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Ver productos1 Ene 1992 - 9min.
«… por todas estas cosas he resuelto de fabricarte este Lampión contra palabras murciégalas y razonamientos lechuzas». Así enuncia y justifica su propósito esclarecedor del lenguaje y por tanto del pensamiento-don Francisco de Quevedo al comienzo de La culta latiniparla, la sátira más alegre y feroz que se conoce de los malos usos lingüísticos. Quevedo iza su farolillo para ahuyentar las tinieblas en que medran y merodean cual bichos grotescos el léxico embrollado y las ideas fofas. Atribuye esa corrupción a lo que hoy llamaríamos cursilería y también a la pereza mental. No tiene en cuenta la posible intención dolosa de engañar con la semántica, quizá porque en el siglo XVII no era tan evidente el ánimo fraudulento.
Hoy sí. Aunque el hombre no cambia y sigue siendo más tonto y presuntuoso que malo, hemos creado en el siglo XX la sociedad más crédula de la Historia, y la credulidad es insaciable de mentiras, piadosas o no. Antes el hombre se consolaba con la religión, ahora se consuela con la caja tonta, con el horóscopo y con los embustes de los oráculos políticos. Éstos necesitan adaptar la realidad a los deseos, el ser al deber ser. Y han de empezar por las palabras de peso como ecología, democracia, Europa, intelectual, etc.
LUEGO llega la Revolución Francesa y los partidarios de cortar cabezas llaman «réactionnaires» a los partidarios de conservar las suyas.
En otro lugar y en otro momento me entretuve con la caza menor de oscuros bichillos lingüísticos: «parámetros», «posicionamientos», «cerebros grises» y centenares de otras pequeñas piezas de moda. Permítaseme ahora que pase a la caza mayor de alimañas de más tamaño, y que lo haga bajo la advocación de Quevedo y su lampión, tan luminoso como el de Diógenes.
Empezaré con la voz reaccionario, buen ejemplo de vocablo que encierra un monstruoso razonamiento lechuza. Es palabra esquizofrénica. Evoca la imagen poliforma de un estafermo de yelmo antiguo, monóculo anticuado y metralleta moderna, que pisotea al proletariado. En realidad significa alguien que no cree automáticamente que todo lo nuevo es bueno y a veces sospecha lo contrario.
¿Cómo ha podido llegarse a este contrasentido lingüístico? Veamos la historia del término. Está claro que reacción (física, química, fisiológica) es una «acción que se resiste o se opone a otra acción, obrando en sentido contrario a ella» (D.R.A.E.). Los primeros que usan la palabra en sentido figurado (y aprobatorio, por cierto) son los ilustrados franceses del siglo XVIII: «La Reforma… reacción contra el absolutismo del catolicismo romano». Luego llega la Revolución Francesa y los partidarios de cortar cabezas llaman réactionnaires a los partidarios de conservar las suyas. En principio el vocablo no es ilógico pues califica a gente que, en efecto, reacciona. Por lo mismo tampoco es ilógico llamar reaccionario a cualquier conservador, ya que conservar la cabeza es el comienzo de toda sabiduría conservadora. Pero después, a lo largo del siglo XIX, casi todos los que pensaban que la Revolución no era buena y por tanto reaccionaban contra ella empezaron, no se sabe por qué, a sentirse incómodos con el sambenito de reaccionarios, mientras los partidarios de la Revolución, felices al observar el azaro de sus adversarios, redoblaban el uso del término, ya francamente peyorativo. En España no aparece en el D.R.A.E. hasta 1884. En nuestro diccionario figura casi como sinónimo de retrógrado. Eso ya resulta abusivo, pues no es lo mismo reaccionar, o sea oponer una fuerza a otra preexistente, que querer retroceder. En principio quien reacciona tiene ánimo estático y quien retrograda lo tiene dinámico.
Mas no importa; reaccionario, incluso como palabra afín a retrógrado, carece oficialmente de connotaciones despectivas. El D.R.A.E. da dos acepciones: «Que propende a restablecer lo abolido» y «Opuesto a las innovaciones», es decir que la versión estática y etimológicamente correcta cede el paso a la versión dinámica. Pero ninguna de las dos es desdeñosa. Con el Diccionario en la mano se puede y debe decir del partidario de la repoblación forestal que es un reaccionario (primera acepción) y del que se opone a las drogas que es otro reaccionario (segunda acepción).
TODOS somos reaccionarios porque todos reaccionamos contra algo, salvo que estemos en la U.V.I., y aun ahí reaccionamos vegetalmente contra el mayor cambio de todos, contra la novedad más absoluta para nosotros: la muerte.
El Oxford English Dictionary, más histórico, da tres definiciones de reactionary y dos de ellas aparecen completadas con sus respectivos significados en jerga marxista. Así, del adjetivo reactionary dice: «Also, in Marxist use, unfavourably contrasted with revolutionary». Y del substantivo reactionary: «Also, in Marxist use, an opponent of communism». De manera que para el marxista todo el que no se alboroce con la inminente o presente dictadura del proletariado es un reaccionario. Por supuesto, de igual forma se hubiese podido añadir que para el nacionalsocialista hitleriano o para el fascista mussoliniano cualquier nostálgico del parlamentarismo burgués era también un reaccionario. Y desde luego los diccionarios —el D.R.A.E. como el O.E.D.— les dan la razón. Todos somos reaccionarios porque todos reaccionamos contra algo, salvo que estemos en la U.V.I., y aun ahí reaccionamos vegetalmente contra el mayor cambio de todos, contra la novedad más absoluta para nosotros: la muerte.
Dicho esto, hagamos una concesión semántica más. Restrinjamos reaccionario a su significado más arbitrario y caricaturesco, el de «enemigo del progreso». Pues bien, entonces habrá que empezar por aclarar el concepto de progreso, lo cual al final nos lleva o a la casuística o a la cronología. Cuando algo constituye un caso de progreso concreto e innegable —la anestesia o la higiene, verbigracia— quienes se oponen a ello no son reaccionarios, son necios o dementes. En otros casos el progreso es más discutible. Habrá quien piense que abolir la pena de muerte por vía constitucional para luego reintroducirla por vía carcelaria sidosa es sarcasmo más que progreso.
Pero en general la noción de progreso se apoya consciente o inconscientemente en un criterio cronológico: es progresista lo que encaja con la moda del momento. Hoy el aborto es progresista, pero ayer no lo era, y anteayer sí era progresista el infanticidio, al menos en Esparta. Si se acepta esta metodología cronológica, entonces sí es muy fácil definir lo reaccionario. Reaccionario es cuanto no encaja con la moda del momento por preferir en todo o en parte una moda anterior.
CON el Diccionario en la mano se puede y debe decir del partidario de la repoblación forestal que es un reaccionario (primera acepción) y del que se opone a las drogas que es otro reaccionario (segunda acepción).
Esta última definición es especialmente útil en las artes plásticas, en la literatura y aun en la filosofía. Empieza incluso a ser imprescindible en estos finales del siglo inútil por excelencia, el caótico siglo XX. Estamos asistiendo a una clara reacción frente a las doctrinas más pujantes de principios de siglo. Han entrado en quiebra cuantos movimientos pusieron de moda los intelectuales hace setenta años: las vanguardias iconoclastas en el arte, el comunismo y el fascismo en la política, el psicoanálisis. Ya nadie pretende escribir como el Joyce de Finnegan’s Wake y casi nadie pretende que le curen las jaquecas con mayéutica freudiana. Y por supuesto nadie cree que se pueda crear riqueza a golpe de plan quinquenal. Es más, hasta las modas ideológicas nacidas hace tan sólo un tercio de siglo-como por ejemplo el tercermundismo están agotadas. Por consiguiente se puede argüir que han triunfado los reaccionarios: los economistas neoliberales que se oponían al dirigismo, los médicos que se interesaban más por la química del cerebro o la genética que por el complejo de Edipo, o los novelistas que todavía aspiraban a que el lector los entendiese.
Pero —y ahí está la ineludible anfibología del término— si el triunfante puede ser todavía reaccionario, el triunfador deja de serlo. El que lucha contra la moda es reaccionario, incluso cuando está ganando, pero en cuanto se consolida su triunfo deja de serlo porque comprende que la moda es él. De pronto el papel de reaccionario pasa a Fidel Castro, a un shrink de barrio bohemio neoyorquino, a un neo-dadaísta de Teruel.
Por eso, en aras de la objetividad, es menester reservar el término de reaccionario para quien de hecho lo fue en el momento histórico que le tocó vivir, no para quien ahora nos parece tal cosa. Ortega y Gasset fue reaccionario, puesto que escribió contra La Rebelión de las Masas cuando éstas parecían la vanguardia de la nueva era. Lo fue Quevedo, con su añoranza de la hidalguía montañesa, apenas velada por el brillante desenfado formal del madrileño. Lo eran, de arriba abajo, Borges o Evelyn Waugh. Lo es con toda su alma eslava Soljenitsyn. Lo es Popper, que quiere abolir el impuesto sobre la renta y que además echa de menos el parlamentarismo clásico porque ahora quienes delegan en los diputados son los partidos y no las personas.
Y es un conspicuo reaccionario cultural George Steiner. Un reaccionario lúcido, como se ve en su reciente entrevista publicada en El País (30 de junio de 1991), donde dice cosas así: «No soy un demócrata. Yo enseño Platón y Kant, Shakespeare y Borges, Leopardi y Dante, que tienen muy poco que ver con la democracia… Sabemos al menos que hay cierta diferencia entre la última revista pornográfica que encontramos en los quioscos y ciertos textos que nos resultan fascinantes. ¿Significa eso que querría un regreso a la censura franquista?… La respuesta del liberal es: desde luego que no… Por mi parte, no estoy tan seguro… No se puede ser democrático y aristocrático al mismo tiempo.»
No se olvide que para el reaccionario inteligente está claro que su reino no e de este mundo, que Alfonso X el sAbio no va a volver (o Jovellanos, o Cánovas, o quien quiera que sea su modelo retrospectivo), y por consiguiente el reaccionario cabal tiende a ser indulgente con los ruidos pueriles que oye «tic et nunc» a su alredero.
Sin duda esto escandalizará a nuestros intelectuales, pero en el fondo más debería inquietarlos el que Steiner, el mejor ensayista de nuestros días, declare sin ambages en su último libro, Presencias Reales, que no hay arte verdadero sin religión, sin Dios (o dioses) y sin creencia en la inmortalidad del alma, y que por eso el arte y la literatura contemporáneas son menores en comparación con las obras maestras de un pasado que se nutría de la fe.
Por todo ello creo que la palabra reaccionario es tan digna como liberal o conservador o rojo (palabra ésta hermosa también, a mi entender). Usar estas voces con animus iniuriandi es inane, al igual que lo sería insultar a alguien llamándolo clásico, barroco o romántico. Además aquéllas ni siquiera son radicalmente excluyentes entre sí. No se olvide que para el reaccionario inteligente está claro que su reino no es de este mundo, que Alfonso X el Sabio no va a volver (o Jovellanos, o Cánovas, o quienquiera que sea su modelo retrospectivo), y por consiguiente el reaccionario cabal tiende a ser indulgente con los ruidos pueriles que oye hic et nunc a su alrededor. Como no se toma en serio las ideas modernas, suele ser tolerante con todas ellas, es decir, liberal.
Por último, hay ya tantas mentes de vuelta de los progresismos de principios y mediados de este siglo superfluo en la Historia que sería petulante excluir la posibilidad de un nuevo cambio en las connotaciones populares del término reaccionario. Acaso vuelva a ser descriptivo y no afrentoso. A fin de cuentas Mitterrand fue hace poco a ver a Ernst Jünger, a rendir pleitesía intelectual al gigante de las letras alemanas. La visita de un viejo socialista francés republicano a un viejísimo guerrero germánico, quintaesencia del anarca reaccionario, era un gesto que parecía resucitar un viejo rito. El siglo XX -algo cutre, algo cínico- iba a Canossa donde lo esperaba, hierático, el siglo XI. Claro que para ese viaje no hacían falta estas alforjas.