La música en la Iglesia de Castilla y León

...y colgué en los verdes sauces la música que llevaba... (San Juan de ia Cru2)

José Velicia Berzosa

En el mes de octubre próximo, D.m., la catedral de León —«pulchra leonina»— acogerá la tercera etapa del proyecto Las Edades del Hombre, una magnífica aventura cultural emprendida por las once diócesis de Castilla y León con el generoso mecenazgo de la Caja de Ahorros de Salamanca y Soria y de la Junta de Castilla y León.

Las dos anteriores fases se celebraron en las catedrales de Valladolid y Burgos.

La primera, «El arte en la Iglesia de Castilla y León», recibió en los cinco meses y medio que estuvo abierta un millón largo de personas.

La segunda, «Libros y documentos en la Iglesia de Castilla y León», se inauguró el 4 de mayo de 1990 y duró hasta el 28 de octubre del mismo año. Medio millón de visitantes atestiguaron que una exposición documental y bibliográfica, a pesar de su natural dificultad, no es necesariamente para una minoría. El descubrir la propia historia, tan estúpidamente desprestigiada hoy —el hombre es historia, y cuando renegamos de ésta renegamos al mismo tiempo de él—, y presentarla en un marco de belleza pueden ser las razones de su aceptación multitudinaria.

Ahora afrontamos otro momento específico del arte en la Iglesia de Castilla y León: la música, algo que ha estado y estará siempre ligado a la andadura individual y colectiva del hombre. Cuando la palabra se vuelve incapaz de expresar lo inefable, quizá sólo la música sea el vehículo adecuado. Por eso es tan antigua como el hombre y la palabra.

El dolor, la alegría, los sueños imposibles, la añoranza del paraíso perdido, la plenitud y la muerte han encontrado en los sonidos, tanto en los más simples y lineales como en la más compleja armonía, una de las formas más bellas de expresión.

Por eso la verdadera música —como todo verdadero arte— es irremediablemente religiosa: una mediación para alcanzar lo inalcanzable, para apresar el misterio. Y de todo ello queremos hacer memoria en este tercer premio de «Las Edades del Hombre». Tres son los caminos que hemos elegido para ello: la investigación, la difusión y la muestra.

Investigación

Desde su origen, la Iglesia ha hecho de la música una de las formas artísticas más consustanciales a su vida. La celebración litúrgica —alma de la Iglesia— ha estado inseparablemente unida al canto. Desde las cartas de San Pablo —«hablando entre vosotros con salmos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor», pasando por los finísimos escrúpulos de San Agustín en las Confesiones: «Y así ando fluctuando entre el riesgo del deleite y la experiencia del provecho, sin dar un juicio irrevocable me inclino más a aceptar la costumbre de cantar en la iglesia a fin de que con el deleite del oído los espíritus débiles despierten a la piedad», hasta los últimos documentos conciliares, así lo evidencian.

Por eso no es de extrañar que en los archivos catedralicios, en los monasterios y parroquias haya un ingente acervo musical. Según J. López Calo, conocedor a fondo de los mismos en la Iglesia de Castilla y León, hay más de 60.000 partituras inéditas.

Desde el primer momento pensamos que «Las Edades del Hombre» tendría que afrontar el reto de dar a conocer parte de esa riqueza. Durante tres años un equipo de expertos musicólogos han estado trabajando en la transcripción de partituras recogidas hoy en dos volúmenes que ya están a punto de ver la luz. Una gota de agua ciertamente -no son más de veinticinco partituras-, pero que quizá sirva para llamar la atención sobre esos fondos que son un auténtico continente por descubrir. Obligados a elegir, nos hemos decidido por privilegiar las composiciones de la época barroca, quizá la menos conocida y estudiada de la música española.

Difusión

Pero la música se ha compuesto para ser interpretada y oída. Por ello, «Las Edades del Hombre» se ha propuesto dar a conocer estas partituras transcritas mediante conciertos y grabaciones discográficas. Las naves de nuestras catedrales volverán a resonar con los acordes que grandes maestros de capilla compusieron para celebrar la Navidad, la Pasión o la alegría de la Pascua, u otras fiestas litúrgicas.

Exposición

También nos pareció necesario fijar plásticamente en una exposición todo ese mundo maravilloso y sugerente de la música. Y en esta ocasión serán las naves altas y gráciles de la catedral de León —«más cristal que piedra y más luz que cristal»— las que acojan la muestra.

Tablas y esculturas, cantorales e instrumentos, códices y partituras, sabiamente distribuidas en diez capítulos, nos acercarán a la historia de los sonidos, desde los más primigenios y no dominados por el hombre —el aire, el agua, los pájaros— hasta los más elaborados por la inspiración de los compositores.

Una vez más, como en las dos etapas anteriores, la capacidad de ensoñación de J. Jiménez Lozano ha prestado títulos a los diez capítulos:

  • Las esferas de cristal
  • El aire y los pájaros
  • Escribir sonidos
  • El canto de los morabitos
  • La alabanza del mundo a todas horas
  • El discanto: cada una con su voz
  • La alegría de la materia
  • La celebración barroca
  • La música callada
  • El jardín de la música

La fina sensibilidad y el conocimiento exacto de los espacios de Pablo Puente Aparicio, arquitecto y autor de los diseños, y de Eloísa García de Wattenberg, responsable del montaje de las obras, son garantía de una luminosa y sugerente exposición.

Tres ideas

Para la Iglesia en Castilla y León, promotora y gestora del proyecto «Las Edades del Hombre», éste está transido por tres ideas que podríamos resumir en los siguientes enunciados:

  • Servicio en gratuidad
  • Amor a la belleza
  • Apuesta por el futuro

La gratuidad es una palabra clave en el Evangelio de Jesús, y a ella hemos pretendido ser fieles. Con este proyecto, la Iglesia no quiere lavar ninguna imagen deteriorada en sí misma. La historia está ahí, con sus luces y sus sombras, con sus momentos de gracia y de pecado. Ni quiere conquistar ninguna clientela ni hacer apologética. Es una oferta a la libertad y desde la libertad. Es como una fuente de agua fresca a la vera del camino.

Y es un servicio a la cultura tan amenazada hoy por eso que se llama «lo cultural». Como escribe Alain Finkielkraut al respecto, «la cultura contemporánea está atravesando una crisis de identidad porque se está hundiendo precisamente en lo cultural. La cultura contemporánea ya no puede resistir a la ofensiva de la industria cultural. Se impone lo cultural frente a la cultura. Lo cultural precisamente es la idea de que todo lo que hace el hombre pertenece a la cultura». Cuando se puede escribir impunemente que desde lo «cultural» tienen el mismo valor el Moisés de Miguel Ángel que unos pantalones vaqueros, es que algo muy grave está pasando.

La belleza creemos que hoy es una palabra clave, como dice Hans Urs von Balthasar, «nuestra palabra inicial se llama belleza. La belleza, en la que no nos atrevemos a seguir creyendo y a la que hemos convertido en una apariencia para poder librarnos de ella sin remordimientos. La belleza, que, como hoy aparece bien claro, reclama para sí al menos tanto valor y fuerza de decisión como la verdad y el bien, y que no se deja separar ni alejar de sus dos heremanas sin arrastrarlas consigo en una misteriosa venganza. De aquel cuyo semblante se crispa ante la sola mención de su nombre (pues para él la belleza sólo es una chuchería exótica del pasado burgués) podemos asegurar que abierta o tácitamenteya no es capaz de rezar, y pronto ni siquiera será capaz de amar». La belleza como recordatorio visible de la Luz invisible. La belleza a través de la cual la Iglesia debe comunicar el Misterio, lo Inefable. «Dios necesita de los profetas para manifestarse, y todos los profetas necesariamente son artistas: lo que diga un profeta nunca podrá decirse en prosa», escribe F. Medicus. En definitiva, la Belleza es el cuerpo del Ser.

Alguien puede pensar que este proyecto es una mirada nostálgica hacia glorias pasadas y que nunca jamás volverán. Nada más lejos de nuestra intención. No hay utopía sin memoria ni proyecto sin historia. No podemos avanzar hacia el futuro sin saber cuáles son nuestras raíces, sin saber de dónde venimos, sin conocer a fondo todo el legado cultural que nos entregaron nuestros antecesores. No es arriesgado afirmar que es precisamente aquí donde hoy nos jugamos el porvenir del hombre: sin memoria histórica quedará sujeto a todos los vaivenes, a todos los poderes, tanto más sutiles y peligrosos cuanto más difuminados y sin rostro. Se ha intentado borrar de la sociedad las huellas de Dios de las Iglesias —«y la Iglesia no parece que la necesiten en el campo ni en los arrabales; y en la ciudad sólo para las bodas importantes», escribió Eliot—, e inmediatamente ha surgido como venganza la proliferación de sectas que apelan a lo más telúrico y primario y en las que el hombre busca las raíces y el apoyo que de una manera espantosamente necia se le han arrebatado.

Quizás estemos incubando de nuevo el «huevo de la serpiente»: un nuevo totalitarismo, menos aparatoso que los anteriores pero tanto más letal cuanto que lo respiramos y lo aceptamos como algo ineludible y, curiosamente, como un elemento indispensable de «progresismo».

Para terminar, nada mejor que las siguientes palabras de Pieter van der Meer: «El artista es el llamado a aclararnos, por el amor y anhelo de belleza, lo inexpresable. Y es precisamente la impotencia que descubre en sí mismo al intentar esto lo que hace que cada cántico, musical o literario, cada forma, cada imagen, tenga ese doloroso acento de insatisfacción. Y es que, cuando el dolor y la dicha, el amor y el martirio, no se gestan ni desarrollan hasta obtener forma en el oscuro seno de la experiencia espiritual, ni si convierten en himno o en trágica endecha bajo la luz de la gracia, todo arte no pasa de ser una mera aventura corporal sin mayor interés; algo que no penetra más allá de nuestra epidermis, de nuestra sensibilidad carnal. Y si el arte y la literatura dquieren volver a ser fuerza e impulsión, y despedir luz como fulgurantes relámpagos de belleza, han de participar en el juego sideral del Hacedor de todas las cosas, en el juego del Poeta por excelencia, del Poietés. Lo demás es apariencia y engaño».