tropas de Franco y la breve misión imposible de quienes pretendían reconstruir la poca convivencia posible.
Todo juicio de intenciones transita por terreno tan resbaladizo que uno no va a achacarle a Cristina Badosa cierta animadversión hacia Pla, pero resulta evidente su tendencia a refrendar un juicio negativo con los testimonios más propicios. La certificación de la Adi Enberg que estuvo casada por Pla sería capital para un libro titulado Lo que sé de Josep pero no tiene por qué ser determinante, por divertidas que sean sus objeciones a los calzoncillos del marido. Eso raya en lo naïf, como suponer que Josep Pla actuaba como espía industrioso en lugar de tomarse más de un pastis
en el puerto de Marsella. No tan naïf resulta ir convirtiendo en impoluta la desfachatez histórica de algunos intelectuales de Esquerra Republicana, hoy con panteón y biografía oficial.
Lo cierto es que la literatura francesa hace tiempo integra y honra a los escritores que colaboraron con la ocupación nazi y que la cultura catalana todavía tiene a Pla bajo sospecha, por lo que sea. Con Eugeni d’Ors bajo acoso y Pla en manos de Cristina Badosa, la posteridad de los grandes de la literatura catalana puede ser como un eterno purgatorio.
No es menos cierto que la historia de la prosa moderna en lengua catalana no dispone de abundantes estadios de sedimentación. El arte de Pla iniciaba un nuevo atlas de matices y complejidades aunque dijera que todo consistía en unir adjetivos y sustantivos. También se hacía posible defender la vida por la literatura y la literatura por la vida. Al final, el país y la palabra pertenecían. Había llegado el momento de decir sin mala conciencia que fue un gran escritor pero, por lo que parece, incluso hoy resulta inoportuno reconocer que casi siempre tuvo razón.