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Ver productos1 Jun 1993 - 17min.
Hace ya unas cuantas semanas que La Bella y la Bestia se retiró de nuestras carteleras, pero la magia de ese filme parece seguir viviendo en la mente de los espectadores. Sus más de 2.000 millones de pesetas de recaudación la convirtieron en la segunda película más taquillera de 1992. Ahora, el anuncio de su próximo lanzamiento en vídeo -para septiembre u octubre de este año- está contribuyendo a descubrir sus muchos valores.
Aunque algunos remontan su origen hasta la mitología griega, la historia de una bestia enamorada de una bella muchacha, no encuentra su definitiva configuración hasta fecha muy reciente. Tras una primera versión poco conocida del italiano Giovanni Straparola, escrita en 1550, la fábula evoluciona con muy escasa fortuna hasta el siglo XVIII, en el que dos escritoras francesas redactan la misma historia en fechas muy cercanas: Gabrielle de Villenueve y Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont. De ellas, la segunda es la que pasa por ser la verdadera autora del relato.
Madame de Beaumont, nacida en Rouen en 1711, pertenecía a una familia numerosa de origen aristócrata con muy pocos recursos económicos. Siendo todavía muy joven, Jeanne-Marie decide convertirse en maestra, y esa decisión -considerada radical
para la mentalidad de la época- forjó en ella un carácter luchador y apasionado. Tras un breve e infeliz matrimonio, Madame de Beaumont abandona Francia y se instala en Inglaterra en 1748. Allí empieza a escribir cuentos mientras trabaja como institutriz en casa del Príncipe de Gales; y en 1757, en plena madurez como escritora, da a luz su obra más conocida: La Bella y la Bestia.
Este cuento de tan sólo veinte páginas, es todo un reflejo de su vida y sus frustraciones. Como el filme de la Disney difiere bastante de la trama original, especialmente en su planteamiento, bueno será que resumamos cuando menos su comienzo.
Un rico mercader, arruinado y venido a menos en poco tiempo, vive amargado por no poder alimentar a su numerosa familia: tres varones y tres hembras. Las dos hijas mayores, acostumbradas a la opulencia y envidiosas de la hermosura de la pequeña -llamada Bella-, descargan sobre ésta todas las labores de la casa y el cuidado de su anciano padre. Un día, el mercader recibe la noticia de que uno de sus barcos que él daba por perdido ha llegado a puerto felizmente. Decide emprender viaje hacia la costa, y antes de partir pregunta a sus hijas qué regalo desean que él les traiga. Las dos mayores piden costosos vestidos y perlas y collares; la pequeña sólo pide una rosa para alegrar el jardín.
Cuando el pobre anciano llega al puerto, descubre que todo le ha sido quitado en cargo a sus muchas deudas, y se ve obligado a volver sin dinero, sin alegría y sin esperanza. En medio de su travesía, una tormenta de nieve le arrastra a parajes insólitos, y él logra refugiarse en un misterioso castillo donde manos invisibles le sirven con todo cuidado. A la mañana siguiente, cuando está a punto de partir, sus ojos reparan en un bello rosal; acordándose del deseo de Bella, arranca una rosa para llevársela. Y en ese momento, aparece una horripilante bestia humana, dueño y señor del castillo, que le increpa por su acción: Todas mis posesiones tenías para ti, y has ido a robarme lo que yo más quiero: mis rosas
.
Condenado a morir allí mismo, el aterrado mercader pide clemencia por sus hijas; y la Bestia sólo accede a que la más pequeña ocupe su lugar y viva con él para siempre. Cuando Bella se traslada al castillo, empieza un largo y emotivo romance, lleno de espejos, llaves y objetos mágicos, que la película animada sigue ahora con más o menos fidelidad, hasta la final ruptura del hechizo sobre la Bestia y su castillo.
Junto a resonancias biográficas, la fábula evidencia el influjo de otros relatos y elementos folklóricos de la época. La fuente más clara e inmediata es el libro Contes de ma mere l’Oie de Charles Perrault, publicado en 1697, que Madame de Beaumont habría leído seguramente en su niñez. Tres relatos allí contenidos confluyen en la historia de La Bella y la Bestia.
De La Cenicienta, posiblemente el cuento más famoso de Perrault, provienen directamente el mal trato que las dos hermanas dispensan a la pequeña Bella, los trabajos de ésta en el hogar, la envidia de aquellas por su hermosura, y la inocencia y sencillez de la heroína -sin olvidar su posterior transformación en princesa-. Otros elementos son deudores de La Bella Durmiente, como el nombre de la heroína, el espejo mágico (aquí también hay reminiscencias de Blancanieves, de los hermanos Grimm) y, sobre todo, el valor simbólico de la rosa y la maldición de un hada sobre el príncipe; como en el cuento de Beaumont, también aquí ese hechizo se rompe por un beso de amor. Con todo, la fábula que más claramente presenta la dicotomía belleza y fealdad, inteligencia y estupidez, es sin duda Riquete el del Copete, famoso en nuestros días por la versión alargada que de él hizo, en 1740, Madame Gabrielle de Villenueve, la competidora de Beaumont.
Pero si el relato que comentamos presenta influencias literarias, no es menos cierto que su historia ha sido también fuente de inspiración para numerosas obras del romanticismo. Entre ellas, cabe destacar El jorobado de Nôtre Dame (1830), de Víctor Hugo -otra historia de una bella y una bestia-, y también la novela Frankenstein (1818), de Mary Shelley. Aquel ser solitario y horrible, anhelante de cariño, es también una bestia humana que sólo encuentra afecto y comprensión en la amistad de una bella: una niña sencilla e inocente que no podía asustarse de su fealdad.
El mito de la bella y la bestia ha sido llevado al cine muchas veces. Sólo en la época muda se realizaron seis versiones de esta historia, aunque todas ellas sean absolutamente desconocidas y la mayoría con una duración inferior a los treinta minutos.
Realmente, versiones fílmicas del cuento clásico que hayan pasado a la historia sólo hay una: La Belle et la bête (1946), de Jean Cocteau. Esta película -simbólica, lírica, deliciosamente sugerente- ha quedado para siempre como ejemplo paradigmático de lo que debe ser una adaptación cinematográfica: porque Cocteau, siendo absolutamente fiel a la trama y al espíritu de la fábula, aporta un punto de vista muy personal y la convierte en una perfecta obra de autor.
Ya en el prólogo, nos invita a retornar al mundo inocente de nuestra infancia para poder paladear su historia:
Los niños tienen una fe absoluta en lo que les contamos. Creen que arrancar una rosa puede traer la desgracia a una familia; que las manos de una bestia humana empiezan a echar humo cuando mata; y que esa misma bestia se siente en cambio avergonzada por la presencia de una muchacha en su casa. Ellos creen miles de cosas que nosotros consideramos ingenuas.
Yo os pido a vosotros un poco de esa misma inocencia. Y, para que pueda funcionar la magia de este cuento, dejadme empezar con esas tres palabras que son el
Abrete, Sésamode nuestra infancia: «Erase una vez….
Hay una doble intención en ese canto a la inocencia. Por una parte, el deseo de recapturar el misterio, cruel y maravilloso a un tiempo, de la imaginación infantil. Por otra, la nostalgia de un mundo ingenuo, perdido definitivamente tras los horrores de la Guerra Mundial. La Francia ocupada por Hitler es la bella muchacha encerrada en el castillo; la bestia que le acosa es Alemania; y la rosa, la juventud sacrificada en flor.
Para contar esta historia, Cocteau necesitó adaptar la trama en algunos puntos. Con todo, la principal aportación de Cocteau a la historia es el personaje de Avenant, interpretado por Jean Marais, quien actúa también como la Bestia y el Príncipe. Avenant, que en francés significa atractivo, es un hermoso joven, amigo de la familia, que está enamorado de Bella. A sus continuas propuestas de matrimonio, ella responde siempre con evasivas, pues su padre y su familia la necesitan en casa. Al final, la apariencia afable de Avenant desaparece y deja al descubierto su alma egoísta; por el contrario, la muchacha descubre el alma noble y generosa de la Bestia bajo su fea apariencia.
La introducción de este personaje refuerza el contenido de la fábula y cierra la historia con un desenlace más sugerente: al tiempo que Avenant fallece, víctima de su codicia, la bestia renace por el amor de Bella; y mientras aquél pierde su hermosura, éste la recupera tras años de negro hechizo. Esa transformación de ambos (de Avenant en bestia, y de Bestia en atractivo), con intercambio de máscaras e identidades, se presta a un hábil juego de conceptos opuestos (fealdad-hermosura, realidad-apariencia) que condensa la síntesis temática del relato: la verdadera belleza e identidad de una persona está en su interior, en su alma.
Realizada en duras condiciones, por la penuria de la Guerra Mundial, la película fue producto de la enorme fe que Cocteau puso en ella. Enfermaron, uno tras otro, los actores principales; y Cocteau, que también enfermó pero que nunca guardó cama, tuvo que alterar casi a diario el inicial calendario de rodaje para evitar su cancelación definitiva.
Después de ésta, hubo otra versión moderna de Beauty and the Beast, dirigida en 1987 por Eugene Marner e interpretada por Rebecca DeMornay y John Savage. Pero esa cinta, producida en Estados Unidos por Menahem Golan, no fue ni un pálido reflejo de la Cocteau.
Desde 1946, este mito literario buscaba anhelante una nueva actualización para la pantalla. De ahí que la versión producida por los Estudios Disney se esperara con tanta expectación.
La génesis más antigua de La Bella y la Bestia se remonta a los años cincuenta, época en la que Walt Disney investigaba con especial empeño las posibilidades del cuento de hadas. Tras meses de trabajo, el proyecto fue archivado por dificultades técnicas, como tantas otras historias en aquel período.
Muchos años después, a principios de 1989, el productor de la Disney Don Hahn se encariñó de nuevo con la idea y organizó una expedición a Londres de un grupo de dibujantes y animadores. Su proyecto, todavía latente, era retomar esa olvidada fábula y resolver las dificultades que la habían hecho inviable; pero para ello necesitaba investigar previamente las posibilidades de recrearla visualmente.
Durante diez semanas, el equipo de artistas trabajó en la historia y experimentó el diseño de ambientes y personajes. Se inspiraron en los pintores del romanticismo francés -Fragonard y Boucher, sobre todo- y se empaparon a fondo en los paisajes, la historia y el folklore europeos. Un viaje adicional al norte de Francia, con la visita de pueblos y castillos del siglo XVIII, remató la inicial tarea de ambientación y acabó por definir el nuevo proyecto.
El principal problema que debían afrontar residía en la propia fábula de Beaumont. Con su marcada opción por lo mágico y lo simbólico, dejaba poco espacio para el dibujo de tipos y situaciones. En palabras del propio Hahn, contar esa historia era todo un desafío. En el cuento original, el padre de Bella aparece en el castillo y corta una rosa. La Bestia se enfurece y le condena a muerte, pero accede a dejarle marchar si él envía a su hija en su lugar. Siguiendo pasivamente las instrucciones de su padre, Bella se deja conducir hasta el castillo, y el resto de la historia es básicamente dos personas cenando juntas cada noche y la Bestia preguntándole a la joven si quiere casarse con él. Eso no nos gustaba. Nosotros queríamos infundir energía al relato, creando escenarios de mayor dramatismo y una heroína mucho más activa
.
Efectivamente; en la nueva versión que redactaron, es Bella quien acude valientemente al castillo para rescatar a su padre, quien se ofrece a ocupar su puesto como prisionera y quien planta cara a los arranques destemplados de la Bestia. Tras su intento de escapada y el encuentro con los lobos -del que sale ilesa gracias a la intervención de su raptor- Bella decide regresar al castillo para cuidarle, pues ha quedado terriblemente herido por salir en su defensa. El romance cobra así una mayor fuerza dramática.
Con las nuevas ideas y ambientaciones, el resultado del periplo inglés se saldó muy positivamente. El Estudio vio con buenos ojos el nuevo proyecto, que recibió luz verde definitiva en diciembre de 1989; pero sugirió que la orientación debía ser revisada. Tal como se planteaba, la historia era básicamente un drama con unos leves toques de música y de humor. Tras estudiar detenidamente el asunto, los ejecutivos de la Disney decidieron reconvertir el tono de la historia para hacer de ella un musical. Querían seguir la más pura tradición del Estudio, y contrataron al equipo Alan Menken – Howard Ashman (compositor y letrista, respectivamente, de La Sirenita) para musicalizar el nuevo filme.
Ashman pasó a ser co-productor de la película, junto con Hahn. Y mientras éste organizaba el equipo de dibujantes y artistas, aquel contrataba a la guionista Linda Woolverton para reestructurar la trama y situar en ella las seis nuevas canciones. La historia se vio enriquecida con este tándem, pues Ashman tuvo la feliz idea de transformar los objetos encantados de la fábula (espejos, luces, etc.) en criaturas vivas con personalidad propia: la tetera -con voz de Angela Lansbury-, el candelabro y el reloj de mesa. Estos personajes, como era ya tradición en los filmes de la Disney, conducen y aconsejan a la desconcertada heroína durante su estancia en el castillo; y este cambio contribuyó decididamente a desarrollar la parte central del relato.
Al mismo tiempo, Linda Woolverton trabajó por su cuenta el personaje de la Bestia, dándole mayor fuerza y presencia. A diferencia del cuento clásico, el pivote narrativo de la cinta no es ya una dulce muchacha encerrada en un castillo, sino una horrible bestia que necesita redimirse de su pasado. Y a diferencia también de otras películas de la Disney, el protagonista no tiene enfrente un claro y cruel antagonista, sino que debe luchar contra sí mismo en una pugna interna llena de dramatismo. El proyecto estaba ya completado; ahora había que vestirlo adecuadamente.
Hahn, mientras tanto, coordinaba el diseño y animación de ambientes. Contrató como director artístico a Brian McEntee, quien dedicó meses a estudiar cuidadosamente el estilo visual de Bambi -a la vez realista y estilizado- para recrear las escenas de bosques y campiñas.
McEntee trabajó también un uso simbólico de los colores, que juegan un papel decisivo a la hora de contar la historia. Así, desde la secuencia inicial Bella aparece distinta al resto de los lugareños, y eso lo advertimos visualmente porque es la única que viste de azul, mientras los demás lucen colores grises, ocres y anaranjados. Su deseo de aventuras, de escapar a la vida anodina y provinciana de su pueblo se plasma en el contraste cromático de luces y colores.
También el paso del tiempo actúa en la escena como expresión de contenidos anímicos. Las estaciones, por ejemplo, son una metáfora de los cambios que se producen en los personajes, y un símbolo también de la carrera contra reloj de los sentimientos humanos.
La película empieza en otoño, con colores pardos y un sentimiento de decadencia y de nostalgia. Bella no se encuentra a gusto, y sueña con una vida distinta, llena de acción y colorido. Cuando su padre se pierde en el bosque, percibimos algo de ese frío y duro invierno que se avecina; invierno que se hace claramente palpable cuando Bella irrumpe en el castillo y es encerrada en lugar de su padre: la soledad de la muchacha se enfatiza con las primeras nieves que caen al otro lado de su ventana.
Cuando su relación con la Bestia empieza a cambiar y empiezan a intercambiarse detalles de afecto, en los alrededores de la mansión las nieves empiezan a fundirse y a transmitir nueva vida: el frío entorno desaparece. Gastón, lleno de furia y encabezando una alborotada turba, aparece después en el castillo en medio de una agitada y tormentosa noche. Y al final, cuando el hechizo se esfuma y la Bella y el Príncipe se reúnen al fin, la primavera empieza a florecer y hay un nuevo despertar de flores y de colores.
No había precedente en los Estudios Disney, ni siquiera modelos o arquetipos semejantes. La Bestia carecía de todo esquema previo; y eso, en el mundo de la animación, resultaba más bien una limitación que una libertad expresiva.
Glen Keane, supervisor de todos los personajes, empezó definiéndolo interiormente: se trataba de un hombre aprisionado entre dos mundos. Alguien con una parte animal y otra humana que vive en conflicto consigo mismo y con su entorno. Había que dibujar su parte humana: su corazón amable, su generosidad, su capacidad de amar. Pero, al mismo tiempo, debía hacerse patente su aspecto feroz: su carácter duro, destemplado, lleno de aristas. Una contradicción viviente.
Tras largas deliberaciones, la Bestia fue creada a partir de un extraño pero eficaz híbrido: configurado a la manera de un león, con cabeza y pelo de búfalo, musculatura de gorila, piernas y cola de lobo, como elemento esencial de su psicología, la sinceridad.
Para el personaje de Bella, los animadores crearon también un tipo muy diferente a las anteriores heroínas; especialmente quisieron distinguirse de Ariel, protagonista de La Sirenita. Físicamente trataron de hacer a Bella más europea, con labios más prominentes y ojos más grandes y oscuros. Un poco mayor en edad, Bella tenía que ser más ingeniosa y menos ingenua que Ariel, debido a su afición a la lectura.
La banda sonora ha jugado siempre un papel decisivo en los filmes de la casa Disney, pero en esta película su importancia es notoriamente mayor, pues La Bella y la Bestia, como acordaron sus jefes desde un principio, es en realidad un musical en dibujos animados. El tándem Howard Ashman – Alan Menken realiza en este filme una de sus obras maestras, merecedora con todos los honores de los dos Oscars que la Academia le otorgó: mejor banda sonora y mejor canción.
Es este el único caso en la historia del cine en que una misma película acapara tres de las cinco canciones nominadas al Oscar. Un récord ciertamente insólito que va a ser muy difícil de batir.
Cada una de las seis canciones interpretadas en el filme tiene un estilo propio y definido. La primera, Belle
-una de las tres nominadas-, es una presentación de la protagonista y de sus ensoñaciones románticas. Su estilo musical, en palabras del compositor, se asemeja a la Sinfonía Pastoral
, con todo el poblacho despertando a la vida en una mañana deliciosamente otoñal.
La segunda en aparecer, Gastón
, es un vals bravucón y divertido que se canta en la fonda del pueblo para definir al pretendiente de Bella. Su tono desenfadado y neutro es la quintaesencia del personaje que retrata.
Con la llegada de Bella al castillo aparece otra de las grandes canciones del filme, también nominada al Oscar: Be Our Guest
. Todos los objetos mágicos de la mansión (candelabro, tetera, reloj de mesa), unidos al ejército de platos y cubiertos de la cocina, se preparan para recibir al nuevo huésped que ha llegado. Y suena entonces la brillante y alegre melodía inspirada directamente en la tradición del music hall francés.
Esa graciosa y dinámica coreografía, sólo comparable a la de Under the sea
(Bajo el mar
) de La Sirenita, ganadora del Oscar en 1989, fue inicialmente escrita para el recibimiento de Mauricio, el padre de Bella. Pero a mitad de su desarrollo, cuando la canción había sido ya grabada y la secuencia parcialmente animada, los productores decidieron cambiarla de lugar para no enfatizar demasiado a un personaje totalmente secundario.
La siguiente canción, Something there
, es una preciosa balada que expresa en su letra la transformación interior de la muchacha y su raptor. Ambos empiezan a sentir afecto el uno por el otro, pero ninguno se atreve a manifestarlo en voz alta.
La última canción. The Mob Song
, es un aire fuerte y retumbante, con toques operísticos, que materializa en formas musicales el odio y la hostilidad de la turbamulta en el asalto al castillo. Previamente, hemos escuchado Beauty and the Beast
, la más delicada canción de todo el filme y la ganadora indiscutible del Oscar.
Conmovedoramente interpretada por Angela Lansbury, esta melodía acompaña el momento lírico más conseguido de todo el filme: el baile de gala, con lámparas de araña y ricos mármoles, que la Bella y la Bestia mantienen en el castillo; ese delicado momento en que ambos empiezan a enamorarse, ha sido pocas veces igualado en el cine. Entre otras cosas porque, junto a una música inigualable, la animación por ordenador consigue unos efectos ciertamente espectaculares.
Aunque la animación de secuencias sigue siendo en Disney como antaño -elaboración a mano, fotograma a fotograma-, los artistas del Estudio han encontrado nuevas vías de innovación estética en las imágenes sintetizadas por ordenador.
En este sentido, la secuencia del baile de gala pasará sin duda a la historia del cine por ser la primera animación cromática enteramente diseñada por ordenador que recoge fondos en movimiento con perspectivas cambiantes. El plano más llamativo de la escena es un espectacular movimiento de cámara, recreado en dibujos, que supone cientos de sombras y volúmenes modificándose en cada fotograma. El descenso de la cámara, desde una toma cenital sobre la pareja hasta un contrapicado a ras de suelo, trae consigo alteraciones progresivas en la perspectiva y en los puntos de fuga, con cientos de variables a la hora de diseñar la imagen definitiva. La aproximación de los fondos a la cámara, su rotación en la escena y su exacta proporción con los personajes exigían unas mediciones tan complejas que sólo un ordenador podía realizarlas.
A la hora de la verdad, no es la generación electrónica de imágenes ni la brillantez de la música lo que el espectador disfruta en el filme. Lo que nos conmueve e impresiona, lo que agita nuestra sensibilidad más íntima es esa historia de amor que perdura a través del tiempo.
La lección que en ese cuento se encierra -la belleza es algo más que la pura apariencia, la hermosura de un hombre está en su interiores una idea universal que está fuera del tiempo. Tal vez por eso sus temas son tan relevantes hoy como hace doscientos años.
En palabras de Jeffrey Katzenberg, Jefe de los Estudios Disney, el atractivo de La Bella y la Bestia es la posibilidad de redimirnos, de hacernos mejores
. •