La pintura antropologica de Manuel Villaseñor

Francisco Vega Díaz

Las exposiciones antológicas, aunque nunca pueden ser completas, permiten a los aficionados al arte, no sólo hacerse una impresión conjunta de la obra de un autor, sino también deslindar, con mayor o menor precisión o verosimilitud, las fases vivenciales por las que el artista discurrió toda la vida y las influencias ambientales, e incluso el porqué de los ensayos en cambios de orientación o estilo. El problema crematístico ha influido tanto, por ejemplo, en la evolución de las artes bellas del siglo actual, que tras hipervalorizarlas extrañamente, está ya acabando por desvalorizarlas, más que por sus auténticas categorías, por las impúdicas connivencias de los críticos y por los negocios galerísticos, como crudamente sostienen Gramp (Pricing and Priceless) y otros muchos.

Hace casi tres años estuvo abierta en Madrid (Caja de Ahorros) una exposición antológica de Manuel Villaseñor, adecuadísima para el estudio, en cuyo bello y completísimo catálogo, consumados entendidos comentaron con lúcidos y doctos detalles lo que significaban el autor y su obra en el panorama artístico de la España de hoy. Otras muchas opiniones se vertieron, todas competentes y halagadoras, entre las que deseo destacar la de Prados de la Plaza en la revista Goya.

Ajeno a toda vinculación de dependencia, y pasado el tiempo con ganas de hacerlo, yo quiero sumarme, aunque sea algo tardíamente. Empezando por hacer constar que a Villaseñor hay que sacarle del cajón de sastre de la profesionalidad pictórica, porque sus valores intrínsecos exceden mucho de ella. No es un profesional como puede serlo un médico práctico, un abogado, un carpintero o un pintor de encargos concertados, sino un artista esencial, que merecidamente obtuvo la sobreañadida profesión de catedrático de Pintura Mural en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Fue ciertamente un gran profesional de la enseñanza en sus horas de docencia; pero zambullido en la vida que le condicionaba, fue y es un hombre entregado al arte, en el que éste sobresale por encima de toda profesionalidad funcionarial. Artista genial, pues, más y antes que buen profesor de aprendices.

Maestro sin duda, en su modo de ser en el mundo que le tocó vivir y en la construcción idealizada de la ancha parcela existencial que ocupa; supervivencia no lograda a través de sus quehaceres didácticos -que, sin duda, también serán recordados- sino pisando con pie firme sobre el evanescente suelo de la pintura actual. De ahí que a lo largo de su ya bien larga obra, no se haya hecho pública una sola frivolidad accidental a la que calificar de tropiezo; el climax de sus cuadros, incluidos los primerizos y otros de temas entristecedores, confirma una constante sensación de bienhacer que trasciende de cualquier motivo argumental.

Aquella bien seleccionada exposición puso de relieve la actitud de Villaseñor ante el ámbito complicado, cambiante y desbarajustado de la contemporaneidad, en el que resulta difícil, a veces, distinguir ante la verdadera pintura y la falsa, entre la buena y la mala, entre el jeroglífico sin intención y el diseño bien concebido, etc… Actitud casi imposible de ostentar sin una personalidad fehaciente. El espíritu de Villaseñor derrama caudales de capacidades sentientes y pensantes, entre las cuales no podrían encontrarse trampas ni desfallecimientos en los mecanismos de su arte: idea previa, proyecto, composición, perspectiva, color, luz y claroscuro, etc.

Realismo antropológico

Se suele encasillar la pintura de Villaseñor en el capítulo del realismo expresionista. Adscripción aceptable en principio, pero que se queda corta. Villaseñor va mucho más allá y sus figuras tienen siempre otros aspectos y matices fundamentales, pero complementarios, muy bien atisbados por Martinez de la Hidalga. Por circunstancias que se dan específicamente en el hombre Villaseñor, para él casi no sirve el léxico habitual de los clasificadores. El realismo, como sustantivo, require en él un adjetivo de más honda resonancia que el de expresionista; para mí, el calificativo pertinente es el de antropológico: la realidad que Villaseñor ofrece, no es sólo la que expresan con simpleza las cosas que se le ponen delante, sino las realidades construídas mentalmente por el hombre que Villaseñor es.

Con sutileza dice Martinez de la Hidalga que en el cuadro Homenaje a Zurbarán, la realidad espiritual es aún más palpable que la material. En efecto, los objetos de los cuadros por Villaseñor pintados parecen mostrar que, entre ellos y el ojo del espectador, hay algo así como un cristal suavísimamente esmerilado o un aire blandamente ahumado o una levísima neblina transparente que encierran y ocultan los secretos metafísicos y la sensibilidad del pintor, intuíble en todos sus cuadros, pues desde sus dibujos y cuadros juveniles a los más recientes de Torrelodones, Villaseñor siente, piensa, vive las cosas que su retina ensueña, no jugando al qué va a salir de aquí, sino partiendo siempre de su vividura humana.

Una pintura coherente

Más de una vez, naturalmente, ha intentado Villaseñor variar su orientación pictórica; el hecho se apreció con claridad suma en su exposición antológica. Pero -ars honoravit- todo lo que con ello obtuvo fue dar más empaque a los fundamentos básicos de su personalidad, pasando de largo por los intentos y recogiendo de ellos únicamente las esencias que le interesaban. De ahí la coherencia de su pintura, por muchos señalada.

Por otra parte, es algo archisabido por todos cuantos conocen la pintura de Villaseñor que en ella resuenan ecos de Zurbarán, de Zuloaga, de Solana, amasados con sus descubrimientos juveniles de Roma y las vanguardias de los últimos decenarios. Sin embargo su pintura aparece expurgada de influencias excesivas y encasillantes, porque autóctonamente supo eliminar cuanto pudiera tergiversar sus calidades intrínsecas; por ejemplo, de las recientes vanguardias aceptó lo que espiritual y pensadamente le convenía, despreciando lo falso o supérfluo con un rígido enjuiciamiento eliminador. En Villaseñor los influjos nunca han sido contagios. No olvidemos que en las artes plásticas recientes hay contagios de caracter netamente epidémico, que han afectado casi por igual a artistas y a críticos. Pero él cribó las semillas infectantes a plena conciencia, anticipándose así al arrepentimiento y convencido de que hacer otra cosa habría significado su degeneración. Al cotejar con detenimiento algunos de sus cuadros con las fechas en que fueron pintados,

el contemplador sospecha que allí y en aquellas datas acababa de picarle una mosca; pero, inmediata e irremisiblemente, el espectador advierte que la picadura no le produjo una roncha pruriginosa ni alcanzó la toxicidad de una droga adictante. Fue sólo una acción vitamínica y estimulante, pero no desviadora de la prístina voluntad artística.

El alma de las cosas

Si se repasan los momentos en que parecen vislumbrarse en sus cuadros inflexiones hacia vanguardismos adivinables, se comprende pronto que si aquello hubiera sido un contagio verdadero habría acabado por ser esterilizante. Justamente lo que después de esos ramalazos sale de sus pinceles es siempre mejor que lo de antes. A través de su pintura, como es lógico, se reiteran bastantes temas -nunca réplicas-, y esto da más valores potenciales a su obra, por estar ligados a su propio e intransferible mundo. Ese conjunto de informaciones empíricas al que llamamos experiencia, en Villaseñor se nutrió de aprendizajes concienciados en su ser y, por ende, antropológicos: Integra mens augustisima possesio.

Los pliegues de sus telas, los materiales de sus «retratos de cosas» (así llama a los bodegones), la pasmosa y dramática seriedad facial de sus personajes, las cuarteadas fachadas o paredes, las ventanas de las casas (abiertas o cerradas a las tragedias o alegrías del mundo), los contornos y las simples superficies de Villaseñor son más suyas que de la propia realidad objetual, exhibiendo un sentido íntimo de vivencia humana.

Un membrillo, un tazón, una cebolla, un laurel, no figuran en sus cuadros como simples objetos materiales que quiso retratar, sino como puntos de fijación de su vividura humana; tienen pues, ese «sentido» que Pérez Sánchez exige a todo buen bodegón, pero en este caso con unos cimientos de una ostensible humanidad otorgada a cada cosa; esto concede a sus bodegones una firme y veraz capitalización antropológica. El autor dice acercarse a las cosas con mucha intensidad, o sea, llegando «a su alma», a su «magia dormida».

En los tiempos que atravesamos, atolondrados de vaivenes, de ilimitados vanguardismos -sanos, semisanos (sustentados en arenas movedizas) o podridos-, de abstracciones inteligentes o psicopáticas o camelísticas, la pintura de Villaseñor (marginada a voluntad propia) sobrenada sobriamente sobre todo ello, manteniendo enhiesta y fulgurante una marca moderna de orteguiana historicidad vital, que tiene mucho de admonitoria.

Viene a ser una llamada de atención que separa la verdad de la mentira y que no admite verdades a medias.

Escribió Bernard Shaw que «el arte es el espejo mágico hecho para revelar los sueños invisibles en pinturas visibles. Los espejos se emplean para verse la cara; pero el arte para verse el alma». Alma en vilo y en busca de necesitada felicidad es lo que ostentan las pinturas de Villaseñor; hasta las más doloridas, ya que rechazan el dolor porque el autor añora la felicidad. Villaseñor nunca ha buscado en su trabajo mera satisfacción. El sabía que la satisfacción podría derivar hacia el cansancio y la desgana, y que con sólo ella no habría de lograr lo que Platón llamaba «enzthousiasmós». Buscó siempre la felicidad por tétricos que fueran los argumentos vividos y vívidos de sus cuadros.

Decía Juan Ramón Jiménez que «la felicidad del hombre está en el buen uso de su tiempo y de su espacio» y Ortega, en fechas muy aproximadas y coincidiendo en la apreciación escribía: «Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación. Metido en ellas no echa de menos nada; íntegro le llenan el presente, libre de afán y nostalgia». Conceptos pintiparados para la vida y los quehaceres de Villaseñor. Si sumáramos todos los momentos, por fugaces que fueran, en que se sintió feliz dando un último toque de pincel a cuantos objetos pintó, y las felicidades mayores que debieron embargarle al terminar sus cuadros, concluiríamos que Villaseñor encontró en la pintura las felicidades de que la sola estancia terrenal carece. Hallazgos necesarios también para los gozos de cuantos planten sus reales ante su pintura en el gran Museo de su nombre en Ciudad Real.