La semántica, objeto de manipulación política

Desde hace algún tiempo asistimos con perplejidad a situaciones confusas en el uso del vocabulario político. Los conservadores no quieren atribuirse esta palabra; consideran que la utilización de la misma para referirse a ellos equivale a veces a un insulto. Paradójicamente en el otro lado los comunistas también se avergüenzan del uso de la palabra. La situación es de tal guisa que por parte de todo un vicepresidente de Gobierno se explica la existencia de una coalición tácita entre conservadores y comunistas en razón de la identificación de ambos conceptos. Lo peor del asunto es que la explicación no aparenta ser tan absurda si se hiciera caso de la utilización por los medios oficiales de comunicación de la palabra «conservador» para referirse al ala dura de los miembros del Politburó del PCUS. Así las cosas, todos los días asistimos sin extrañarnos a la manipulada utilización del sustantivo «conservador» como un adjetivo.

Jesús Trillo-Figueroa

Este es uno de los ejemplos de la manipulación que sufren las ideologías políticas provocada por la confusión semántica del lenguaje.

Se ha dicho que vivimos en la época de la imagen, que nuestro mundo es fundamentalmente un mundo de formas, característica de lo que se ha denominado la posmodernidad. Si a esta prevalencia de la forma en nuestra cultura actual unimos el hecho de que en la política «vale tanto la apariencia como la esencia», resulta que en esta materia el lenguaje cobra una importancia fundamental, más aún cuando las grandes construcciones ideológicas en torno a la política están en plena decadencia, caracterizándose en general por la falta de contenidos y la prevalencia de las imágenes. Si decimos esto es porque a pesar de todo, lejos de asistir al fin de las ideologías, la política indudablemente sigue a las ideas, estén éstas vacías o no de contenido. Y no se olvide que las palabras son las formas de las ideas; que, en definitiva, el lenguaje no es más que la forma del pensamiento.

Ahora bien, el carácter electoral del lenguaje democrático no justifica, ni legitima, ta confusión de la lengua, ni mucho menos la consciente manipulación semántica de la misma. El ejercicio de la democracia exige tina opinión pública rectamente conformada a través de una información veraz, y para ello es necesario utilizar con rigor el lenguaje, que sin duda es el medio más asequible al error y a la confusión.

Aristóteles, al definir al hombre como un «animal político», identificaba tal característica por su capacidad de habla, por su posesión de logos. Para él, por tanto, el lenguaje era una característica esencial del ser humano en su función política. La importancia del lenguaje en la política es una cuestión ya muy antigua, que ha tenido mayor o menor virtualidad según las épocas históricas en las que el lenguaje ha sido utilizado conscientemente como arma estratégica. Al terminar la Segunda Guerra Mundial en Alemania proliferó el estudio científico de esta cuestión, pues se entendía que la lengua alemana había sido corrompida por la manipulación ideológica del nacional-socialismo; se hablaba inclusive de un lenguaje del nazismo que había que depurar. Para muchos autores, Hitler y Goebbels fueron grandes maestros de la estrategia verbal.

Igual sucedió en el otro ámbito del totalitarismo de nuestro siglo: el comunismo. Stalin y Gramsci —a modo de ejemplo de las dos grandes vertientes estratégicas del comunismo— pasaban por ser grandes expertos en Filología y maestros en la utilización del lenguaje. Pero la utilización del lenguaje por la política no es un fenómeno exclusivo de las ideologías totalitarias; también se produce de una manera muy particular en los sistemas democráticos.

Entre las funciones asignadas al lenguaje, el político se caracteriza por la llamada «función apelativa», que significa que el texto político debe ser eficaz y debe conseguir que el oyente o destinatario haga algo o adopte una determinada actitud; qué duda cabe que esta función apelativa del lenguaje es propia del lenguaje electoral que alimenta la vida de las democracias occidentales.

Ahora bien, el carácter electoral del lenguaje democrático no justifica, ni legitima, la confusión de la lengua, ni mucho menos la consciente manipulación semántica de la misma. El ejercicio de la democracia exige una opinión pública rectamente conformada a través de una información veraz, y para ello es necesario utilizar con rigor el lenguaje, que sin duda es el medio más asequible al error y a la confusión.

El problema es que en la España actual existe una degradación progresiva del lenguaje político, que, a su vez, ha contaminado al lenguaje periodístico. Lo más grave es que existe una utilización ideológico-política del lenguaje realizada por el socialismo en el poder. Esta afirmación no es una consideración arbitraria, más o menos intuitiva; es una constatación de los hechos. Hay diversos factores que inducen a pensar en ello, que voy a tratar de reflejar brevemente en las siguientes reflexiones; a saber: en primer lugar, la filosofía oficial de moda, reflejada, entre otros documentos, en el Programa 2000 que contiene las propuestas del socialismo para el futuro. En segundo lugar, la tradición ideológica del socialismo (marxismo y postmarxismo). Y, por último, la práctica, en especial el lenguaje de sus líderes.

La semántica, filosofía de la posmodernidad

Se ha dicho que la filosofía del siglo XX descubrió el lenguaje, y realmente no es así. Lo que sí es cierto es que la filosofía retoma el lenguaje como objeto de estudio filosófico en el siglo XX. Pero sucedió que la filosofía del lenguaje no solamente tomó al lenguaje como objeto de estudio, sino que llegó a afirmar que únicamente el lenguaje es objeto de estudio, de tal forma que todo lo demás carece simplemente de sentido.

Esta fue la conclusión a la que llegó el «neopositivismo lógico» del primer tercio del siglo XX, y, ciertamente, que la evolución se en sí misma no se apoya en una filosofía guida por la historia de la filosofía moderna no podía terminar de otra forma: se trata de un proceso que el mismo Michel Foucault pone de manifiesto contemplando la evolución de la filosofía moderna; a su juicio existen tres momentos consecuentes: en un primer momento, el realismo consideraba que «el lenguaje es expresión y lectura de las cosas»; en esta filosofía, los signos lingüísticos se identifican con las cosas. En una segunda fase, correspondiente a lo que podemos denominar en general como idealismo, el lenguaje no representa ya a las cosas; los signos se constituyen mediante un acto del conocimiento y, en definitiva, los signos lingüísticos, las palabras no son sino «las formas de las ideas». Aquí es donde surge el gran elemento de ambigüedad en la palabra, al no responder la representación real verificable, sino a la idea producto del pensamiento. En una tercera fase, el lenguaje se ha aislado del todo de la vida; en ésta escribe Foucault: «El lenguaje ya no es un efecto exterior del pensamiento, sino que conforma y define el pensamiento mismo». De esta forma, el lenguaje, al dejar de ser conocimiento, adquiere ser propio y define al ser, «sólo el discurso define la realidad». Al cabo, la filosofía llega a una ontología del lenguaje, y el filósofo a un solipsismo absoluto, como el que expresaba Wingenstein en su famosa sentencia: «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».

Stalin acostumbraba a decir, según sus biógrafos: «De todos tos monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario».

Sin duda se trata de un reduccionismo más de nuestro tiempo: el todo se reduce a una parte: el lenguaje; la conclusión es fácil, la utilización de uno u otro lenguaje supondrá una u otra visión del mundo. Pero el final solipsista debería encontrar una salida, y por eso la ontología del lenguaje se reduce posteriormente a una ontología mínima. Así es en el caso de la semiótica. A mi juicio, la semiótica se explica muy bien como la filosofía propia de la llamada posmodernidad. Si a ésta se la ha distinguido por tres características, la prevalencia de la forma frente al contenido, la existencia de una filosofía mínima o una ontología mínima y, por último, la heterogeneidad, la variedad, la fragmentación, son rasgos que también caracterizan una definición de la semiótica. Estas tres características resultan claramente identificables en la definición de la semiótica dada por Morris en 1959: «La semiótica particular, ni la implica necesariamente. La ciencia de los signos no decide entre una filosofía empírica y una filosofía no empírica, como tampoco entre una religión naturalista y una religión sobrenaturalista». Es ésta, por tanto, una hermenéutica, una ontología mínima que admite la variedad y cualquier interpretación igualmente válida, en definitiva, el llamado «todo vale». Acaso no es ésta la filosofía posmoderna que impregna nuestra «era del vacío», o al menos de ello quieren convencernos las tesis planteadas para el año 2000 en el llamado «Programa 2000» del PSOE.

Si he traído a colación esta interpretación filosófica es para poner de manifiesto la importancia que en la misma sigue cobrando el ya tan viejo tema del nominalismo, que refleja perfectamente la expresión semiótica hecha famosa por Umberto Eco en El nombre de la rosa: «Estat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus». Desde esta filosofía se entiende bien y claramente cómo puede identificarse una corriente ideológica situada en la derecha, con una corriente ideológica situada en la izquierda, ya que si ambos son conservadores después de manipular el término -puesto que unos son tales y otros son el ala conservadora del partido comunista- pueden, en última instancia, identificarse también ideológica y conceptualmente; no se olvide que solamente tenemos nombres. Y tampoco es extraño que la cuestión de la autodeterminación sea una mera cuestión semántica, pues, en definitiva, sea lo que sea, no es más que un nombre, y ya se sabe que éste no define ni lo natural ni lo sobrenatural; es, en definitiva, aplicable el «qué más da», pues vale todo.

El marxismo exige unos términos que para su adecuada expresión debe cambiar de sentido o vaciar de contenido el sentido propio de ios términos originarios; por ello se habla de lexicología o lenguaje marxista.

El lenguaje en la estrategia marxista

Stalin acostumbraba a decir, según sus biógrafos: «De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario». Y efectivamente, como escribía Jim Guirard, asesor del Departamento de Estado USA, con esta tesis George Orwell construyó su gran novela 1984: «El Estado totalitario, deseoso de que ningún ciudadano tuviera pensamientos negativos sobre la dictadura, simplemente eliminó de los diccionarios y de la práctica habitual las palabras con las que se podrían construir pensamientos traicioneros. Las palabras que no podían eliminarse abiertamente, se sustituían por las palabras de la nueva lengua, cuyos significados eran normalmente la antítesis del sentido de la palabra original». Según el citado autor, en el año 1985 los soviéticos estaban escribiendo al menos dos diccionarios Oxford de lengua inglesa para introducir definiciones confusas de palabras políticas clave, colocando estos términos en la línea doctrinal del partido comunista. En fin, la semántica era una de las principales armas de propaganda de la Unión Soviética.

Pero al margen de las presuntas imputaciones propagandísticas, es preciso hacer una consideración en torno a la cuestión del lenguaje en la teoría marxista. La semántica es un instrumento perfectamente utilizado por el marxismo desde su origen por una razón teórico-práctica, además de por la pura constatación del resultado. El marxismo exige unos términos que para su adecuada expresión debe cambiar de sentido o vaciar de contenido el sentido propio de los términos originarios; por ello se habla de lexicología o lenguaje marxista. Ciertamente, no existe una doctrina clara de Carlos Marx sobre el lenguaje, pues sus tesis están dispersas en diversos escritos, pero puede concluirse la siguiente consideración: Para Marx el lenguaje es esencialmente un fenómeno social y, al igual que la conciencia, surge de la necesidad, de manera que es un producto social en contra de cualquier innatismo. Ello explica que exista un lenguaje del proletariado que será la expresión de la conciencia del proletariado y, por tanto, el único lenguaje liberado. Por otro lado, Marx, como cuestión metodológica, abordó con la teoría lingüística el estudio de las relaciones de clases sociales y las ideologías, llegando a concluir que al igual que existe un lenguaje burgués, existirá un lenguaje de la clase dominante. Pero va más allá, y siguiendo las tesis de Saphir y Worff, entiende que las estructuras lingüísticas determinan diferentes formas de pensamiento y visión del mundo. Por eso concluye como premisa revolucionaria que para alcanzar la revolución del proletariado será necesario cambiar el lenguaje de la burguesía, que supone una determinada visión del mundo burgués.

No obstante los análisis importantes en torno a la semántica y al lenguaje son los que se produjeron con posterioridad entre los posmarxistas. Hubo una célebre polémica entre Nicolas Marr y Stalin en torno a la función del lenguaje. Para Marr, el lenguaje tendría carácter clasista y pertenecería a la superestructura ideológica de la sociedad, siendo instrumento de dominación al servicio de la clase dominante, lo cual era consecuencia lógica de las tesis sustentadas por Marx. Pero en 1950 Stalin, en un estudio denominado «Sobre el marxismo en la lingüística», publicado en Pravda, afirmó que tal posición es absolutamente errónea, pues constataba el hecho de que producida la revolución proletaria en la revolución rusa, no se había, sin embargo, cambiado el lenguaje. Para Stalin, hay que tener en cuenta la relevancia revolucionaria de ciertos aspectos semánticos y léxicos; lo que había cambiado era el sentido de las mismas palabras, pero no la lexicología en su totalidad.

Posteriormente, autores como Bachtin y Voloshinov profundizaron en el estudio semántico, analizando cuáles eran las causas fundamentales que enlazan la ideología con el lenguaje, determinando un cambio de sentido, llegando a la conclusión de que el contenido de todo signo lingüístico tiene una determinada acentuación o carga valorativa socialmente adquirida, en virtud de la cual el signo funciona ideológicamente; esto es lo que se ha denominado en la semántica como la «función afectiva ideológica del lenguaje».

Al margen de la Unión Soviética, la consideración de la semántica como instrumento estratégico revolucionario, también fue tenida en cuenta por el otro gran estratega del comunismo moderno, Antonio Gramsci.

Al margen de la Unión Soviética, la consideración de la semántica como instrumento estratégico revolucionario, también fue tenida en cuenta por el otro gran estratega del comunismo moderno, Antonio Gramsci. Gramsci se sintió toda su vida atraído por la lingüística y, en particular, por lo que hoy se llama sociolingüística, dejando un estudio del efecto de las situaciones sociales en los cambios lingüísticos entre los años 1912 y 1913, aplicando posteriormente todos sus conocimientos en sus obras revolucionarias. Gramsci escribió: «El proletariado necesita intelectuales orgánicos, intelectuales que no se limitaran a describir la vida social desde fuera, de acuerdo con normas científicas, sino que utilizaran el lenguaje de la cultura para expresar las experiencias y sentimientos reales que las masas no pueden expresar por sí mismas». Es clara, por tanto, la estrategia semántica en la estrategia revolucionaria de Antonio Gramsci. Esta corriente ha sido desarrollada por distintos ideólogos del marxismo con posterioridad, de entre los que destaca a mi juicio- Adam Schaff, tal vez el más lúcido representante de los ideólogos que actualmente se desenvuelven en torno a la órbita del socialismo democrático representado en el PSOE. Schaff, en su Introducción a la semántica, hacía un análisis certero de la filosofía del lenguaje, concluyendo que estábamos de nuevo ante la vieja cuestión «que lleva el nombre tradicional de controversia sobre los universales». Pero al tiempo, en este libro Schaff resaltaba la importancia de la semántica, llamando la atención sobre el olvido por parte de los países socialistas de la utilización eficaz de la llamada «teoría científica de la propaganda», y rechazando las estériles discusiones anteriores de los teóricos marxistas sobre la cuestión, concluía haciendo un llamamiento a la utilización activa en la estrategia revolucionaria de la semántica. Hoy en día, Schaff es uno de los filósofos inspiradores de las nuevas corrientes denominadas por la Fundación Sistema «el futuro del socialismo».

La semántica y la política

El objeto fundamental de la semántica es el estudio del cambio de sentido de las palabras, y desde su origen la política fue considerada como una de las causas de influencia determinante en los cambios de sentido. El lingüista Sperber considera a lo que él llama «fuerza emotiva subconsciente», una de las fuentes de la creación lingüística y de los cambios de sentido debido a las ideologías. Para él, lo mismo en la colectividad que en el individuo hay esferas de pensamiento privilegiadas, suertes de temas obsesivos que condicionan socialmente el lenguaje. Por otro lado, hay que considerar que las palabras se definen en muchos casos en relación con su contexto; así Harold Weinrich escribe: «Las palabras engañosas pertenecen a un sistema contextual y tienen un valor sustitutivo en una ideología. Estas palabras adquieren una mendacidad cuando la ideología en sus principios doctrinales son mendaces. Por eso había palabras neutras en sí, como pueblo, sangre y suelo, que a través del contexto de la ideología nazi se convierten en palabras engañosas, y algunas palabras se hacen definitivamente inutilizables por su falaz uso». Weinrich llega a considerar que las estrategias lingüísticas engañosas pueden influir incluso sobre el «espíritu del tiempo» (Zelgeist) de forma tal que pueden transformar en pocos años una determinada visión del mundo, cosa que, a su juicio, ocurrió entre 1930 y 1933 en Alemania.

Esta tesis tiene su propia explicación incluso en consideraciones puramente lingüísticas. En 1931, el profesor de Heidelberg, J. Trier, construyó la «Teoría de los campos lingüísticos». A su juicio, las palabras se relacionan con un sector conceptual del entendimiento y constituyen un conjunto estructurado en el interior del cual cada una está bajo la dependencia de las otras; las palabras forman de esta manera un «campo lingüístico» que abarca un campo conceptual y expresan una visión del mundo que permiten reconstruir. La utilidad de la idea es que nuestros conceptos abarcan todo el campo de lo real como las piezas de un rompecabezas, sin dejar huecos. De ello resulta que todo cambio en los límites de un concepto acarrerará una modificación de los conceptos vecinos y, de rechazo, de las palabras que los expresan. En consecuencia, un cambio semántico de la palabra clave puede variar el sentido no sólo de una palabra, sino de todo un campo lingüístico.

Por otro lado, Matoré, creador de la Lexicología generativa, estudió la existencia de generaciones lingüísticas, que son los grandes tramos históricos dentro de los cuales existirá una estructura lexicológica característica desde un punto de vista histórico. En cada uno de los estados de lengua históricos se encuentra la presencia de «palabras testigo» o neologismos correspondientes a nociones nuevas que surgen en el seno de la colectividad en ese particular momento de su historia. Estas «palabras testigo» o «palabras clave» son las que, utilizando una definición cultural, llama el filósofo español López Quintás «palabras talismán», para determinar cómo cada una de las épocas históricas desde el punto de vista de la Lexicología se pueden definir con una determinada «palabra fuerza» o «palabra talismán». Estas palabras tienen una especial carga emocional en cada época histórica, y una configuración casi mágica que les confiere un carácter incontestable; «todos los términos que se muestran en alguna medida afines al término «talismán» quedan automáticamente orlados de prestigio en forma tal que apenas hay quien ose ponerlos en tela de juicio y someterlos a revisión, aunque sean utilizados por razones estratégicas de modo poco o nada matizado; se imponen como algo consabido e indiscutible». Palabras talismán a modo de ejemplo son: en los siglos XVI y XVII la palabra orden, en el siglo XVIII la palabra razón, en el siglo XIX la palabra revolución y en el siglo XX la palabra libertad.

Si se conjuga la tesis de «los campos lingüísticos» con la relativa a las «palabras clave» en una suerte de trasvase ideológico inadvertido, sucederá que al cambiar una palabra en un sentido diferente al originario, o incluso antagónico, como las fichas del dominó, todas las demás palabras del campo irán consecutivamente cambiando al nuevo sentido; y así, sin advertirlo, con las mismas palabras hemos variado toda una concepción del mundo.

Pero independientemente de la veracidad de las afirmaciones anteriores, la carga valorativa producida por las ideologías es algo consciente -como hemos visto anteriormente en el marxismo- a todas las estrategias revolucionarias que han tenido en cuenta la semántica. La cuestión se reduce ahora a determinar de qué forma se produce la manipulación semántica del lenguaje por parte de la política.

En el estudio anteriormente mencionado de Weinrich, éste consideraba que fundamentalmente son tres las técnicas de manipulación verbal, a saber:

1) La transformación de conceptos. Mediante la transformación, palabras corrientes entran en un nuevo contexto y enlazan con nuevas asociaciones para abusar de su acento axiológico positivo o negativo, y adquirir el significado contrario. Así, por ejemplo, la palabra democracia se asocia a la palabra popular, y en su nuevo contexto resulta que lo que era originariamente un sentido fundamentalmente liberal y participativo se convierte en un sentido asociado al carácter totalitario de la nueva ideología.

2) La nueva acuñación de conceptos mendaces. Para el citado autor, la expresión edicto racial proporciona un ejemplo característico de cómo con tales nuevos conceptos se puede hacer propaganda política.

3) La tabuización de conceptos. El ejemplo típico es el de la palabra fascismo. El fascismo se convierte en una palabra tabú de forma tal que se utiliza a diestra y siniestra como elemento arrojadizo y acusatorio a cualquiera que no esté de acuerdo con la ideología, convirtiéndose, por tanto, en un tabú indiscutible.

Sin duda que las estrategias anteriormente enunciadas de manipulación del lenguaje son puramente ejemplificativas, pues pueden abundar muchas otras.

La semántica y el socialismo español

En el prólogo del Manifiesto para una nueva izquierda europea -considerado por algunos como el nuevo catecismo de la izquierda, Felipe González, después de hacer una reflexión en torno a la necesidad de construir un nuevo mensaje ideológico por parte de la izquierda, establece y escribe en cuanto a la estrategia para su implantación: «No se trata, lógicamente, de descubrir verdades sorprendentemente nuevas, sino sólo de expresar viejas verdades en el lenguaje de debates nuevos».

Lázaro considera que mientras los partidos socialistas europeos han ido progresivamente marchando hacia el liberalismo, el PSOE por el contrario «se afirma en su izquierdismo»

El socialismo español ha asumido claramente la estrategia de la manipulación ideológica por medio de la semántica. Analizando las características del discurso socialista, Lázaro Carreter diagnosticaba el efecto típico de la falta de neologismos para la expresión ideológica y la utilización de todas las técnicas propias de la semántica, que, en definitiva, supone decir contenidos nuevos con las mismas palabras o, lo que es lo mismo, variar el sentido de las palabras. Lázaro llama la atención sobre la utilización verborreica de determinadas palabras en una y otra ocasión con fundamento o sin él, tales como colectivo; así como la ampliación de la panoplia expresiva y la degradación eufemística de la fuerza expresiva de las palabras claves, tales como revolución, que se sustituye por cambio; palabras que al tiempo juegan una eficacia de palabras clave o talismán, en la estrategia revolucionaria del partido. Pero curiosamente, a diferencia de otros, Lázaro considera que mientras los partidos socialistas europeos han ido progresivamente marchando hacia el liberalismo, el PSOE por el contrario «se afirma en su izquierdismo. Pero el aparato conceptual y terminológico que emplea poco lo diferencia de esas formaciones extranjeras». También en este punto, lúcidamente Lázaro vuelve a coincidir con la última versión del llamado «Manifiesto del Programa 2000».

Uno de los más curiosos y divertidos análisis hechos sobre ta manipulación semántica del socialismo español es el que José Luis Gutiérrez y Amando de Miguel hacen en La ambición del César.

Uno de los más curiosos y divertidos análisis hechos sobre la manipulación semántica del socialismo español es el que José Luis Gutiérrez y Amando de Miguel hacen en La ambición del César. En un capítulo denominado «El lenguaje de González: la semiótica de la confusión» recogen las técnicas más corrientes existentes en el acervo manipulador. A modo de ejemplo, digna de señalar es la llamada «Técnica de la confusión», que consiste en utilizar constantemente un lenguaje confuso y ambivalente. Por ejemplo: a la pregunta ¿en qué consiste ser de izquierdas?, responde «gobernar en un momento en el que uno tiene que optar entre inventar el futuro para que la derecha gobierne en el presente, o gobernar el presente para construir el futuro…». La intención de la utilización de estas técnicas ya la denunciaba Aristóteles en su Retórica: «No hay que servirse de palabras ambivalentes, a no ser que se busque lo contrario a la claridad, cosa que se hace cuando no se tiene qué decir, pero se finge decir algo, porque los que así hacen, dicen estas cosas en estilo poético ya que el circunloquio, al ser abundante, deslumbra». En fin, nihil novum sub sole.

En conclusión, los ejemplos podrían repetirse y extenderse ampliamente, pero no es éste su lugar adecuado. Se trata simplemente de poner de manifiesto una cuestión que describía magníficamente Lewis Carrol: «Cuando uso una palabra -dijo Humpty Dumpty en un tono un tanto burlón-, significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos. La cuestión es -dijo Alicia- si puedes hacer a las palabras significar cosas diferentes. La cuestión es -repuso Humpty Dumpty- quién va a ser el amo. Eso es todo.»